viernes, 28 de noviembre de 2008

SAN CAMILO 262: DEL PROSTÍBULO AL FONDART

Coordenadas: 33°26'43.45"S 70°38'6.47"W
De don Antonio Gil, columnista permanente de "Las Últimas Noticias", tomamos esta publicación que hiciera en el mismo diario el jueves 13 de noviembre de 2008. Nos parece merecedora de ser rescatada por tocar una parte de la historia de Santiago que, por escrúpulos y moralismos, otros escritores e intelectuales no abordan, condenando al olvido esa parte del pasado urbano. No tenemos seguridad de que la dirección de la antigua casa de remolienda coincida, efectivamente, con la que Gil señala, pero como en el caso del burdel que Edwards Bello llama "La Gloria" en su libro "El Roto", resultan interesantes las descripciones que los escritores hacen sobre estos desaparecidos locales. A futuro publicaremos algún posteo dedicado especialmente a los antecedentes que hemos reunido sobre la verdadera ubicación y fama del burdel de "La Nena del Banjo".
Antonio Gil
El prostíbulo del Fondart
Reconocimos vagamente el lugar por sus viejos, nudosos, polvorientos y entristecidos árboles de nísperos: San Camilo 262. En esa dirección hoy se alza el cristalino edificio que alberga al Fondo Nacional para el Desarrollo de las Artes, alias Fondart.
Hace muchos, muchos años, existió allí un mítico prostíbulo conocido como La Nena del Banjo, nombre que tomaba de su regenta, una mujer enteca y dura como una piedra. Lo del banjo es un misterio que se tragó la glotonería insaciable del tiempo. Se trataba de un puterío a la antigua, con poncheras y un piano desvencijado donde un maricón aporreaba boleros de Lucho Gatica y uno que otro tango.
Misteriosas coincidencias. A la casa de adobe entraba entonces un público variopinto: feriantes, bancarios, gente de la hípica. Hoy vemos entrar a una siempre apurada pléyade de artistas y artistoides a entregar sus postulaciones o a retirar los fondos que les han sido asignados por el Estado. Ya no suena la campanilla del portero, ya no se revuelve vino blanco con duraznos en conserva, ni hay risas de pintarrajeadas niñas llegadas de Pelequén o Cunco a vender sus artes amatorias a los emparafinados clientes. Pero persiste un dejo prostibulario, lleno de embelecos conceptuales y buenos propósitos, donde la política pretende –porque está en su instinto, en su ADN– copar todas las demás actividades humanas y subyugarlas a su poder.
La conciencia y la participación, el protagonismo de la cultura, quedan así de una u otra forma subordinadas a ciertas sensibilidades, a ciertas miradas de mundo, que les impiden cumplir con su rol. No olvidemos que la cultura es la forma en que el hombre se da a sí mismo razón de su lugar en el cosmos, de su tarea en el mundo, de su responsabilidad con el prójimo y de su último destino. Es voluntad de sentido y a la vez creación de nueva realidad por medio de la literatura, el arte, la música, el teatro o lo que sea. Es un material sutil y sensible que cumple un papel vital como impugnador de la política. Y, por lo tanto, es un poder en sí mismo, poder que la política busca neutralizar, llena de pavor, a través de su “filantropía” y su mecenazgo.
No sabemos cuánto se embolsaba al año la madama del banjo con sus kamasútricas huasitas fumadoras y risueñas de Lolol o Huentelauquén, ni cuántos polvos se verificaron en su negocio, ni cuántas botellas de pisco fueron tragadas. Sí sabemos que en esa misma dirección del ex barrio rojo de Santiago, papá Estado ha financiado miles y miles de proyectos, entregando miles de millones de pesos para la realización de proyectos de toda laya, los que son analizados con microscopio por las “autoridades culturales” y sus burocráticas cortes.
Con toda honestidad, debemos confesar que nos gustaba harto más San Camilo 262 cuando el único poder allí eran las reglas implacables pero claritas de La Nena del Banjo.
Con su pretendida contribución al desarrollo de la cultura, el Fondart no es otra cosa que un sistema de control de los todopoderosos poderes políticos sobre su enemigo principal: la cultura.

lunes, 24 de noviembre de 2008

LA CAPITAL ANTES Y DESPUÉS DEL TERREMOTO DE 1647


Este texto corresponde a las páginas 62 a 69 de la obra “Historia Urbana del Reino de Chile”, de Gabriel Guarda O.S.B. (Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile, 1978). Ya antes hemos visto algo sobre el fatídico terremoto de 1647 y el Señor de Mayo, que dieran origen a una procesión anual y que se realiza hasta nuestros días en el aniversario del desastroso sismo.

Se ha adelantado que Santiago consolidó su posición como cabeza de Reino, como hecho indiscutible, por efecto de la devastación de las ciudades del sur. Interesa observar su desarrollo en el siglo XVII, pues constituye el único ejemplo claro de avance como centro urbano.

En el momento del desastre era tan reducida su capacidad, que los vecinos no tienen los medios indispensables para socorrer a las monjas clarisas de Osorno que, refugiadas primero en Chiloé, se trasladan luego a Santiago, confiando en que la capital las podrá sustentar. El Cabildo les niega la entrada y durante un buen tiempo deben permanecer en un pueblo cercano, El Monte, viviendo de la caridad de los franciscanos, hasta que el vecindario de Santiago se decide a afrontar su mantenimiento. La tarea más difícil de las autoridades, en este momento, es absorber a los fugitivos del sur, dándoles una colocación adecuada; durante un buen tiempo sólo se oyen lamentaciones y clamores sobre pobreza colectiva, mientras las instituciones públicas y privadas carecen de los mínimos medios económicos para superar los problemas que, finalmente, son conjurados por la ayuda regia, las cajas virreinales o la caridad pública del vecindario de Lima.

El respiro comienza conde el momento en que el establecimiento del situado ejército deja sentir su alivio a la colonia exhausta. “Después, como los caudales crecieron –comenta Rosales- y los ánimos se ensancharon, se edificaron casa muy curiosas, unas de piedra y otras de adobes con portadas curiosas de ladrillos, acrecentándose cada día el adorno y ajuar de las casas con vistosas pinturas y mucho homenaje…” (1)

Según el Oidor Celada, en 1610, Santiago cuenta con doscientas casas (2), pero en 1614, según el exactísimo cómputo de Vázquez de Espinosa, su número asciende a 346, entendiéndose que de ellas 285 son buenas y 61 de poco precio. En este momento hay establecidas 44 tiendas de mercaderes (3). La mejor descripción de la ciudad, antes del gran temblor, podemos extraerla de Ovalle no sólo por lo bien escrita, sino porque está hecha con amor, lo cual, por lo demás, debe servir para ponderar con cautela los datos que puedan ser producto, más que de la realidad, de su entusiasmo.

“La planta de esta ciudad –comienza- no reconoce ventaja a ninguna otra y la hace a muchas de las ciudades antiguas que he visto en Europa, porque está hecha a compás y cordel en forma de juego de ajedrez, y lo que en éste llamamos casas, que son los cuadrados blancos y negros, llamamos aquí cuadras, que corresponden a lo mesmo que decimos en Europa islas, con esta diferencia, que éstas son unas mayores que otras, unas triangulares, otras ovadas y redondas, pero las cuadras son todas de una mesma hechura y tamaño, de suerte que no hay una mayor que la otra y que son perfectamente cuadradas; de donde se sigue que de cualquiera esquina en que un hombre se ponga ve cuatro calles: una al oriente, otra al occidente y de las otras dos al septentrión y a mediodía, y por cualquiera de ellas tiene vista libre, sin impedimento hasta salir al campo. Cada una de estas cuadras –continúa- se divide en cuatro solares iguales, de los cuales se repartieron uno a cada vecino de los primeros fundadores y a algunos les cupo dos; pero con el tiempo y la sucesión de los herederos, se han ido dividiendo en menores y menores, de manera que se ven ya hoy en cada cuadra muchas casas y cada día se hacen más divisiones”.

