viernes, 29 de agosto de 2008

DOS CARTAS SOBRE LOS ADOQUINES DE LA CIUDAD


Adoquines de la Alameda de las Delicias, frente a la Iglesia de San Francisco, hacia 1890

La siguiente carta fue publicada en el diario "El Mercurio" del miércoles 27 de agosto de 2008, con el título "Respeto a los adoquines":

Señor Director:

Parece ser que nadie ha reparado que los adoquines que realzan por su belleza algunas calles y avenidas de Santiago y otras regiones son verdaderos monumentos. En efecto, bajo el asfalto que en mala forma ha pretendido servirnos, yacen los adoquines, mudos testigos de más de un siglo. Se dice que bajo los adoquines está la historia.

En el gobierno de don Federico Errázuriz Zañartu (1871-1876) se iniciaron las obras, y por iniciativa del gran urbanista e intendente de Santiago de entonces, don Benjamín Vicuña Mackenna, se comienza a pavimentar con adoquines.

Entonces, midamos el paso de tantos acontecimientos hasta nuestros días, sigamos el ejemplo de tantos países, como Argentina, que en Buenos Aires han logrado salvar un 20% del original pavimentado mediante adoquines. En París, Londres, Bruselas, Roma y tantas otras ciudades europeas apreciamos el respeto que existe hacia los adoquines.

En San Juan, Puerto Rico, dicen: "Nuestros adoquines tienen siglos, tienen historia, tienen su simbolismo; lo que no tienen es el respeto de nosotros".

A los ediles de las comunas que aún tienen al noble adoquín en sus calles, los invito a dejarlo ver la luz nuevamente. Será un homenaje a nuestro pasado, a nuestra historia, y un hermoso marco para recordar nuestro Bicentenario.

EDMUNDO E. VILLARROEL CARMONA
Vicepresidente Círculo Ignacio Carrera Pinto

Calzada adoquinada de San Diego con Tarapacá, hacia 1920 (archivo fotográfico de Chilectra

La siguiente carta fue publicada también por el "El Mercurio", el sábado 30 de agosto de 2008, con el título "Adoquines". Confirma nuestras sospechas sobre el negocio que existe detrás del desmantelamiento de los históricos adoquines de la ciudad de Santiago:

Señor Director:

Cuando se repavimentó la avenida Irarrázaval de esta ciudad, alguien me comentó que todos los adoquines de esta avenida se vendieron a Francia.

Consulté en esa época a un amigo que trabajaba en la Municipalidad de Ñuñoa y me dijo que era verdad, pero que el municipio no tenía responsabilidad, pues la repavimentación la había hecho Vialidad. Consulté a otro amigo que trabajaba en ese servicio y me explicó que era cierto, que el contratista que hizo los trabajos se quedó con los adoquines que retiró como desechos y los vendió a Francia.

Me imagino que los adoquines que se han retirado desde otras calles están en París, Londres o Bruselas, ya que en Europa ellos son apreciados.

BERNARDO OJEDA OJEDA
Abogado

Adoquines de calle Raulí, en el barrio Santa Victoria, cerca de Lira

MONSEÑOR JOSÉ FAGNANO: UN PEQUEÑO PASAJE CON EL NOMBRE DE UN GRAN MISIONERO

Monseñor José Fagnano (1844-1926)

Coordenadas: 33°27'3.51"S 70°38'34.99"W

Estamos acostumbrados a oír que la evangelización de América fue la condena a muerte de los pueblos indígenas de estos territorios, afirmación muchas veces tremendista pero favorita de los historiadores atrapados en dogmas de luchas y que, hasta ayer con la premiación Eduardo Cavieres Figueroa, perdieron terreno

Sin embargo, la orden de los religiosos salesianos en el extremo austral del continente es la otra cara que muchos de los acusadores e idealizadores de las leyendas negras de la historia no abordan y probablemente no abordarán jamás. Y un pintoresco pasaje en nuestra ciudad recuerda el nombre del artífice de esta misión magallánica: Monseñor José Fagnano.

Situado en calle San Isidro, en la cuadra ubicada entre Eyzaguirre y Santa Isabel, el pasaje Monseñor José Fagnano alude al nombre del religioso italiano que fundara en la Isla Dawson la Misión de San Rafael, misma que intentó en vano salvar y dar refugio a los últimos sobrevivientes de las etnias alacalufes y onas que alguna vez dominaron los canales y llanuras de la Tierra del Fuego, respectivamente.

Fagnano nació el 19 de marzo de 1844 en Rachetta, en el nortino territorio italiano del Tánaro. Entregado a su vocación religiosa en la orden salesiana, conoció en 1870 al fundador de la misma, el famoso sacerdote Giovanni Melchiorre Bosco, “Don Bosco”. El joven José se convirtió así en uno de los principales asistentes del futuro Santo.

Don Bosco envió a la Argentina la primera expedición salesiana en 1875, con Fagnano entre ellos, cuando tenía 31 años. Allá trabajó en San Nicolás de los Arroyos y en el poblado de Patagones, siendo designado Monseñor y Administrativo Apostólico de la Iglesia para los territorios de la Patagonia Austral.

Llegó a la Tierra del Fuego el 21 de noviembre de 1886, formando parte de una expedición que realizara el argentino Ramón Lista, el ex gobernador de Río Negro que fuera, además, gran defensor de las pretensiones argentinas en territorio magallánico y autor del libro "Viaje al País de los Tehuelches. Exploraciones en la Patagonia Austral".

Fue desembarcado en bahía San Sebastián, por el lado atlántico de la Tierra del Fuego, justo en la época en que el viajero judeo-romano Julius Popper había descubierto una beta aurífera en este territorio, condenando la suerte de sus habitantes nativos y luego atrayendo toda clase de truhanes y personajes de mala vida hasta la colonia que levantó junto a esta bahía, en plena época de controversias territoriales entre Chile y Argentina, precisamente por el límite de estas tierras.

Pasaje Monseñor José Fagnano, esquina norte.

Fagnano recorrió la isla paciente y dificultosamente, viajando entre coirones, ñandúes y guanacos, para llegar a bahía Thetis, al sur del Cabo San Vicente. Allí dirigió una célebre misa el 13 de enero de 1887, donde bautizó a los primeros indígenas locales convertidos a la fe de Cristo.

El 21 de julio siguiente se estableció en la ciudad chilena de Punta Arenas, sede de su representación apostólica y en calidad de Obispo de la misma, en precisos momentos en que se conocían noticas de las atrocidades cometidas por agentes de compañías privadas contra de los indígenas fueguinos. Poco antes de su llegada a la ciudad, se habían iniciado procesos contra los empleados de la Sociedad Explotadora de la Tierra del Fuego Sheep Farming Co., y en Santiago de Chile la Corte Suprema había nombrado un Ministro en Visita para investigar la tropelías denunciadas.

Fue en este ambiente de virtual genocidio de los indígenas fueguinos que Fagnano fundó la Misión de San Rafael en Isla Dawson, el 14 de febrero de 1889. Originalmente, el establecimiento se dirigía a la evangelización de los indios alacalufes, pero la necesidad llevó a extender su labor sobre las demás etnias habitantes del territorio y, casi sin alcanzar a notarlo, en servirles de refugio.

Los religiosos hicieron lo inimaginable intentando salvar a los últimos sobrevivientes de la comunidad ona de la Patagonia austral, mas todo fue en vano. Los indígenas fueguinos eran cazados masivamente por rufianes como el propio Popper, bajo la excusa de que robaban ganado o invadían las estancias. Por la protección que Fagnano le brindaba a los onas, éstos le apodaron “El Capitán Bueno”.

