lunes, 30 de marzo de 2009

LA LEYENDA DEL JUDÍO ERRANTE PASANDO POR LA CAPITAL CHILENA

"El Judío Errante" en caricatura de David Shankbone, en 1852.
No estaba seguro de la presencia de la leyenda del Judío Errante en Chile, hasta que la vi entre las principales muestras de la mitología nacional rescatadas por Julio Vicuña Cifuentes en su trabajo "Mitos y supersticiones recogidos de la tradición oral chilena", publicado por la Imprenta Universitaria, en 1915. Aunque se la puede encontrar en todos los países europeos de órbita cristiana, durante los siglos pasados, probablemente nos llegó desde España en los tiempos coloniales, afianzándose en el imaginario popular hasta mediados del siglo XX, al parecer, cuando se le pierde la pista al mito en vista de los acontecimientos internacionales que cambiaron la lectura de esta clase de cuentos con cierta carga de antisemitismo o, al menos, con cierto potencial para ser utilizados como tales.
El Judío Errante es un personaje ligado a la mitología cristiana. Corresponde a un comerciante o soldado judío de Jerusalem que, siendo testigo del sufrimiento de Cristo camino a la cruz, no habría mostrado piedad ante el nazareno, siendo condenado por ello a vagar por siempre alrededor del mundo, llevando a cuestas una dura inmortalidad como castigo.
Una lectura de primera instancia lo daría por un relato inquisitivo, anatematizador y castigador hacia los judíos en este mito. Por otro lado, sin embargo, la figura tiene cierto valor histórico, al representar la tragedia del pueblo hebreo en los últimos milenios y desde el comienzo del Éxodo, en donde cada israelita llevó a cuestas a su patria espiritual a lo largo de las centurias, siendo percibida la diáspora, eternamente, como un pueblo apátrida entre los gentiles, hasta el establecimiento del Estado de Israel.
Antes de exiliarse en Chile, el poeta peruano José Santos Chocano escribía en su poema "El Canto de los Héroes", hacia el 1900:
¿Será el Progreso un bien?
¿Será un tormento?
¡Ay! más parece torcedor impío;
implacable aguijón del pensamiento
que impulsa a caminar, como el judío,
sin tregua, sin descanso, sin aliento!
El Judío Errante es, así, un reflejo del histórico errar del pueblo israelita por las páginas de la Biblia, por las guerras y por los siglos del mundo entero. En nada debiese extrañar, entonces, que haya arribado también a Chile.
Estampa francesa del siglo XVIII mostrando al mítico Judío Errante.
Los nombres y características específicas del Judío Errante varían entre las distintas tradiciones y documentos. A pesar de que algunos intentan darle al mito una antigüedad bíblica, otros identifican su origen en la Constantinopla del siglo IV, pero sólo aparece documentado recién hacia el siglo XIII, en escritos del sacerdote de San Albano e historiador benedictino Mateo de París, de 1229, citados después por el español Fray Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro en sus "Cartas Eruditas y Curiosas", publicadas hacia mediados del siglo XVIII y famosas, entre otras cosas, por mencionar el tema de los vampiros. Según lo que comenta Mateo de París, el Judío Errante se llamaba en realidad Cartaphilo, y aseguraba a la fecha suya que este personaje vivía en Armenia, la primera nación en adoptar el Cristianismo como religión de Estado, en el año 301.
A pesar de ello, Feijoo descarta la veracidad del mito y declara que su factura era más bien reciente. Además, Mateo de París pudo basarse en una historia publicada en 1228, un año antes, bajo el título "Flores Historiarum", de Roger de Wendover, según la cual un arzobispo armenio que se encontraba de visita en Inglaterra, se encontró allá con José de Arimatea, tío-abuelo de Cristo, dueño y guardián de su tumba y de sus sagrados tesoros, quien usaba ahora el alias de Cartaphilus. El propio longevo personaje le habría confesado que, por haber apurado a Jesús en su sufrido camino, este le respondió:
"Iré más rápido, pero tú tendrás que esperar hasta que yo vuelva."
Esto desató la maldición que hasta hoy le pesa encima. Curiosamente, el monje inglés Matthaeus Parisienses confirma, en ese mismo siglo, la experiencia de un sacerdote armenio que se habría encontrado con el Judío Errante.
Un grabado francés mostrando a Cartaphilo.
No es tan clara la razón del castigo de Cartaphilo, sin embargo. Algunos mitos dicen que su nombre de pila era Joseph y que era un guardia o incluso los centurión que trabajaba como portero de Poncio Pilatos. Según unos, habría dado azotes a Jesús, y de ahí proviene su castigo. Según otros, habría dado un empujón al Salvador para acelerar su doloroso camino a la crucifixión. Esta última teoría es sostenida en el siglo XVIII, por ejemplo, por el pastor protestante francés (y no "judío", como aseguran algunas fuentes) Jacob Basnage, quien agrega que Cartaphilo, tras empujar a Cristo, recibió de éste la siguiente maldición, cuando él volteó a ver quién le agredía:
"El Hijo del Hombre se va, pero tú esperarás a que vuelva".
Desde entonces, el infeliz guardia vaga por la tierra esperando el regreso del Hijo de Dios para poder encontrar la paz del descanso eterno. Según señaló Basnage, además, cada cien años sufre alguna enfermedad grave, pero en lugar de morir, sana y rejuvenece hasta los 33 años, la misma edad con que Cristo fue crucificado.
Sin embargo, Basnage asegura que hubo tres Judíos Errantes, y no sólo uno. Además de Cartaphilo, existirían Samer (o Samar) y Asuero. Dice que Samer fue castigado con el peregrinar eterno por haber fundido el ídolo del Becerro de Oro, en los pasajes de Moisés. En cambio, Asuero era un zapatero judío que empujó a Jesús fuera de la entrada de su local cuando éste intentó detenerse a descansar en el camino a la cruz. Lo habría increpado diciéndole:
"¡Fuera!, sal de aquí cuanto antes; ¿por qué te detienes?".
Y Cristo habría respondido:
"Pronto descansaré, pero tú andarás sin cesar hasta que regrese".