Ovalle explica detenidamente el sistema de riego vigente en la planta de Santiago, adelanto importantísimo, pero que para el lector europeo debía constituir una gran novedad; “con que no viene a haber en todo ella –dice al respecto- cuadra ni casa por donde no pase un brazo de agua muy copioso que barre y lleva toda la basura e inmundicia del lugar dejándolo muy limpio, de que también se sigue una gran facilidad en regar las calles cuando es necesario, sin que sean menester los carros y otros instrumentos que se usan en otras partes…”. Distingue nuestro autor que “no beben de esta agua sino los animales”, pues los habitantes la extraen de pozos y fuentes.

Las calles centran por un momento su atención, especificando que su anchura les permite el cómodo tránsito de tres carrozas a todo lo ancho y a un tiempo, pero de entre todas destaca la vieja Alameda, que es descrita con valores que han persistido.

“Una calle sola hay –dice- muy ancha, que tendrá de espacio tanto como cuatro o cinco de las ordinarias y podrán caber juntas unas doce o quince carrozas. Esta quedó al lado del sur y corre de oriente a poniente, desde el principio al fin de la ciudad… llámase ésta la Cañada, y aunque al principio no pasaba de allí la ciudad ni se estendía más adelante, ha ido creciendo ésta de manera que se ve hoy esta Cañada cercada de huertas y estudios del uno y otro lado… Es esta Cañada absolutamente el mejor sitio del lugar, donde corre siempre un aire tan fresco y apacible, que en la mayor fuerza de verano salen los vecinos que allí viven a tomar el freso a las ventanas y puertas de la calle, a que se añade la alegre vista que de allí se goza, así por el gran trajín y gente que perpetuamente pasa, como por las salidas que hay a una y a otra parte y una hermosa alameda de sauces con un arroyo que corre al pie de los árboles desde el principio hasta el fin de la calle. Y el famoso convento de San Francisco, que está ilustrando y santificando aquel sitio con una famosa iglesia de piedra blanca hecha de sillería y una torre a un lado de lo mesmo, tan alta que de muy lejos se da a la vista a los que entrar de fuera: es de tres cuerpos con sus corredores y remata el último en forma de pirámide; es de muy airosa y de lo alto de ella se goza por todos lados de bellísimas vistas que son de grandísimo recreo y alegría”.

El itinerario que recorre Ovalle no puede ser más exacto y sugerente y, entre otros valores, tiene el mérito de acreditar que ya entonces Santiago es una ciudad con efectos estéticos finamente cuidados, con valores urbanos propios donde, dentro de un desenvolvimiento orgánico, se han ido enriqueciendo determinados espacios, lugares de tránsito, remansos y ciertos edificios que, a manera de hitos, relacionan la ciudad con el ámbito rural y geográfico.

Lugar destacado ocupan las plazas: cita las de San Saturnino, Santa Ana, la de la Compañía, que distingue con el calificativo de placeta, agregando que existe una de éstas frente a cada iglesia de las distintas órdenes. Párrafo especial le merece, evidentemente, la Mayor: “…sobre todas es la plaza principal donde está el mayor comercio de los negociantes, mercaderes y pleiteantes. Los dos lienzos que caen al oriente y al sur están todavía a lo antiguo –puntualiza-, aunque se han hecho en ellos de nuevo muy buenos balcones y todos los altos con buen ventanaje para ver los toros y demás fiestas que allí se hacen. El lienzo que cae al norte, -en cambio- está todo de soportales y arcos de ladrillo, debajo de los cuales están los oficios de escribanos y secretarías de la Audiencia y Cabildo y en los altos están al principio las casas reales con corredores a la plaza y las salas del Cabildo y regimiento, y en medio están las salas de la Real Chancillería con otras pertenecientes a ellas, con sus corredores asimismo a la plaza, y por remate las casas reales, donde viven los ministros del Rey y están las salas de la Contaduría y tesorería real y sus oficiales”.

Completa el escenario de la plaza mayor el costado poniente donde campean la catedral y el palacio episcopal. La primera es “de tres naves fuera de las capillas que tiene a la una y otra banda… toda de piedra blanca, fundada la nave principal de en medio sobre hermosos arcos y pilares todos asimismo de piedra de muy airosa y galana arquitectura”. Por un acta del Cabildo, de diciembre de 1631, conocemos la fecha de la construcción del obispado, con fachada de altos a lo largo de todo un solar, a la plaza, en cuyos bajos instalábanse las dependencias del Cabildo eclesiástico y en su planta superior la residencia del prelado (4). Ovalle se refiere a ese conjunto en los siguientes términos: “las famosas casas episcopales con un curioso jardín y muy alegres piezas y cuartos altos y bajos y soportales de ladrillo, con corredores a la plaza, que si como hermanan con el lienzo septentrional tuvieran igual correspondencia por la parte del sur y del oriente, fuera una de las más galanas y vistosas plazas que hay, porque es muy grande y perfectamente cuadrada”.

Nuestro autor especifica que todos los edificios, fuera de los cimientos, que son de piedra tosca extraída del cerro de Santa Lucía, y “fuera de algunas portadas y ventanaje, que hay de molduras de piedra blanca o de ladrillo”, son de adobe, agregando que “lábranse ahora mejores casas, más altas y más autorizadas y lúcidas que a los principios… Es esta ciudad –asegura en un rapto de entusiasmo- la cabeza del Reino y una de las mejores de las Indias, excepto la de Los Reyes y Méjico, que son más ricas…” (5).

Todo este digno escenario, producto de un esfuerzo paciente y sostenido, desapareció el 13 de mayo de 1647 en las ruinas del “gran temblor”, que dejó la ciudad en el mismo estado que en sus comienzos, con el agravante del cansancio acumulado en un siglo de luchas, de un verdadero agotamiento.

Es necesario decir en este punto que los terremotos fueron un flagelo común a la gran mayoría de las poblaciones de América. Será una constante, en cambio, que los de Chile sean normalmente los más fuertes y devastadores. El calendario de los experimentados por la sufrida colonia es nutrido y algunos como el de 1575, que abarcó de Concepción a Chiloé, con epicentro en Valdivia, maremoto, y derrumbe de cerros en las fuentes del río, el lago Riñihue, o los muchos parecidos de Concepción, todos con salida de mar de proporciones inigualadas en el resto de América. El de 1647 parece haber sido el más violento acaecido en el continente, con el agravante de haber tenido su epicentro en la capital y caracteres de terremoto en las zonas comprendidas entre Choapa y Colchagua, a este lado de la cordillera, y toda la provincia de Cuyo, al otro.

Abundan las descripciones del fenómeno, como las crónicas de todo dantesco; su recuerdo perduraría con caracteres legendarios y el espectro, para algún día, de su repetición, como un fantasma para la castigada ciudad, que en “un instante de tres credos en medio de ser o no ser ciudad, de ser o no ser mil vidas, de ser o no ser una población hermosa, un territorio fértil vestido de fábricas a quedar yermo…” (6).

