domingo, 20 de mayo de 2007

CUANDO LAS PUTITAS TENÍAN CASA

Imagen: "Revista El Guachaca".

Reportaje de Claudio Espinosa para el periódico "El Guachaca" (revista.guachacas.cl) de noviembre de 2005. Las fotos pertenecen a Gloria Henríquez y la caricatura sexy a Roberto Román. Creemos que rescata una parte importante de la historia de Santiago, que no siempre han querido ver los investigadores, y por eso la reproducimos aquí recalcando la fuente de origen. Aclaramos, sin embargo, que el texto presenta lo que creemos son algunas imprecisiones, probablemente derivadas en parte de algún sesgo político con que fue redactado, en especial con relación al ocaso de la época de los prostíbulos chilenos, proceso que, en realidad, había comenzado antes del Régimen Militar, hacia los años sesentas, y que sólo recibió el golpe de gracia en la década siguiente. Aún así es rescatable el esfuerzo por reunir estos antecedentes y, desde esa perspectiva, elogiamos el trabajo.

Las casas de huifa de hace unas décadas eran de todo: pub, discoteca, salón de baile y, por supuesto, prostíbulo. El golpe militar marcó el fin de una generación que gozó a calzón quitado en lugares donde los guachacas compartían codo a codo, catre a catre, con los empingorotados compatriotas del Chile de ayer.

Las casas de putas de antaño eran casi todas iguales: muros de adobe, tocadiscos sonando con tangos y boleros, braseros humeantes, mucho alcohol, una cabrona y un campanillero. La fórmula era la misma, sólo cambiaban las asiladas, los mocitos homosexuales y, ciertamente, la clientela.

Otros tiempos. Hoy el comercio sexual tiene otra cara. En todo el país han proliferado las casas de masajes, los cabarets habilitados con habitaciones “privadas”, los prostíbulos disfrazados de café con piernas y el patinaje callejero donde las veredas sirven de vitrinas para exhibir carne a bajo precio.

El libre mercado, la dictadura y las nuevas formas de vivir de los chilenos marcaron el fin de los casas de remolienda y la nostalgia se apoderó de quienes alguna vez disfrutaron de alegres veladas en bulines, donde la preocupación por el Sida no existía, las clases sociales se mezclaban y se amaba sin condón, a capella, hasta quedar exhaustos, sin un peso en los bolsillos, pero con una sonrisa de oreja a oreja.

Hoy basta con leer los avisos económicos de cualquier diario de circulación nacional para encontrar una variada oferta sexual rentada. Pero, en el pasado, las técnicas de publicidad y marketing eran distintas y se basaban en la promoción que hacían los propios clientes. La cabrona, la dueña del lugar, le reservaba a las mejores exponentes de su rebaño a los clientes top: el jefe de la policía de turno, los políticos y los “palogrueso”, generalmente empleados bancarios, hombres que llevaban cargamentos de dinero para asegurar una noche con la chica recién llegada del sur, “que viene cruíta”, aseguraba la jefa para entusiasmar a sus parroquianos con la supuesta virginidad de la “nueva”.

En efecto, muchas de las asiladas de los burdeles del pasado eran menores de edad. Lo que hoy sería considerado delito, en décadas pretéritas era costumbre y los matrimonios entre hombres mayores y adolescentes eran pan de cada día. Muchos de los veteranos galanes que no tenían una impúber media naranja a su lado, recurrían a los servicios sexuales de los prostíbulos más cercanos.

Imagínese dos palmeras frente a esta ferretería y un par de asiladas invitándolo a pasar. Así era hace décadas este local de Vivaceta, una casa de huifa conocida como Las Palmeras (Imagen: "Revista El Guachaca").

FAMOSOS PUTEROS

Tal como pasa hoy, los rostros del espectáculo también optaban por el sexo fácil a cambio de dinero. Cronistas de la época recuerdan que Julio Martínez era asiduo visitante de “La Guillermina”, una de las casas de rameras más conocidas del centro de Santiago. Y otras rutilantes figuras de la época, como Leo Marini, Julio Jaramillo, Daniel Río Lobo y hasta Pedro Vargas pasaban noches enteras, sin preocuparse de paparazzis ni de males actuales.