Se supone que Asuero habría sido visto en 1547, en Hamburgo. En otras tradiciones referidas al mito del Judío Errante, principalmente alemanas, se dice también que su nombre real habría sido Ahasverus, de modo que nombre Asuero puede ser, acaso, una corrupción del anterior. Aparece en el folleto impreso en Leiden, hacia 1602, titulado "Breve descripción y relato de un judío de nombre Ahasverus", de un tal Christoff Crutzer, que cita al Evangelio de Mateo 16:28 como confirmación del mito:
"Yo os aseguro: entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre venir en su Reino".
Otras tradiciones han llamado al mítico Judío Errante con los nombres de Buttadeu y Mischob-Ader. Hay quienes consideran también que era Malco, el guardia al que Pedro le cortó la oreja al tratar de rescatar a Jesús de sus captores, y éste se la volvió a pegar milagrosamente.
Se comprenderá que, en sus 2.000 años de dura existencia, el Judío Errante ha aparecido y reaparecido en varias partes del mundo. En el Nuevo Mundo, Cartaphilo sería sido visto en varios países, incluyendo Ecuador y Colombia. Y Chile, a juzgar de la obra de Vicuña Cifuentes, tampoco habría quedado fuera del largo camino de peregrinaje del Judío Errante, esperando el regreso del Mesías a la tierra.
Grabado alemán del siglo 1618 mostrando a Ahasuerus.
El autor chileno prefiere la historia que describe al personaje como el zapatero judío que insultó a Cristo. Sin embargo, agrega una diferencia: Jesús le habría pedido agua, agobiado por la sed, y se la negó tratándolo de "criminal". Entonces, le cayó encima su maldición andariega, comenzando a vagar desde allí en adelante para siempre, de modo que su andar se hizo sinónimo de penuria y desgracia. Por esto último es que Raimundo del R. Valenzuela recodaba sobre la Campaña de la Sierra peruana de la Guerra del Pacífico, en su libro "La Batalla de Huamachuco", de 1885:
"Las enfermedades que más nos atacaron en la campaña fueron diarreas, disenterías y viruelas de mal carácter. A la conclusión tuvimos que andar como judíos errantes sacando el cuerpo a la última enfermedad".
Según las tradiciones que estudió Vicuña Cifuentes en Santiago, el Judío Errante siempre tiene en el bolsillo sólo dos reales (25 centavos), los que jamás se le acaban, pero sólo puede comprar cosas que valgan las dos monedas. Esto parece responder a la caricatura de tacañería y avaricia que la literatura y los anatemas populares con frecuencia le imputan al estereotipo de la idiosincrasia judía, además de servirle como explicación fácil en una cultura como la nuestra, la latinoamericana o inclusive la española, donde el derroche y la ostentación muchas veces es mejor visto que la austeridad del ahorro.
En el folklore tradicional chileno, el personaje ya se ha ganado una mención honrosa, según la letra de esta antigua cueca recopilada en el cancionero del maestro Fernando González Marabolí:
Soy como el judío errante
que su destino es vagar
golpeando de puerta en puerta
y no halla dónde parar
Las supuestas apariciones que se reportan sobre el Judío Errante no lo hacen muy distinto del mito universal: un anciano de barbas largas, que camina ayudándose de un bastón, con aspecto de mendigo. Pero aquí se aparece en las puertas de las casas pidiendo pan o café.
Según un caso que estudió Vicuña Cifuentes en Lonquén, era el invierno de 1906 cuando, en una casa, apareció un anciano pidiendo las humildes provisiones descritas. Se le invitó a sentarse sobre una silla por los moradores, pues parecía agotado. Entonces, él respondió que no podía, pues su destino era "andar". Al despedirse agradecidamente, el anciano hizo una grave advertencia a la señora de la casa: que en el mes de agosto próximo, tuviese mucho "cuidado", pues se aproximaba una calamidad. Y, efectivamente, ese mes fue el de un fatídico terremoto de Valparaíso y Santiago, del 16 de agosto de 1906. Pasada la tragedia, las vecinas se reunieron recordando aún la advertencia profética del viejo, y concluyeron en que debía tratarse sin duda del Judío Errante, de paso por estas tierras.
"El Judío Errante" en ilustración del artista Gustav Doré, del siglo XIX.
Otra aparición reporteada por Vicuña Cifuentes en la zona central, reveló que el bastón del Judío Errante estaría lleno de números. Según se comentaba en Santiago, en aquellos años, esas inscripciones estaban relacionadas con la vasta edad del personaje, correspondiendo quizás a sus distintos aniversarios. También se rumoreaba que podía caminar a una velocidad sobrehumana, tanto así que cruzaba de una ciudad a otra sin que se alcanzara a enfriar el pan recién salido del horno que traía entre sus manos. Aunque Vicuña Cifuentes no lo comenta, otros relatos aseguran que el Judío Errante sólo se aparece en la Semana Santa.
En la sociedad santiaguina, la mayoría de los ciudadanos judíos que se conocían por entonces eran de origen sefardí, provenientes de España y presentes en la historia de América desde el descubrimiento en adelante. Muchas familias de "cristianos nuevos" lo habían sido también, al momento de llegar a las Indias Occidentales acompañando a los conquistadores y los colonos. En general, los sefardíes se asimilaron con cierta facilidad en la sociedad chilena durante todo este tiempo. Sin embargo, a fines de los años treinta se produjo una intensa migración de ciudadanos judíos europeos de origen asquenazí, cuya pintoresca cultura y estilo de vida resultó más novedosa para el pueblo que los acogía, durante el Gobierno de Pedro Aguirre Cerda y los que siguieron.
Sucesos internacionales de esta controvertida época y las connotaciones políticas que adquirieron los hechos históricos de este período, marcaron quizás el fin del mito del Judío Errante, sobrepasado por la connotación que quedó implícita a su propio concepto, además de perder su validez con la fundación material del Estado de Israel y la transformación de toda su diáspora internacional, finalmente, en colonias de un país concreto y ya no espiritual ni imaginario como se señalaba antaño.