Cayeron todas las construcciones, excepción hecha de la nave de la Iglesia de San Francisco, “cien leguas de edificios”, como explicará gráficamente la Audiencia al Rey, con muerte de un millar de habitantes, cifra que, dentro de la población total de entonces, significaba un porcentaje muy elevado. Fue tal que, en un momento dado, antes de iniciarse la reconstrucción, se planteó la pregunta de si no era llegado el tiempo oportuno de mudar la ciudad de sitio, prevaleciendo la idea de mantenerse en el antiguo por los censos que gravaban muchas propiedades, cuyas extinción habría significado automáticamente la de las instituciones que beneficiaban. (7)

En cuanto se supo la noticia en Lima y Madrid, las instancias oficiales comenzaron a arbitrar los socorros que se estimó más oportunos para la reconstrucción; fuera de las limosnas (8), se eximió al vecindario de buena cantidad de impuestos y gabelas (9).

Lentamente, iniciándose los trabajos, pudiéndose estimar que hacia 1700 la reedificación de Santiago estaba casi concluida (10).

De las ruinas del gran temblor surge una ciudad nueva, de arquitectura más baja o en todo caso, muy robusta; se reconstruyen, según el gusto del momento, todas las iglesias y conventos, como todos los edificios públicos y privados, con la impronta de lo que la técnica contemporánea determina como asísmico. Disponemos de una investigación muy amplia relativa a la situación de la nueva ciudad, la cual, sobre la documentación proporcionada por diversos archivos permite conocer, como tal vez en ninguna otra etapa de su historia, los datos precisos sobre sus diferentes aspectos (11).

La planta de la ciudad ocupa 330 hectáreas edificadas y 66 de viñas dentro de la traza; ésta se ha ido desarrollando bastante más allá de sus límites primitivos, tanto en la Chimba, al norte del río Mapocho, al oriente del cerro Santa Lucía, al poniente, hacia la antigua chacra de Diego García de Cáceres, ahora del Marqués de la Pica, como al sur de la Cañada, detrás del convento de San Francisco y el Hospital de San Juan de Dios. La intervención del Cabildo en la regulación de estos desbordes ha sido parsimoniosa: sólo en 1687 se viene a preocupar de que las calles del último sector citado están mal abiertas e imperfectamente trazadas, dictando normas reguladoras.

Hay dentro de la ciudad un total de 997 propiedades y sus habitantes, de los 4.986 que le asigna el Oidor Solórzano en 1657, han aumentado de once a doce mil hacia 1700; la tendencia del crecimiento demográfico de la capital es a duplicarse cada cien años, ello, no tanto por causa del aumento vegetativo de la población local, cuanto por la inmigración interna.

La composición de los distintos elementos raciales de la población ha sufrido una alteración harto elocuente en relación al siglo anterior: a un gran aumento de la población blanca ha correspondido un descenso proporcional de la india, que mantiene su cifra, a pesar del aumento general; negros y mulatos han multiplicado enormemente su proporción, mientras los mestizos apenas la han duplicado. El cuadro siguiente, obtenido de la comparación de los datos arrojados por los libros de bautizos resulta muy ilustrativo al respecto (12):


Años 1581-1595

%

1681-1696

%

españoles

366

19

2.880

56

indios

1.313

67

1.015

19,5

mestizos

144

7

215

4

mulatos

83

5

717

14

negros

37

2

331

6,5

Las calles están componiéndose con calzadas de piedra canteada –veredas- construidas a costa de los propietarios, en cuyos bienes se inventaría esta obra, no obstante su uso público; el Cabildo patrocina entre 1686 y 1690 la construcción de las correspondientes a la calles que parten de la plaza, mientras el Rey costea las que corren delante de los edificios públicos de aquel recinto. Las únicas calles pavimentadas comienzan a ser las de la misma plaza; la concesión de 1672, por parte del Rey, el producto del ramo de Balanza para la fábrica de diversas obras públicas, permitirá el aderezo de las calles, la construcción de los tajamares y, luego, de la Casa de Recogidas y Cabildo (13).

El Presidente Juan Henríquez hace fundir una hermosa pila de bronce para el abasto de agua potable en la plaza mayor, la que es conducida por tubería subterránea a partir de las cajas de agua, en el costado norte del Santa Lucía, junto a la calle de La Merced, al igual que las que surten a los conventos; existe una profusión de pozos dentro de los solares, no empleándose para el consumo de la población, como dijo el padre Ovalle, las aguas del Mapocho, siempre turbias, sino la traída de la quebrada de Ramón.

De 146 edificios descritos en inventarios 5 cuentan con trece o más habitaciones; 22 con siete a doce; 38 con cuatro a seis; 29 con dos a tres; y, 27 son ranchos con una sola habitación, no especificándose el número que tienen 25, tratados en los documentos consultados, sólo en forma genérica.

Todos los edificios públicos tienen dos plantas en su fachada principal: el Palacio de Gobierno, la Real Audiencia y el Cabildo, todos en sus sitios tradicionales al costado norte de la plaza, con balconería corrida en el segundo piso. El costado sur de la plaza tiene ahora fachada uniforme igualmente de dos plantas, con portales de correcta arquitectura; ya se dijo que los lados oriente y poniente están inconclusos, por lo que el Obispo arrienda una residencia en el sector norponiente de la traza.

Fuera de la catedral y de las iglesias conventuales y monasteriales hay tres parroquias: El Sagrario, Santa Ana y San Isidro; capillas en la Audiencia y el Cabildo; y, en otros puntos céntricos, las de Salguero, San Saturnino, San Lázaro y El Socorro; oratorios hay en palacio y en numerosas casas particulares; prevalece la Ermita de Monserrat y ha surgido una nueva, la de Nueva Señora del Camino, en la salida a Pudahuel. Fuera de sus torres, los documentos mencionan otras “torres” en casas privadas, las que no son sino mojinetes o altillos sobre portadas y zaguanes.

Hay en la ciudad diecisiete maestros sastres, fuera de oficiales y aprendices; cinco sombrereros; trece zapateros; treinta carpinteros; cuatro silleros; veintiséis herreros: dos estriberos; tres armeros; cuatro caldereros; tres espaderos; dos fundidores; dos albañiles; un cantero y un carrocero y calesero, todos maestros, lo que hace ascender a un número bastante alto la población artesanal, incluidos oficiales y aprendices. De dieciséis maestros plateros, dos lo son en el arte de la plata y oro. Curtiembres hay tres, con tres maestros zurradores y muchos curtidores; en Renca, muy próxima a la ciudad, hay una cuarta. Al igual que fábricas de jarcias y textiles, hay varias industrias, todas de vecinos de la ciudad, incluidas las nuevas de Bucalemu y Choapa, productora la última de unas famosas alfombras denominadas, como resulta obvio, choapinos; se fabrica también balleta, jerga, cordellate y jarcias. La loza y alfarería de cerámica se produce abundantemente y se exporta; fuera de la loza fina que fabrican las monjas clarisas hay dos fábricas llamadas ollerías. La fábrica de ladrillo del capitán Vicente Carrión Montesinos provee a la totalidad de las construcciones de la ciudad, asentándose numerosos contratos por partidas superiores a las cien mil unidades. Hay seis molinos y dos géneros de amasijos, los caseros y los de amasanderas; estos últimos ascienden a treinta y nueva. El producto de las 66 hectáreas de viñas –el 20% de la superficie de la ciudad- se reduce a vino en los mismos predios que lo producen; el 71% de estas viñas está en el sector de la parroquia de Santa Ana. Hay finalmente una carnicería, una pescadería y una heladería –la nevería- de propiedad del Cabildo, atendidas por concesionarios con precios fijos; en 1694 la población consume diariamente 4.500 fanegas de pan.