Gabriel García Márquez, en su más reciente libro, Memoria de mis putas tristes, habla del amor entre un anciano que en su cumpleaños número noventa decide regalarse una noche de placer con una adolescente virgen. La temática que aborda el escritor colombiano no es desconocida para los chilenos que vivieron el mundo del amor con taxímetro de antaño.

La relación entre la cabrona y sus clientes era la mejor y respondía a un acabado manejo de las relaciones públicas. La mujer caricaturizada siempre como gorda, pintarrajeada y picaresca en sus intervenciones, hacía gala de la hospitalidad y recibía a sus contertulios con una copita “por cuenta de la casa”. Así, recuerdan los faunos veteranos de hoy, se comenzaba a “calentar el hocico” y a ver, entre sorbo y sorbo, más lindas a las chiquillas y, ante la escasez femenina, preferir un macho bien dotado pasa satisfacer las desviadas inclinaciones sexuales.

A comienzos de los 70, la fiesta tuvo un nuevo apogeo. El exceso de dinero en la calle, proveniente de los altos sueldos pagados durante la Unidad Popular, provocó un auge en el comercio sexual. Los obreros, principalmente, se volcaron al placer fuera del hogar y emergieron ciudades y barrios dedicados a la prostitución. Es el caso de Calama, donde el apetito de los trabajadores de la División Norte de Chuqui, motivó que centenares de emprendedoras mujeres, muchas de ellas jubiladas del sexo, instalaran pymes para los esforzados chicos de la pala y la picota.

AMOR BAJO TOQUE DE QUEDA

Pero llegó la dictadura y todo se puso cuenta arriba. Los sucesivos toques de queda terminaron por derribar el bullante comercio. Las casas de remolienda fueron quedando vacías. La mirada autoritaria y represiva hizo vista gorda de burdeles de travestis, como “El Maricón Condesa”, recordado por su variado menú de transexuales. Localizados en calles ya míticas como San Camilo, Hurtado Mendoza, Maipú, Roberto Espinoza y los callejones cercanos a la Plaza Almagro, se atrincheraron los templos del placer y dieron rienda suelta a la prostitución en barrios tan pecaminosos como son hoy Suecia o Pío Nono, en Providencia.

Pedro Lemebel relata en su libro Loco afán, crónicas de sidario, la historia de La Regine, un transexual que mantenía un prostíbulo en el barrio Mapocho. Los clientes del lugar –según el relato de Lemebel– eran tropas de militares que hacían escala en su patrullaje nocturno y utilizaban los servicios sexuales de los marimachos. La descarnada narración del escritor da cuenta de las crueldades de los uniformados, que tras cometer los más horrendos crímenes, saciaban su sed sodomita en la más absoluta impunidad.

En la calle Diez de Julio y sus alrededores, actual concentración de talleres mecánicos, había un barrio de puras casas de putas. Una de las más conocidas era la Nena de Banjo, de una cabrona destacada por su cojera y por tocar el banjo (Imágenes: "Revista El Guachaca").

EL “GATO” GAMBOA

La nostálgica época es recordada con detalles por grandes próceres. Uno de ellos es Alberto Gamboa Soto, el famoso “Gato”, periodista de la vieja guardia y conocedor al dedillo del Chile de antaño.

El destacado comunicador cuenta que, en los prostíbulos de ayer, la relación entre los clientes y las chiquillas era “más humana”: “En casi todas habían vitrolas o wurlitzers y muchos bailoteo –decribe–. Los tipos se curaban como yeguas antes de entrar en acción, porque la parte sexual era secundaria, primero estaba la conversación y el baile”.

El ex director de La Cuarta agrega que uno de los prostíbulos más conocidos era La Carlina (mítica casa ubicada en Vivaceta 1226). Allí nació el Blue Ballet, elenco integrado por colas que recorrió el mundo).