miércoles, 25 de marzo de 2009

ÉRASE UNA VEZ "EL GOYESCAS"

Luminarias nocturnas del "Goyescas" en 1959 (revista "En Viaje").

Coordenadas: 33°26'22.65"S 70°38'58.93"W

El edificio Oberpaur, de la esquina sur-poniente de Estado con Huérfanos, es uno de los iconos más reconocibles de Santiago, además de un temprano caso de arquitectura bauhaus en Chile, levantado en 1929. Diseñado por el gran arquitecto Sergio Larraín, uno de los principales configuradores de la ciudad, dedicaremos algún posteo futuro para esta importante construcción de Santiago.

Por hoy, nos concentraremos en su local de acceso por el primer piso, exactamente en la dirección Estado 900. Aunque este pasado esplendoroso de la esquina ha sido desplazado ya por la modernización y las transformaciones de la ciudad, aún sobrevive la marquesina de la suave curva redondeada de la arquitectura del lugar, testimoniando la grandeza del ayer perdido en el romanticismo nostálgico urbano.

La primera firma en ocupar la tienda, tenía el nombre del edificio: Oberpaur. Oreste Plath recuerda que se allí se instaló la primera escalera mecánica chilena, siendo de gran atractivo para los niños.

Pero, aunque la tienda Oberpaur duró varios años en el lugar, fue su sucesora, "El Goyescas", quien la inmortalizó en el conciente e inconciente colectivo de la ciudad, al punto de que la esquina quedó registrada en la nomenclatura santiaguina como la esquina Goyesca, precisamente en alusión a su fastuoso y concurrido local. De hecho, fue uno de los principales puntos de reunión, en sus años de éxito.

"El Goyesca" en su edad dorada (gentileza de Antigua Bohemia Santiaguina)

Vista actual del ex local de "El Goyesca", ahora ocupado por una farmacia.