Santiago cuenta con todos los servicios propios de una ciudad importante. Sin contar los bienes eclesiásticos, fiscales ni municipales, el avalúo de la propiedad privada arroja un total de 1.548.700 pesos; sobre él pesa un gravamen de 533.396 pesos, especialmente por censos, pues las hipotecas son poquísimas y se conciertan por plazos no mayores a cinco años. Según el jesuita Fanelli, después de Lima, Santiago es en 1698 “la mejor de toda la América meridional, tiene mucha nobleza y el número del pueblo será de cuarenta mil almas (sic)…” (14).

NOTAS

1.- Rosales Historia General, I, 836. Vid. Las cédulas de 14 III y 2 IX, 1607; sobre las dificultades para admitir en la ciudad a las clarisas de Osorno en 1603. Cfr. Colección de Documentos Inéditos de la Historia de Chile (CDIHCh) XXVI, 471. Sobre la reedificación de iglesias y monasterios destruidos por la guerra y sobre que se envíen 20.000 ducados del Perú para la recuperación de los habitantes del Reino, Vid. Medina, José Toribio, Manuscritos Inéditos Biblioteca Nacional de Santiago (MM) 108, 109, 260, 289, 55; González de Nájera (Desengaño y reparo... 81) dice: “La ciudad de Santiago es sola la que ha quedado en él [Reino], que tenga partes de grandeza para poderse llamar ciudad…”

2.- Gay, Documentos, II, 195.

3.- Vázquez de Espinosa Compendio... Nº 1926; González de Nájera le asigna alrededor de trescientos (Desengaño y reparo... 11); Carvallo Goyeneche cita cierto informe del Cabildo según el cual en 1631 “en 250 casas que había no llegaban sus vecinos, moradores y mercaderes a más de 450 hombres capaces de tomar las armas” (Descripción histórico-geográfica, II 31). Tanto por ser un número redondo, como por el contexto del documento, que persigue un fin reductivo, nos inclinamos por los guarismos de Vázquez de Espinosa. Según Tesillo en 1641 el sitio de la ciudad es capaz de innumerables vecinos, “no tienen quinientos” (Guerra de Chile, 31).

4.- Actas: 29 XII 1631.

5.- Ovalle Histórica Relación… I, 266-279. Vid. La descripción de Rosales, Historia General, I, 386.

6.- Carta de la Audiencia al Rey. 13 V 1647 (Gay Documentos, II, 361; Cfr. Rosales Historia General, III, 367.

7.- Cfr. la carta del licenciado Polanco al Rey, 7 VI 1647 (Gay Documentos, II, 471 y 462); Rosales indica que murieron ochocientas personas dentro de la ciudad y mil doscientas en sus términos (Historia General, III, 366).

8.- Vid. Acta de la distribución de la remitida por Virrey Marqués de Mancera, 16 IV 1648 (Medina, José Toribio, Manuscritos Inéditos Biblioteca Nacional de Santiago [MM] 140,9 y 234 A, 284) y los diez mil ducados solicitados por el Procurador General de la Compañía de Jesús (Ibidem 141, 25).

9.- Medina, José Toribio, Manuscritos Inéditos Biblioteca Nacional de Santiago (MM) 309, 96 y 98.

10.- Llama la atención, sin embargo, que en todo este período de 53 años no se edifiquen edificios importantes en el costado oriente –donde prevalece un predio para una matanza y faena de vacunos- y su opuesto, el poniente, en el que la Catedral, aparece rodeada de un camposanto, aun en el lugar de las antiguas casas episcopales. Sobre el terremoto de 1647 Vid. Archivo Gay Morla, Archivo Nacional de Santiago (GM) 15 y 17; RA 480; Medina, José Toribio, Manuscritos Inéditos Biblioteca Nacional de Santiago (MM) 137, 140, 142, 147, 234 A, 242 y 309; de Amunátegui, Miguel Luis: El terremoto…; González Chaparro: Relación… y Villarroel: Relación del terremoto…

11.- Agradecemos a Armando de Ramón el acceso a su estudio inédito aún durante la redacción de nuestra obra.

12.- Fanelli: Relación… 140.

13.- El Presidente Juan Enríquez imparte instrucciones en 1671 para el empedrado de las calles, su mantención y limpieza; Marín de Poveda dispondrá la continuación del empedrado a cuenta de los vecinos pudientes para sus posesiones y las de los pobres, a las rentas de la ciudad (Carvallo Descripción histórico-geográfica, II, 160 y 192). El acuerdo del Cabildo relativo al pavimento data de 7 VII 1659, estampándose en él que “atento al mal tratamiento que con el terremoto las calles están muy maltratadas, se hagan en ellas calzadas, que puedan andar carrozas en ellas con comodidad, empedradas como lo están las calles de todas las ciudades” (Colección de Historiadores de Chile, Santiago [CHCh] 35, 450).

14.- Fanelli: Relación… 140.

El momento del terremoto, según la revista "El Penenca", mayo de 1909.

sábado, 22 de noviembre de 2008

RESTAURANTE “EX BAHAMONDES”: EL PORTAL DEL PORTAL

Coordenadas: 33°26'18.82"S 70°39'1.66"W

Durante la década de 1920, un comerciante chileno llamado Eduardo Bahamondes Muñoz abrió un local de comida rápida en el conocido Pasaje del Portal Fernández Concha, aparentemente en el que sería el actual número 900, según la leyenda. El restaurante se convertiría con el tiempo no sólo en
el primero que introdujo el “completo” y otras versiones nacionalizadas del hotdog gringo en nuestros menús, sino que, además, fundó el carácter de expendio de platillos que es propio del Portal Fernández Concha hasta nuestros días, aunque gozando por entonces del don de la elegancia.

Don Eduardo tuvo ojo para llamar su restaurante como el "Quik Launch Bahamondes", evidenciando un poco la visión que había importado desde el expendio de comidas luego de un viaje a los Estados Unidos, con el hotdog como príncipe de la carta (todavía hay uno de los viejos kioscos del portal que mantiene este titulo, de "Quik Launch"). Sin embargo, el público criollo, poco acostumbrado a la fonética inglesa y a estos conceptos extranjeros, llamó al local simplemente como “El Bahamondes”, título con el que pasó a la posteridad de la historia culinaria del Portal Fernández Concha. Otros locales se instalaron en la vecindad del pasaje comercial ofertando la misma clase de platillos económicos y también el concepto de comidas rápidas, que era toda una novedad en la sociedad santiaguina de aquellos años.

Crecieron las salsas, los aderezos, las ensaladas, los acompañamientos, las pizzas, los embutidos.

El Portal Fernández Concha, gracias al impulso generado por don Eduardo Bahamondes y su novedoso negocio de alimentos, se convirtió en un centro de variedad y de diversificación, muchas veces adaptando recetas internacionales a las fórmulas alimentarias más tradicionalmente chilenas. Contribuyó, además, que el Portal fuera uno de los más importantes centros hoteleros de Santiago, en aquellos años.

Al fallecer el fundador, el negocio fue convertido en una cooperativa y la administración quedó legada a los hijos. Sin embargo, estos no pudieron mantener el negocio y tuvieron que ponerlo en venta, siendo adquirido por una familia italiana residente en Chile, los Devillaine, quienes ya estaban en el rubro de los restaurantes, aunque más tradicionales y "finos". En el “Ex Bahamondes”, en cambio, los dueños optaron por seguir ofreciendo comidas rápidas y más económicas, pero alejada de la alimentación chatarra. En los años sesenta, cuando era el favorito de los estudiantes, se hizo famoso por sus grandes y abultados sándwiches de lomito. La variedad del completo llamada “italiano”, también parece ser una creación de este local, vinculada al origen de la familia Devillaine.