La verdad es que los onas habían sido desplazados de sus históricos paisajes impidiéndoles cazar y cerrándoles el paso a la recolección en las costas, al ser controladas ahora por privados como la Wehrhann y Cía. En su desesperación y hambruna, nos aborígenes penetraban territorios privados, y eran atacados con armas de fuego, poniéndole precio a sus cabezas inclusive.

Fagnano y los religiosos salesianos, conscientes de lo que estaba sucediendo en su vicariato, tan lejos del amparo de la ley y del poder de la autoridad chilena y argentina, dieron cobijo a las últimas familias indígenas que sobrevivieron a este exterminio, intentando persuadir a los gobiernos centrales de tomar medidas. Pero las masacres, las persecuciones y las enfermedades ya habían sellado el destino de los habitantes de la Tierra del Fuego.

Pasaje Monseñor José Fagnano, vista hacia el poniente.

En uno de los esfuerzos finales que la orden realizó para salvar a los onas habitantes de las orillas del Río Grande, en 1892 Fagnano y su colega el Padre Beauvoir recorrieron el norte de la Tierra del Fuego para levantar la Misión de la Candelaria. Pero sólo pudo establecerla sino hasta el 11 de noviembre del año siguiente en Barrancos Negros, trasladándola al sector de Chorrillos y, tras un incendio de las instalaciones, hasta su actual ubicación cerca de Río Grande.

Fagnano se esforzó hasta más allá de sus capacidades para fundar capillas y colegios que albergaran a los desgraciados indígenas. Con 72 años de vida, enfermó debiendo trasladarse a Santiago, falleciendo el 18 de septiembre de 1926, exactamente el día de las Fiestas Patrias nacionales. Sus restos fueron trasladados hasta la Catedral de Punta Arenas, donde se encuentran hasta nuestros días.

La memoria de Monseñor José Fagnano ha sido homenajeada en esas tierras de dramas históricos y leyendas antárticas. El Lago Cami, situado justo en el meridiano del límite entre Chile y Argentina en la Tierra del Fuego, fue rebautizado Lago Fagnano para posteridad, recordando a este noble religioso y a su labor pastoral en favor de los indígenas.

Y aquí, en el Santiago de Chile que apenas tuvo la suerte de recibirlo en sus últimos días de vida, el pequeño y modesto pasaje con las típicas casas antiguas del barrio San Isidro, recordará en las marcas del simbolismo urbano la obra del misionero y aventurero salesiano. Al cumplirse 75 años de la llegada de la orden a Chile, el Centro de Ex Alumnos del Colegio Cardenal José María Caro colocó en la esquina norte del pasaje una sencilla placa en su memoria, el 14 de octubre de 1962. Aún se encuentra allí esta pieza.

jueves, 28 de agosto de 2008

EL ESCALOFRIANTE CRIMEN DE LAS “CAJITAS DE AGUA”