Nacido originalmente como la "Confitería y Boite Goyescas", era un salón de té con espectáculos en vivo, que abrió sus puertas hacia 1950, aproximadamente. Su particular nombre parece ser alusivo al estilo artístico del famoso pintor español Francisco de Goya, pues había reproducciones de las famosas majas del autor dentro del local; pero con el tiempo comenzó a ser llamado "El Goyesca", a secas y en singular. Contaba también con una confitería, pastelería y grandes salones. En la planta del primer piso, la recreación era familiar: los adultos pedían té o café con galletas o tajadas de torta; los niños eran engolosinados con copas de helados o leche chocolatada.

Las fiestas del local tenían lugar principalmente en los salones subterráneos, a los que se bajaba por su hermosa y elegante escalera. Eran celebraciones sencillamente extraordinarias, incluyendo la presencia de artistas internacionales y orquestas de gran fama, algunas de ellas directamente traídas desde Cuba. Actuaban, entre otros, uno de sus propios dueños: César Marasso. En su obra "El Santiago que se fue", Plath recuerda sobre la gran cantidad de estrellas que allí pasaron:

"En los primeros tiempos fue animador Mario Subiabre. En el recuerdo están la orquesta de Francisco Canaro, las canciones de Libertad Lamarque, Domenico Modugno, Carmen Sevilla, la Tongolele, Mario Clavel, los Churumbeles de España, el zorro Iglesia, Doris y Rosie, Gladys Ocampo, Dolly Sisters, las mellizas Castilla, Eduardo Farrell, Leo Marini, Pedro Vargas, Sonia y Myriam, los Cinco Latinos, Alberto Castillo y los chistes de Manolo González (Manuel Carrasco González)".

Les acompañaban dos artistas argentinos que regularmente actuaban en los salones de té para entretener a los niños: Vitrolita, que hacía de niña chica, y Gambino, un actor fonomímico, probablemente de los primeros que hubo en nuestro país.

Existe una historia bastante curiosa con relación al caso de Vitrolita: tras popularizar en las radios Chile su más conocida canción que decía "Corra mamá / ¡ay! pero corra papá / enciendan pronto las luces / traigan pronto la escopeta / que en mi pieza hay un ladrón", usando un falsete de niñita, muchos creyeron que, efectivamente, se trataba de una infante. Sin embargo, cuando hizo sus primeras apariciones en la televisión nacional, causó gran frustración en el público al descubrirse sólo entonces, que era una mujer adulta imitando la voz y las vestimentas de una niña, por lo que debió regresar a la comodidad y seguridad de sus presentaciones en vivo, lejos de las delatoras cámaras.

La bailarina de danza española Gloria Alonso, realizando una presentación en el escenrio de la confitería "Goyescas". Imagen de 1952 publicada por la revista "Ecran".

Plath también comenta que, siendo tanta la popularidad de "El Goyesca", muchos dirigían hasta su dirección cartas de contacto para los varios y famosos artistas que allí se presentaban, como si se tratara de una agencia de estrellas.

La caída de "El Goyesca" sobrevino en la década siguiente, sin embargo. La costumbre de tomar once fuera de casa fue modificándose en la sociedad chilena, volviéndose más íntima y lejana al espectáculo artístico o la entretención. El local cerró sus puertas el 31 de marzo de 1963, ante la tristeza de toda una ciudad. Sus grandes salones pasaron a ser el alojo de la zapatería "Artigas", una de las más finas y exclusivas que hayan existido en la ciudad de Santiago.

Actualmente, ocupa el espacio de la esquina Goyesca el local de la conocida cadena de farmacias Salcobrand.

sábado, 21 de marzo de 2009

BARES, HOTELES, ARTESANÍAS: EL REGRESO DE LOS DUENDES

Duendes del local "El Gauchito", del Centro Artesanal Santa Lucía.
Considérese este artículo como un "anexo" con información interesante sobre la presencia del concepto de los gnomos en el comercio de la ciudad, que recolectamos durante la investigación de nuestro texto sobre las historias de apariciones de duendes en la historia de Santiago de Chile...
UN HOTEL HABITADO POR DUENDES
Coordenadas: 33°26'38.50"S 70°39'20.64"W
El Hotel Boutique "El Duende" es una interesante y clara confirmación de la presencian de una tibia cultura de gnomos en nuestra ciudad. Se ubica al frente de la Torre Entel, en la dirección de Amunátequi 21, pleno Santiago Centro y a un costado nada más y nada menos que del Barrio Cívico, en un antiguo edificio con pisos incorporados a su fachada original, que dataría de 1905 pero que, sin embargo, no señala en ninguna parte de su frontis el nombre del hotel.
Los propietarios y administradores se han preocupado de darle una pulcra y atractiva presentación respaldando los duendes que habitarían en el recinto de amor. La página web presenta una colorida elegancia, alusiva a los bosques encantados de Irlanda, con escenas de fantasías épicas, gnomos, ninfas y oros seres mágicos (www.motelelduende.cl). Y, en el edificio, la entrada está anunciada por dos grandes y pesados portones de madera, no más distintos de los que podríamos encontrar en un castillo custodiado por los gnomos, precisamente.
Hacia el interior, puedo ver por las fotos del sitio web que domina mucho la madera y los pasadizos. Las habitaciones que ofrece son ambientadas, pero algunas en particular, como la llamada "Duende", se publicitan con fotografías de cuartos totalmente custodiados por juguetones gnomos de loza o cerámica, haciendo muecas graciosas a los visitantes desde sus lugares en muebles y repisas.
Según se publicita el hotel, habría sido "el Primer Hotel Boutique en Chile", y refuerza su leyenda aludiendo a que éste sería "un lugar lleno de pequeños seres traviesos" y "un espacio de encuentro y misterio".
Edificio histórico que aloja al Hotel El Duende.
Bellas puertas antiguas, de acceso al hotel.
EL BAR DEL DUENDE
Coordenadas: 33°26'2.31"S 70°37'29.82"W
Sospechosamente parecida en mensajes e imágenes a la presentación internet del hotel, es la del "Duende Bar" (www.duendebar.cl) de Providencia, simpático bar-restaurante que se encuentra en las viejas y estrellas calles de General Bari, por ahí por Metro Salvador, uno de los barrios históricos más bellos y pintorescos del sector.
El local se reconoce por un feo pero festivo duende verde sentado con una jarra de cerveza sobre las tejas del alero de entrada al local, que es una casa de estilo clásico astutamente reacondicionada al servicio que sus actuales duendes moradores allí ofrecen, en este "verdadero micromundo lleno de seres elementales", según su presentación flash. "Ahora estás en territorio de duendes -continúa-, pasa y siéntate...". La decoración, por supuesto, es ad-hoc, facilitada por la casona antigua propia del barrio, que acoge al local.
Un bar con tanta personalidad y que, por cierto, ofrece también sus especialidades de casa. Por ejemplo, tenemos en la coctelería el "Duende Punch" y el "Dwende Swet". No sé si recuerdo bien, pero años atrás se podían tomar allí algunos tragos a base de bebidas energizantes. Que me perdonen los dueños si mi memoria me está traicionando, pero es lo que recuerdo.
El "Duende Bar" me resulta, sin duda, uno de los locales de este tipo más interesantes que existen en Santiago.
Entrada del Duende Bar, con su figura custodiándola.
Otra vista de la casona del Bar Restaurante.
Y MÁS DUENDES EMPRENDEDORES
Coordenadas: 33°26'33.58"S 70°38'38.00"W (centro artesanal)
Hemos visto que el Cerro Santa Lucía fue escenario de avistamientos de duendes en la Colonia y los primeros años de la República. Ahora podemos encontrarlos petrificados en masilla o parsec por allí muy cerca, en el Centro Artesanal Santa Lucía de la esquina de Alameda con Carmen. Los turistas les hacen chupete, siendo lo más cercano a alguna memoria artística que se conserve en nuestra sociedad con relación a estos pequeños intrusos de casas encantadas o mansiones abandonadas. El visitante puede encontrar en la feria artesanal locales donde los enanos hacen crema y nata. Aparecen sólo como figuritas ornamentales, ceniceros, incensarios, cajitas o pisapapeles. Algunos cuelgan con cuerdas propias; otros yacen tirados sobre la superficie, como si tomaran sol. Unos son hechos acá; otros, provienen de la Argentina, donde también existe un entretenido culto popular por esta clase de figurillas.
De estos cuantos locales vendedores de duendes, recomiendo visitar los más surtidos, como el de las artesanías "El Ganchito", en el local 34, donde literalmente vuelan por las cabezas de las visitas los gnomos, tolls y hadas que cuelgan desde el techo con finas cuerdas. La variedad y la calidad es notoria: duendes pequeños, de escritorio, colgantes, de coloración simple o pintados. La atractiva y atenta muchacha que atiende el local tuvo la paciencia de mostrármelos casi todos, pues los propietarios realmente se han esmerado en caracterizar buena parte de su pequeño negocio con la producción de gnomos y hadas.
No son pocas las instancias donde duendes y gnomos se combinan con las ofertas. Algunos como connotación de misterio; en otros como denotación y venta de sus propias figuritas, para coleccionistas como yo. La intelectualidad también los acoge, como en el libro infantil "Aventuras del Duende Melodía", de Alicia Morel. La misma autora les da vida a elfos y duendes en "Los Viajeros Invisibles", explicando cómo llegaron a Chile desde Alemania, en el siglo XIX, escondidos en los maseteros de los inmigrantes germanos. Y el grupo musical de "Los Cuatro Duendes", ganó dos veces el Festival de la Canción de Viña del Mar, por allá por los veranos de 1961 y 1962. El arte de alfareros y canteros ha comenzado a producir sus propios duendes nacionales para jardines. La urbanística dejó un pasaje llamado Los Duendes en Cerrillos, y Trauco en Peñalolén. Una valorada chocolatería santiaguina ostenta desde 1998 su nombre "Don Duende" (www.donduende.cl) en General Jofré 376.
En fin: Santiago tiene duendes para rato, para mi suerte y la de otros.
Duendes incienciarios del Centro Artesanal Santa Lucía.
Más de los mismos...
Duendes y hadas voladoras del local "El Gauchito", del Centro Artesanal Santa Lucía.

