domingo, 27 de diciembre de 2009

UN CARRETÓN DE BORRACHOS PARA ESTE AÑO NUEVO: EL PASAJE CASI DESCONOCIDO DE NUESTRA HISTORIA ESCRITA CON ALCOHOL


Nos guste o no, somos un país de curados, de ebrios. Suena hipócrita hacerlo notar después de nuestra última entrada de texto, pero así es... Nos sinceramos.

Volveremos a comprobarlo en la colita de días que le queda a este mes de fiestas de Fin de Año. Llevamos el gen del placer de la borrachera y lo pasamos como una posta malvada entre una generación y otra. Cualquier mal momento se pasa con un trago; cualquier buena noticia se celebra con la misma caña. Somos pececitos de una gran garrafa-acuario: bebemos de nuestro propio medio, nuestro propio y reconocido vino. Buenos y malos argumentos no faltan.
Ya basta de engaños, señores: el decantado del mismo vino que nos da prestigio y reconocimiento internacional ha sido nuestra perdición y será de seguro la borra final en que se ahogará nuestro pueblo. Todo abstemio es un bicho raro en nuestra sociedad y se le presumen traumas con el alcohol a cuestas, o cosas aún peores. Por eso le tenemos una infinidad de nombres graciosos al estado de la ebriedad, por lo bien que nos conocemos, como amigos de toda la vida: andar cañoneado, guasqueado, penqueado, cufifo, guaraqueado, curado, chicha, loco, curagüilla, chambreado, escabechado, fermentado, fudre, pipa, empipado, copeteado, remojado, pasadito, enfiestado, con la mona, con la caña, con la chispa, con la yegua loca, etc.
Quizás sea necesario restaurar la tradición del carretón de los borrachos, según expondremos en esta ocasión. Esta necesidad, probablemente sea lo más "bicentenario" que nos queda como pueblo de tradiciones seculares. Y este Año Nuevo 2010 nos permitirá meditar algo al respecto, suponemos.
Carretón cervecero, dibujado por Melton Prior (publicado en "The Illustrated London News", del 14 de junio de 1890).
Caricatura de Moustache, en 1909.
Otra caricatura de Moustache, en 1910.
EL VICIO EN NUESTROS (ORÍ)GENES
 
