jueves, 29 de enero de 2009

LA CASONA MUJICA: SÓLO SU DESTRUCCIÓN PUDO SER MÁS SINIESTRA QUE SU FAMA

La casona, en sus primeros años. Se puede observar el enorme jardín, posteriormente asimilado por la avenida Grecia (Fuente imagen: Copesa).
Coordenadas: 33°27'17.84"S 70°37'38.48"W
Conservo algunas fotografías en blanco y negro que tomé para un ramo universitario, por allá por 1993, de la hermosa mansión que sobrevivía en Avenida Grecia, al final de Bustamante, visible desde Vicuña Mackenna y Manuel Antonio Matta. Las he redescubierto hace poco, tras creerlas perdidas para siempre, y, a estas alturas tendrán un valor especial, dada la desaparición del inmueble en ellas retratado y la escasez de imágenes de la misma casa en la internet.
La casona era una de las pocas reminiscencias del viejo aspecto que tenía la comuna de Ñuñoa, cuando era una casi toda una hacienda semi rural que recién comenzaba a urbanizarse, y su deslinde era señalado, precisamente, por esta enorme y bella construcción. Conocida también como la Mansión de Avenida Grecia, hoy es parte del legendario urbano de Santiago. Su origen, sus rumores y, sobre todo, su extraña destrucción, cobrarán muchos años, décadas y siglos a la historia capitalina, antes de que las candelas de misterio y enigma que la rodean se extingan. Y quizás ello nunca pase, como todos los relatos que encuentran arraigo en el mito, desde donde es imposible bajarlos.
Era una gran construcción cupular de estilo europeísta y bizantino, enclavada justamente en el vértice donde confluían las avenidas Grecia, Matta Oriente y San Eugenio. La cúpula estaba hecha de tejas escamadas. Más de treinta habitaciones se distribuían en sus cuatro pisos, contando el observatorio-campanario, además de siete baños, dos cocinas y un sótano asociado al primer piso. Se extendía hacia el lado de Grecia un enorme jardín que, posteriormente, fue segregado y convertido en el tramo de la avenida que pasó casi a las puertas.
Buena parte de la información que aquí exponemos, aparece publicada en un interesante reportaje del diario "La Tercera" del 7 de agosto de 2008, titulado "Revelan la historia de la misteriosa casa que se incendió en Ñuñoa" y basado en una entrevista realizada a don Octavio Mujica Délano, agricultor de Santa Cruz que vivió en la casona y que fuera nieto de quien ordenó construirla.
Esta es una de las imágenes fotográficas que tomé en 1993. Nótese el escamado de las tejas de su cúpula tipo bizantina.
Vista general de la casona en el entorno urbanístico del barrio, en 1993, cuando tomé esta imagen. A este grupo de imágenes tomadas por mí pertenece también el acceso de escalas de piedra, que reproduzco un poco más abajo.
HISTORIA DE LA MANSIÓN
La casa habría sido levantada en etapas entre la última década del siglo XIX hasta principios del siglo XX, por orden del empresario terrateniente de la actual Región del Libertador Bernardo O'Higgins, don Críspulo Mujica, quien había amasado fortuna tras heredar un terreno en la localidad de Millahue y comprar a puertas cerradas la hacienda de Lolol, en 1893, de unas siete mil hectáreas, por las que pagó cerca de $ 200.000. Luego, compró otro extenso fundo en el lago Vichuquén.
El terreno para la casa en Santiago fue escogido, hacia entonces, tanto porque Mujica tenía otras casas en arriendo por el sector, como también por su proximidad con la Estación San Eugenio, por la cual el empresario podía abastecerse o enviar las mercaderías a través del ferrocarril, para lo cual contaba con amplias bodegas de su propiedad cercanas a la casa. Los materiales de la casa también fueron cuidadosamente escogidos, como el parquet francés que había desde el segundo piso, y varios de los muebles interiores.
Sin embargo, su dueño nunca llegó a habitarla establemente: falleció en 1912, a los 64 años, y dicen que sin verla totalmente terminada. Sólo dos años después de morir, la mansión quedó totalmente concluida gracias a su hijo mayor, don Octavio Mujica Valenzuela, quien terminó el proyecto y los detalles de obra, cambiándose toda la familia definitivamente a ese mismo año: él, sus hermanos Oscar y Osvaldo, y su madre doña Virginia Valenzuela viuda de Mujica, además de algunos familiares de esta última. Vivieron con buen pasar económico, pues la herencia dejada por don Críspulo incluía 40 mil bueyes. Los hermanos Octavio y Oscar formaron familia propia, pero por alguna triste casualidad, ambos enviudaron, regresando a vivir con sus hijos a la espaciosa casona.
Según se ha dicho, los empleados vivían en el primer piso. Doña Virginia y don Octavio, con sus hijos este último, vivían en el segundo piso, donde se encontraban también el living y el comedor. En un departamento trasero, situado en este mismo nivel, residía don Osvaldo. Y, finalmente, en el tercer piso alojaban don Oscar y sus hijos. Desde allí se accedía al mirador del último nivel de altura en la casa.
En 1936, falleció doña Virginia Valenzuela. Como don Osvaldo estaba interesado en quedarse con la mansión, ofreció comprar a sus hermanos sus respectivas partes de la sucesión y así se trasladó a vivir a ella con su familia y su definitiva esposa, doña Elvira Urzúa, además de dos tías. Doña Elvira fue la última en residir en la casa, junto a una sirvienta, un chofer y la esposa de este último. Falleció en 1997.
Como ninguno de sus hijos se quedó a vivir en la casa, el destino de ésta pasó a manos de la corredora Charles & Aubry. Fue arrendada sólo en parte: las zonas principales del recinto permanecieron abandonadas, y muchos indigentes utilizaban zonas del patio como refugio. Fue inevitable, entonces, que la leyenda negra de la casona comenzara a expandirse por la ciudad, dándole gran popularidad y fama.
Don Críspulo Mujica y su esposa Virginia Valenzuela.
LA LEYENDA SINIESTRA
Paralelamente a la historia cierta, transcurrió en torno a la mansión una leyenda oscura y horripilante, que ha trascendido a su realidad, especialmente en los años en que el abandono y la falta de mantenimiento exterior le dieron un aspecto sombrío y tenebroso, retratado en las fotografías.
La casa comenzó a ser protagonista de extrañas historias sobre supuestos fenómenos paranormales, que iban desde apariciones de fantasmas hasta incendios espontáneos. Se decía que una niña había muerto quemada en su interior y que seguía posicionada allí, después de fallecida; o que una mujer despechada habría lanzado una maldición de magia hechicera sobre la casona y sus moradores, tras descubrir allí que su marido tenía aventuras amorosas con una de las sirvientas. Otras historias agregan que la mujer envenenó a la empleada al hijo que había nacido de esta infidelidad; o que intentó quemar la casa con todos dentro.
La mayoría de estos cuentos eran sólo patrañas, sin duda, pero no fueron pocos los que creyeron haber visto figuras espectrales asomándose por sus ventanas o testimoniando raras extravagancias situacionales allí. Otros aseguraban la presencia de fenómenos de movimientos inexplicables de objetos, encendidos y apagados de luces o gritos desgarrados proviniendo de sus habitaciones interiores. Los vecinos tenían historias interminables al respecto. En fin: el currículo de la casa aceptaba de todo, a esas alturas.