La pierna del descuartizado, en fotografía de archivos periodísticos (Revista "Vea", 1973)
Coordenadas: 33°26'11.53"S 70°38'4.99"W (ubicación aprox. sector cajitas de agua) 33°26'57.18"S 70°38'41.72"W (sector donde estaba el cité con la casa del asesinado)
En junio de 1923, Santiago de Chile era muy distinto a lo que es hoy. Su esplendor arquitectónico se reducía a los remanentes que había dejado la explotación salitrera y algunos de los edificios que hoy le dan su aspecto característico en el centro de la capital, recién comenzaban a ser levantados. El régimen parlamentario y el Estado convertido en la menos decorosa servidumbre de la aristocracia, estaban en decadencia y cerca de llegar a su fin. Con sólo medio millón de habitantes, la ciudad conocía muy poco de industrialización y los problemas sociales generados por la migración del elemento campesino hacia la urbe se notaban: miseria, marginalidad, analfabetismo, incultura.
El día miércoles 6 de ese mes otoñal, a las 16:00 horas, la Segunda Comisaría de la Policía Fiscal dio aviso urgente a la Sección de Seguridad, futura Policía de Investigaciones, sobre un siniestro hallazgo realizado por el trabajador Ismael Gatica Labbé en las llamadas “cajitas de agua” del río Mapocho, a la altura de la actual Plaza Baquedano, por entonces Plaza Italia.
Las “cajitas de agua” eran unos compartimentos o "pozos" de rejillas de forma rectangular (de ahí el nombre) que se encontraban en los canales que salían del Mapocho, alimentado por el cauce con la distribución de las aguas. Se las hallaba en el área donde hoy se eleva la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile y la Plaza Baquedano. Tenían por función, además, descargar parte del volumen del río arrojándolo a una red de galerías subterráneas de alcantarillado.
Gatica era el encargado de limpiar diariamente las rejillas de estos pozos o “cajitas”, y fue en esta labor que encontró un siniestro objeto: un paquete conteniendo una pierna izquierda humana en su interior, según pudo constatarlo al acercar el bulto con un palo. Esa misma noche, encontró allí también otro paquete, ahora con un grupo de vísceras humanas.
Pese a lo impresionante que podía ser para la sociedad de la época un descubrimiento de estas características, el trabajador había llevado personalmente los restos hasta la Comisaría, causando pavor y una ola de rumores sobre tan escalofriante suceso. El propio Gatica, quizás impulsado por la ignorancia y el afán de notoriedad, también hizo algo de publicidad sobre el hallazgo entre sus conocidos, antes de llegar con él hasta las autoridades policiales. Según el escritor y detective René Vergara, los agentes tampoco hicieron mucho por mantener las reservas en torno al resto humano, conmovidos por tan inusual descubrimiento.
Así pues, cuando el Subcomisario Ventura Maturana y el Agente Luis Díaz llegaron a la Comisaría a analizar los restos, la noticia había cundido por la ciudad como un reguero de pólvora. El día 7 ya estaba en los titulares de “Los Tiempos”.
Al estudiarlos, los peritos descubrieron que el paquete con que lo habían envuelto estaba hecho con hojas de los periódicos “El Diario Ilustrado” y “La Nación”. Prácticamente se habían disuelto tras tanto rato sumergidas y soportando la corriente, pero aún así pudo precisarse la fecha del diario: el sábado 2 de junio anterior.
La pierna estaba doblada y poderosamente amarrada con cáñamo, pues el criminal había intentado reducir su tamaño para transportarla sin despertar sospechas hasta el lugar del río donde la arrojó. Tenía un fragmento del sucio calzoncillo largo que usó el fallecido al momento de ser mutilado con un cuchillo grande y ancho, según se precisó por las características de los cortes. Esto hacía sospechar que el asesino realizó la mutilación con velocidad y sin pulcritud.
Al poner atención en el pie, se dedujo que correspondería más bien a un tipo de estrato social bajo, probablemente un mendigo o un obrero muy pobre. Era un pie muy pequeño, de sólo 24 centímetros, equivalente a la talla 37, más o menos, afectado por un juanete y por cayos en el talón, además de otras señales de un uso inadecuado de calzado y notoria falta de higiene en las uñas.
Sin embargo, como no existía experiencia sobre mutilaciones de este tipo en la criminología nacional, los detectives quedaron confundidos y con escasas cartas de solución a mano. Como el rumor del hallazgo ya se había extendido por toda la sociedad santiaguina alcanzando a la prensa, aparecieron conjeturas y sospechas de todo tipo, alimentadas por el cuchicheo generalizado. Maturana barajó la posibilidad, por ejemplo, de que algún hospital hubiese arrojado al río el resto, pretendiendo deshacerse de un “descuido médico”, pese a que los cortes no eran de escalpelo y a que la rusticidad de obra del mutilador resultaba evidente.
Por encontrarse cerca del Mapocho, fueron investigados los hospitales El Salvador y San Luis, sin arribar a puerto alguno, pues no existía mutilación alguna realizada en los últimos siete días. Aunque las especulaciones continuaron, los doctores Matus y Leighton, del Hospital El Salvador, entregaron toda la información relativa al sistema de control de cadáveres del edificio y también acompañaron a los agentes hasta la Comisaría para revisar la pierna cortada y concluir, otra vez, que los cortes no eran ni de bisturí ni del pulso profesional de un médico.
Esta sería la entrada al cité frente al cual se encontró la cabeza del descuartizado, en Vivaceta, aunque otras referencias dicen que es el cité donde vivía el asesinado. Imagen publicada por la revista "Vea" en 1973.
La cabeza del descuartizado, en fotografía de la prensa de la época. Imagen publicada en una revista "Vea" de 1973.
Pero el ensañamiento de la chusma contra los doctores no cesó. Además de un rumor alegando que la pierna habría sido el robo realizado “por un estudiante loco” desde la Morgue o de la Posta Central, se señaló injustamente al Facultativo Lucas Sierra de haber sido el autor de esta mutilación. Todo resultó ser, aparentemente, una broma de mal gusto de los estudiantes de medicina. La palabrería se completó imaginando una especie de secta de asesinos mutiladores.
En tanto, hasta la madrugada del 7 de junio fueron dispuestos casi todos los hombres de la Sección de Seguridad para revisar las “cajitas de agua” del Mapocho, cuyos canales fueron secados, sin llegar a nuevos resultados.
Estaban en esto, cuando Ernesto Salinas telefoneó a la policía informando del descubrimiento de otro resto frente al número 2076 de calle Germán Riesco, cerca del Barrio Matadero, el día 8 siguiente: correspondía a un torso humano, con brazos pero sin cabeza, colocado dentro de un saco cafetero nuevo. El hallazgo lo había hecho accidentalmente un infante.
Maturana armó un nuevo grupo, esta vez integrado por los agentes Salvador Orellana y Amador Lizama, dos nombres de enorme peso en la criminología nacional. Los tres partieron hasta el lugar del nuevo descubrimiento, entrevistándose con Salinas y con el asustado autor del mismo: un niño llamado Luis Aguirre, de siete años, que dio con el torso mientras jugaba a las canicas por ahí cerca.
Al mirar el saco en que venía envuelto, descubrieron la inscripción “A.A.B.C. Valparaíso. 250 kilos. 71”. Aguirre señalaba un maloliente rincón junto a una pared derruida, al lado de una reja de alambre, como el lugar donde estaba. Maturana puso atención al sitio y observó las huellas de una actuación precisa que comprometía a el o los criminales: una rueda como de carretilla o carretón, deslizándose junto a la vereda, incluso con una detención, además de cascos de caballos y las pisadas de un calzado derecho de mujer. Sacó varias muestras de vaciado a estas marcas.
El tronco también estaba envuelto de un mantel de hule amarillento muy gastado, con grandes manchas de sangre, parte de ella ya seca. Tenía flores verdes y azules, con dobleces en sus cuatro puntas, por lo que se dedujo debió corresponder a una mesa de puntas romas de 1.50 metros de largo por 0.80 metros de ancho. Según el estudio que Santiago Benadava hizo de este caso, la medida exacta del hule era 1.75 x 0.85 centímetros. Y al fondo del saco, se hallaron también más tiras de cáñamo y una hoja correspondiente al diario “Las Últimas Noticias” del lunes 4 de junio.
Más detalles interesantes se encontraban en el torso desmembrado, sin embargo. Se observó que vestía una sucia camiseta gruesa con la frase “Cóndor de Oro”, impresa a la altura del pecho. Y en el botón superior de la camiseta tenía enredados largos cabellos de color castaño. Por el largo del pelo, de 35 centímetros, se dedujo que pertenecían a cabellos femeninos. Esto coincidía con la profunda huella de calzado de mujer encontrada. Comenzó a cundir ahora, entonces, la teoría del “triángulo pasional”, según dramatizaba el diario "El Mercurio" del sábado 9 siguiente.
Mientras el asunto terminaba de desatar la alarma pública, el tronco partió a reunirse con la pierna cortada, en el Instituto Médico Legal. La autopsia la realizaron los prestigiosos médicos tanatólogos nacionales Carlos Ibar de la Sierra y Rafael Toro Amor. Allá, los peritos pudieron precisar que la data de muerte sería de entre los días sábado 2 y domingo 3 de junio. El fallecido tendría aproximadamente unos 35 años a 40 años y debía medir entre 1.70 a 1.72 metros aproximadamente, 1.78 como máximo, pesando probablemente de 75 a 78 kilos. Según el diario “La Nación”, correspondía a una persona "decente por su cutis blanco, fino y limpio", afirmación que no resultó tan exacta, según veremos.
Los forenses nunca habían visto antes semejante ensañamiento con un cuerpo, por lo que, al concluir la autopsia, Toro Amor declaró: "Jamás la Morgue había intervenido en un crimen tan horroroso". En su informe, agrega que la víctima probablemente había sido aturdida, estrangulada y comenzada a ser descuartizada cuando aún no moría. No quedó claro si el tipo había sido decapitado así o si primero se le dio muerte, pero la hemorragia interna había alcanzado a infiltrarse en tejidos celuloadiposos de músculos y vainas vasculares. Esto hizo sospechar a Maturana que la aparente mujer registrada en los cabellos atrapados en el botón y en las pisadas en el lugar del crimen, podrían corresponder más bien a una cómplice de un asesino con mucha más fuerza y envergadura física. Muchas de estas conclusiones estaban equivocadas, sin embargo.
El análisis más detallado de estos restos comenzó a arrojar también resultados que trajeron a la luz pública los vicios y la falta de escrúpulos de la vida en la más oscura marginalidad social de Santiago. El hombro derecho tenía un pequeño lunar carnoso y oscuro que podría servir para reconocerlo. Se encontraron fluidos de secreciones purulentas en el pene, por lo que se precisó que el fallecido padecía blenorrea o gonorrea, enfermedad asociada a lo más sombrío de los barrios bajos y a la prostitución menos elegante de la ciudad. Al examinar los contenidos estomacales, se encontraron restos de carne de cerdo, al parecer de un causeo, mezclada con vino y abundante chicha con harina tostada, bebida esta última que era común en los sectores más desposeídos cultural y materialmente.
Efraín Santander (Imagen: Copesa)
Rosa Faúndez (Imagen: Copesa)
Imagen de la revista "Zig Zag" Nº 956 del 16 de junio de 1923, reproduciendo el caso en el artículo "La Nota Roja de la Semana: el suplementero estrangulado y mutilado".