No llevábamos muchos años con los españoles instalados en el territorio, cuando Francisco de Aguirre introdujo las primeras viñas plantadas en Chile, hacia 1551. Hasta entonces, el suministro de alcohol era con los caros licores traídos desde afuera o bien con las poco alentadoras chichas de los indios locales.
Pero, el 31 de julio de ese año, se acordó castigar las borracheras de los indígenas, que generalmente se tornaban violentos y pendencieros. A ello se sumaba la ruina en que muchos indígenas quedaron tras las expropiaciones y distribuciones de terrenos entre los españoles del valle del Santiago, como los del pueblo huechura, de Huechuraba, por ejemplo, que fueron desplazados por la primera concesión de Pedro de Valdivia en el futuro barrio La Chimba y luego por otras otorgadas al Norte del Cerro Blanco. La ruina material arrastró a la ruina moral, campo fértil para el alcoholismo. Hasta una buena parte de la llamada Pacificación de la Araucanía -ese capítulo que se cuenta menos- fue lograda con los poderes del vicio y del abuso alcohólico, como tantas otras conquistas del mundo occidental.
Los cargos por ebriedad de indios (taquis, les llamaban ellos) eran duramente castigados, frecuentemente con excesos y actos lindantes en la tropelía: además de la reclusión, los trabajos forzados y los azotes, se les destruían las tinajas y botijas de chicha a las comunidades enteras. Las mismas restricciones dispuso otro acuerdo de Cabildo del 24 de julio de 1568, que creó un regidor especialmente destinado a los castigos por ebriedad.
Diego Barros Arana, en su famosa "Historia de Chile", comenta inquisitivamente el enquistadísimo hábito del alcohol en las comunidades indígenas de los tiempos de la Conquista y la Colonia:
"Desde temprano, los muchachos acompañaban a sus padres en sus fiestas y borracheras, asistiendo con ellos a las escenas más vergonzosas y repugnantes. Cuando el niño mostraba inclinaciones de bebedor, cuando se desarrollaban en él precozmente los groseros instintos sexuales, cuando aporreaba a su madre, o se encaraba en riña con su padre, éste en vez de corregirlo, experimentaba una verdadera satisfacción, persuadido, según el orden de las ideas de los salvajes, de que tenía un hijo aventajado".
Pero no todo era desenfreno y falta de medidas de consumo de alcohol entre indígenas, sin embargo. Ellos mismos tenían un dicho notable: "Ngollin che ngollife ngelu", que significa "Borracho hombre, borracho es", aplicado como reproche a quienes abusaban de la bebida. Parece ser que el advenimiento de los conquistadores terminó de ahogarlos en vicios medianamente controlados hasta ese momento. La bebida ha sido siempre un gran aliado de los invasores, como hemos dicho.
Por otro lado, los conquistadores y criollos no hacían menos en la carrera de la tomatera: llevaban tanto vino y aguardiente como agua en sus aventuras, o acaso más; y los indígenas no tardaron en tirar lejos sus insípidas chichas de maíz fermentado para cambiarla por las maravillas de la vinificación. Esta tendencia al alcohol, entonces, quedó cristalizada en la formación misma de nuestra sociedad y nuestra identidad nacional. Los espectáculos de ebriedad ya existían entre los colonos de la primera planta de Santiago de Chile, cuando la ciudad era apenas algo más que un campamento. La porra de aguardiente y la bota de vino o chicha de uva fueron equivalentes al inflamable ron "Silver" o al bidón de "Chimbombo" de épocas más actuales.
"Creemos no haya ciudad alguna del universo más manchada por sus excesos", escribió don Benjamín Vicuña Mackenna refiriéndose al alcoholismo histórico en la capital, en su "Historia crítica y social de la ciudad de Santiago", de 1869.
"Árbol del alcoholismo" en una antigua publicación francesa.
Recuadro noticioso de 1914, publicado en el diario "El Mercurio" anunciando las actividades en Santiago de la Liga Nacional contra el Alcoholismo.
Avisos como éste, publicado en una revista Zig-Zag de 1933, no colaboraban demasiado con las campañas públicas para reducir el consumo abusivo de alcohol de la sociedad santiaguina.
LA CARRETA DE LOS BORRACHOS
Resulta, pues, que entre los siglos XVIII y XIX existió en Chile un servicio sumamente particular que sustituyó al represivo regidor "antiebrios" y del que no tenemos antecedentes de que se haya encontrado en otro lugar del mundo: el carretón de los borrachos. Era, al decir de Vicuña Mackenna:
"...creación única entre todas las ciudades del mundo, y que ha estado probando hasta hace poco la abyección moral de nuestro pueblo y la indolencia con que sus clases ilustradas la miraban perpetuarse."
Consistía en carros tirados por tracción animal, que recorrían la ciudad de Santiago buscando a los borrachos terminales que quedaban tirados en las calles, para llevarlos apilados como muertos de guerra hasta las cárceles o cuarteles policiales, especialmente en las noches frías cuando corrían riesgo de congelación.
Puede que la costumbre de levantar borrachos en carretas sea muy anterior, surgida espontáneamente durante la Colonia con carretones de tracción humana o de bestias, pero el primer carretón de los borrachos "oficial" administrado por el Cabildo aparece hacia 1772, cuando el Teniente General Agustín de Jáuregui, no bien asume la gobernación de la Capitanía de Chile, decide implementar este curioso sistema para limpiar la calle de los cientos de ebrios terminales que la decoraban día y noche, y llevarlos cómodamente ante la autoridad de justicia.
Según comenta Vicuña Mackenna en su libro ya mencionado, Jáuregui ordenó la construcción de un carro con las siguientes características:
"...un vehículo de tablas montado sobre ruedas y tirado por bueyes o caballos que se paseaban por todas las calles desde la hora de la queda e iba recogiendo de las veredas los cuerpos inanimados de los beodos para conducirlos al depósito, en que hasta hoy día mismo se llevan por centenares. ¿Quién no conoció en su niñez el carretón de los borrachos? Tenía un sonido áspero, desapacible y cimbrador como el del carretón de los muertos, y a la verdad que eran muertos que allí iban, porque la vida del bruto no es la vida del hombre. Sin embargo, y como si hubiera de castigarse con excesiva dureza a los delincuentes de aquel vicio, habría sido preciso dejar la ciudad desierta y dar ocupación diaria al látigo de cien verdugos, los bandos de policía le imponían únicamente una prisión con cadena y trabajo urbano durante dos semanas."
Las pulperías eran los lugares favoritos de los bebedores. Por esta razón, la autoridad colonial ordenó también que todas ellas tuvieran luces de faroles encendidas en su puerta principal hasta la hora de la queda, exigiéndoseles reportar cualquier crimen, asalto o trifulca que se armara dentro de ellas. Los taberneros eran tomados, entonces, por verdaderos rufianes y seres despreciables que vivían manteniendo vicios de otros, equivalentes a lo que hoy serían los narcotraficantes. Y el Corregidor Zañartu salía a cazar a los ebrios para obligarlos a trabajar en la construcción del Puente Cal y Canto, a régimen de agua, pan y garrote.