La ignorancia mezclada con la gran imaginación que permite el temor popular, hizo cundir entre la gente el rumor más difundido: de que la casa, supuestamente, había sido habitada por un Capitán Mujica, de la Marina Española, que habría sido maldecido por una bruja, producto de líos amorosos como los descritos. Esta versión es la que, para efectos dramáticos, ha acogido el proyecto fílmico nacional "Fobias", actualmente en rodaje. También se especuló que habría sido un albergue de locos, o el escenario de un sangriento parricidio, pero nada de esto es real. Otros aseguraban que los fantasmas de la "casa embrujada" se manifestaban para impedir que alguien la comprara. Poco antes de que fuera destruida, además, un equipo del programa televisivo "Morandé con Compañía" liderado por el controvertido conductor Juan Andrés Salfate, realizó grabaciones nocturnas y recorridos por la famosa casona. No quedó un registro paranormal explícito en cámara, pero algunos de los participantes reportaron fenómenos poltergeist muy visibles, según ellos, como el cierre abrupto de puertas a sus espaldas, produciendo incluso un ataque de histeria en una de las integrantes.
Posiblemente, sin embargo, la proliferación de estas historias negras era sólo producto de la envidia que habría generado en el barrio la familia Mujica, según ciertas opiniones, al poseer una casa con tanta elegancia y belleza aristocrática. Es la convicción que han sostenido los descendientes de sus dueños, aunque haciendo escasa mella en la imaginación popular, ávida de creer estas historias de mansiones con espectros y aparecidos, para las que la Casona Mujica constituía la escenografía perfecta.
LA DESTRUCCIÓN DE LA CASONA
Hacia inicios del presente siglo, la casona fue puesta en venta, con un valor de $ 142.000.000. Pero pasaron los meses y nadie la compró, lo que acrecentó la mala fama de la mansión que, supuestamente, amedrentaba a quienes la pretendieran.
Como se filtró a la luz pública la información de que podía ser demolida, los amantes del patrimonio urbano de Santiago pusieron el grito en el cielo e intentaron organizarse para impedir su destrucción, enviando cartas a los diarios e instando al Consejo de Monumentos Nacionales a involucrarse en el asunto. Aparentemente el organismo, que en un principio se había desentendido de las responsabilidades sobre la preservación del edificio, comenzó a interesarse en el asunto conforme cundió el descontento por el proyecto de demolición.
Sin embargo, la mansión fue puesta a remate por la firma Macal y un empresario representante de una sociedad médica (Somédica), la adquirió por esta vía el 27 de julio de 2005, por la suma de $ 300.000.000, en medio de la gritadera contra su virtual destrucción.
Se estaba en esta acalorada discusión sobre su destino cuando, la noche del 2 de agosto siguiente (sólo una semana después de la compra), la casona ardió casi completamente en un misterioso incendio. Aunque se había contratado vigilancia para el lugar, el nochero declaró haber descubierto el fuego cuando ya estaba demasiado avanzado, y sólo pudo escapar para salvar su vida y dar aviso a bomberos. Como no podía ser en un momento más oportuno para quienes proyectaban su destrucción, las sospechas (fundadas o no) recayeron inmediatamente sobre los compradores y los herederos. Los primeros, supuestamente, habrían estado interesados en consumar la demolición del edificio; los segundos, según se especuló, en cobrar seguros comprometidos que habían contratado hacía poco tiempo, o al menos esa versión circuló en los medios.
Se inició al instante la investigación sobre el suceso, para algunos en forma justificada y para otros de forma calumniosa y sensacionalista. Debieron declarar el representante de la sociedad que adquirió el inmueble, Jorge Bazán, y el de la sucesión familiar, Patricio García Mujica, además de los encargados de la empresa de seguridad que custodiaba la propiedad al momento de ocurrir el incendio. Pero nada se pudo demostrar, salvo un solo e inquietante hecho establecido por la Fiscalía Oriente: el incendio fue intencional, provocado desde al menos cinco focos, situación que generó la investigación judicial que ha sido estéril en resultados.
La Casona Mujica en llamas (fotografía de prensa).
LA CASONA EN EL LEGENDARIO URBANO
Como nunca se ha dado una explicación satisfactoria sobre la destrucción de la Casona Mujica, el imaginario popular buscó una propia: la mansión se quemó a sí misma, negándose a caer en otras manos que no fueran las de sus dueños legítimos y generacionales. Incluso, algunos alegaron haber visto "cruces" que quedaron marcadas en las paredes incendiadas como advertencia de la maldición de la casa, pero que a simple vista parecen ser, en realidad, el cruce de los maderos durmientes que sostenían sus estructuras, reaccionando al calor del fuego.
En los días siguientes al incendio, muchos santiaguinos visitaron sus ruinas buscando llevarse algún recuerdo de entre los escombros calcinados. Por allí habrá quien logre conservar como tesoro sus rejas, algunas manillas, veletas y la hermosa aguja pararrayos de su imponente cúpula. Como no podían faltar, no tardaron en aparecer quienes acusaban ahora la existencia de gritos desgarradores y lamentos horripilantes venidos desde entre las ruinas, motivando la visita de parapsicólogos y cazadores de fantasmas.
Pero, más allá de las historietas de terror, el incendio de la Casona Mujica también puso en el tapete un tema espinudo y tan fantasmagórico como la entretención de la superchería: la demora y hasta el desinterés de las instituciones del Estado para declarar monumentos históricos sobre unidades amenazadas y darle el blindaje suficiente a esta clase de obras arquitectónicas virtualmente postulables a tal estatus, para protegerlas así de los intereses mezquinos de particulares o de la amenaza de los conceptos "modernizadores" de la urbanística.
Sucedió, curiosamente, que aún cuando se recomendó la demolición de lo poco que quedó parado después del siniestro, el nuevo dueño decidió mantener levantadas partes de los muros valiéndose vigas de acero, dado que las leyes urbanísticas vigentes exigen cierto tamaño a las veredas, lo que al actual propietario le significaría tener que segregar parte del terreno para cumplir con dicha norma. De todos modos, su demolición ya era inevitable.
Hoy, luce este lugar vacío y doloroso, lamentándose de otra irreparable pérdida para la ciudad de Santiago. Se supone que será erigido allí un edificio de departamentos. Otros dicen que será un centro de eventos, o restaurante. Pero del fantasma de la casona que alguna vez se levantara allí, sólo queda la memoria y la imaginación de quien alcanzó a verla en pie.