El “Gato” asegura que una de las clave del éxito de “La Carlina” eran sus precios: “No era caro. Todos los bolsillos podían disfrutar de sus noches, desde políticos e hípicos hasta deportistas”, recuerda el hombre que trabajó en Clarín, La Cuarta y actualmente lo hace en La Nación.

-¿Qué tomaban en las interminables noches jaraneras?

-Unas poncheras que contenían cinco litros de vinito arreglado; la verdad es que era a gusto del consumidor, si lo quería más concentrado, más cargadito, se lo servían así.

-¿Qué otros prostíbulos se disputaban la clientela de la época?

Estaba La Lechuguina, en Portugal cerca de Diez de Julio. Allí había un barrio de puras casas de putas. Una de las más conocidas era La Nena del Banyo, una cabrona que destacaba por su cojera y por su costumbre de animar las jornadas tocando el banyo.

-¿Todas las cabronas tenían sórdidas historias, o no?

-Ufffff. La Lechuguina vivió con un cafiche llamado el Farfán, un tipo medio rufián y algo amariconao que tenía problemas con la ley.

-¿Y la Nena del Banyo?

-Ella fue pareja de un fotógrafo de Ercilla, que la acompañó hasta sus últimos días.

-¿Por qué cree que murió esa romántica forma de prostitución?

-Después del Golpe Militar, vino la represión y el toque de queda. La dictadura liquidó la vida nocturna. Hoy la prostitución es más visible: está en las calles y hasta en la televisión.


Uno de los prostíbulos más conocidos de la edad de oro: La Carlina, ubicado en Vivaceta 1226. Hoy, la cuna del Blue Ballet, elenco de colas que recorrió el mundo, está a la venta (Imagen: "Revista El Guachaca". Nota de actualización: el local fue demolido, posteriormente, para desazón de muchos).

EL CRIMEN DEL ROPERO

Otro testigo privilegiado de la generación bohemia del Santiago antiguo es Mario Gómez López, destacadísimo periodista que relata con voz grave y conocimiento de causa cómo fue el Chile de ayer. Eso sí, aclara, su testimonio es “desde el punto de vista periodístico”.

El punto de encuentro era Il Bosco, un local ubicado en pleno centro de la capital, que servía de nicho para las más entretenidas veladas. Allí –recuerda Gómez López– los reporteros, editores y directores de medios contaban qué llevaban publicado en sus respectivas ediciones del otro día y, cuando uno sentía que estaba golpeado (primicia), corría sigilosamente al teléfono a despachar a un redactor nocturno.

Así, las jornadas eran alegradas por Eduardo de Calixto, por ejemplo, que contaba chistes y al tenor de las horas, muchos “despegaban” hacia otras latitudes de la capital. El principal destino: los prostíbulos.

“Los periodistas ganábamos muy mal y teníamos jornadas muy intensas. Entonces, tipo diez de la noche, nos juntábamos a comer algo, principalmente tallarines, que era el plato más barato, y a conversar”, señala el veterano comunicador.

De la época, Gómez López recuerda con nitidez un homicidio que tuvo como epicentro una casa de remolienda. En el hecho de sangre, el protagonista fue un hombre apodado “El Zapatita”, que acostumbraba visitar el prostíbulo de La Guillermina, ubicado en la calle Serrano con Diez de Julio. “Una noche, el Zapatita llegó en busca de su prostituta de costumbre, una chica que lo tenía muy enamorado, y ésta estaba con otro cliente. La cabrona había olvidado trancar la puerta con un ropero, como era la costumbre. El hombre se enojó tanto que mató a su amada en la misma cama. Al poco tiempo, salió libre”. El diario El Espectador tituló en portada: “El crimen del ropero”.

En la era de la comida rápida, los tratados de libre comercio, los combos del Mac Donalds y las micros con cobradores automáticos, muchos añoran el romanticismo que existía en los prostíbulos de antaño, donde las disputas eran a combo y no balazos, como ahora, y donde no sólo el sexo era el motivo para salir de carrete.

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