"Carretadas al cementerio", del artista español Francisco de Goya. Según Vicuña Mackenna, el aspecto y función del carretón de los muertos era similar al de las carretas de muertos, como la de este grabado.
El falte en un puesto de licor. Grabado publicado en el "Chile Ilustrado", de Recaredo Santos Tornero 1872., basado en un dibujo de Prior. Nótese cómo le roban la mercancía al pobre borracho.
Una cantina hacia 1900, fotografía del Museo Historico.
Bebiendo en la propia bodega, entre barricas y damajuanas, al fondo. Imagen de principios de los años setentas, publicada en "Comidas y Bebidas chilenas", de Alfonso Alcalde.
UN DESASTRE EN LA SOCIEDAD CRIOLLA
El servicio del carretón de los borrachos fue desapareciendo gradualmente en el siglo XIX; pero no las razones que llevaron a crearlo, las que probablemente empeoraron. Vicuña Mackenna reproduce un desolador parte policial de detenidos, publicado por "La República" del 1º de diciembre de 1868, antes de cualquiera de las fiestas y en un día común y corriente.
  • 42 ebrios
  • 10 por bultos por la vereda
  • 26 por auxilio
  • 2, hombre y mujer, por escándalo
  • 9 por riña
  • 2 por galope (el equivalente a conducir a exceso de velocidad, en nuestros días)
  • 2 lecheros por vender agua
  • 8 ladrones
  • 6 cocheros y carretoneros
Podrá imaginarse la cantidad de trabajos que habrían tenido los carretones con estos cientos de borrachos en las calles de la ciudad de Santiago. Más encima, esto pasaba cuando ya existía el mismo problema que hoy tenemos aún, de los ebrios que "no saben curarse" y entran en estados eufóricos, agresivos o temerarios durante sus horas de borrachera. Eran, quizás, el primer dolor de cabeza directo de las fuerzas de orden; y también el primero indirecto, al ser el alcohol gran parte de la gasolina que alimentaba el motor de la delincuencia y la criminalidad corriente entre los estratos más bajos de la sociedad.
El autor agrega también que en otro parte del 19 de abril de 1868, fueron conducidos hasta la policía 91 individuos, 47 de ellos en estado de ebriedad. Y el 28 de febrero de 1869, se recogieron 122 reos desde las calles, esta vez casi todos ellos ebrios. "Y si ésta es la ebriedad en las veredas, ¿cuál sería la estadística de la ebriedad a domicilio?", se pregunta el futuro Intendente de Santiago.
En 1892 se implementaron ordenanzas que intentaban, de hecho, proscribir los licores extranjeros como el whisky y prohibir la chicha y el aguardiente. Pero tales medidas eran utópicas y no tardaron en ser olvidadas. Así, en 1897, el Estado de Chile tenía la difícil tarea de crear una legislación sobre el consumo de alcohol que, por un lado, permitiera bajar las escandalosas tasas de alcoholismo registradas en el país, y por otro, que no dañara la producción nacional ya que el fisco requería aumentar -de paso- las captaciones de dineros por conceptos de gravámenes e impuestos en el rubro. Ambos intereses han sido inversamente proporcionales, por lo que el Ministerio de Hacienda debió sortear las críticas de quienes le acusaban de intentar lucrar con los vicios más bajos de la sociedad chilena.
Por entonces, el célebre caricaturista Julio Bozo, alias Moustache, solía hacer dibujos en diarios y revistas con situaciones tragicómicas sumamente críticas de la borrachera nacional. De sus caricaturas se desprende que el mal ya cruzaba a todo el espectro de la sociedad chilena, en aquellos años.
Borracho tirado en Monjitas, cerca de la Estación Metro Bellas Artes. No me gusta jugar con la dignidad de la gente en desgracia, pero es un hecho que este tema siempre ha estado ligado a la caricatura.
Borracho (¿o muerto?) en barrio Mapocho, cerca del Mercado Central. Éste se aburrió mientras leía la Guía Telefónica, según se deduce de los elementos de la escena del crimen (quizás encontró la trama débil y con demasiados personajes).
CAMPAÑAS DE EDUCACIÓN CONTRA EL ALCOHOLISMO
Mucha de la publicidad de vinos de la época (1900, aproximadamente) se hacía con charlatanerías de pseudomedicina, al venderse como tónicos o jarabes saludables para literalmente mejorarlo a uno "de todo", verdaderas panaceas de inmortalidad. Esto se observa en la gran cantidad de calugas publicitarias que aparecen en diarios como "El Mercurio" de aquellos años.
En estas impresiones erradas e inducidas por los mercaderes sobre el rol del alcohol, las organizaciones contra el vicio creyeron ver la causa central del alcoholismo, con algo de inocencia e ignorantes de los alcances patológicos de este vicio. En la "Conferencia sobre el alcoholismo dada en el club de señoras" por la doctora Ernestina Pérez, publicada en 1920 por la Imprenta Universitaria, se lee lo siguiente:
"También es una creencia muy generalizada que el alcohol es un estimulante poderoso, que el vino da sangre, que es indispensable una bebida alcohólica a toda persona que tiene trabajos físicos pesados, que es un alimento del músculo. Todo esto es un grave error, y de este error ha nacido el alcoholismo".
Hacia 1915, la Liga Nacional contra el Alcoholismo tenía su sede en Avenida Manuel Antonio Matta entre las calles Arturo Prat y San Francisco. Allí realizaba charlas y exposiciones, además de exhibir filmes educativos respecto al tema. Otro organismo que también se involucró en la cuestión fue la Liga Chilena de Higiene Social, aunque con una perspectiva más conciliadora y menos radical contra la industria vitivinícola.
Bernardo Gentilini, en su ensayo "El Alcoholismo: artículos ilustrativos para una campaña antialcohólica", publicado también en 1920, advierte aterrado:
"El alcohol de vino, que es el más puro, inyectado en una dosis de 45 gramos, mata en el acto a un conejo de cuatro kilogramos de peso. El aceite de vino alemán, que se pone a las bebidas fermentadas, es un veneno tan activo, que mata a un perro, en una dosis de 4 centímetros cúbicos. La esencia de cognac, que se agrega a los aguardientes para perfumarlos, quita la vida a un Terranova en diez minutos, con una inyección de un centímetro".
Y refiriéndose a los borrachos propiamente dichos, agrega:
"Ocurre con los alcohólicos, por lo común, observa Bertillón lo propio que con los morfinómanos: toman débiles cantidades de alcohol, sobreviene luego el fenómeno de mitridatismo, como en los demás venenos; no se notan ya los efectos, se aumenta entonces la dosis. Y como la costumbre se ha convertido en necesidad, a medida que se disminuye la sensación que produce el alcohol, se ingiere en cantidad más grande".
Borracho caído junto al Monumento de los Historiadores de la Independencia, en Plaza Tirso de Molina, en Recoleta junto al Mercado de La Vega. La fotografía es anterior a la remodelación de la plaza.
Borracho tendido y en coma, en Diagonal Paraguay llegando a Marcoleta.
Abuelo ebrio derrumbado junto a la Plaza de Armas, en Estado con Merced. Puede que estas escenas siempre resulten graciosas, pero el alcoholismo y la vagancia han sido dos tragedias íntimamente ligadas en toda la historia de la humanidad.
NADA CAMBIA: IMPRESIONES DE VON KEYSERLING
La ineficacia de las leyes que reprimían la embriaguez llevó a la producción de nuevas legislaciones en 1902 y 1916. Pero la dualidad incompatible del Estado en la época parlamentaria, intentando echarle manos a las ganancias de la industria vitivinícola a la par de querer disminuir el consumo, nunca dio con una fórmula consensual y eficiente para poder combatir el problema que, pese a ser catastrófico, todavía podía volverse peor.
Hacia 1930, cuando el carretón de los borrachos ya llevaba tiempo retirado, el conde y explorador alemán Hermann A. von Keyserling publicó una famosa obra "Meditaciones Suramericanas", relatando sus viajes por Sudamérica. Allí nos retrata una imagen de extrema decadencia social, casi abrazados al chuico y a la garrafa.
Al referirse a Chile y elogiar algunas características nacionales -como el profundo sentido de la autocrítica a través del humor-, cuenta luego sus malas impresiones tras una pasada por las fondas de Fiestas Patrias. Von Keyserling ofrece una descripción diametralmente distinta a la observada por otros viajeros como Gay, Mellet o Rugendas: llega a un escenario donde los rotos están borrachos como cubas, y bailan totalmente ebrios la cueca en las chinganas y ramadas del Parque Cousiño (hoy Parque O'Higgins), raspando animadamente sus ojotas contra la pista de baile. Manifestó también su impacto por la forma en que los chilenos celebran el día de su Patria, que resultaba grosera a su sensibilidad noble teutónica del conde y filósofo: verdaderas exposiciones de alcoholismo, glotonería y gente "fea", especialmente las mujeres "viejas" y "deformes".
La peor impresión del horrorizado Conde viene al describir al baile nacional chileno: al ver a los borrachos pateando el suelo, levantando tierra y cayéndose al piso de ebrios en medio del baile nacional, no repara en declarar que la cueca es la danza nacional más fea que haya visto en todos sus viajes, y supone que el criterio general es que, mientras más fea sea bailada, mejor la encuentran acá.