Muchos asistieron al Instituto Médico Legal para revisar los restos e intentar reconocer algún familiar perdido en ese lunar negro sobre el hombro o en ese pie pequeño. Los familiares de estos perdidos creyeron identificar en esas piezas humanas a distintas personas llegando a llorarlas con los nombres de Carlos Flematti, Eligio Martínez, Pedro Villalobos, José Flores, Héctor Parra, Juan Bello, Roberto Zúñiga, Antío Doerr, Gustavo Boss, Tránsito Ponce, Luis Casanovas y Emilio Quinteros, entre muchos otros. En formato de versos, la revista "Corre Vuela" satirizó entonces:
Con los pelos tal, de punta
todo el mundo horrorizado
se hizo esta pregunta:
¿quién será el descuartizado?
A la sección presurosas
con semblantes doloridos
concurrieron muchas esposas
a indagar de sus maridos.
Las comparaciones de los zapatos que llevaban los consultantes como identificador, con un molde del pie hecho en yeso, permitieron ir descartando a los que no correspondían. Además, como el resto del cuerpo y la cabeza no aparecían, se comenzó a presumir que en cualquier momento serían abandonados por el criminal. Esto hizo que, mientras los restos seguían esperando identificación en la Morgue, muchos agentes se arrojaran sobre casi cualquier persona que anduviese por la ciudad portando paquetes grandes, que eran obligados a ser abiertos.
Con un sentido magistral para enfocar su trabajo, el agente Orellana se quedó en el Instituto Médico Legal por otros cuatro días, para vigilar a los grupos más pobres de familias que asistían a las identificaciones de los restos. Largas romerías se habían constituido allí, sin éxito. Orellana quería reconocer, entre ellos, alguno de los elementos presentes en los trozos cadavéricos: chicha con harina tostada, camisetas con leyendas impresas, ropas andrajosas, enfermedades venéreas, etc.
Así pues, tras esperar e intercambiar pacientemente con los visitantes, dio con un grupo de niños suplementeros o “canillitas”, como se les llama acá, quienes manifestaban su preocupación por la ausencia de ya varios días de un vendedor de diarios apodado “El Águila”, que tenía su kiosco en General Jofré con Lira, a las puertas del Barrio Matadero.
Con esta pista, los agentes dieron por fin con un nombre: un tal Efraín Santander, suplementero apodado “El Águila”, precisamente. Al revisar el Registro de Identificación, pudieron precisar que era Efraín Santander Jara, oriundo de Talca y de 47 años, quien tenía antecedentes penales por hurtos, riñas, estafa, ebriedad y lesiones. Lo más importante: coincidía exactamente con los rasgos y medidas determinados por los peritos.
La sorpresa fue más aguda al descubrirse que “El Águila” tenía una esposa, también suplementera: Rosa Faúndez Cavieres, corpulenta mujer de 32 años que tenía sus propios antecedentes delictuales. Se había casado con ella por la Iglesia. Según las anotaciones realizadas en el prontuario junto a la fotografía blanco y negro, correspondía a una mujer de pelo castaño, largo y tomado en moño. Tal como las muestras de cabello halladas en el torso.
Se asoció también el tipo de cáñamos usados en las amarras de los paquetes con los empleados para la envoltura de lotes de la imprenta “La Nación”. A través de sus trabajadores, la policía se enteró de que Rosa Faúndez trabajaba con ellos y que, últimamente, estaba abusando visiblemente de su alcoholismo.
Con estos antecedentes, los policías consiguieron una orden de registro del domicilio de la mujer y su marido, en la pieza 12 de un cité de calle Santa Rosa 353. Fueron recibidos por ella, en estado de ebriedad. Una rápida mirada de los agentes permitió reconocer la mesa de puntas redondas donde había estado el hule que envolvía el tronco cortado, en un pequeño comedor. Apenas comenzaron a interrogarla, ella declaró que su marido no aparecía en casa desde el día domingo 3.
Rosa Faúndez y Efraín Santander... Un caso tormentoso y cruel. Imagen de la revista "Zig Zag" Nº 956 del 16 de junio de 1923.
Uno de los policías que llevó el caso, muestra cómo había sido introducido en un baúl el cuerpo del hombre asesinado.
El equipo policial que resolvió el crimen. Imagen publicada por Santiago Benadava en el reportaje "El descuartizador del Matadero", del diario "El Mercurio" del domingo 27 de enero de 2002.
Bajo un baúl depositado en una de las habitaciones, hallaron guantes de mujer ensangrentados. Y, dentro del baúl, más sangre, escurrida desde algún objeto sangrante que allí había sido depositado. En los cajones de una vieja máquina de coser, encontraron una manopla y una navaja. Y bajo la cama, tiras de cáñamo, papeles de diario, un pañuelo ensangrentado y, más reveladoramente aún, un par de zapatos masculinos de talla 37. También había una mancha grasosa en una parte del suelo, indicio de que hubo allí un charco de sangre que había sido lavado. También encontraron restos de sangre salpicada en pequeñas gotitas sobre la pared y en la juntura de dos cuchillos, entre la hoja y el mango.
Curiosamente, mientras los policías registraban su casa, Rosa seguía bebiendo abundante licor sentada en su cama y murmurando palabras inconexas, casi evadida de la grave situación en que se encontraba y prestado nerviosa atención sólo parcialmente a lo que sucedía. El Jefe policial sacó entonces el hule desde un sobre, extendiéndolo en la mesa ante los ojos de la mujer. Calzaba perfectamente. Ella no tuvo una explicación razonable para decir cómo había sido extraviado de su casa.
Al ser llevada a la Comisaría y emplazada a responder por el lugar donde estaba su marido, la mujer sólo insistió en que desde el domingo no aparecía y que se había ido quizás a Valparaíso con su “nueva querida”. Sin embargo, cuando reconoció que los zapatos recién encontrados eran los únicos que tenía su marido, los agentes la acorralaron consultándole con qué calzado podría haberse ido de viaje, entonces.
Así, Rosa confesó haberlo asesinado. Efraín le había sido permanentemente infiel, y el dolor de la situación era insoportable, según ella, precipitándose todo en una de esas borracheras devenidas en violentas discusiones, cuando él comenzó a exigirle dinero, 30 pesos, que Rosa advirtió de inmediato iban dirigidos a una amante de su marido en Valparaíso, pues había descubierto una carta donde ésta le solicitaba ayuda económica. Esto sucedió ese fatídico domingo 3 de junio anterior, hacia las 19:00 horas. Él la tomó del pelo con la mano izquierda y la abofeteó con la derecha al tiempo que, según ella, también intentaba abordarla sexualmente. Pero Rosa reaccionó estrangulándolo, hasta hacerle perder la conciencia tendido sobre la cama. Para asegurarse de que no volviera en sí, le ató una cuerda firmemente en el cuello y metió su cuerpo dentro del baúl mientras decidía qué hacer con él.
En tanto esto ocurría, ningún vecino escuchó algo, ni siquiera un matrimonio y otros cuatro suplementeros que pagaban pensión en el mismo cité. La razón: todos estaban ebrios.
Ante la urgencia de deshacerse del cadáver, Rosa lo colocó extendido sobre el mantel de hule y lo desmembró con un cuchillo cocinero, repartiendo después los trozos del cuerpo por distintas partes de Santiago a través de los carros-victorias públicos, durante las noches.
Mientras hacía estas espeluznantes confesiones, la mujer no hizo ningún gesto de arrepentimiento ni mostró señales de llanto. Describió todo con abismante frialdad.
La cabeza apareció el martes 12 de junio, en el canal Las Hornillas, frente a la dirección Vivaceta 648. El jueves 14 apareció la pierna derecha en un canal de Providencia. Así el cuerpo, después de 11 días separado, volvía a quedar unido en el Instituto Médico Legal.
La tesis de un cómplice fue sostenida durante el juicio, pero Rosa, defendida por el abogado Pedro León Ugalde, lo negó tajantemente. El magistrado que llevó la investigación no estaba convencido de que pudiese ser capaz, por sí sola, de desplegar la fuerza suficiente para estrangular, arrastrar, desmembrar y repartir por la ciudad a su infeliz marido. Sin embargo, ella demostró su fortaleza a tomar a uno de los detectives que simuló ser el cadáver y, sin ayuda de nadie, logró meterlo dentro del mismo baúl que había usado. Ya convencido de que no necesitaba asistencia en esto, el juez le ofreció a Rosa la posibilidad de ver nuevamente al cadáver para recordar con más detalle los hechos. Sin embargo, inesperadamente ella soltó lágrimas y, quebrándose por primera vez, declaró en el tribunal:
"...prefiero que me maten a que me sometan a este trance... no tengo para qué ocultar detalles cuando he confesado explícitamente mi responsabilidad".
Finalmente, la mujer fue condenada por homicidio simple el 18 de marzo de 1925, desestimándose su explicación de haber actuado motivada por los celos incontrolables, pues el juez no consideró a estos como un factor "irresistible" en la causa del crimen, según lo sostenía la defensa, ni tampoco acogió la tesis de que había actuado en defensa propia. Empero, no se le consideró como agravante el descuartizamiento, por haber sido ejecutado después del asesinato mismo.
La pena que había solicitado el Promotor Fiscal era de 20 años de reclusión. Pero la condena fue bajada y la Corte de Apelaciones confirmó esta sentencia, fijada en siete años de presidio. Al salir libre, Rosa volvió a vender periódicos en las mismas esquinas que lo hacía antes de convertirse en asesina, en el kiosco de General Riesco con Lira, ahora acompañada por su nueva pareja, también suplementero. Falleció de avanzada edad, años después.
Como se había ofrecido una recompensa de 500 pesos para quien resolviera el crimen, la Prefectura de la Policía había procedido a repartir el dinero entre los tres agentes que habían tenido la vital participación en el caso. Sin embargo, uno de ellos, Lizama, se negó a recibir el premio, que terminó siendo repartido sólo entre Maturana y Orellana.
Para los aficionados al estudio de la criminología nacional, el caso de las “cajitas de agua” constituye una perla entre los clásicos más célebres de hechos sangrientos o de profundo impacto social en la población de Santiago. Sin embargo, pocos años antes de su fallecimiento, el mencionado ex diplomático e investigador Benadava reflexionaba en "El Mercurio", que este crimen ha de tener una de las connotaciones más dramáticas sobre la vida en la extrema marginalidad y la vil pobreza de la ciudad, alojada siempre entre las sombras y los recovecos menos visibles, pero que quedaría expuesta y desnuda tras estos sorprendentes sucesos de 1923:
"Es típico de ambientes en que viven grandes sectores de nuestro pueblo -escribe evocando la opinión de Joaquín Edwards Bello-, pobres, sórdidos y promiscuos, en que los hombres, relegados a un tugurio o cuarto exiguo, no tienen otro entretenimiento que la bebida, la prostitución barata y toda clase de vicios".
Y concluía ,repitiendo las palabras que volcara tantos años antes, en las líneas de "La Nación", el mismo Edwars Bello, preguntándose por la verdadera naturaleza de este crimen:
"¿Qué visión noble podía llegar hasta un conventillo del Matadero donde se respira el vicio y la sangre animal, conventillos rodeados de chamizos infectos, baja prostitución y sórdidas tabernas?".
Según la información con la que cuento, la numeración de calle Santa Rosa ha sufrido algunas alteraciones en la cuadra correspondiente a la ubicación del cité donde se cometió el "crimen de las cajitas de agua" en 1923. No tengo cómo saber por ahora si pudiese ser éste, eventualmente, el pasaje donde tuvo lugar el acontecimiento, pese a tener un par de números menos que la dirección Santa Rosa 353. Si no fuera así, corresponde al menos a uno del mismo estilo que habría tenido el original.
Vista del cité desde el interior, hacia su acceso en calle Santa Rosa.