Según un reportaje del diario “La Nación en Domingo” (25 de febrero de 2007), el propietario don José Devillaine había sido dirigente del Club Deportivo Audax Italiano, y dueño también de las parrilladas “La Brasileña” (en la cuarta cuadra de San Diego) y de “La Estancia” (en Las Condes arriba). Habrían sido sus hijos quienes se percataron de la importancia que tendría la introducción del concepto de “fast food”, proponiéndosele una adaptación a la chilena. Eso lo convirtió en un lugar de culto para su fiel público de comensales.

Actualmente, el negocio que siguiera la línea fundacional iniciada por don Eduardo Bahamondes se llama “El Portal”, reforzando su importancia histórica dentro del Portal Fernández Concha que tantos otros centros de la tradición culinaria nacional albergara por sus pasillos, como el “Nuria”, el "Ravera" y el desaparecido “Chez Henry”. A su lista de inventos culinarios suma también la llamada Pizza Portal, que ya está siendo imitada en otros locales, además de los tradicionales completos y bifes o churrascos a lo pobre, entre las muchas otras apetitosas opciones ofrecidas en sus vitrinas y cartas.

La decoración de sus locales dentro del pasaje evocan en "El Portal" un poco a ese aire clásico y originario, de los tiempos tempranos de una ciudad abriéndose al desarrollo comercial. Bajo su actual nombre, por lo tanto, “El Portal” sigue recordando siempre al visitante su glorioso pasado, aunque poco quede ya formalmente de él: “Ex Bahamondes”.


miércoles, 19 de noviembre de 2008

CARTA DE ADIÓS AL PATRIMONIO DE BARRIO INDEPENDENCIA

Esta carta fue publicada por un lector de “Las Últimas Noticias” en la página 7 del mismo diario, bajo el título “Adiós a Independencia”, en su edición del martes 18 de noviembre de 2008. Me complace saber que aún hay gente responsable y comprometida con la conservación patrimonial entre las camadas nuevas de arquitectos y urbanistas, muchas veces internacionalistas y obsesionados con conceptos de vanguardismo.
ADIÓS A INDEPENDENCIA
Soy estudiante de arquitectura y vivo en Independencia. Arquitectura me ha hecho comprender el valor de la ciudad y de sus espacios, que forman la imagen y la memoria de quienes los habitan. Idea que se refuerza cuando estos espacios pertenecen a barrios antiguos, que acumulan una carga de historia y patrimonio.
Dentro de este marco he aprendido a valorar, conocer y descubrir mi comuna y la riqueza que tiene. Se levantan muchos barrios y edificios con historia, sin embargo algunos pasan al olvido sin que nadie se dé cuenta y otros esperan una mano amiga que los rescate, ya que algunas instituciones los protegen.
Pero nada se puede hacer, sólo esperar esa mano capaz de resucitar este espacio. Como en el caso de la Cervecería Ebner, en avenida Independencia, cuya fachada, lo único que queda, espera como anciano en el asilo. Ahora, observé que el Teatro Nacional, uno de los lugares con historia de avenida Independencia con calle Colón, que gozaba de cierta salud, fue demolido por inconscientes inversionistas. Y nadie se dio cuenta.
¿Cuál será la siguiente víctima? Se teme por el Estadio Santa Laura. Sólo queda prender velas.
Marcelo González


Esquina de Independencia con Artesanos, en 1928.



Edificio de la Cervecería Ebner, Monumento Histórico Nacional desde 1984.
Fachada del desaparecido Teatro Nacional de Independencia. (Fuente: Foto de V. Herrera V., tomada de www.cine.en.cl).

lunes, 17 de noviembre de 2008

HISTORIA DE LA CASONA MONTT EN LA CALLE MERCED


Coordenadas: 33°26'17.82"S 70°38'51.25"W

La Casona Montt se encuentra en Merced 738 y 748, casi llegando a calle Enrique Mac Iver, a escasa distancia de la Casa Colorada y de la Iglesia de la Merced, en el barrio histórico del Centro de Santiago.

Me parece que su construcción de dos pisos y fachada de ángulos rectos es de estilo europeo previctoriano, me atrevería a decir que del orden arquitectónico francés o inglés del siglo XIX. De acuerdo a la ficha del Consejo de Monumentos Nacionales, sus influencias artísticas precisas serían neoclásicas y basadas en la estilización del trabajo de Toesca. Todas sus ventanas cuentan con un balcón propio y tiene un amplio y espacioso patio doble, rodeado de habitaciones menores. Según algunos, parece conservar el aspecto de las casas patronales que había en tiempos de la Colonia, con un paso abovedado como galería central conectando la entrada con el patio.

No existen antecedentes sobre el arquitecto, pero se sabe que fue levantada entre 1830 y 1840 por orden de Filiberto Montt y Prado y su esposa Luz Goyenechea, ambos provenientes de familias aristocráticas relacionadas con la explotación minera. La casa se levantó en lo que era entonces el terreno de su hacienda en Santiago. Según la ficha de Monumentos Históricos de la Ilustre Municipalidad de Santiago, la casona se construyó sobre el lugar en que antes se erigía una vieja casa colonial con portal de piedra y balcón volado. De acuerdo a los antecedentes que aporta Januario Espinosa en “Don Manuel Montt” (Imprenta Universitaria, Santiago de Chile - 1944), la mitad de esta propiedad y el terreno la había heredado de su hermana Agustina Montt y la otra mitad la habría comprado al co-heredero Tadeo Badiola, cuñado de doña Agustina. A Tadeo le pagó con dos mil quintales de cobre por su parte de la sucesión.

La casa está asociada, sin embargo, a la residencia y propiedad que tuviera después en ella el gran Presidente Manuel Montt Torres, y muchas referencias disponibles apuntan en la dirección de que la mansión pasó desde su familia hacia sus manos. Sin embargo, tal cual lo revelan algunos autores como Sergio Vergara Quiroz en su libro “Manuel Montt y Domingo F. Sarmiento: Epistolario 1833-1888” (Centro de Investigación Diego Barros Arana, Santiago de Chile, 1999), la casona pertenecía originalmente a Rosario Montt Goyenechea, su esposa desde 1839 y quien era, además, su prima e hija del matrimonio. A diferencia de don Manuel, ella recibió mucha fortuna de herencias familiares, pasando la casona a sus posesiones en 1843, tras morir don Filiberto y doña Luz.

Don Manuel Montt

Espinosa agrega también que, siendo la casa posiblemente la residencia de don Filiberto y su familia para los meses de invierno, su sobrino Manuel habría conocido en ella a doña Rosario por ahí por los 22 ó 23 años de edad pero cuando ésta aún era una niña. Según las cartas personales que se conservan en la familia, el amor habría florecido entre ellos unos siete años más tarde.

Manuel Montt y doña Rosario residieron durante toda su vida en esta casa, cuando estaban en Santiago, incluso durante su Presidencia entre 1851 y 1861. Él falleció en 1880, y ella en 1896. Don Pedro Montt, hijo del matrimonio y también futuro Presidente de la República, había vivido en la casa desde su nacimiento, en 1849. Los herederos de don Manuel y doña Rosario vendieron la casa al ex Intendente de Concepción, don Francisco Masenlli, desde donde pasaría a manos de distintas personas.