miércoles, 18 de marzo de 2009

PLAZA TIRSO DE MOLINA Y MONUMENTO A LOS HISTORIADORES DE LA INDEPENDENCIA, VERSIÓN 2.O

Imagen del elegante conjunto escultórico y conmemorativo de la Plaza Tirso de Molina en 1953 (fuente imagen: álbum Flickr de "Santiago Nostálgico"; gentileza del autor). Las estatuas que se ven alrededor parecen haber correspondido a las que existían antes en el Parque de la Recoleta Franciscana, que se extendía desde el puente hasta la actual explanada del templo.
Coordenadas: 33°25'55.32"S 70°38'57.68"W
En diciembre del año 2007, publicamos nuestra impresión sobre la Plaza del Monumento de los Historiadores de la Independencia, ubicada en la entrada de Avenida Recoleta.
Era desastroso el estado en que se encontraba por entonces este sitio bautizado con el nombre del célebre autor de "El Burlador de Sevilla": consumido por el abandono y el deterioro. Tanto así, que lo creímos sinceramente perdido y ni siquiera hicimos una referencia histórica sobre él, convencidos de que su triste destino estaba sellado y que no tendría una segunda oportunidad.
Muchos escribieron dándonos antecedentes sobre esta situación, incluyendo una persona que se identificaba como funcionaria municipal y que, si bien redactó un respetuoso texto, claramente se advertía en él cierta molestia por el contenido de nuestro artículo.
Afortunadamente para la ciudad de Santiago, sin embargo, el entonces Alcalde de Recoleta, don Gonzalo Cornejo, no pensó de la misma manera y dio curso a gestiones municipales para reparar la plaza y el monumento, iniciándose los trabajos en mayo de 2008. Esto permitió su reinauguración de este espacio, otrora olvidado, fétido y peligroso. Nos corresponde, entonces, hacer una pequeña semblanza sobre su historia y celebrar su recuperación.
Imagen de la Iglesia de San Francisco, hacia 1890. Junto a las carretas que transitan por la Alameda de las Delicias, puede verse la que, según creemos, podría ser la columna del antiguo Monumento a los Historiadores de la Independencia, en su primera ubicación.
Apecto del monumento hacia 1900, antes de la destrucción del bandejón central de la Alameda de las Delicias y de sus muchos árboles. Nótese que tiene instalado un busto sobre la columna central.
Fotografía del 12 de abril de 1928, del Archivo Fotográfico de Chilectra, donde se observa la posición del monumento en sus últimos días emplazado en la Alameda, en medio de los trabajos de construcción de tranvías.
Otra imagen de los trabajos de construcción de los tranvías, del 12 de abril de 1928, tomada del Archivo Fotográfico de Chilectra.
Pese a ser conocida más popularmente como Plaza de los Historiadores de la Independencia, este sitio, ubicado junto al Mercado de la Vega y la Pérgola de las Flores, se llama originalmente Plaza Tirso de Molina al igual que su feria vecina, aunque antiguamente era la parte más oriental de cuadra ocupada por la Plaza Artesanos, después absorbida por el mercado veguino y reducida al cuadrante pequeño junto a la Pérgola Santa María que hoy existe frente al ex Teatro Balmaceda, del lado opuesto al que estudiamos. El nombre con que hoy es identificada comúnmente la plaza en la entrada de Recoleta se debe a la presencia del obelisco central, que rinde homenaje a cuatro de los historiadores del período de la Independencia de Chile: Manuel Antonio Tocornal (1817-1867), Antonio García Reyes (1817-1855), Salvador Sanfuentes (1817-1860) y Diego José Benavente (1790-1867).
El monumento fue levantado por orden del entonces Intendente de Santiago, don Benjamín Vicuña Mackenna, en 1873. La columna y las placas con los rostros de los homenajeados fueron creados por el talento del destacado escultor nacional Nicanor Plaza, el mismo autor de las obras "Caupolicán" y "Quimera", que en aquellos años acababa de regresar desde Francia, siendo designado en el cargo de Director de la Escuela de Escultura.
Pero el monumento estuvo ubicado, originalmente, en un lugar distinto al que hoy lo alberga: se lucía en la Alameda de las Delicias, frente a Estado y a la entrada la Iglesia de San Francisco, sobre un terreno que antes había sido una especie de ciénaga o laguna pantanosa en La Cañada, que según don José Zapiola, era usada por la plebe como verdadera piscina pública, sin pudores ni rango de edad para los visitantes.
Así se veía la plaza a fines del año 2007...
Así se ve hoy.
Actual decoración de la plaza.
Su forma tampoco era la del obelisco que es ahora: semejaba más bien un pilar de gran altura terminado en un capitel y montado sobre una base escalonada. Por los cuatro lados de su nivel inferior, se veían los rostros de los historiadores en grandes placas circulares de bronce.