miércoles, 27 de agosto de 2008

LA PRIMERA BASÍLICA DEL MUNDO CONSAGRADA AL CORAZÓN DE MARÍA

Imagen desde el otro ángulo, tomada en los años veintes.
Coordenadas: 33°27'19.48"S 70°39'3.86"W
En la muy discontinua calle Zenteno, particularmente en el tramo que hay entre las calles 10 de Julio Huamachuco y Copiapó (en la esquina con esta última), se encuentra la esplendorosa Basílica del Corazón de María, que levanta sus dos torres campanarios por encima de la altura de la mayoría de los viejos edificios de este sector de la ciudad, aledaño al Barrio San Diego y al Barrio Nataniel Cox, y a pocas cuadras del Barrio Matadero de Avenida Matta.
La bella construcción, de tres imponentes naves, está relacionada desde su origen a los sacerdotes claretianos, es decir, a los miembros de la Congregación de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, que nacen en el Seminario de Vic en 1846 alrededor de un pequeño grupo liderado por el Padre Antonio María Claret, futuro Santo. Hoy se la asocia también al antiguo Santuario de San Judas Tadeo que alberga, y al que dedicaremos algún futuro posteo dado lo interesante que es este culto con sede aquí, precisamente.
Es preciso remontarse un poco para conocer mejor la historia del templo y la orden allí acogida.
En otra prueba de los fuertes vínculos que aún mantenía Chile con la Madre Patria pese a las escaramuzas de la Independencia y la Guerra de 1865-66 hecha a favor del Perú, los claretianos llegaron más o menos tempranamente a estas tierras chilenas tras su creación por Claret: en 1870, con sólo 7 misioneros traídos desde España por don Santiago de la Peña, quien era propietario de una parcela en calle Dieciocho, en donde se situaba una pequeña capilla que sirvió de refugio para los primeros años de la Congregación en Chile, antes de poder trasladarse en una parroquia propia.
En 1872, Peña y sus colaboradores compraron los terrenos necesarios en calle Zenteno, el que recibió algunas donaciones de vecinos y de otros filántropos, hasta tener el tamaño suficiente para iniciar la construcción del primer templo claretiano justo donde antes había estado la Capilla de Belén.
La misma vista, desde una fotografía antigua.
Vistas del interior, en la actualidad- Nótese los destellos de las luces.
La primera piedra del edificio se colocó el 5 de marzo de 1876 por el Arzobispo Rafael Valentín Valdivieso, en una época de grandes remodelaciones y desarrollo en el aspecto urbanístico de Santiago de Chile. Sus arquitectos fueron el Padre José Viladrich, destacado por sus labores evangelizadoras en la Araucanía, y el Hermano Pedro Más.
El 8 de diciembre de 1878, Día de la Purísima, el templo fue consagrado en solemne ceremonia dirigida por el Obispo Joaquín Larraín Gandarillas, Vicario Capitular de la Arquidiócesis, cuando la mayor parte de su construcción iba ya concluida. Sin embargo, quedó terminada totalmente sólo en 1882, en plena Guerra del Pacífico.
En 1928, la autoridad eclesiástica le concedió el reconocimiento de parroquia. Y, al año siguiente, se le reconoció el estatus de basílica por el Papa Pío XI, constituyéndose con ello en la primera casa religiosa del mundo con estas características y dedicada a la imagen del Corazón de María. Con suerte, habrá acaso un puñadito de chilenos conociendo este sorprendente antecedente histórico sobre el enorme templo.
En 1950, Monseñor José María Caro, el primer Cardenal de Chile desde hacía cuatro años, coronó por encargo del Papa Pío XII la figura del Corazón de María. Por Decreto Nº 22 del Ministerio de Educación, del 14 de enero de 1987, la Basílica fue declarada Monumento Histórico.
El sagrado símbolo del Corazón de María aparece y reaparece en todo el edificio (aquí, en las puertas)
Imagen coronada del Corazón de María