domingo, 25 de enero de 2009

EL MOTE CON HUESILLOS: HISTORIA DE UNA MEZCLA GANADORA

Típico motero del siglo XIX, en hermoso grabado de la obra "Chile Ilustrado", de Recaredo Santos Tornero, publicada en 1872.
Esta estación veraniega es, por excelencia, la temporada del mote con huesillos, principal competencia que los refrescos gaseosos y los helados deben enfrentar en el mercado de Chile. Consiste en un vaso frío de huesillos (duraznos secos) en su sabroso jugo azucarado, al que se añaden porciones de mote (granos enteros de trigo cocido). Ambos productos se comercian originalmente secos, por lo que deben ser rehidratados y cocidos para pasar a graduarse como mote con huesillos. Algunos sazonan el jugo durante su cocción, con clavos de olor, canela o cáscaras cítricas. Servido, tiene un encantador color acaramelado, ámbar un tanto opaco, y un sabor que agita de placer a la garganta.
La presencia de este refresco en el país se pierde en el tiempo, remontándose a los productos que se consumían en tiempos coloniales. En su artículo “Geografía gastronómica de Chile”, publicado en una edición especial de la revista “Viajar” de 1962, Oreste Plath comenta sobre su arraigo cultural:
“En el verano está el mote con huesillos que es refresco y postre con chilenidad, por algo se dice: Más chileno que el mote con huesillo, aunque los araucanos adoptaron de los quechuas la palabra mot’e, mut’i, para el maíz o trigo cocido”.
El mote con huesillos progresa, sin embargo: la popularidad de la demanda ha hecho crecer a algunas compañías que lo proveen, saliendo desde los tradicionales talleres artesanales hasta convertirse en pequeñas pero prósperas industrias productoras. Una de ellas, "Copihue", ha abierto varios carritos móviles por Santiago Centro y otros lugares, luciendo con orgullo su eslogan "La bebida de Chile". Su pequeña base de operaciones está en Lastra cerca de Independencia, fundada en 1978 cuando se formó la una sociedad de vendedores que había conseguido la patente y los permisos; hoy es un cómodo y elegante sitio de ventas. Hasta cuenta con página web propia: www.moteconhuesillos.cl.
Aunque no es exclusivo de Santiago (y tal vez ya tampoco lo sea de Chile, pues en Bolivia se bebe algo parecido: el mocochinchi, bebida a base de duraznos deshidratados aunque diferente a nuestros huesillos en su jugo), por alguna razón se asoció al producto con ciertos barrios centrinos, especialmente. En La Chimba, por ejemplo, aún están visibles hacia la entrada, por el puente. Estas ventas se remontan a los tiempos de los tajamares del Mapocho, que eran la principal o acaso única conexión con esta parte de la ciudad, separada por el río. A mediados del siglo XX, además, se instaló en este barrio una de las principales plantas de cocido y procesado de trigo mote de la ciudad.
Los sectores de La Vega y, en Barrio Mapocho, el del Mercado Central (o "Plaza de Abastos", en los tiempos de O'Higgins), también lucen característicos expendios de este refresco en sus tradicionales vasos chico, medio y grande. El vaso grande lleva dos huesillos, por lo general, pero ciertos comerciantes le ponen hasta cuatro. Algunos, más creativos, venden también cañas de puro jugo de huesillos, para los que estén más sedientos.
Otro barrio famoso por sus motes con huesillos es el de Club Hípico y el ex "Campo de Marte", nuestro actual Parque O'Higgins. En las proximidades se sitúan locales emblemáticos de la venta del refresco, como "El Rey del Mote con Huesillos", en General Rondizzoni, que comercia la bebida desde los años treintas, aproximadamente. La Parada Militar de cada año y las fondas del Parque O'Higgins son otro escenario donde el cliente tiene la oportunidad de saciarse con este brebaje.
Tomé esta fotografía a fines de 1992, en la esquina de Ahumada con Alameda, donde quedaba entonces la "Casa Musa". Aunque se encuentra en muy mal estado, se podrá advertir la presencia de un carrito de mote con huesillos que era famoso en aquellos años, exactamente en este lugar, a la derecha de la imagen... $150 costaba entonces el vaso.
Vasos con mote esperando recibir su dosis de jugo y huesillo, en el Parque O'Higgins durante las últimas Fiestas Patrias.
Carrito de la exitosa cadena de ventas "Copihue".
EL MOTE
La preparación del mote nace con la producción de trigo en estas tierras. Y, como sabemos, la industria del trigo chileno nace con el propio país, hacia la llegada de los primeros españoles que buscaron asentarse en los territorios de La Nueva Extremadura, en la Gobernación de Pedro de Valdivia. La historia del mote es, por lo tanto, otro capítulo de la propia historia de Chile, país que llegó a contarse entre los principales productores de trigo del mundo.
También tenía popularidad desde temprano el mote de maíz, que los pregones vendían como “mot’e maíz” en los mercados y calles de las ciudades, expresión que, por corrupción fonética y por la conocida dificultad de los chilenos para pronunciar con fuerza el sonido de letras d y s, terminó convertida en motemei, como se le llama en nuestros días.
Aunque el mote fue parte de la alimentación popular durante toda la colonia y primeras décadas de la república, no estaba ausente en los grandes banquetes de la aristocracia, a juzgar por una carta que escribe en 1826 doña Adriana Montt y Prado sobre un abundante banquete que sus sirvientas le hicieron al Almirante Manuel Blanco Encalada luego de una visita sorpresa de éste. En la cena improvisada, se incluía “mote con y sin azúcar”.
En tiempos de Portales, el mote ya estaba transversalmente en todas las cocinas y recetarios chilenos, no sólo en postres o refrescos dulces, sino también en guisos y con las legumbres. Claudio Gay comenta en “Historia Física y Política de Chile”, de 1862, cómo se lo consumía en los campos, mezclado con leche. Y sobre su comercio, escribe:
“En las ciudades, hombres y mujeres corren las calles con canastas llenas de este mote y una taza que llenan por uno o dos centavos. Como la harina tostada, es muy nutritivo y refrescante”.
Los vendedores de mote fueron, por siglos, algunos de los pregones más conocidos y visibles de la ciudad. El Barrio Mapocho y sus mercados fueron particularmente famosos por estas ventas, apareciendo incluso en grabados publicados en Alemania, con moteros al lado del Puente de Cal y Canto. Del lado de La Chimba, cerca de la salida del mismo puente (al poniente de la boca de avenida Independencia), existió de hecho una Plaza de los Moteros mencionada incluso en poemas de Pablo de Rokha, vecindario donde, curiosamente, sigue siendo muy fuerte la venta de mote con huesillos.
Todavía a principios del siglo XX, aparecen retratados vendedores como personajes típicamente chilenos, existiendo importantes fotografías de los archivos históricos de la Biblioteca Nacional y del Museo Histórico Nacional.
Mote con huesillos, de preparación casera.
Detalle del carrito de la marca "Copihue", surgida de una asociación de comerciantes.

LOS HUESILLOS

Los duraznos secos aparecen en la colonia. Son mencionados por José Zapiola en sus “Recuerdos de Treinta Años”, ya presentes en el mercado de la Plaza de Armas de fines del siglo XVIII. Benjamín Vicuña Mackenna asegura en su “Historia de Valparaíso” que los huesillos se enviaban entre los principales cargamentos de exportación hacia el Perú, por entonces.
Eugenio Pereira Salas, en “Apuntes para la historia de la cocina chilena” (Editorial Universitaria, 1977), dice que el huesillo era, originalmente, el nombre de sólo una de las tres versiones de duraznos secos que se vendían en el comercio santiaguino hacia los tiempos de Alonso de Ovalle (siglo XVII), correspondiendo a aquella en que el fruto era deshidratado entero, con el cuesco en su interior. De ahí el nombre. Las otras dos versiones eran el “dobladillo”, correspondiente al durazno abierto en cuatro para sacar el cuesco (suponemos que por la falta de herramientas para descarozarlos) y el “orejón”, que consistía en el durazno secado en una tira, dato confirmado por Gay en la época en que visitó Chile. A propósito de esto mismo, escribe el sabio francés:
“Los Chilenos secan muchos duraznos sea con sus huesos, lo que llaman huesillos, ó sin ellos, y son entonces los orejones. El consumo que se hace de unos y de otros es muy considerable, a pesar que la exportación sea de alguna importancia, pues más de 200 fanegas de los primeros salen todos los años al precio de 7 p. y de los segundos como 30.800 kilóg. 523 p. las doscientas libras”.
La grande y suculenta producción de frutas había permitido la producción masiva de frutos secos en Chile, como ciruelas, pasas, higos y otros, de modo que los huesillos también venían acompañando la economía nacional desde los inicios de la agricultura. En la actualidad, estos productos deshidratados tienen gran relevancia en mercados internacionales, trayendo rentabilidad a talleres y pequeñas empresas aunque con el costo de un encarecimiento de los mismos dentro del comercio local.
Muchos han amado y elogiado estos sabores. El mismo poeta Pablo de Rokha, que ya hemos visto conocía la Plaza de los Moteros, antes de poner en su boca el disparo final que se llevó su dolorosa vida una mañana de septiembre de 1968, había decidido endulzar sus últimos instantes de amargura con un vaso de jugo con huesillos, que escogió como su cena final de despedida. Así tanto puede llegar a ser amada esta obra maestra de la tradición chilena.
Moteros de principios del siglo XX, en fotografía del trabajo "Impresiones de la República de Chile en el siglo veinte historia, gente, comercio, industria y riqueza", publicado en Londres Jas. Truscott and Son Ltd., en 1915.
Motera de principios del siglo XX. Las mujeres siempre participaron del negocio. Fotografía del Museo Histórico Nacional.
EL MOTE CON HUESILLOS
La conjunción de mote y de huesillos parece nacer con el comercio mismo de ambos productos, en los mercados urbanos, aunque mote y huesillos se vendían separadamente por los mismos moteros.
La pista la entrega Recaredo Santos Tornero en su magnífico trabajo “Chile Ilustrado. Guía descriptivo del territorio de Chile” (Valparaíso, Librerías y Ajencias del Mercurio, 1872), quien comenta que el motero era el que anunciaba la proximidad del verano con sus gritos ofreciendo el producto. Sin embargo, el resto del año, debía cambiar su rubro, pues la mayor cantidad de ventas eran –tal como hoy- durante los meses de calor (los subrayados son nuestros):
“¿En qué se ocupa el motero durante el invierno? Nadie lo sabe; pero el caso es que durante la estación calurosa se le oye por las calles vendiendo huesillos y mote fresquito, porque ninguno se contenta con vender mote solo”.
El motero vendía, por entonces, a tres centavos el cuartillo, que se medía con una taza grande, a la que agregaba agua de un cántaro que siempre llevaba con él. El huesillo era vendido aparte, y Tornero comenta que podían ser consumidos también con harina tostada. Sería difícil precisar el momento exacto en que ambos productos comenzaron a venderse como la mezcla indivisible que hoy son, pero la referencia de que los huesillos eran parte de la oferta tradicional del motero, induce a pensar en la proximidad que siempre mantuvieron.
Hay hechos de alcances románticos que han tocado a estos productos en la parte heroica de la historia de Chile. Se cuenta, por ejemplo, que el General Manuel Bulnes solía echarse adentro un mote con huesillos todas las mañanas, junto al desayuno. Años después, según una leyenda de marinos, en el programa de la cocina para los hombres de la corbeta "Esmeralda" para el jueves siguiente 21 de mayo de 1879, el menú del día era un almuerzo de empanadas, cazuela y huesillos de postre, probablemente con mote. Esta supuesta última cena que no alcanzó a ser servida en la "Esmeralda" y que nadie llegó a probar, quedaría servida para el más allá, y para la memoria y el símbolo: una fuerte e irrenunciable tradición de los casinos, cocinas y comedores de la Armada de Chile, tanto en tierra como en mar, tanto en la institución misma como en sus estamentos relacionados (centros de extensión, departamentos culturales, Club Caleuche, faros, puertos, etc.), los jueves se come sagradamente el mismo menú, con el postre que puede ser de huesillos de durazno y ocasionalmente de ciruela, de preferencia con mote.
Por razones geográficas y económicas, el mote con huesillos se constituyó en una bebida representativa de la zona central, especialmente de los barrios que hemos estudiado. Uno de los locales que lo ofrecía como especialidad de postre, sin embargo, era el famoso y muy chilenazo restaurante del centro capitalino “El Pollo Dorado”, en los subterráneos del edificio La Quintrala, de Agustinas con Estado. Un boom callejero especialmente importante sucede hacia los años cincuenta y sesenta, cuando muchos dueños de carritos maniceros y de venta de golosinas deciden comenzar a ofertar también mote con huesillo para las temporadas de calores, venciendo las restricciones y la falta de patentes. Sólo en 1978 se consiguió, formalmente, la autorización sanitaria y municipal para esta clase de ventas.
Competencia femenina del "Rey del Mote con Huesillos", pero en Independencia con Santa María, junto a la Piscina Escolar: su majestad la "Princesa".
Uno de los voluminosos jarrones de mote con huesillos ofrecidos por "La Princesa" del oficio, allí frente al edificio de la Jefatura de la Policía de Investigaciones.
Un típico carrito de mote con huesillos, "Tradición Chile", también a la entrada de Independencia, cruzando el puente Padre Hurtado en Cal y Canto, pleno barrio de La Chimba.
Uno de los conocidos locales de mote con huesillos en el barrio del Club Hípico. Éste queda en calle Abate Molina llegando a Blanco Encalada.
DULCES PROYECCIONES
Desde hace largo tiempo, populares restaurantes como “El Naturista”, otro icono de Santiago Centro, han fomentado al mote con huesillos entre los postres favoritos de las dietas vegetarianas, hoy tan en boga.En la actualidad, el mote con huesillos se perfila como un producto de exportación con gran potencial, pese a estar sólo parcialmente industrializado para su venta en supermercados y restaurantes.
Hay quienes han comenzado a preparar variaciones "maliciosas", con aguardiente, por ejemplo, aunque por ahí me dicen que esta costumbre es antigua. El traguito se puede hacer tal cual fuera mote con huesillos dentro del vaso, o bien usando sólo el jugo, para hacerlo más refrescante.
Como los helados, su consumo se ha extendido levemente hasta otros meses del año y en las Fiestas Patrias, en especial entre septiembre y abril. Hoy se lo elogia por todo el país. Se le han detectado propiedades antioxidantes como las del vino tinto, de modo que tiene un saludable plus para su oferta. Algunos creativos experimentan con cereales como la quínoa en lugar de mote o bien fórmulas que incluyen murtillas, ambos productos propios de estos suelos, incrementando el atractivo culinario de tan exquisito producto.
Cuando algunos malos comerciantes abandonen la costumbre de hacer cundir el mote con huesillos echándole chancaca o jugos en polvo (fácil de descubrir por el color oscuro y amoratado que provocan), tendremos un producto sin máculas y perfectamente digno de la maravillosa historia de nuestro chilenísimo postre-bebida.
Mote con huesillos de General Rondizzoni, uno de los barrios donde el producto ha sido tradicional y típico, entre Club Hípico y Parque O'Higgins.
Otro popular y conocido carrito, en el barrio Mapocho, por ahí cerca del Mercado Central. En lo fundamental, no difiere mucho de cualquier otro puesto artesanal del siglo XVIII ó XIX.