En las actas publicadas en la página web del Consejo de Monumentos Nacionales se comenta la ubicación de un segundo monumento de Plaza, muy parecido, esta vez para cuatro Escritores (ojo: no los historiadores) de la Independencia: Camilo Henríquez, José Miguel Infante, Manuel José Gandarillas y Manuel de Salas. Estaba en Alameda con Avenida Brasil, en la "Plaza de los Monos", así llamada porque al conjunto lo acompañaban cuatro estatuas de los pioneros de la imprenta, ya desaparecidas: Gutenberg, Shöffer, Fust y Coster. Este obelisco sería el que actualmente se encuentra recostruido en Parque Forestal, por lo que nos comprometemos a hablar a futuro de él. Mencionamos este conjunto porque creemos que en alguna ocasión ha sido confundido con el de los Historiadores.
La mala mantención y el vandalismo fueron destruyendo paulatinamente al monumento. Sobre su altura colocaron un busto, por razones desconocidas, al parecer de Cristóbal Colón (que aparece en las fotografías de 1900), perdiendo en parte su sentido de homenaje a los historiadores. Es nuestra costumbre, nada más, de estar alterando y cambiando permanentemente a los monumentos de la ciudad, como si extrañáramos a los terremotos que naturalmente los alteran o los echan abajo. Hacia los preparativos del Primer Centenario, además, la Alcaldía instaló una fea y desproporcionada estatua de yeso simbolizando la República sobre la misma columna, después pintándola de horrible color verde, pero debió ser retirada por las protestas de la ciudadanía contra semejante abominación estética, según comentara una vez Luis Orrego Molina.
En imagen publicada por el diario "La Tercera" en 1997.
Imagen del monumento en la Plaza Tirso de Molina, antes de que los medallones de bronce con los rostros de los homenajeados fueran sustraídos (Fuente: Monumentos.cl).
Coloridas flores de los hasta hace poco tristes y secos jardines de la plaza.
Se ha creído que el conjunto debió ser retirado y guardado por los franciscanos hacia inicios del siglo XX, precisamente por esta progresiva destrucción, quizás confundiéndolo con el de los Escritores de la Independencia, que ya hemos mencionado. Pero esto no es ha así: las imágenes del Archivo Fotográfico de Chilectra, tomadas el día 12 de abril de 1928, demuestran que el monumento estaba aún colocado allí mientras se construían los rieles del tranvía que recorrió por varios años la Alameda de las Delicias. Ésa habría sido, entonces, la aparente razón por la que el monumento acabó desmontado de su lugar y guardado en las dependencias del Convento de San Francisco, atrás de la iglesia.
En 1935, se encargó su traslado hasta la Plaza Tirso de Molina, en la entrada del ex Barrio la Chimba, junto al río Mapocho y cerca de donde antes había funcionado otro de los varios recintos de abastos del sector. Se halla en la cuadra de Recoleta con Avenida Santa María, Gandarillas y Artesanos, y no en el lado poniente de Parque Forestal, como asevera la ficha del Consejo de Monumentos Nacionales por un lamentable lapsus que sólo podemos suponer, nuevamente, asociado a la confusión de este monumento a los Historiadores de la Independencia con el de los Escritores.

Pero el conjunto artístico había quedado en tan mal estado que prácticamente tuvo que ser rehecho completamente por la casa constructora de N. Perona, ese año, quedando convertido ahora en un obelisco, que se levantó al medio de la plaza. De ahí que se la conozca erróneamente como la Plaza de los Historiadores de la Independencia, por este homenaje. Se le extendió a sus pies una fuente de agua y se la rodeó de cuatro figuras de hierro francesas, muy parecidas a las que han existido en el Cerro Santa Lucía y sobre la Municipalidad de Santiago.
Cabe indicar que las floristas de la famosa Pérgola de la Alameda también fueron trasladadas hasta este sector, algunos años después. Ellas se encontraban también desde la proximidad de la Iglesia de San Francisco, muy cerca del monumento original. Pero el vandalismo y el olvido volvieron a asechar a la obra. La plaza pasó a convertirse en un basural estéril y eriazo. El verdor se perdió, las aguas de la fuente se secaron y los rostros de los homenajeados fueron robados. Comenzó a ser habitada por mendigos y, para los años noventas, se convirtió en refugio de delincuentes y drogadictos. Fue en estas condiciones que la encontramos al publicar nuestro anterior posteo sobre esta plaza.
 
 
La Municipalidad de Recoleta, a través de su Departamento de Ornato, decidió echar manos en el asunto en el marco del intenso programa de recuperación y restauración urbana de los barrios Mapocho, Independencia y Recoleta, iniciado hace pocos años. La plaza fue remodelada y el monumento reconstruido. Se volvió a colocar color vegetal en sus jardines áridos y se decoró el conjunto con esferas ornamentales. Los árboles, ayer moribundos, ahora vuelven a mostrarse vivos y frescos, como probablemente no lo estaban desde hacía algunas décadas. Una placa luce orgullosa la responsabilidad municipal y alcaldicia en la recuperación de esta plaza.
Fue reinaugurada con este nuevo y positivo aspecto el año 2008. Es, por lo tanto, nuestra Plaza de los Historiadores de la Independencia o Plaza Tirso de Molina en versión 2.0, actualizada y corregida. A esta recuperación del espacio se agrega el descubrimiento de murallones de los tajamares coloniales del Mapocho durante la construcción de la Costanera Norte, a un costado de la plaza por calle Artesanos, aunque están tras reja y siguen sirviendo de albergue a alcohólicos, además acumular gran cantidad de basura, cosa que la Municipalidad tendrá que resolver pronto por la dignidad de estas reliquias históricas.
Nuestra única crítica, por ahora, es quizás la dudosa calidad de las reproducciones de los nuevos rostros de los historiadores, que se hicieron en un material más ligero para sustituir los que fueron robados. Nos parece que el artista que hizo los actuales medallones de homenaje se enfrentó a una dificultad superior a sus talentos, pues los historiadores le quedaron con aspecto un poco impreciso, caricaturesco, como si los cuatro estuviesen afectados por microcefalia. Sin duda, nada reemplazará las originales de Plaza, pero, al menos, se habría esperado una sustitución más esforzada en la aproximación del esplendor que tenían las primeras. Sin embargo, a estas alturas es una solución digna y esperable tras un siglo o más de ignominia de parte de las autoridades de Santiago, que maltrataron por acción u omisión la importancia de este monumento.
Bien por Recoleta, entonces, que nos devolvió un espacio que parecía, hasta hace poco, completa e irremediablemente perdido.
Así lucía el obelisco-monumento hace dos años...
Así se observa ahora, tras ser restaurado.

domingo, 15 de marzo de 2009

FOTOGRAFÍAS HISTÓRICAS DESDE UNA MISMA ESQUINA EN INDEPENDENCIA... ¡CUÁNTO SE HA PERDIDO!