Capilla de los mártires religiosos de la matanza de Barbastro, en 1936

Cuadro informativo de la Capilla a los mártires de Barbastro
En 1997, los religiosos de la comunidad decidieron pasarle la aplanadora a la “corrección política” y dedicaron un rincón del templo a la memoria de los mártires claretianos asesinados en la masacre de Barbastro en la ciudad de Huesca, Aragón, cometida por agitadores izquierdistas que, deseosos de vengar el reciente Alzamiento Nacional del 18 de julio de 1936, visualizaron en la Iglesia Católica a un potencial enemigo durante la Guerra Civil que ya había comenzado y que duraría tres sangrientos años más. Todas estas víctimas inocentes de la vesánica bestialidad y de esa frenética e innecesaria explosión de criminalidad, abonada por el fragor demencial de la lucha fratricida, fueron beatificadas por el Papa Juan Pablo II en 1992. Hoy es posible encontrar en nuestra basílica una hermosa capilla recordando este infausto acontecimiento de la historia española y de la congregación.
La bien conservada basílica tiene una extraña pulcritud dorada, como si un esplendor aurífero dominara sus espaciosos interiores. Los ángeles custodios del Corazón de María reciben al visitante ya en las altas entradas. Hermosos cuadros con pasajes de la Pasión de Cristo acompañado en su martirio de la Virgen María cuelgan de los viejos muros.
Por sobre todo, la repetición del símbolo sublime del Corazón de María, coronado, casi parece latir en las puertas, muros y altares donde se lo puede encontrar y reconocer dentro de tanta enormidad, atravesada por los rayos de la luz divina que penetran los grandes ventanales, hasta fundirse con el dorado claretiano y eterno del sagrado emblema cardiaco de María, ese misterioso arquetipo femenino tan alojado en la fe popular.

lunes, 25 de agosto de 2008

LA MEMORIA FINAL DEL "CAFÉ PAULA"

Histórico letrero del desaparecido Café Paula (San Antonio con Agustinas)
Coordenadas: 33°26'24.95"S 70°38'53.58"W
El siguiente texto fue publicado por el diario "La Tercera" del 10 de septiembre de 2001, titulado "Café Paula, con 55 años en el mercado". Irónicamente y a pesar de su optimismo, aparece sólo un par de años antes del cierre final del "Café Paula". Sus primeros amagos de cierre suceden en enero de 2003 y su quiebra final en febrero de 2004, con la desaparición de sus casas principales en San Antonio con Agustinas y en Pasaje Matte. Me resulta triste este posteo, pues conocía la sede principal del café en calle San Antonio, y su rincón "Arturo Moya Grau" (en homenaje al dramaturgo y guionista, que allí se sentaba siempre), cerca del cual me reuní algunas veces en mis reuniones con amigos y colegas pidiendo siempre lo mismo: un café cortado con galletitas. Por décadas, el café había sido lugar de encuentro de políticos, intelectuales, artistas y el público del cercano Teatro Municipal. El local arrastraba problemas desde mediados de los noventa, cuanto menos, hasta que debió cerrar sus puertas definitivamente ante la desazón de sus clientes.
Local del desaparecido Café Paula de San Antonio con Agustinas (vista lateral), en los bajos del zócalo del Edificio Automóvil Club.
Desde 1946 este salón de té se hizo espacio en el centro de Santiago. Ya son varias las generaciones que han llegado hasta allá para disfrutar de los clásicos ave palta, las tortas de merengue y los helados caseros. "Las personas que han querido hacer negocios con nosotros nos consideran los más fuertes de Plaza Italia para abajo". CRISTIAN CÁCERES, GERENTE GENERAL DEL CAFÉ PAULA.
El tradicional sándwich de ave palta; las clásicas tortas de selva negra y merengue; los strudell; los helados artesanales y los café helados no se encuentran en otro lugar más que en pleno centro de Santiago. Con sólo cinco locales distribuidos en un cuadrante muy pequeño dan vida a uno de los más antiguos café: El Paula.

Hasta ahí han llegado las más renombradas figuras del mundo empresarial, literario, cultural... en fin, casi todos los capitalinos. Mal que mal muchos cierres de la revista Ercilla fueron celebrados en ese café por la conocida periodista Lenka Franulic. O las varias teleseries que armó desde su "rincón literario" Arturo Moya Grau. O las infaltables visitas semanales del emblemático Julio Martínez o de los dos últimos alcaldes de la comuna de Santiago, Jaime Ravinet y Joaquín Lavín.

Son muchas generaciones las que han pasado por estos locales que se instalaron en la capital en 1946. Los artífices fueron los primos Guillermo y Leopoldo Knapp (ambos fallecidos). "Ellos detectaron que Santiago no tenía buenos café" cuenta Cristián Cáceres, actual gerente general de la empresa. Entonces, compraron una pequeña pastelería ubicada en Pasaje Matte. Mantuvieron el nombre y se lanzaron con el producto.

Pero el culpable de tanta caloría llegó cuatro años después. Carlos Floh (85 años) fue el encargado de crear 86 variedades de pasteles y más de 67 tipos de tortas. Así la mezcla resultó perfecta. Los primos Knapp se hicieron cargo de la parte administrativa mientras Floh daba rienda suelta a su creatividad. Todos reunidos en una empresa dividida en partes iguales entre los tres.

Hicieron la receta perfecta. "Lograron que la sociedad de la época tuviera acceso a un buen salón de té con un ambiente grato, con locales bonitos y atendidos por un garzón", cuenta Cáceres.

Inmediatamente se notó el éxito. Cáceres indica que "éste fue el punto histórico de reunión de la familia. Algo que era muy tradicional en esa época. Y tuvo un éxito tal que nuestros locales empezaron a crecer". Sucede que los establecimientos comenzaron a colapsar: "la demanda era tan grande que abrías un local y con seguridad tenías clientes. Era un negocio seguro", agrega Germán Matas, gerente comercial de la compañía.

Las réplicas

En un área geográfica relativamente reducida comenzaron a aparecer las réplicas de Café Paula. "Era una estrategia comercial, porque querían mantener el control de sus negocios", indica Cáceres.

Fue así como en 1949 se abrió el segundo local en Moneda, que hoy en día es uno de los más tradicionales. Cuatro años después inauguraron uno de los más emblemáticos. Ese que hasta en el extranjero es conocido por estar enfrente del Teatro Municipal: el de calle San Antonio.

No pararon más. En 1960 se inauguró el local de Ahumada, en 1963 el de la Galería España y en 1968 se compró el que está en el primer piso y entrepiso del Pasaje Matte. En ese lugar instalaron la fábrica de alimentos, jugos y helados.

El crecimiento fue sostenido en el tiempo. Con precios accesibles a todos los bolsillos, lograron cautivar a todo público, sin diferenciar clases sociales. La competencia, entonces, fue mínima. Al contrario, Café Paula marcaba la pauta.

Tiempos difíciles

Pero como todos los negocios, éste también tuvo sus problemas. De partida, Café Paula fue afectado por la incertidumbre de la crisis del año '70. Es así como la segunda generación (los hijos de los primos Knapp y de Floh) deciden irse del país. Y eso hasta el día de hoy.
Ese salto generacional provocó un estancamiento en el desarrollo de los locales del café. Sus dueños ya envejecían y estaban cansados como para abocarse a nuevos proyectos. Entonces, cuando los clientes tradicionales subieron hacia Providencia y Las Condes, Paula se quedó en el centro. "No salieron más locales porque implicaba más trabajo y más control", acota Matas.

La competencia, en cambio, siguió a sus clientes y se instaló en Providencia, en Las Condes, en el Parque Arauco y en el Alto Las Condes, entre otros. "Tuvimos la incapacidad comercial para seguir al cliente donde tenía que estar", confiesa Cáceres.