domingo, 18 de enero de 2009

EL CASO DEL “ENANO MALDITO”: UN HORROROSO CRIMEN EN EL HOTEL DE CALLE LONDRES Y SUS ECOS

El edificio hotelero y la calle, en imagen de Santiago Mora, c. 1950.
Coordenadas: 33°26'40.06"S 70°38'54.46"W
En los años sesentas, los crímenes de mujeres todavía impactaban a la sociedad chilena y no eran aún la vulgar cuenta de muertes con la que algunos comunicadores pretenden instalarle legitimidad a términos experimentales como “femicidio” u otros gafes, según sucede en nuestros días.
<>La connotación pecaminosa y clandestina de la muerte de prostitutas, particularmente, a lo Jack el Destripador, era toda una novedad en aquel entonces, de modo que las muertes de las “chiquillas” pasaban rápidamente al legendario nacional y no siempre veían la luz de un caso resuelto. Más aún si este que atendemos, por extraña coincidencia, sucede en una calle llamada Londres, junto a adoquines tan antiguos y pintorescos como los de Whitechapel, y en un barrio por entonces oscuro y siniestro, antes de ser el centro de bohemia turística que es hoy. Como el descuartizador británico, nuestro asesino de calle Londres también devanó los sesos a la policía local, pudiendo haber pasado libre de polvo y paja, de no ser por una increíble casualidad.
<>En aquel entonces, muchas prostitutas aparecían por el lugar de la Alameda Bernardo O´Higgins contiguo a la Iglesia de los Franciscanos y hacia el frente, en el empalme de calle Estado. Una nutrida actividad intelectual y recreativa tenía campo en ambos lados de la principal arteria capitalina, precisamente, por lo que las niñas de la noche esperaban allí, atentas capturar algún borrachín viniendo de “Il Bosco” o algún noctámbulo cachondo recién salido de “El Negro Bueno”. Todo el barrio de París y Londres, a sus espaldas, alternaba viviendas con burdeles y moteles.
<>Como se aproxima el aniversario 41 de este clásico de la criminología nacional, hemos decidido incorporarlo también a nuestros recuerdos sobre la historia urbana de la capital chilena.
El hotel, ayer y hoy: A la izquierda, su siniestro aspecto en 1968, cuando era el "Hotel Princesa", en imagen de reporte gráfico a las pocas horas después del crimen, mientras era objeto de las pericias policiales (Fuente: boletín policial del Sr. R. Pérez). A la derecha, el actual edificio, donde funciona el turístico "Hotel Vegas".
Vista lateral del exterior del hotel.
LA TRÁGICA NINFA
Un testimonio sobre el caso y que puede servirnos de punto de partida en el relato, proviene de Oreste Plath, el mismo gran costumbrista y estudioso del folklore nacional. Esta experiencia la menciona en “El Santiago que se fue”.
Resulta que, estando todos los comensales de “Il Bosco” en su desaparecido local de Alameda con Estado, del que Plath era asiduo visitante, entró al baño de centro recreativo una de esas conocidas “ninfas” de la noche, mismas que solían tener su teatro de operaciones allí al lado, como hemos dicho, en el sector de la iglesia y la calle Estado. A veces, aparecían por allí no sólo pidiendo prestado el baño, sino pasando también a tomarse fugazmente algún trago, tanto en “Il Bosco” como en los locales nocturnos del entorno.
Esta “ninfa” que nos distrae se llamaba Marta Irenia Matamala Montecinos y contaba 23 años de vida. Tenía cierta belleza juvenil y una figura esbelta que muchos le celebraban públicamente, por lo que era bien advertida en el ambiente de bohemios y vividores; tanto así que, al ingresar a “Il Bosco”, los borrachines la reconocieron y la aplaudieron de entrada y de salida, de acuerdo a lo que cuenta Plath. Era la noche del 24 de enero de 1968; su última noche con vida. Vestía de zapatos y cartera color lila.
Según se pudo reconstruir la historia en la madeja del caso, tras su pasada por “Il Bosco”, Marta volvió a su puesto callejero buscando clientela, en la vereda Norte de la Alameda. Eran poco más de 5:10 de la madrugada, cuando un misterioso hombre la contactó para ser su cliente. Él rechazó a todas las otras y la escogió directamente a ella.
Testimonios de estos últimos sucesos en la vida de Marta los aportaron, entre otros, su amiga y colega llamada Olga Parada, quien también se encontraba presente entre el grupo de mujeres del sector.
EL HOTEL “PRINCESA”
Marta y su cliente atravesaron la Alameda en dirección a la calle Londres para consumar el servicio en alguno de los hoteluchos que había en el barrio, ocupando los suntuosos inmuebles. Llegaron hasta el “Hotel Princesa”, una de las principales sedes de amor pasajero dicho sector, que se encontraba exactamente en la dirección de Londres 49, más o menos a una cuadra de la Alameda.
El edificio del hotel no podía ser más ad-hoc a los hechos macabros que estaban por ocurrir. El “Princesa” semejaba un castillo de tres pisos de alta aguja con mirador, a la altura de un cuarto piso. Su fachada es de ventanas arqueadas, con esa elegancia siniestra de las mansiones embrujadas, de las grandes casonas habitadas por espectros y espantos. Fue diseñado por el arquitecto Eduardo Muñoz y, desde su construcción en 1925, representa una de las piezas más características de todo este maravilloso barrio modelo de París y Londres, luego convertido en hotel parejero, poco después del mediado de siglo.
Marta conocía el ambiente y se desplazaba con seguridad por él. Quizás con excesiva confianza. Según el interesante reportaje del periodista Manuel Torres Abarzúa publicado en el diario “La Cuarta” del 6 de julio de 2006, al llegar a las pesadas puertas del “Hotel Princesa” con su extraño acompañante, la prostituta tocó rutinariamente el timbre de acceso al castillo siniestro.
El edificio del hotel en nuestros días. El crimen tuvo lugar en la habitación que da exactamente hacia el exterior en el primer piso del torreón del edificio, bajo los árboles de la imagen.
EL ASESINATO
Ambos pasajeros fueron atendidos por la camarera Julia Isla Guíñez, quien condujo a la pareja hasta la habitación número 2 del hotel, como quizás lo había hecho innumerables veces anteriores, en cada visita de la propia Marta y sus respectivos clientes. Pero esta visita estaría lejos de ser como todas.
Nada extraño sucedió hasta unos veinte minutos después del ingreso al dormitorio, cuando sonó el timbre que podía ser accionado desde el interior de la habitación, solicitando servicio. La camarera acudió al llamado pero no pudo abrir la puerta, cerrada desde dentro. Como golpeara y llamara sin recibir respuesta, abrió con sus llaves la puerta descubriendo con horror al cuerpo de la bella mujer, tirada en el suelo sobre un charco su propia sangre, con la garganta abierta y vestida sólo con su sostén.
El extraño acompañante se había desvanecido misteriosa e inexplicablemente, llevándose con él toda la recaudación que la mujer guardaba en su cartera, ahora vacía.
La difunta Marta, asesinada por dos cortes en el cuello, tenía una hijita de sólo tres años en aquellos días. Según Plath, había pasado solamente una hora desde que fuera vista por última vez, tan radiante y provocativa, en las dependencias de “Il Bosco”.
Policías retiran el cuerpo de la mujer (archivos de prensa).
LA CACERÍA DEL “ENANO MALDITO”
En estado de shock, la camarera Julia declaró que el misterioso hombre debía haber pasado por detrás suyo tras cometer el crimen, sin que lo advirtiera, y que al abrir la puerta, vio "a la joven sobre un charco de sangre". Cuando regresó, el hombre "había desaparecido" ("La Tercera", 25 de enero de 1968).
Pese a todo, la Brigada de Homicidios de la Policía de Investigaciones pudo obtener una descripción del sospechoso: moreno, tímido, cabezón y de aproximadamente un metro 50 centímetros de altura, razón por la que la prensa y la opinión pública comenzaron a llamar al asesino como “el Enano Maldito”, creándose una gran psicosis por darle captura, luego de que un retrato hablado apareciera publicado en los diarios de la época, confeccionado con las descripciones que aportaron Julia y Olga, la amiga de Marta. Las otras compañeras de trabajo de la fallecida, agregaron que el criminal tenía "rostro de indio". Sin embargo, algunos periodistas de “Las Últimas Noticias” pusieron en cuestionamiento el retrato, por considerarlo demasiado estereotipado e impreciso. El tiempo les daría la razón.
El caso comenzó a acaparar cada vez más titulares y se especulaba en todos lados sobre la descripción, supuestas fotografías y eventuales identidades del asesino. Se sabía que Marta, apodada "Mariposa Nocturna" en los medios, era una mujer muy selectiva con sus clientes, por lo que se rumoreó que su poco agraciado acompañante de aquella noche debía ser un proxeneta.
Aunque se especulaba también que el sujeto tendría algo de retraso mental, varios “enanos” de Santiago eran detenidos, interrogados y luego dejados en libertad por no tener relación alguna con el asesinato, y la impaciencia comenzaba a acrecentarse con el pasar de los meses. "La Tercera" aseguraba que, inclusive, el mundo del hampa se había propuesto cazar al asesino y vengar la tragedia de la "Mariposa Nocturna".