Imagen de la Avenida Independencia, hacia el cambio de siglo, que figura en el Archivo Andrés Bello de la Universidad de Chile. Publicada en la obra "Patrimonio Arquitectónico de la comuna de Independencia", de Magda Anduaga, Patricio G. Duarte y Antonio V. Sahady, del Instituto de Restauración Arquitectónica, F.A.U. Universidad de Chile, 1996. La vista de la fotografía es la misma de las que tenemos más abajo para nuestro análisis.
Coordenadas: 33°25'50.66"S 70°39'10.83"W
La esquina nororiente de Avenida Independencia con calle Artesanos, sólo un poco más al norte del puente Padre Alberto Hurtado en Cal y Canto, es un testimonio de muchos de los fenómenos urbanos que hemos estudiado a lo largo de este blog, como la virtual destrucción de gran parte del patrimonio del ex barrio La Chimba, y la transformación de las cuadras históricas desplazadas por imposturas arquitectónicas que, en menos de 50 años, han convertido a Santiago en collage si estilo ni definición.
Tenemos a la vista varias fotografías de esta esquina, dos de ellas históricas. A nuestro juicio, las más importantes son las de 1890, disponible en el Archivo del Museo Nacional, y la de 1928, perteneciente al valioso Archivo Fotográfico de Chilectra. Publicamos aquí, además, una de carácter comparativo, tomada por mí a principios del presente año intentando imitar el ángulo y área de encuadre de las anteriores, por lo que hay un mínimo de 80 años de diferencia entre esta imagen y la más nueva de las que están en blanco y negro.
No resulta difícil advertir qué se mantiene, qué ha cambiado y qué ha desaparecido en este sector del paisaje de la ciudad.
Circa 1890:
Corresponde a una vista que habría sido típica del barrio La Chimba en el siglo XIX, del Camino Real de la Cañadilla o Independencia, como se le llamó a la avenida cuando los ejércitos victoriosos volvieron por ella desde Chacabuco. En la imagen se retrata el aspecto primitivo de las casas tradicionales del lado Norte del río Mapocho, en los años en que este sector seguía siendo un lugar de fama pecaminosa y algo peligrosa.
La calle era de tierra y las casas de adobe son todas bajas, de techos tejados y sin fachadas elaboradas. Menos podría esperarse la presencia de mansiones o casonas de alguna importancia arquitectónica dentro de los grupos de residencias. Todavía es demasiado temprano para ello. Además, el trazado de las calles aún no está bien definido: nuestra esquina de Independencia con calle Artesanos, que reconoceremos en las fotos que vienen, aún no existe como tal. Lo que sí podemos advertir, sin embargo, es la presencia del comercio ya establecido en el barrio, como se observa con la presencia de una tienda instalada entre las residencias de la izquierda.
De alguna manera, para aquellos años la avenida conservaba el aspecto elemental de los primeros años de urbanización de sectores rurales, como podrían ser varios poblados de la región metropolitana que mantienen la misma vista de sus calles principales.
A pesar de la rusticidad del paisaje, destaca desde ya la imponencia del templo del Monasterio San Rafael de la Orden del Carmen, conocido entonces como Iglesia del Carmen o Carmen Bajo en contraposición con la desaparecida Iglesia del Carmen Alto, que se ubicaba en la Alameda de las Delicias a la entrada de la calle Carmen. A pesar de que el templo ya era una antigüedad en aquellos años, sus detalles arquitectónicos se observan bastante más elementales y menos ornamentales que aquellos que podremos reconocerle en las fotografías que siguen.
Circa 1910:
Usaremos como cuña referencial esta fotografía publicada por Alfonso Calderón en su trabajo de 1973 titulado "Cuando Chile cumplió 100 años", que corresponde a la misma imagen que hemos reproducido más arriba pero con otro encuadre y más nítida.
Por lo pronto, hacemos notar no sólo las diferencias con la foto anterior, especialmente en la arquitectura, sino también la presencia de algunos elementos comunes con las imágenes que prosiguen, como la construcción de techo doble angulado a la izquierda y la presencia de un bar (el "Colina", ver más abajo) a la derecha, entre las residencias.
Nótese también que la Iglesia principal del Carmen siempre se halló cortando la perspectiva de la Cañadilla, después llamada Avenida de Buenos Aires y, finalmente, Avenida de la Independencia.
Circa 1920:
Otra fotografía histórica del tiempo de los tranvías, hacia 1920. En esta imagen podemos observar la gran cantidad de árboles que existían entonces a ambos costados de la avenida Independencia, al menos en este tramo.
Contrasta con el aspecto más bien árido y estéril que ofrecen hoy sus cuadras, con escasa vegetación. Lamentablemente, sin embargo, los mismo árboles tapan la vista del edificio-esquina que más nos interesa en esta composición, así que no es mucho más lo que puede decirse aquí de esta imagen, salvo elogiar su romántica belleza del Santiago perdido.
1928:
Claramente, es un ascenso paisajístico con respecto a la fotografía anterior. Se observa a la derecha de la composición, destacándose, una de las casas comerciales más concurridas de Santiago en esos años, llamada "Bazar Colo Colo". Como se aprecia, la tienda ofrecía servicios de sastrería, zapatería y venta de ternos. Eran los años en que el estigma de barrio La Chimba había pasado ya, abriéndole paso a un comercio relativamente elegante, aunque siempre con un sentido popular (recordar al barrio Patronato, a un costado de este sector), como sucede hasta hoy pese a haber perdido otra vez los detalles del refinamiento por las transformaciones que ha sufrido la ciudad.
Nótese la belleza de las casonas que alojaban al bazar, con aspecto y estilo europeísta de las residencias del cambio de siglo. El segundo piso del edificio es habitado, lo que se advierte por las plantitas y los maceteros colocados en el balcón de balaustradas. Tiene un tercer piso de ático, sin embargo, por lo que debe haber constituido una de las construcciones ciudadanas más altas del sector. Este esquema de locales comerciales en el primer piso y residencias del segundo piso hacia arriba, como adaptación de las viejas casonas que sobreviven en Santiago, aún se mantiene y con frecuencia se lo puede advertir, no sólo en el barrio Independencia.
Siguiendo por la cuadra hacia el Norte, al lado del bazar, vemos el cartel de un Bar Restaurante "Colina", local que todavía existe, aunque ubicado un poco más abajo, en un edificio de dos pisos. Le sigue otra casona de alta fachada coronada. El comercio se extiende hasta la calle siguiente. Predominan las fachadas decorativas y las casonas de uno o dos pisos. La gran torre del fondo con la estatua en la cima, es la cúpula alta del templo del Convento del Orden del Carmen, maravilla histórica que ha sido, por siglos, un símbolo en la ex Cañadita o Avenida Independencia.
La línea de la arquitectura en el paisaje urbano tiene tanto o más que decir en el lado opuesto. La construcción más bien reciente del lado izquierdo es la Parroquia Carmelita de Independencia, bella iglesia de líneas neogóticas de la que ya hemos hablado antes. Quien conozca la calle, puede reconocer las horizontales más generales e imponentes retratadas en esta fotografía, como la recién mencionada iglesia y, más al Norte, la fachada del gran condominio viejo, entre otras bellezas del barrio. Nótese la cantidad de cableados eléctricos recientemente instalados para la circulación de los tranvías.
En fin, la imagen de 1928 representa hoy casi una idealización del barrio Independencia, probablemente como todos los admiradores del patrimonio histórico hubiesen querido verlo siempre, independientemente de la incorporación de necesarias formas de modernidad y de renovación.
1988:
He aquí la explicación de todo... Un voraz incendio destruye el histórico edificio de la esquina de Artesanos con Independencia, en la madrugada del 16 de agosto de 1988, condenándolo a su demolición. La investigación dejó en evidencia que el siniestro fue provocado por un cortocircuito, dado el mal estado de los viejos sistemas eléctricos. Esta imagen fue publicada por el diario "La Tercera" al día siguiente.
A pesar de los esfuerzos de los bomberos de once compañías que acudieron al lugar, se pierden 7 locales comerciales distribuidos en la planta del edificio, precisamente donde antes estaba la sastrería y zapatería que ya vimos. Ahora era ocupado su espacio en los bajos, por negocios como una farmacia, las Carrocerías San Fernando y el "Café Artesanos" que se ve en la imagen, cuya entrada precisamente es la de la antigua tienda "Colo Colo" de los años veinte. El incendio también destruyó un histórico hotel del barrio que funcionaba en el recinto: el Hotel Normandí, aunque había seguros comprometidos en estos establecimientos.
La historia del antiguo edificio de la esquina de Independencia, entonces, llegaba a su fin entre humos y escombros ardientes.
2009:
Lo primero que salta a la vista es la desaparición del edificio que albergaba al viejo "Bazar Colo Colo". La esquina ha sido redondeada, y se reemplazó el edificio por un simplón conjunto de departamentos, levantados probablemente a inicios de los noventa, cuya forma de toscas pretensiones racionalistas, sigue el perfil redondeado de la esquina hacia el interior de la calle Artesanos. Crueldad sin límites contra la estética, a nuestro juicio.
Hacia el fondo de la esquina, sólo reconocemos el pequeño alojo que tenía antes el Bar Restaurante "Colina", cuya pared lateral ha quedado a la vista y con la pintura amarilla disimulando su desnudez. La casona siguiente también ha desaparecido, observándose claramente un espacio abierto en su lugar. Es una de las tragedias de la ciudad: hay tanto frenesí por destruir edificios históricos que los sitios, a veces, permanecen por años sin ser reedificados y virtualmente abandonados (como el desaparecido Gimnasio Manuel Plaza en Ñuñoa o la fachada del antiguo "Mercurio" en Compañía). Más atrás, se hace irreconocible la casona que tenía alta fachada hacía ochenta años, pues ahora luce sin su majestuosa corona frontal, probablemente derribada por los terremotos. Al fondo, sigue dominando la vista el hermoso Convento del Carmen. Ha sido una lástima que este antiguo edificio religioso, declarado Monumento Histórico Nacional, esté sumamente abandonado, casi sin uso y siendo mantenido sólo por los escasos recursos de la Orden, sin contar con asistencia de ningún tipo.
En lado opuesto del punto de fuga, podemos reconocer y desconocer varios otros elementos. La línea arquitectónica que antes advertíamos perfectamente en la fotografía de 1928, ya ha desaparecido, viéndose interrumpida o alternada por imposiciones geométricas y estilísticas que no sólo riñen con el perfil artístico del barrio, sino que, desde su intrusismo, compiten con el carácter histórico y la originalidad de los diseños característicos del vecindario. Las torres de departamentos colocadas a espaldas de la Iglesia de las Carmelitas y las más altas levantadas al fondo, rompiendo la línea de perspectiva y horizonte, constituyen una aberración urbanística que sólo puede concebirse en un país como el nuestro, donde existe una pasión destructiva derivada de la obsesión arribista de sentirnos modernos, que los demás nos perciban como no conservadores ni tradicionalistas.
Pero, definitivamente, no hay que ser un conservador romántico para advertir que esta imagen testimonia la belleza perdida del barrio, comparada con la de 1928. Existe un ascenso arquitectónico con respecto a la de 1890, pero en la imagen actual hay claramente un decaimiento con respecto a la de 1928. Dicho de otro modo, el esplendor de Independencia está en decaimiento y avanzada amenaza, según lo que se desprende de la comparación de las tres imágenes.
Una nueva razón para cuestionar los conceptos de modernidad y de orientación progresista que dominan artificialmente en Santiago, aplicados (o impuestos) por motivaciones mezquinas de unos pocos, pero a costa graves sacrificios y afeamientos de nuestra ciudad que, de alguna manera, pagan todos... ¿O se tiene alguna duda de cuál de las tres esquinas era más bella y nuestra?