La ciudad creció rodeando y hasta amenazando la casona, durante el siglo siguiente. En 1960, el Instituto de Conmemoración Histórica instaló una placa memorial en la fachada del edificio, con la siguiente leyenda:

AQUÍ
TUVO SU HOGAR Y MURIÓ
DON
MANUEL MONTT
1809-1880
SU VIDA CRISTIANA
CONSAGRADA AL PAÍS
ES EDIFICANTE EJEMPLO
SU OBRA
DE EDUCADOR LEGISLADOR
GOBERNANTE Y MAGISTRADO
ENGRANDECIÓ LA REPÚBLICA
---------------
INSTITUTO DE CONMEMORACIÓN
HISTÓRICA
1960

La Casona Montt fue declarada Monumento Histórico Nacional por Decreto Supremo 4.540 del 3 de mayo de 1966, durante el Gobierno de Eduardo Frei Montalva. Sin embargo, por razones que desconocemos esta declaratoria fue desafectada por el Decreto Supremo 1.753 del 26 de Julio de 1971, durante el Gobierno de Salvador Allende. En 1978, fue adquirida por la Caja de Empleados Públicos y Periodistas, organismo que la puso en remate, volviendo a ser adquirida por un particular.

Afortunadamente, una nueva declaratoria restauró el reconocimiento de la casona a través del Decreto Supremo 1.640 del 06 abril de 1981, durante el Régimen Militar del General Augusto Pinochet. En 1988, el Instituto de Conmemoración Histórica hizo instalar una segunda placa junto a la entrada principal de la casa, esta vez recordando la residencia de don Pedro Montt en ella:

AQUÍ NACIÓ Y VIVIÓ
DON
PEDRO MONTT M.
1849-1910
CONSGRÓ SU VIDA AL
SERVICIO DEL PAÍS ACTUANDO
EN LA BENEFICENCIA, EL
PARLAMENTO, LA DIPLOMACIA
Y EL GOBIERNO, HASTA AGO-
TARLA EN LA PRESIDENCIA DE
LA REPÚBLICA (1906-1910)
LEGÓ SUS BIENES PARA
FINES BENÉFICOS
INSTITUTO DE
CONMEMORACIÓN HISTÓRICA
1988

Con la casona protegida por su repuesta condición de Monumento Nacional, ha sido ofrecida en arriendo por su actual propietario, don Gino Pellegrini, y en estos momentos es ocupada por una asociación de comerciantes que han instalado sus locales dentro de ella y en sector del patio. Por muchos años funcionó en el costado de la casa que da hacia el Oriente una famosa cantina-restaurante: el "Bar Parrillón", uno de cuyos platos estrella me parece que era el conejo escabechado.

Aunque la idea de convertirla en un centro comercial es buena para revitalizar su presencia y valor en la ciudad, quizás sea necesario fomentar publicitariamente la existencia de este lugar, un poco abandonado y desconocido. También requiere claramente de mantenimiento, pues su estado de conservación no es del todo bueno.

jueves, 13 de noviembre de 2008

EL FRANCO REY DE LA COMEDIA SANTIAGUINA


Se llamaba Jorge Silva Campos y nació el 17 de septiembre de 1946. Sin embargo, la inmortalidad de la vieja escuela del espectáculo nacional lo recordará por siempre con su pseudónimo artístico: Jorge Franco, también digno merecedor en vida de apodos tales como “El Maestro del Picaresque" y luego “El Rey de la Comedia”, entre su fiel público que lo seguía desde los años de la bohemia capitalina en históricos centros revisteriles donde comenzó su carrera.

Franco se caracterizó siempre por su humor irreverente y muy pícaro, mezclado con críticas sociales y políticas, en algunos casos muy sutiles y en otros explícitos, pero adaptándose siempre al contexto temático de cada época. Así, mezclaba astutamente en sus rutinas y libretos las apelaciones en doble sentido con referencias sobre cuestiones de contingencia y de las características de la sociedad chilena: las frustraciones, los temores, los tabúes generacionales. Por tal razón, sus principales personajes humorísticos eran típicos chilenos provenientes de los sectores más desposeídos: rotos, trabajadores menesterosos, pordioseros y figuras que guardan cierta semejanza con el talento multifacético de figuras casi talismánicas en la historia del comic chileno, como son Juan Verdejo o Condorito.

Entre estas representaciones más famosas creadas por Franco, estaba un cartero agobiado por los trámites en el servicio público; un mendigo que pide dinero en un barrio hostil a los vagabundos; y un náufrago hambriento que viene de un largo tiempo abandonado en una isla. La única excepción importante a esta característica quizás sea el millonario residente del ficticio Condominio “Los Pininos” de La Dehesa, que competía y miraba peyorativamente la posición económica del animador del programa “Morandé con Compañía”, donde Franco realizó sus últimas representaciones televisivas.

En lo respectivo a su vida personal, el actor humorístico había contraído matrimonio con doña Virginia Aracena, formando una bella familia de tres hijos. Se le recuerda como un padre devoto de sus seres queridos, muy amado entre los suyos.

LOS CASSETTES DE CULTO

A principios de los años ochenta, Franco se alió con el también humorista Henry Williams, para producir un irreverente y divertido cassette titulado “La Bruja Tremebunda”, donde se satirizaba con el servicio de una astróloga y adivina que recibía una serie de clientes con problemas absurdos. Era la época en que sonaban también las cintas de otros grandes humoristas que hicieron carrera con Franco en la bohemia santiaguina, como Daniel Vilches y “Los Académicos de la Lengua”. Franco había trabajado con la compañía de Vilches en sus inicios, por cierto. Era común que estas cintas rescataran y adaptaran las clásicas rutinas que hacían doblar de la risa a los asistentes del “Bim Bam Bum” de Santiago Centro, el “Picaresque” de Recoleta o el “Humoresque” de Avenida Matta, haciendo verdadera escuela de humor desde allí en adelante. Franco había pasado por todos estos históricos escenarios de la comedia en la capital chilena.

Cabe destacar que en “La Bruja Tremebunda” aparece un personaje que se ha repetido varias veces en posteriores producciones de humor chileno: el Genio Vaca, aquí representado por Williams. Corresponde a un malvado espíritu que, tal como los señala la cultura popular sobre los genios, concede sus deseos pero embaucando y perjudicando a quien los solicita. En el caso de “La Bruja Tremebunda”, uno de los clientes que suplica despertar algún día entre las piernas de la actriz símbolo sexual de la época, Bo Derek, acaba convertido en toalla higiénica femenina; y a otro que pide tener un miembro viril que le llegue al suelo, el genio le corta las piernas a la altura de los testículos. El fatídico Genio Vaca popularizado por Franco y Williams ha reaparecido, como hemos dicho, en otras rutinas de humoristas posteriores, como el dúo cómico “Los Indolatinos”.

Franco volvió a grabar otras de estas cintas que se hicieron muy populares y corrieron como verdadero contrabando entre los escolares y amigos de barrios de entonces. En una de ellas representaba a la mucama de un controvertido hotel parejero y también a un ciudadano acosado por la burocracia de un abusivo funcionario público que se resiste a concederle un “permiso para existir”. Eran los años de la Recesión Mundial y de enorme incertidumbre social, por lo que Franco interpelaba al abusador reclamando con frases tales como “¡Todo porque tenís trabajo!”.

Quién diría que, 20 años después, la realidad chilena todavía le daría oportunidad para restaurar el argumento central de esta rutina.

Jorge Franco, Guillermo Bruce y Patty Cofré en "El Cartero Chifla dos Veces"


Guillermo Bruce, Eduardo Thompson y Jorge Franco con una vedette del espectáculo "Curvas-Viña-Risas", en noviembre de 1988, diario "La Tercera". Curiosamente, a los pocos días de publicada esta foto, el ambiente del humorismo chileno fue golpeado por la inesperada muerte de otro crack de este club: el comediante Mino Valdés.