El escritor Enrique Lafourcade recuerda que, a causa de esta paranoia generalizada contra los enanos feos, en su círculo de amigos e intelectuales montaron “un "operativo'' para esconder a por lo menos dos poetas, uno de la "Sech", y el otro del círculo literario "La Unión Chica", pensando que a lo mejor...”, según confiesa con ironía en su positiva crítica a la mencionada obra de Plath, para “El Mercurio” del 24 de agosto de 1997.
Tres años después del asesinato, la sociedad fue sorprendida con una nueva noticia: “el Enano Maldito” había sido capturado. Se trataba, supuestamente, de un diminuto lustrabotas llamado Moisés Muñoz Moreno, quien fue internado de inmediato en la ex Cárcel Pública. Sin embargo, un tiempo después se alegó que Muñoz Moreno padecía del síndrome psicótico de Korsakoff, caracterizado por lapsus amnésicos y pérdida de voluntad que, en su caso, le habrían llevado a confesar el crimen de Marta por las presiones de los policías, pese a no tener ninguna relación con el mismo.
A pesar de ello, este sujeto no era ningún querubín: ya tenía antecedentes por otras cuatro violaciones sexuales, así que permaneció tras las rejas de todos modos por esas causas.
Marta Irenia Matamala, la trágica víctima del "Enano Maldito". Imagen de archivos de prensa.
LA LEYENDA
El caso se iba enfriando con el tiempo, siendo sobrepasado por la crueldad y brutalidad de otros hechos de sangre que fueron nutriendo la historia criminológica chilena, en años posteriores.
Pese a todo, el apodo Enano Maldito se hizo común en la jerga santiaguina. A veces, se señalaba sólo por burla a la gente baja de estatura con este sobrenombre. Otros llamaban así también a los “chicos choros”: las personas bajas de estatura y buenas para la pendencia, generalmente relacionados con el hampa. Probablemente la mayoría de los que usaban contra otros este apodo, desconocían su trágico origen en el crimen del hotel de calle Londres.
De esta manera, el enano misterioso había pasado a instalarse en el legendario urbano en los setentas, incluso más arriba del conocimiento del asesinato del “Princesa”.
En las agresivas campañas presidenciales de 1970, hizo su debut una caricatura llamada “El Enano Maldito”, para el controvertido diario a favor de la Unidad Popular llamado “Puro Chile”. La imagen de este personaje fue concebida por el Jorge Mateluna Muñoz, alias Orsus, basándose en los retratos hablados que se habían publicado del verdadero “Enano Maldito”, y a los que nos hemos referido más arriba. Pero su tira cómica era extremadamente politizada, incendiaria y hasta incitadora a la violencia contra la oposición a Allende, según sus detractores, de modo que respondía sólo al contexto político de esos años y no a alguna vinculación con el caso original del asesinato de la pobre Marta. Sí llegó a ser tan odiado como el verdadero enano, e incluso censurado por los tribunales de justicia.
LA SOLUCIÓN DEL CASO
Sin embargo, el fin de esta historia no estaba escrito. Un increíble y fortuito suceso policial permitiría dar al fin con el siniestro “Enano Maldito”, cuando su leyenda estaba posicionada en la sociedad chilena; el mismo enano que había desaparecido como un fantasma por una década y sin dejar pistas como si, efectivamente, hubiese sido un malvado duende bajado ya de vuelta a sus inframundos.
En 1978, se realizó una redada policial en la que cayó detenido un recolector de cachureos llamado José González Agüero, con antecedentes ya por otros delitos. Uno de los policías, con excelente memoria, creyó reconocer en su aspecto físico a las descripciones que se habían hecho sobre el misterioso asesino de la mujer del hotel de calle Londres, una década antes. El caso del “Hotel Princesa” justo estaba por prescribir, precisamente en esos días.
González Agüero fue interrogado por los agentes policiales y, luego de algunas preguntas, acabó confesando su autoría en el crimen y hasta entregando el arma homicida, correspondiente a una cortaplumas automática con la cual la degolló para robarle su dinero aquella fatídica noche de verano. Por alguna razón, aún la conservaba después de tanto tiempo, quizá como fetiche.
En una ironía más del destino, González Agüero conocería al otro enano, a Muñoz Moreno, durante una su pasada por la ex Cárcel Pública. Ambos eran bastante parecidos entre sí y con el mentado retrato hablado, pero el verdadero asesino era mucho más inteligente y sagaz de lo esperable, pese a su limitación de no saber leer ni escribir.
El verdadero “Enano Maldito” estuvo apenas un breve tiempo tras las rejas, saliendo en 1980 para sorpresa de muchos de los que siguieron el caso. De hecho, salió a las calles antes que Muñoz Moreno.
El odioso "Enano Maldito" celebrando la elección de Salvador Allende, de las caricaturas políticas de Orsus (Fuente: Diario "Puro Chile").
UN SEGUNDO ASESINATO “MALDITO”
Ahora sí parecía definitivamente olvidada la historia del asesinato cuando, treinta años después del crimen, volvió a ocurrir un hecho de sangre en una de las habitaciones del para entonces desaparecido “Hotel Princesa”. El polémico caso volvió a traer al recuerdo del “Enano Maldito” y fue aprovechado por algunos fantasiosos para deslizar la leyenda de la “maldición” que éste dejara allí.
El 31 de julio de 1998, llegó a Chile un joven y flamante matrimonio brasileño compuesto por el profesor de matemáticas Aristóteles Kochinski Smólarek Jr. y su hermosa mujer Lucianne Ribeiro de Pauli Mascardi, de 22 y 18 años respectivamente. Venían con la intención de pasar su luna de miel en el “Hotel Tupahue”, cambiándose después al “Hotel Vegas”, ubicado en el edificio donde antes funcionó el “Princesa”. Pero el día 4 de agosto, Kochinski Smólarek denunció la desaparición de Lucianne en el hotel, provocando la alerta de la Embajada del Brasil. Según él, la vio por última vez en la Alameda, donde la dejó camino al “Vegas”. El hombre regresó de súbito a su país en la madrugada del 8 siguiente.
A las pocas horas de ese mismo día, un ciclista descubrió un cuerpo femenino en el camino antiguo La Pirámide, tras unos arbustos. La mujer había muerto de un formidable golpe en el cráneo. Se determinó, además, que tenía dos meses de embarazo. Convencidos de que se trataba de Lucianne, los investigadores dieron con el ciudadano brasileño estudiante de turismo Adriano Wagner Alvez, quien confesó que Kochinski Smólarek le había ofrecido dinero para que se deshiciera de “un bulto” y luego lo quemara dentro de un vehículo. Wagner Alvez no accedió, pero le recomendó algunos lugares para ejecutar tal acción. Después, detuvieron al taxista Rodrigo Pedreros, quien había recibido dinero para ayudar a limpiar la sangre de un automóvil Nissan que Kochinski Smólarek había arrendado y que después quemó en el sector de Lo Boza. El brasileño le había regalado también un bate de béisbol manchado con sangre; el mismo con el que había dado muerte a Lucianne en el hotel.
Se supo que existía un seguro de vida a Lucianne, por 250 mil dólares. Kochinski Smólarek los había cobrado, convirtiéndose en empresario el año 2000. Sin embargo, al entregarse todos los antecedentes y exigir Chile el traslado del ciudadano, se abrió un proceso en Curitiba que condenaría al asesino, en julio de 2004, a más de 27 años de cárcel.
Entrada del "Hotel Vegas", en Londres 49.
Interior del elegante hotel "Vegas" (fuente imagen: hotelvegas.net).
EL HOTEL EN NUESTROS DÍAS
El “Hotel Princesa” cerró hace muchos años. Sus instalaciones gozan de mucho más prestigio y refinación, ahora que pertenecen al “Hotel Vegas”, uno de los hostales más bellos y turísticos de la capital chilena, concurrido permanentemente por cientos de viajeros internacionales que poco y nada habrán de saber sobre el escalofriante crimen que tuvo lugar en su interior. Este hotel también ha ampliado sus servicios como boutique.
El “Vegas”, de tres estrellas, ha potenciado la belleza del imponente edificio en que aloja, además de aprovechar su ubicación estratégica no sólo en el barrio París-Londres, sino también en la proximidad de varios Monumentos Históricos y sitios de interés del centro de la Capital de Chile. El diseño es una de las inversiones fuertes en este lugar.
En su interior predomina la elegancia de la madera y las grandes lámparas colgantes, recuperando el ambiente clásico que caracterizaba a los inicios del barrio modelo, por allá por 1920, antes que el lapso de historia pecaminosa de este sector de Santiago lo maculara con el crimen de Marta, la "Mariposa Nocturna".
La fatídica habitación número 2, donde naciera a sangre y muerte la leyenda del “Enano Maldito”, ya no existe como tal en el establecimiento del “Hotel Vegas”. Ha sido remodelada y hoy lleva el número 17. Es la que justo da con sus ventanas a la calle por el primer piso, en el torreón central de la fachada.