Le sorprende también el gesto del chileno por hacer exaltaciones escatológicas, por lo que a él le suena como mezclar el nombre de la Patria con excrementos, según infiere del "¡Viva Chile, mierda!", expresiones que oye un sinnúmero de veces en la fiesta, donde se armaban violentas peleas de ebrios a cuchillada limpia, que terminaban tendidos boca arriba y destripados, mientras la fiesta y el jolgorio continuaban por encima de ellos:
"El final es de un salvajismo tal que la policía tiene que intervenir, porque en su ebriedad los concurrentes transforman el lugar en un campo de batalla. A la noche siguiente ingresa a los hospitales una multitud increíble de heridos".
Está demás agregar que los actuales turistas alemanes venidos por septiembre, ven exactamente lo mismo en nuestras Fiestas Patrias, ¿no?
Garganta de Lata, de Pepo.
Tres famosos personajes "borrachines" del humor nacional: El Tufo (Ernesto Ruíz), Ruperto (Cristián Henríquez) y Che Copete (Ernesto Belloni).
¿CARRETONES PARA EBRIOS HOY?
Coincidió que, después de tomadas en terreno las impresiones de Von Keyserling, se procuró una nueva legislación en 1929 con los mismos escasos resultados que las anteriores, al no poder atacar el problema de fondo. Sin embargo, la reciente creación del Cuerpo de Carabineros de Chile permitió descargar a los demás servicios del triste trabajo de encargarse de los borrachos desparramados por las calles y de los actos de pendencia o escándalos que eran frecuentes.
El carro policial de nuestros días ha venido a reemplazar la función del carretón de los borrachos de la tardía Colonia y primeras décadas de la República. El nuevo carretón con motor y radio recoge bultos de sangre caliente en Bellavista, Parque Forestal, Plaza Ñuñoa, San Diego y Parque Almagro, hoy en día. Basta pasear un rato por los barrios viejos de Santiago Centro, sin embargo, para advertir que no da abasto con la cantidad de ebrios que aún escogen la vereda, el pasto o el sitio eriazo como su lugar de descanso, especialmente en períodos festivos. Una visita al Parque O'Higgins durante las Fiestas Patrias es una escena dantesca: los borrachos parecen cadáveres después de un bombardeo, caídos al suelo en posiciones extrañas, extravagantes, incompatibles con la comodidad de un sueño profundo. Ni Spencer Tunick con su pasión por empelotar a las masas tiradas por el suelo, podría lograr tanto dramatismo.
Hemos vivido tanto aceptando al borrachín ajeno y al que llevamos dentro, que hasta le hemos tomado cariño. Son parte de nuestra infraestructura mental. René Ríos Boettiger, alias "Pepo", contrató a Garganta de Lata para el club de amigos de Condorito; y el humorista Ernesto Ruiz engendró al inolvidable personaje de El Tufo, un típico borracho callejero, ingenioso y pícaro. Fernando Alarcón fue un poco más allá en el día de un ebrio y dio vida a Ricardo Canitrot, el empleado que llegaba atrasado y con caña mala a la oficina, inventando excusas para esconder las secuelas de una regada noche; Ernesto Belloni tiene al grotesco animador alcoholizado Che Copete como su alter ego; y Cristián Henríquez debuta en TV con el más ebrio de todos los ebrios del humorismo: Ruperto. Dipsomanía por todos lados.
Quizás es la hora de habilitar nuevamente el servicio clásico del carretón para nuestra capital; de aceptar que son parte de la ciudad y que seguirán brotando como ortigas cada noche de fiesta pública o bien de celebraciones a puerta cerrada, como las que había en las chinganas del barrio La Chimba y que deben haber sido de las principales proveedoras de cargas para el famoso carretón.
En definitiva, ha llegado tal vez la hora de reponer las funciones del carretón de los borrachos, salvándolos del frío y de la exposición, y castigándoles sus excesos con una pequeña pero desagradable sesión de control de identidad que acabará espantando la mona...
¡A combatir los vicios del pueblo, señores, partiendo por el de los curados desparramados en nuestras calles, esperando la llegada fantasmal del acogedor y cálido carretón de los borrachos! Será la ofensiva final contra los vicios del pueblo...
Brindemos todos en estas fiestas por esta gran causa... ¡Salud!
El Carretón de los Borrachos todavía podría pasar por Alameda encontrando bultos para echar arriba, como este compadre, KO en la esquina con Santa Rosa.
...O este abuelo, tendido en Alameda con Unión Latinoamericana.
¡Feliz Año Nuevo!