PIONERO DE LOS VIDEOS PÍCAROS

Los méritos del humorista no estaban sólo en el ingenio con que amalgamó el humor popular chileno con la burla sociológica, sino también por ser, técnicamente, uno de los pioneros de la producción de videos pícaros en Chile, inspirados en las rutinas de la vieja bohemia nacional, línea que han seguido otros humoristas como Ernesto Belloni y su personaje “Che Copete”. Entre 1988 y 1989, al haberse popularizado en Chile el VHS, Jorge Franco grabó las que serían sus primeras dos cintas de video con esta clase de rutinas, ambas realizadas con otro peso-pesado del humor nacional, como es Guillermo Bruce, además de aparecer en ellas la querida Patty Cofré, proveniente de las mismas luces y sombras revisteriles que sus colegas. Ambas fueron producidas por Video Humor, filial de Videomaster, y dirigidas por Rodolfo Tosto, alcanzando gran popularidad pese a ser de bajo presupuesto. Los libretos de las dos fueron obra creativa de Franco.

En una de ellas, “Flor de Hotel”, el comediante representó a un mendigo sin casa llamado Totó Alegría que, en su desesperación por conseguir ingresos, acepta trabajar como recepcionista de un “hotel de citas” con la condición de tener que hacerse pasar por gay. El principal cliente del hotel es representado por Bruce, apareciendo en el reparto, entre otros el destacado y veterano actor Gabriel Maturana, la no menos consagrada Mireya Veliz, el gran Eduardo Thompson y la vedette Gina Timón, que en esos años recién comenzaba a forjar su leyenda en el espectáculo nocturno chileno.

Como 1989 era año de un contexto político sumamente efervescente y se realizaban las primeras campañas presidenciales y parlamentarias en casi dos décadas, Franco metió una cuña inolvidable en el video, al hacerse aparecer a sí mismo mirando la propaganda electoral de “la franja de los candidatos” en un televisor de la recepción del hotel, mientras con su propia voz en off realiza una de las imitaciones más celebradas y memorables que se recuerden del General Augusto Pinochet, a quien se escucha recomendando votar por “el candidato preferido por el sexo débil, porque es duro; es el único candidato que aumenta la población. Su mayor ambición es quedar adentro. Sus resoluciones aparecen dentro de nueve meses; cuenta con el apoyo de las mujeres… y de algunos hombres también…”.

En otro video, “El Cartero Chifla dos Veces” (llamado así parodiando la película de Jack Nicholson titulada “El Cartero Llama dos Veces”), Franco representará esta vez a un cartero acosado por alucinaciones donde se le aparecen mujeres muy ligeras de ropa intentando seducirlo, viéndose obligado a iniciar trámites para poder visitar a un psiquiatra encarnado en la actuación de Bruce. El diálogo con él es notable: cuando éste le recomienda contar ovejas para conciliar el sueño, el cartero responde diciendo no poder hacerlo “porque se me cagaban en la cama”; y cuando hablan en un minuto sobre los bebés “in vitro” (otro tema de debate moral en la época), éste acota que son niños que se queman más fácilmente que otros, “¿no ve que son de paja?”.

En este video, Franco restaura y actualiza su anterior rutina sobre el pobre ciudadano abusado por la inoperancia de un funcionario público que le insiste en hacerle volver al día siguiente, pero en esta ocasión correspondiendo a un agente de una financiera que se niega a concederle un préstamo. Esta graciosa secuencia, que se ha convertido en casi un tema de antología en el humor chileno, también cuenta con la participación de Bruce en el papel del agente que, para zafarse de la insistencia del cartero, llega también al disparate de exigirle presentar un “certificado de defunción”. Franco aparece con un maletín y sofocado por papeles y documentos que le serán exigidos, los que acomoda en todas las partes donde su vestimenta se lo permite.

CONSOLIDACIÓN TELEVISIVA

La caída de los espectáculos revisteriles, especialmente durante el Régimen Militar y las noches con toque de queda incluido, trasladó hasta la televisión a los más grandes exponentes del género, instalando las rutinas y los sketches en los programas familiares y nocturnos, debidamente “blanqueados” para el público abierto. Jorge Franco no fue la excepción, saltando así desde las tablas del espectáculo santiaguino a los sets de los principales canales y productoras.

Como también lo hicieran varios de sus colegas, entre ellos Eduardo Aránguiz, Helvecia Viera, Nino Valdés, Anita “Desideria” González, Gilberto “Fatiga” Guzmán, Ernesto “El Tufo” Ruiz, Tato Cifuentes y Carlos Helo, sólo por nombrar algunos, Jorge Franco se abrió espacio en programas como el entonces muy popular “Sábados Gigantes", en la estación de Canal 13, que lideraba por lejos la teleaudiencia local todos los fines de semana en aquellos años. En el mismo canal, pasó a formar parte de la planta de humor del programa “Éxito”, conducido por José Alfredo Fuentes. Pudiéndose jactar ya de ser uno de los más conocidos y divertidos humoristas nacionales, allí compartió cámaras en horario familiar con Thompson, Bruce, Adriano Castillo y la consagrada vedette argentina Beatriz Alegret.

Uno de sus personajes más graciosos de los sketches de Franco en “Éxito” era el tímido e inocente Cabo Zapiola, gendarme que debía lidiar con la violencia y brutalidad del delincuente apodado “El Choro”, interpretado por Thompson. Un personaje este último que, dicho sea de paso, adelantó por mucho a ciertas características que después identificarían al “Malo”, encarnado por el actor Daniel Muñoz. Al concluir la transmisión de “Éxito”, Jorge Franco apareció los días domingo en el programa “Venga Conmigo”, de la misma estación, conducido también por Fuentes.

En tanto, Franco había inventado un personaje nuevo que le dio grandes retribuciones hasta el fin de sus días: “El Náufrago”, un desgraciado tipo que había sobrevivido en miserables condiciones a una tragedia naviera y vestía ropas harapientas. Hace su debut en 1995, en el programa “Motín a Bordo” de TVN, conducido por Felipe Camiroaga. Fue notable su forma de adaptar la picardía de las rutinas originales al contexto de un programa de televisión abierta, al punto de volverse, desde ahí en adelante, en un representante de humor más blanco, reduciendo su irreverencia fundamentalmente a la sorna y a algunas malas palabras que intercambiaba con los actores o animadores que le acompañaban en las rutinas.

La presencia de Franco fue uno de los fuertes del programa “Motín a Bordo”, que debía otra de sus fortalezas también a la aparición de viejos cracks de la revista santiaguina: “Los Hermanos Pinzón”, adaptación para el espacio que hacían del trío humorístico “Pinto, Paredes y Angulo” los comediantes Bruce, Thompson y Guzmán.

Con “El Náufrago” alcanzando gran popularidad, Franco fue contratado por la producción del Festival de Viña del Mar para aparecer en su edición de 1996. Allí realizó una presentación que registró 19.9 puntos de rating, lo que le confirmó definitivamente como uno de los humoristas más queridos y consolidados de Chile.

Jorge Franco interpretando al "Náufrago", junto a la actriz y comediante Helvecia Viera, en "Motín a Bordo", de TVN.

FRANCO A “MORANDÉ CON COMPAÑÍA”

La popularidad de “El Náufrago” comprometió a Jorge a seguir explotando este personaje como su principal alter ego, pese a los muchos otros iconos que ya había inventado a esa altura de su vertiginosa carrera de más de 30 años. Sus poco exitosos intentos de restaurar la romántica antigua comedia revisteril sólo le convencieron de que aquella época había pasado, y así sus principales esfuerzos laborales comenzaron a orientarse a la televisión.