miércoles, 14 de enero de 2009

EL INFAME MISTERIO DE LAS PIEZAS ARTÍSTICAS Y ORNAMENTALES DESAPARECIDAS DESDE EL CERRO SANTA LUCÍA (PARTE II)

Esculturas de Moreau, sobre la fachada del museo. Hoy sólo quedan dos de ellas en el cerro (Fuente imagen: "Álbum del Santa Lucía", de Benjamín Vicuña Mackenna, 1874).
Coordenadas: 33°26'26.46"S 70°38'36.81"W
(Continuación de la entrada anterior)
LAS ESTATUAS DEL MUSEO DEL CASTILLO
El Castillo Hidalgo, otrora fuerte español de la cara Norte-Poniente, había sido convertido en un Museo de Arte Indígena en 1874. Vicuña Mackenna le hizo instalar sobre la fachada del ex calabozo del fuerte, cuatro bellas esculturas de estilo clásico, que representaban las Estaciones del Año.
Habían sido fabricadas por el escultor Mathurin Moreau y fundidas por la Casa Val D'Osne, según tenemos entendido. Posteriormente, la construcción albergaría a la Biblioteca Carrasco Albano. Aunque sean de otro diseño, estas piezas eran de similar concepto al de otras estatuas de las estaciones de la misma fundición francesa, que fueron instaladas en la Plaza Victoria de Valparaíso.
En 1910, la terraza del Castillo Hidalgo fue convertida en el primer centro de eventos que tuvo Santiago. Pero, al parecer por entonces, dos de sus estatuas ya habían desaparecido. Las otras dos se encuentran en distintos lugares del cerro: una cerca de la "Subida de las Niñas" (la representación del verano) y otra en la proximidad del Castillo Hidalgo (la representación de la primavera).
Las dos de las cuatro estatuas del Castillo Hidalgo que aún quedan en el cerro: la de la derecha, la imagen femenina que está ahora por el lado norte, hacia el acceso que da al castillo, precisamente; y a la derecha, la representación masculina, hoy día se encuentra en la entrada a la Subida de las Niñas. Esta última está dañada, además, pues le falta el brazo izquierdo.
"Subida de las Niñas" y Acueducto Romano. Se observan las magníficas estatuas y cántaros (Fuente imagen: "Álbum del Santa Lucía", de Benjamín Vicuña Mackenna, 1874).
Así de pobres lucen el ex "Acueducto Romano" y la "Subida de las Niñas" en nuestros días. Sólo sobreviven algunos pocos jarrones, algunos en muy mal estado. No se ve en el tramo ninguna de las estatuas que antes los engalanaban.
LAS ESTATUAS DE LA "SUBIDA DE LAS NIÑAS" Y DEL ACUEDUCTO
La ornamentación del camino zig-zag de la "Subida de las Niñas" que asciende en el sector conocido como el Acueducto Romano, hasta la Portada del Escudo Español, en la entrada poniente del ex Castillo González y la actual Terraza Caupolicán, era sencillamente exquisita. Dicho acueducto había sido una obra diseñada por el albañil Tránsito Núñez, fallecido en enero de 1874. Su creación permitía regar los jardines del costado poniente, en el Camino de la Pila de la Moneda.
Este camino hacia el pórtico del Escudo Español, también creado por Núñez en base a dibujos de Manuel Aldunate, y los torreones del acueducto, estaban precedidos por una serie de estatuas de extraordinaria belleza y de evidente inspiración clásica, alternadas en los pilares con ánforas románicas. Desde las remodelaciones que convirtieron el acueducto y su entorno en el camino ascendente más simplificado que hoy existe, estas piezas están desaparecidas, tanto así que cuesta reconocer el actual aspecto de la subida comparándola con las fotos antiguas, independientemente de las radicales remodelaciones que allí han tenido lugar.
Según el "Álbum del Santa Lucía", habían 10 de estas maravillosas estatuas en la "Subida de las Niñas".
Jarrones junto a la Roca Tarpeya y al mirador (Fuente imagen: "Álbum del Santa Lucía", de Benjamín Vicuña Mackenna, 1874).
Nótese la cantidad de jarrones tipo fuentes metálicas que han desaparecido solamente en el acceso del Castillo Hidalgo.
Nótese la abundancia de jarrones y ánforas que había por el Castillo Hidalgo (Fuente imagen: "Álbum del Santa Lucía", de Benjamín Vicuña Mackenna, 1874).
Jarrones del sector de la "Meseta del Estanque" (Fuente imagen: "Álbum del Santa Lucía", de Benjamín Vicuña Mackenna, 1874). Nótese su aspecto y compáreselo con los que hemos fotografiado en un conocido museo de la capital, más abajo.
Vista de dos de los cuatro jarrones metálicos (al frente y al fondo) del Santa Lucía, que habrían sido trasladados hasta el puente Pío Nono, sobre el río Mapocho. En fotografías de archivos históricos y que están fechadas en los ochenta, se observa que el puente tenía 10 jarrones de este tipo en aquel entonces, uno sobre cada pilar de la reja que divide la calzada del paso peatonal. Hoy sólo quedan los jarrones de los extremos.
Más jarrones aparentemente tomados desde el Santa Lucía y hoy dispuestos en las entradas del "Paseo Las Delicias", en plena Alameda Bernardo O'Higgins. Desconocemos si corresponden a ejemplares llevados hasta allá desde el Puente Pío Nono.
JARRONES, CÁNTAROS Y ÁNFORAS
Muchos de los valiosos jarrones y ánforas que se observaban principalmente en el área de las fortificaciones del Cerro Santa Lucía y que eran usados como maseteros para plantas o simplemente como ornamento, se han esfumado sin dejar rastros. Como hemos dicho, más de 300 de ellos ya no están en el paseo.

Se los reconoce por las cuidadosas decoraciones de su diseño, como cuelgas de flores, guirnaldas y cabezas de carneros y saúcos. En las antiguas fotografías del sector de la "Subida de las Niñas" y el acueducto, por ejemplo, se apreciaban 12 magníficas jarras que ya no existen. Adicionalmente, en el Acueducto Romano había más de 50 jarrones de fierro, quedando de ellos sólo nueve en nuestros días.
Según el "Álbum del Santa Lucía", en el sector del Estanque habían también 20 jarrones de mármol que habían sido obsequiados por Ángel Sassi; más de 80 de distintos diseños en metal en la "Subida de las Niñas"; 10 enormes y carísimos jarrones de la casa francesa Val d'Osne y otros 8 de fabricación inglesa en los jardines del Paseo de la Ermita; 2 unidades Val d'Osne más en la "Escala de las Diosas"; 20 jarrones de fierro fundidos en la Escuela de Artes de Santiago, en el sector del Castillo Hidalgo y la Biblioteca Carrasco Albano; otros 2 de modelo Médicis hechos en Florencia, cercanos al sector del "Jardín de Bella Vista", que hoy se conoce como Plazuela de los Naranjos.
Como hemos dicho, se supone que muchos de ellos fueron trasladados a distintos lugares de la urbe. Sin embargo, las investigaciones realizadas por  los ya mencionados expertos sólo han localizado unas 34 de estas piezas, reubicadas en otros puntos de la ciudad, por lo que seguirían perdidas más de 300 de ellas. Se cree, por ejemplo, que 13 de los jarrones de fierro de los modelos originales del acueducto se trasladaron a algunos sitios como el paseo de Las Delicias (en la Alameda Bernardo O'Higgins, paralelo a San Diego-Bandera) y en el Puente Pío Nono (continuación de Vicuña Mackenna sobre el río Mapocho). Todavía habrían, por lo tanto, unos 30 de ellos sin dar noticias sobre su paradero.

Nuestra investigación particular nos ha arrojado evidencia, además, de que algunos de estos particulares modelos de jarrones se encontraban también en el entorno de la Plaza de Armas, al parecer hasta la drástica renovación que sufrió este sector a partir de fines del siglo pasado.

Quizás, la más importante de las observaciones que hemos conseguido en esta cruzada, es la de haber dado con siete de los más valiosos jarrones y cántaros de la colección original del cerro, que se encuentran actualmente en dependencias del Museo Histórico Benjamín Vicuña Mackenna. Corresponden a los siguientes modelos:
  • 2 cántaros ornamentales, me parece que de estilo italiano, con boca estrecha y base de copa, dos cabezas caprinas opuestas y una orla floral también tallada y que los recorre de lado a lado por ambos costados. Según tengo entendido, se encontraban originalmente cerca del que sería el actual acceso Sur del Santa Lucía, principal del paseo, sobreviviendo unas pocas piezas de este tipo allí, en nuestros días, en la Terraza de la Fuente Neptuno. En el Museo se encuentra uno afuera, en la entrada y junto a la fuente (de la que también tenemos algo más que decir) y otro en el interior del recinto, en muy mal estado de conservación.
  • 2 jarrones de gran tamaño y boca ancha, que se encontraban por la terraza del Castillo Hidalgo y el llamado Chalet del Superintendente, probablemente los más grandes de todos los que había en el cerro. Se caracterizaban por tener fondo de copa liso y forma acampanada, de estilo francés. Hay uno junto a las escalas del acceso y otro en el recinto interior.
  • 1 jarrón que había en el sector llamado Plazoleta de la Colonia Agrícola, cerca del Castillo Hidalgo, muy parecido a los anteriores pero un poco más bajo y con la diferencia principal de que su fondo de copa tiene talladas estrías de bordes redondeados, muy característicos. Está ubicado junto a las escalas de acceso.
  • 2 jarrones muy similares a los anteriores, pero con pliegues esculpidos en la base, en la dirección vertical del pedestal. También se encontraban por el sector del Castillo Hidalgo y por los senderos de la cara poniente del cerro, según nuestro parecer. Se encuentran en el sector del patio trasero del Museo.
Más abajo, ofrecemos fotografías de estas piezas de incalculable valor patrimonial e histórico.

Por nuestra parte, hemos encontrado evidencia de que en el entorno de la Plaza de Armas de Santiago (en este caso, esquina de la calle Catedral con Puente) habían varios de los jarrones similares a los desaparecidos desde el Cerro Santa Lucía, piezas que desaparecieron del lugar luego de la enorme remodelación realizada entre 1998 y 2000, durante la alcaldía de Jaime Ravinet. Lamentablemente, sólo conservamos este registro fotográfico de 1994, donde se observa parcialmente uno de estos jarrones. Al fondo, a la derecha, el vértice nororiente de la Catedral de Santiago.
Éste es el tipo de jarrones que había en la entrada de calle Puente. La pieza fotografiada se encuentra aún en la Terraza Neptuno, del cerro. Puede observarse la hermosura de los motivos zoomórficos y mitológicos que decoraban su artístico diseño.
En el caché del website de panoramio.com encontré hace tiempo esta imagen del Correo Central antes de la agresiva remodelación de la Plaza de Armas de Santiago, aunque no tengo individualizado al dueño. Puede observarse un jarrón en un costado, en el sector donde hoy se encuentra la entrada a la estación del Metro subterráneo. Al parecer, los jarrones eran dos y estaban uno a cada lado de la entrada de la calle Puente, que aquí se observa. El jarrón que fotografiara yo en la imagen anterior, entonces, sería el de la esquina opuesta, que no alcanza a aparecer en esta foto, pero se entiende que era el par del que se observa, ampliado en la viñeta. Ninguno de los dos jarrones existe en el sector, hoy en día.