Además, aumentó la competencia con la masificación del consumo de la comida chatarra a un precio muy inferior. "En un supermercado, por ejemplo, puedes encontrar tortas que valen $ 1.500", precisa Cáceres.

Todo esto, sumado a una mala administración en la empresa, bajó las ventas en un 40% durante un período.

El relanzamiento

La reacción para salir adelante fue lenta. Sólo este año la segunda generación nombró a un directorio para que levantara al tradicional Café Paula. De ahí surgió la siguiente administración. Se pusieron las pilas y con gran entusiasmo asumieron el proceso de reingeniería de la empresa completo.

"Estamos redefiniendo toda la estructura comercial, administrativa y de control. Hemos sacado a la luz entre 25 y 30 nuevos productos, los hemos renovado, hemos cambiado el gramaje, para que sea más atractivo para nuestro público, hemos renovado el concepto de los jefes de local; hoy en día es un vendedor, una persona que está muy en contacto con nuestros clientes", explica Cáceres.

Toda una reingeniería que se está realizando con "nuestra propia gente que es la que sabe del negocio", comenta Cáceres. También, agrega, con el apoyo de los proveedores.

Y la puerta del nuevo Café Paula va a quedar estampada en noviembre cuando se inaugure un nuevo local en Bandera con Moneda. Tendrá una nueva imagen corporativa, pero mantendrá la tradición que sus dueños instauraron en 1946. De esta forma la empresa quedará con seis locales.
Por el momento, sólo están evaluando la posibilidad de franquiciar, eso sí, "siempre que nosotros pongamos los productos", dice Cáceres. Esto, como una forma de no desvirtuar la marca. Tampoco descartan subir hacia Las Condes en el largo plazo. Pero todas las fuerzas están puestas en posicionar a Café Paula "sin perder la línea de calidad y servicio, la línea tradicional de atención a la mesa", acota Cáceres.

Y es así como la marca Paula ha logrado estar muy bien posicionada en el mercado. Mal que mal, las "personas que han querido hacer negocios con nosotros nos consideran los más fuertes de Plaza Italia para abajo".

OTROS NEGOCIOS

Los negocios de Café Paula se han extendido a una serie de otros servicios aparte de la atención en los locales."Es una manera de potenciarlo y de aprovechar nuestras capacidades instaladas", cuenta Cristián Cáceres.

De partida, todos los productos del Café son distribuidos a las oficinas que así lo piden. Además, producen eventos. Es así como están presentes en desayunos, reuniones de media mañana y en los cocteles que organizan las empresas. De hecho, hasta La Moneda les ha solicitado el servicio.

Hoy en día, por ejemplo, se encuentran en los casinos de alumnos que están estudiando los programas de MBA de la Universidad Católica. Además, históricamente han estado también en el local del Café Literario que organiza la Municipalidad de Santiago.

También están en todas las grandes tiendas (Ripley, Almacenes París y Falabella) como proveedores de tortas de novios para los respectivos departamentos.
Local del desaparecido Café Paula de San Antonio con Agustinas (vista frontal), hoy convertido en sucursal bancaria.

LA ILUSIÓN COLONIAL DE LA ANTÁRTICA: ¿UN PUENTE POLAR ENTRE AMÉRICA Y OCEANÍA?

Escrita por el jurista y cronista español Juan de Solórzano Pereira (1575-1655), la obra “Política Indiana”, junto con aportar uno de los párrafos coloniales más explícitos a los derechos antárticos que por entonces se adjudicaban a la Capitanía de Chile, hace una extraña pero entonces comprensible relación sobre un supuesto puente continental que la Antártica habría constituido entre el Sur de América y de Oceanía, casi restaurando la geografía de los tiempos del megacontinente de Gondwana.
Escribe el autor hacia 1647, en su citada obra:
"Por el Polo Antártico o del Sur, no se sabe hasta dónde corre la tierra que llaman de Patagones, y Estrecho de Magallanes; pero tiénese por cierto que, por frías que sean estas regiones, se han de hallar pobladas y continuadas como las que caen en el otro debajo de la frígida zona. Y por aquí dicen Henrico Martínez, Ortelio y otros, que se junta con la Nueva Guinea e islas Salomón, fronterizas del Perú y reino de Chile".
El error en que cae Solórzano Pereira al creer a la Antártica conectada con las tierras a la vuelta del mundo, persistió como creencia popular por muchos años más entre algunos intelectuales, hasta que se tuvo una dimensión real de las proporciones del continente polar.
Sin embargo, el mundo de América fue, para muchos escritores como él, un santuario donde identificar los elementos reconocibles de la cultura occidental clásica, incapaces muchas veces de admitir la propia de los naturales. Solórzano Pereira, por ejemplo, si bien no creen en las teorías sobre el origen friso de los indígenas de América, sostenida por Justo Lipsio, también hace notar en su “Política Indiana” que los nativos de Chile tenían por símbolo las águilas bicéfalas, tal como las romanas, observación que también hace Diego de Rosales.
Pero lo más intrigante es que hemos visto en otro posteo que, en 1838, Edgar Allan Poe describe en su enigmático libro "Las Aventuras de Gordon Pym" un territorio antártico frío y lleno de témpanos, pero habitado por tribus negras de aspecto melanesio y una fauna de tipo africanas o australianas, cerrando su relato con la aparición de un misterioso gigante que parece evocar a aquellos que los europeos decían ver en la Patagonia.
¿Se habría inspirado Poe en relatos de autores coloniales como Solórzano Pereira y su teoría de la conexión polar americano-oceánica? Blanco misterio, difícil de demostrar, pero, ¡vaya qué interesante!
"Theatrum Orbis Terrarum" de 1570. Una de las famosas obras de Abraham Ortelius mostrando la mítica masa antártica del continente polar. El planisferio muestra la proyección del Cono Sur sobre la Patagonia y del Estrecho, además de las Tierras Incógnitas del Polo, que se observan conectadas a la Tierra del Fuego en el acercamiento inferior de la imagen. Y, como en las observaciones de Solórzano Pereira, la masa antártica aparece como un puente continental que conecta el extremo Sur de América con los territorios de Australia y el resto de Oceanía hacia el Índico.
Ilustración hecha por Herrera.
También había sido compartida esta impresión por el cronista mayor de las Indias en Madrid don Antonio Herrera quien, siguiendo la cartografía de la época, creía en esa inmensa masa conectando incluso territorios orientales. Su "mapa", que es más bien un bosquejo sin ajustes (no tenía formación cartográfica y solía cometer grandes errores en sus representaciones de territorios o gobernaciones) corresponde a la "Descripción de Indias Occidentales" publicada en el compendio del mismo nombre, año 1601, en la "Década Primera" de la "Historia General de los Hechos de los Castellanos en las Islas i Tierra Firme del Mar Oceánico".
Aunque Herrera fue muy criticado por cronistas posteriores atribuirse funciones de cartógrafos, desacreditando sus cartas, hay cosas interesantes que decir de esta pieza: un acercamiento al mapa nos permite advertir, por ejemplo, que el nombre de Chile está trazado por encima de la cordillera pasando hacia el Este, y que las tierras magallánicas están señaladas como "Provincia del Estrecho". Pero el detalle más inquietante es el que la Tierra del Fuego aparezca conectada a un continente mayor y desconocido, correspondiente a la Antártica. Herrera ha caído en la tentación de conectar los territorios de la corona española con los misterios del extremo austral planetario.
Pese a esto, el bosquejo no difiere de la característica que ya era conocida en otras piezas cartográficas de la época, en las que ya se presumía de la existencia de un territorio continental y polar "al otro lado" del Estrecho de Magallanes, tal cual se lo señala en este mapa.