domingo, 8 de marzo de 2009

UN PECADO IMPERDONABLE: EL EDIFICIO DEL BAZAR ALEMÁN KRAUSS

Vista del edificio y la juguetería, hacia 1930.
Lo peor de las pérdidas irreparables es que son eso, justamente: pérdidas, e irreparables. Aún la muerte puede darle a algunos la esperanza de una vida posterior, de una residencia mejor que la terrenal, incluso. Pero la destrucción de un patrimonio, de algo que engalanó un rincón de la ciudad y creció con su historia, no tiene esta chance. Peor cuando fue una destrucción deliberada, fruto de la indolencia y el sectarismo, y no de la naturaleza sísmica de nuestro terruño. Simplemente, el patrimonio se fue, para siempre, sin posibilidad alguna de recuperar algo más que una foto apolillada o el relato quejumbroso de algún viejo que tuvo la dicha de conocer lo que uno está condenado a sólo imaginar.
Las pérdidas irreparables castigan, sin embargo: dejan una eterna cicatriz en el lugar desde donde fueron extraídas. Es la revancha de la historia para contra una ciudad ingrata que permitió tamaño pecado en su urbanística y su cultura patrimonial. Por esa razón hoy, frente a la esquina noroeste de la Plaza de Armas, casi como una impostura o una farsa enclavada en el vértice entre la Catedral de Santiago y el Correo Central, se eleva una mole de metal y espejos que sólo afea a esta metrópoli, como lo haría una quemadura en el rostro de una sirena. Un edificio estéril, neutro, probablemente uno de los peores que nos haya regalado la modernidad en la ciudad... ¡Y tenía que ser justo allí!
Varias veces hemos expresado nuestra posición derrotista sobre la realidad urbanística de Santiago: creemos haber llegado a un punto sin retorno con respecto a lo que se ha perdido, que ya supera por paliza a lo que escasamente queda. El edificio de cristales de los deslindes de la Plaza de Armas (ya obsoleto, por cierto, con sus líneas setenteras de diseño) es un caso dramático de esta desgracia. Y pensar que, para levantar semejante cosa en nuestro centro, Santiago sacrificó con vil irresponsabilidad una de sus joyas arquitectónicas más valiosas, más bellas: el Bazar Alemán, espectacular edificio que databa de alrededores del Primer Centenario y que fuera una de las construcciones más importantes de toda la urbe, sede de la histórica juguetería Krauss Hermanos. En otras palabras, invunchismo arquitectónico, en su más infame y morbosa expresión.
De la hermosa construcción de aspecto neoclásico y cupular, con cierto detallismo en su decoración, me parece que neogótica en sus arcos y estructuras más altas de líneas verticales (influencia Tudor, y me atrevería a decir que con cierta dosis de art nouveau, aunque sospecho que más de un arquitecto me mandaría a la cresta por ello), sólo sobreviven algunas viejas fotografías testimoniando la hermosura de esta esquina de Santiago Centro, antes que la convirtieran en el rincón con aspecto de baño público que es hoy. Por desgracia, algunos ciudadanos extranjeros y también ciernos connacionales que por ahí vegetaban en las regadas noches de Santiago, se encargaron de reforzarle a este engendro y a su entorno las características de toilette abierto en sus faldas, incluyendo los característicos aromas amoniacales en sus respectivas baldosas y espejitos sucios de tanta "modernidad". En ciertas noches, el hedor allí llegó a ser insoportable, a solo pasos de la Plaza de Armas y la Municipalidad. Nada peor; aunque también nada más apropiado para este atentado criminal contra la historia urbana.
Volante publicitario del Bazar Alemán de Krauss Hermanos.
Aviso del Bazar Alemán de 1910 (los avisos de años anteriores daban la dirección de Ahumada con Moneda). Nótese que, ya entonces, aparecía en su publicidad la imagen del Viejo Pascuero o San Nicolás, lo que pone en duda el mito de que también habría llegado a Chile con la campaña de la Coca-Cola que internacionalizó al personaje navideño más de veinte años después (más información sobre esto, aquí).
Fundado por los hermanos Krauss en 1875, el Bazar Alemán llegó a ser la juguetería y tienda comercial más importante de Santiago y quizás de todo Chile, dato confirmado entre otros, por Alfonso Calderón en su "Memorial del Santiago Viejo". En sus primeros años, se ubicaba en Ahumada con Moneda y ya gozaba entonces de gran popularidad entre los niños. Eduardo Balmaceda Cortés, en "Un mundo que se fue", cuenta que el bazar tenía ventas de juguetes "a vil precio" y con "magnífica factura alemana". Al edificarse su nueva casa y trasladarse a Catedral con Puente, en 1910, competía con otras grandes casas jugueteras, como las tiendas Gleisner. Pero el Bazar Alemán parece haber tenido mayor relevancia comercial e importancia que todas las otras. Era el favorito de los peques hacia los años treintas, según las impresiones de visistantes extranjeros como Patrick Barr-Melej, en "Reforming Chile: Cultural, Politics Nationalism, and the Rise of the Middle Class".
Desde la época en que fueron introducidos los tranvías eléctricos en Chile, los niños iban en masa hasta la tienda, esperando que fueran abiertas sus grandes puertas. En el interior, se encontraban con cuatro pisos llenos de hileras de juguetes de todo tipo y origen, además de otros productos más atractivos para el hogar en general, casi todos importados desde Europa y algunos totalmente novedosos para su época. También tenía en venta artículos para dormitorios de niños y accesorios de mascotería, según comenta Manuel Peña Muñoz en "Chile: Memorial de la Tierra Larga". El gran panorama de los infantes chilenos de la primera mitad del siglo XX era visitar este lugar, sin duda, esquema de atracción a "sitios entretenidos" que después intentaron imitar otras grandes jugueterías posteriores como "El Castillo del juguete Rochet", "La Casa Azul" o la famosa "Juguetería Otto Kraus", que nada tenía que ver con los Krauss del Bazar Alemán.
Pero los años pasaron y los comportamientos del mercado cambiaron. El esquema del viejo y nostálgico bazar se vio superado por tiendas más modernas o por secciones de juguetes de otras casas comerciales. Tras cerrar la juguetería, el edificio comenzó a quedar progresivamente despoblado y sin uso, parcialmente utilizado sólo por algunas firmas que lo arrendaron en sus pisos más bajos. Un enorme proyecto inmobiliario se fraguó en los años setentas sobre esta valiosa esquina de la capital y así empezaría el desmantelamiento: los arquitectos Echeñique, Boisier y Cruz planificaron una enorme torre con pinta de refrigerador de vidrios espejados, para levantarlo allí como edificio de oficinas sin ninguna clase de coincidencia o armonía con el entorno histórico de todo el barrio. Al parecer, la creativa decisión de los ingenieros para poder encajar este impostor entre dos de los edificios más representativos de la historia capitalina, fue colocándole a la mole espejos que los reflejaran... ¡Notable!
El crimen en proceso: demolición del edificio, en imagen publicada en 1980. Fotografía de la prensa de la época.
Vista actual del edificio levantado en la esquina de Catedral con Puente.
Hasta 1980, tras comenzar la demolición del hermoso ex Bazar Alemán, se desoyeron todas las protestas de quienes denunciaron este crimen contra la arquitectura y el patrimonio nacional. Había bastado cerca de un año o un poco más para levantar la torre triple con aspecto de transbordador espacial cuadrado, que está ahora en su lugar y con el nombre de "Edificio Plaza de Armas". Que nos perdonen los profesionales involucrados, pero este fue un Columbia que nunca despegó, sin embargo, convirtiéndose hasta hoy en un elefante blanco del barrio central e histórico, que sólo espera su muerte natural.
Por supuesto que millonarios intereses estuvieron siempre presentes, detrás de este espanto urbanístico, favorecidos, además, por la ignorancia de la sociedad chilena de entonces sobre su patrimonio y distraída por las controversias políticas que, por esos días, concentraban la mayor parte de la atención pública (aunque cueste creerlo, los chilenos de entonces éramos más ignorantes que los de ahora... ¡En serio!). No se puede culpar de todo a los artífices de esta obra, por lo tanto.
Hemos sabido informalmente que, en años posteriores, al menos uno de los arquitectos responsables del proyecto que significara la pérdida del Bazar Alemán, ha manifestado tímidamente su arrepentimiento por haber participado en esta blasfemia contra la historia y la cultura de Santiago. Quizás sea cierto, pero poco importan ya las emociones al respecto: como hemos dicho, estas son pérdidas irreparables, y no podremos esperar más que ver al Edificio Krauss pixelado y tieso en la simulación animada de algún diseñador o artista gráfico capo en programas como el Autocad y el 3D StudioMax para que, por alguna paga, desahogue en algo nuestras nostalgias.
Edificio que actualmente ocupa su espacio.

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