Otro documento fotográfico interesante: Postal de Plaza Yungay, hacia el 1900. Puede reconocerse el sugerente parecido de los jarrones ornamentales del parque con los originales del Cerro Santa Lucía. Hubo algunas líneas de jarrones basados en los modelos Val d'Osne del cerro pero fundidos en las metalurgias de la Escuela de Artes y Oficios de Santiago. Como los de la imagen tampoco están ya en la plaza, no hemos podido confirmar si ésa era su procedencia.

Fuente de las caras de leones de mármol en una filmación del Cerro Santa Lucía de 1929. (disponible en el Instituto de Cinematografía Educativa) Se encontraba al centro de las fontanas de la entrada principal.
Ubicación actual de la misma fuente, en el jardín del Museo Vicuña Mackenna.
LA FUENTE DE MÁRMOL CON LEONES
Junto con los jarrones que se encuentran en el Museo Vicuña Mackenna, al centro del jardín está una valiosísima fuente de mármol con cuatro caras de leones en su base, al estilo grutescos. Es una pieza de extraordinaria belleza y probablemente sean también de factura italiana, aunque no tenemos datos concretos sobre su procedencia. Sí sabemos que aparece en el Cerro Santa Lucía con la gran entrada monumental que se construye al frente y que pasa a ser el acceso principal, permaneciendo allí quizás hasta las remodelaciones de los años cuarenta.
Según información que obtuvimos de la dirección que tenía antes el museo, esta pieza y los jarrones del mismo material habrían sido donados por la familia o descendientes de Vicuña Mackenna a la institución, aunque es extraño que hayan pasado por esas manos si originalmente estaban dispuestos para el paseo del cerro y más aún si corresponden a instalaciones muy posteriores a la administración de Vicuña Mackenna en la Intendencia de Santiago.

De alguna manera esta hermosa fuente llegó allí, entonces, desde el Cerro Santa Lucía. Poco y nulo interés hemos constatado por hacerla retornar a este sitio, por cierto.
Desaparecido faro del sector de sector "Desfiladero del Paraguay" (Fuente imagen: "Álbum del Santa Lucía", de Benjamín Vicuña Mackenna, 1874). Luego de una inspección ocular, creemos que el tubo otrora alimentador de gas es reocupado para pasar el cableado de la transmisión eléctrica que alimenta un pequeño kiosko del sector, pero tenemos nuestras dudas respecto de que los faros propiamente tales, hayan sido todos reutilizados y adaptados al actual alumbrado.
LOS FAROLES DE GAS
A lo largo del parque, existían varios faroles de iluminación a gas que constituían toda una novedad tecnológica en la época y que, con el correr de los años, podrían haberse constituido en piezas de invaluable cotización como reliquias históricas. Sin embargo, en las sucesivas remodelaciones y en el sombrío período de decadencia y olvido que experimentara el cerro como atractivo de la ciudad, estas piezas fueron desapareciendo sin que exista claridad sobre su destino.
En el "Álbum del Santa Lucía", se informa que la "Subida de las Niñas" tenía cinco de estos faroles a gas para iluminar sus ocho vueltas zig-zag, de 286 metros de camino ascendente. En la Plaza de los Campos Eliseos, hoy Plaza Pedro de Valdivia, hacia la cima por el Norte del Santa Lucía, se reportaba la presencia de cuatro grandes candelabros de gas iluminando el paseo y los jardines del sector. El balcón al llamado "Jardín de Bella Vista", más hacia el Poniente, también tenía un elegante faro regalado por Federico Aldunate. Y otro de ellos se alzaba sobre el paseo del Desfiladero del Paraguay, cerca de la piedra donde hoy está la Estatua de Caupolicán. También había al menos dos hermosas estatuas-faroles en la terraza del Castillo Hidalgo, a juzgar por las fotografías de la época.
Presumiblemente, el retiro progresivo de los faroles pudo comenzar con la introducción de las luces de energía eléctrica en las calles de la ciudad, cuando empezara a retirarse la iluminación pública del sistema de gas, con el cambio de siglo. Una versión que no hemos podido confirmar, sugiere que fueron readaptados y reutilizados en el sistema de luz artificial, pero, según consta en las fotografías del Archivo de Chilectra, los faroles eléctricos ya estaban instalados en los jardines principales del cerro en enero de 1928.
Aspecto actual del Jardín Japonés, sin sus cuatro figuras.
LA ORNAMENTACIÓN DEL JARDÍN JAPONÉS
El sector Norte-Oriente del cerro, hacia la calle Victoria Subercaseaux, fue objeto de importantes remodelaciones durante el año de 1958, al crearse allí el bello Jardín Japonés con colaboración de inmigrantes nipones llegados después de la Segunda Guerra Mundial y de la propia Embajada del Japón. El jardín incluía instalaciones decorativas y animales vivos como peces y grullas.
Aunque todavía se conservan algunas de las piezas característicamente japonesas de este tramo del paseo, el conjunto incluía preciosas figuras zoomórficas de fierro que ya no existen: dos grullas, un caracol y un pez. Hacia principios de los años setenta, estas imágenes requerían ser restauradas, por lo que fueron enviadas al Departamento de Obras Nuevas de Santiago.
Nunca fueron colocadas nuevamente en su lugar. Las cuatro figuras aparecen en el inventario municipal como guardadas en el Parque O'Higgins (unos datos informales nos dicen que fue en unas bodegas, y otros que se trasladaron a un jardincillo oriental que también tiene el parque pero que ahora está cerrado al público), pero sólo hasta 1998, donde se les pierde la pista.
Los robos y desmantelamientos no son el único problema: aquí vemos un jarrón metálico roto, al final de la "Subida de las Niñas" y en el acceso poniente a la Terraza Caupolicán.
Otro valioso jarrón en mal estado. Es del tipo que hemos identificado como presentes en la entrada de calle Puente, hasta las modificaciones de la Plaza de Armas y la construcción de la estación del metro. Nótese el jarrón tipo ánfora, al fondo, y compárela con la que mostramos más abajo y que se encuentra en la entrada del Museo Vicuña Mackenna.
Enormes jarrones de mármol en la entrada del Museo Nacional Benjamín Vicuña Mackenna, inaugurado en 1947 (Av. Vicuña Mackenna 94, Providencia). Su diseño es, evidentemente, el mismo de los que desaparecieron desde el Cerro Santa Lucía.
Acercamiento a los jarrones de mármol del Museo Vicuña Mackenna. El de la izquierda, corresponde al tipo de ánforas ornamentales que estaban cerca del acceso Sur del Santa Lucía, sobreviviendo unos pocos allí en nuestros días, en la Terraza de la Fuente Neptuno. Parecen ser las mismas que estaban en el círculo central de la Plaza de Armas de Santiago hacia 1850, y habrían sido trasladadas después al cerro, pero donde sólo quedan hoy algunas. El del centro, es del tipo de jarrones de gran tamaño que se encontraban por la terraza del Castillo Hidalgo y el llamado Chalet del Superintendente; probablemente los más grandes de todos los del cerro. El de la derecha, nos parece que corresponde a los jarrones del tipo que había en el sector de la Plazoleta de la Colonia Agrícola, cerca del Castillo Hidalgo, y se encuentra parcialmente dañado.
Otros modelos de jarrones de mármol que se encuentran en el Museo Benjamín Vicuña Mackenna, en este caso, en el sector del patio. Se reconocen por los diseños de estrías que siguen la verticalidad del pilar o pedestal hasta la base. Los jarrones están a la derecha y a la izquierda. Al centro, hemos hecho un acercamiento a la base, que es muy propia y característica (Imágenes: gentileza del investigador histórico Marcelo Villalba).
Más jarrones de mármol que se encuentran en el Museo Histórico Benjamín Vicuña Mackenna. Estos corresponden al interior del recinto. El de la izquierda es del tipo cántaro-ánfora con cabezas caprinas opuestas y está en muy mal estado, además de desmontado de su pedestal, como se observa en la imagen compuesta. El de la derecha es del mismo tipo (de cuello y base lisa) que se encuentra junto a las escaleras del acceso al Museo (Imágenes: gentileza del investigador histórico Marcelo Villalba).

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