domingo, 24 de agosto de 2008

“DONDE GOLPEA EL MONITO”, LA CASA NACIONAL DEL SOMBRERO

Imagen de la vitrina de la tienda, publicada por Manuel Peña Muñoz en "Chile, memorial de la tierra larga". Fotografía de Alfonso Palacios.
Coordenadas: 33°26'5.65"S 70°39'0.56"W
En dos ocasiones he comprado un sombrero en la tienda “Donde Golpea el Monito”, ubicada en calle 21 de Mayo 707, exactamente donde empieza la calle Rosas, hacia el barrio Mapocho. Al cliente le miden la cabeza y rápidamente los amables vendedores aparecen con un sobrero o gorro a la medida exacta. Esto es casi una garantía. No sé si estas compras las he hecho porque realmente necesitaba un sombrero o porque quería tener en la cabeza esa mágica etiqueta del conserje símbolo de la tienda, en lo más parecido a un frenesí consumista que haya tenido mi bastante económica (o economista) vida. Mi favorito no sólo es de "Donde Golpea el Monito", sino que lleva también el sello de la célebre fábrica nacional "Girardi".
La tienda-taller fue fundada por el asturiano José González Noriega y su familia, en 1915, con el nombre de “Fábricas Unidas Americanas de Sobreros”. Conserva casi todo aún de su estilo tipo boliche de principios de siglo, con techo alto, suelo de tablas crujientes, dos pisos interiores, lámparas colgantes y repisas hasta lo más alto imaginable, todo en un dominante color ámbar y dorado, de maderas nobles.
En 1922, los dueños adquirieron una marioneta mecánica parisina que se convertiría en el distintivo de la mítica tienda. Se trata de un pequeño muñeco vestido de “botones” o conserje hotelero, que golpea con su bastón el vidrio de los ventanales desde adentro del escaparate. Había sido enviado a Chile para una tienda de tabaco y, según Peña Muñoz, originalmente era un negrito, lo que explicaría el grueso de sus labios y sus orejas hoy blancas tras tanta pintura esmaltada de color blanco. Muestra los dientes con una expresión de niño; me recuerda a esas clásicas marionetas provenientes del mundo del espectáculo bohemio, como “Tatín” del ventrílocuo y humorista Tato Cifuentes, o “Paquito” del argentino Wilde.
Es más: me atrevería a definirlo como el primer robot llegado a Chile. Su rusticidad y su función invitando a los pasajeros a entrar a la tienda, me recuerda algo sobre la leyenda del autómata que, supuestamente, habrían construido San Alberto Magno y su discípulo Santo Tomás de Aquino con metal, madera y cuero, para abrir la puerta de sus claustros y recibir a los visitantes.
El personaje animado fue toda una novedad en su época, por supuesto, y se convirtió rápidamente en una característica del barrio. Su “toc-toc-toc” constante sobre el vidrio no pasó inadvertido. Imposible. Como en Chile existe desde antaño la costumbre de llamar “monito” a cualquier figura diseñada con características caricaturescas, la gente comenzó a referirse a este lugar del Centro de Santiago como aquél “donde golpea el monito”, convirtiéndose en un punto de encuentro. En un acierto de parte de la familia propietaria, se le cambió el nombre a la tienda por "Aquí Golpea el Monito", que más tarde derivó a "Donde Golpea el Monito", y así quedó hasta hoy.

A la oferta de toda la variedad imaginable de sombreros de paño y de fieltro, se sumaron artículos de vestimenta folclórica, mantas huasas, cinturones, ponchos, suspensores, botas, etc. Todo lo que se busque como accesorio de elegancia en el vestir, especialmente el masculino, de seguro se lo encontraría allí.
La tienda también provee hasta hoy de artículos para proyectos artísticos, fílmicos o históricos. Es posible encontrar, por ejemplo, quepis de la Guerra del Pacífico (el actor y cineasta Kevin Costner se llevó varios durante una visita a Chile), sombreros tipo cowboy o al estilo de “Los Intocables”. En realidad, hay del que uno quiera. Entre otros clientes ilustres, ha tenido al presidente Jorge Alessandri Rodríguez, al poeta Pablo Neruda, al grupo de los "Huasos Quincheros", Raúl de Ramón y el Dúo Rey Silva.
Dos enormes espejos reflejan tantos y tantos años de historia comercial: uno colgante y otro de pie. Son piezas hermosas, de un atractivo extraordinario, y contorneadas por marcos de estilo casi barroco dorado aún más fascinantes, en especial el que cuelga. Si no existiera el famoso “monito” golpeando el vidrio, de seguro estos dos espejos serían el símbolo del local. Peña Muñoz, que la llama "La sombrerería del espejo mágico", recuerda:
"Nuestros abuelos nos llevaron quizás a mirar el monito y asistimos después a ese mágico ritual de probarse un sombrero de fieltro ante un gran espejo"
También existen dos hermosas vitrinas de vidrios biselados que fueron rematados por una casa de modas de Francia en 1850. En general, es el mismo estilo que se imprimió en la tienda desde su inauguración.
Peña Muñoz también es informado de una anécdota curiosa sucedida a su dueño, don Fernando Tamayo, de origen vasco. Durante mucho tiempo asistía al local un señor de "aspecto taciturno" que se paraba mirando el espejo hipnóticamente por largo rato. Meses después, volvía a repetir el rito. Intrigados, un día le preguntaron al señor de las razones de esta rutina.
- Este espejo estaba en el salón de mi casa -respondió- Delante de él puedo ver claramente las fiestas que se celebraban... las Navidades... allí están mi madre, mis hermanas... el despacho de mi abuelo, la escalera de mármol que subía al segundo piso y allá al fondo, las puertas abiertas al parque...
- No veo nada -le dijo la señorita que atendía la caja.
- Hay que saber ver -contestó él, con una sonrisa.
Actualmente, la administración de la tienda pertenece a Sordo y Compañía Ltda., en la cuarta generación de la misma familia fundadora de la más popular y tradicional sombrerería de Santiago. Saben del peso histórico de este sitio: por las paredes cuelgan viejas fotografías del mismo Santiago que viera nacer y crecer a la tienda en sus primeros años.
El conserje mecánico de madera, metal y yeso está un poco destartalado. A veces ha desaparecido brevemente, para pasar a “mantención”, como esas momias de los museos. Las décadas no han pasado sin dejarle huellas: su mano golpeadora está fracturada y precariamente pegada. Luce dolorosamente torcida. Recuerdo haber visto que el punto de contacto del vidrio con el bastón, hace unos años, estaba tan gastado por el incesante golpeteo que se había erosionado y se veía como un punto más delgado y opaco en el cristal. No estoy seguro, pero me parece también que antes movía la cabeza además de golpear, como mirando hacia ambos lados, cosa que ya no hace.
Pero el “monito”, medio averiado y todo, sigue ofreciendo su sonrisa amistosa a peatones y visitantes. En esta época, aproximándose las Fiestas Patrias, los dueños lo visten de huaso, y así lo encontré engalanado al tomar las fotografías que aquí publico. También llegan muchos turistas atraídos por la historia pintoresca de la tienda, durante todo el año.
Así pues, van casi cien años de la tienda proveyendo sombreros para la sociedad santiaguina, y 86 años del “monito” golpeando sagradamente sus vidrieras hasta hoy, en plena época del holograma y la pantalla digital, llamando la atención de generaciones y más generaciones de curiosos.
El "monito" en su escaparate...
En temporada navideña...

Sombreros de las vitrinas.

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