Con estos pergaminos, llegó el año 2003 a “Morandé con Compañía”, el llamado estelar del pueblo del canal Mega, conducido por Kike Morandé. El programa se había caracterizado por reponer en pantalla a los grandes representantes de la generación prodigiosa de la bohemia nacional, en la misma que él se había forjado. Allí, entonces, Franco insistió con “El Náufrago” pero dándole nuevos bríos al personaje y poniéndolo en libretos donde se jugaba a crear permanentes conflictos con el temperamento del conductor del programa. Su vasta experiencia en las tablas de Santiago le permitían una gran comunicación con el público, tanto en el estudio como en la audiencia televisiva.

En una acertada pero temeraria decisión, decidió darle un giro a “El Náufrago” y convertirlo -de un momento a otro- en un millonario, un “nuevo rico” que obtiene fastuosas sumas de dinero en un golpe de azar y que inmediatamente intenta adoptar formas de vida altaneras y derrochadoras. En este periodo, Franco también comenzó a desprenderse de la rigidez de los textos y a trabajar confiando en sus posibilidades de improvisación, conforme el desarrollo de las rutinas lo permitía. La broma leit motiv de Franco en cada “discusión” con Kike era enrostrarle la ostentosa posesión de un vehículo porsche por parte de éste. Según él, esa clase de vehículos se usaban en “Los Pininos” (el ficticio condominio donde residía) para “los repartidores de pizzas”. A su vez, éste le respondía con alusiones a su peluquín blanco y con mofas por haber tenido que demoler el segundo piso de su residencia por conflictos con la llamada "Ley del Mono".

Como el contexto histórico había comenzado ya a verse envenenado por la falta de seguridad laboral, el desencanto con los políticos y la desconfianza en el sistema público, Franco pudo volver a dar flote a su histórica rutina del ciudadano lleno de papeles que era abusado por un burócrata, representado este último por el propio Kike Morandé, alias “El Burrócrata”, quien siempre insistía en pedirle un certificado de defunción como en la rutina original.

Entre las actualizaciones que acertadamente incorporaron a la nueva versión del pobre tipo tramitado por el funcionario, estaba la discriminación de la que era objeto permanentemente, cuando el infame “Burrócrata” daba generosa preferencia a sus amigos o a personajes conocidos de la TV y de la política que también se presentaban a realizar los mismos trámites, invitados a participar del sketch. Uno de ellos fue el ex ministro Patricio Tombolini, quien accedió a ser parte del libreto precisamente en momentos en que había sido complicado en un controvertido caso de corrupción política. Los diálogos entre Franco y Tombolini durante el show, incluso con algunos momentos de tensión, también llegaron a ser antológicos.

Franco se integró también como otro de los alumnos de la “Escuelita”, una rutina donde él, Thompson, Vilches, Azúa y otros hacían papeles de problemáticos alumnos de un curso al mando de una malhumorada profesora interpretada por Patty Cofré.

Jorge Franco junto a dos de las vedettes que actuaban en el electo del video de comedia pícara "Flor de Hotel".

LAS ÚLTIMAS RISAS

En noviembre de 2005, con su carrera consolidada en “Morandé con Compañía”, Jorge Franco comienza a sufrir de manera súbita e inesperada graves malestares que, según estaba lamentablemente escrito en el libro del destino, serían causa del mismo mal que le llevaría a la muerte tras casi cuarenta prodigiosos años de servicio a favor de la cultura humorística nacional. Cuarenta años cargando en su propio ser, además, una de las más importantes rebanadas de recuerdos de la vieja y adorada bohemia santiaguina, hoy casi legendaria.

De un día a otro, fue afectado por los síntomas de un problema hepático que puso a todos sus familiares, amigos y colegas en alerta. Al llegar de urgencia al Hospital Clínico de la Universidad de Chile, se le descubrió un cáncer al hígado muy avanzado, tanto así que le hizo caer en coma a los pocos días y por más de un mes. Franco consiguió salir de su estado crítico de una forma que se declaró entonces “milagrosa”, pero permaneció con complicaciones durante todo el año 2006. Como su personaje “El Cartero” lo hacía al final del video de 1989, logró arrancarle una prórroga de vida al acoso de la muerte.

Pese a su delicada situación, Franco se reincorporó al programa “Morandé con Compañía”, permitiendo que se burlaran incluso de la delgadez que le dejó la convalecencia (y que le hizo merecedor del apodo de “El Ánima”) y del tenor un tanto ahogado que le dejaron permanentemente a su característica voz las intubaciones durante su hospitalización. La producción se encargó de intentar aliviar el oneroso costo de haber salvado la vida del humorista y continuar sus tratamientos, a través de convenios especiales con el Hospital Clínico. Con dignidad y decencia proverbiales, el gran humorista jamás se echó a morir ni explotó su enfermedad para generar sobre sí algo distinto de la risa y de la alegría que siempre fueron los frutos de su obra.

Las señales de recuperación de Franco fueron celebradas por su público y por todo el ambiente artístico. Aparecía con Thompson, otro infortunado de la salud, en la sección de “La Escuelita”. Muchos creyeron o quisieron creer que lo peor había pasado y que el humorista que tantas simpatías despertaba en la gente sería capaz de salir adelante, a pesar del gran fragmento de hígado enfermo que había debido removérsele. Pero el destino, de apariencia tan cruel, otra vez había decidido contratar buenos humoristas, los de calidad, para alegrarle la vida a los ángeles. Poco antes se había llevado a Carlos Helo… Poco después, haría lo propio con Thompson.

EL ADIÓS DE UN GRANDE

El cáncer persistió y, en enero de 2007, Jorge Franco sufrió una nueva y peor crisis hepática, justo en momentos en que planificaba un proyecto humorístico común con su colega Juan Carlos “Palta” Meléndez. El 26 de febrero de 2007, entonces, Chile perdía a uno de sus más valiosos símbolos del humor popular de la tristemente desaparecida generación de la bohemia espectacular, de la nictófila comedia santiaguina. Tenía 60 años de edad.

Sus restos fueron velados en la Capilla de Nuestra Señora del Pilar, siendo trasladados hasta su última morada en el Cementerio Parque El Prado, en La Florida. En el cortejo se encontraban sus colegas y alumnos de oficio y de vida: Dino Gordillo, "Palta" Meléndez, Charola Pizarro, Óscar Gangas, Chicho Azúa, Patty Cofré y Tatiana Merino, entre muchos otros. A pesar de que su deceso se produjo en un momento en que muchos santiaguinos se hallaban fuera de la ciudad por la temporada de vacaciones, de todos modos su velorio y su cortejo fueron acompañados por cientos de personas que lo ovacionaron en su partida, en la única de sus presentaciones que resultara triste. Cascadas de pétalos de rosas le llovieron en su paso por entre los trabajadores de la pérgola de La Florida. Al llegar al cementerio, uno de los asistentes gritó emocionado: “¡Háganos reír en el cielo, don Jorge!”. Su ataúd descendió al silencio de la tierra donde sembrara tantas semillas de alegría, al son de la canción “Si tú no estás aquí”.

Terminaba, así, la última rutina del maestro.

El vacío que dejó Franco en los medios nacionales quizás sea definitivo. La vieja escuela representada por personajes como Bruce, Vilches o Patty Cofré está consagrada sólo a ellos, a sus recuerdos, a sus memorias, al largo e histórico camino con que construyeron su senda profesional. La virtud de esas academias de humor en la tabla y en el camarín de la revista ya no existen para las generaciones nuevas de comediantes, muchos de ellos facilistas, con mayor apego a lo explícito, al mal gusto de la grosería gratuita, de lo obviamente soez y sin el ingenio creativo de figuras como Franco y sus colegas.

El Rey de la Comedia partió dejando, sin embargo, su escuela para ser estudiada, valorada y –ojalá- imitada; tomada como ejemplo e inspiración, antes de que el arte del humor llegue a perder su función esencial de hacer reír.

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