jueves, 24 de diciembre de 2009

RÉQUIEM POR TODOS LOS "TERREMOTOS" QUE YA NO ESTÁN ENTRE NOSOTROS


En esta víspera de Navidad, quisiéramos recordar que han sido muchos los bares, cantinas y tabernas desaparecidas de Santiago que ofrecieron alguna vez célebres versiones del "terremoto", ese trago mágico a base de vino pipeño y helado de piña que ha motivado tantas páginas de este blog. "Terremotos" que ya no existen; que se han convertido en recuerdos melancólicos de borrachines o bien en verdaderas leyendas de la coctelería popular y "guachaca".

Del triste destino de algunas de estas desaparecidas picadas nos hemos enterado recientemente, siguiéndoles la pista durante la elaboración de nuestra guía 1ª y guía 2ª (y ya viene pronto la 3ª) sobre los mejores "terremotos" de Santiago.

Quisiéramos hacer un brindis por ellos en las puertas del Año 2010, por todos estos "terremotos" que no llegaron a acompañarnos y no conocerán el Bicentenario Nacional, por lo mismo.

Partimos recordando uno de los negocios terremoteros más célebres que ya han partido al patio de las memorias urbanas: el local de "La Picá", también conocido como "La Picá de Amengual", que se encontraba en la Estación Central por la vereda Sur de la Alameda Bernardo O'Higgins cerca de la calle Amengual, aunque no exactamente allí, sino más cerca de la Estación Ecuador. Era un local muy antiguo con aspecto de colorido comedor de barrio, con una entrada estrecha por un pasillo de muros de adobe escondidos con decoración y cuadros ornamentales, en el cual también había mesas cojas y sillas metálicas ideales para las cabezas rotas en una riña de cantinas.

Por estos "terremotos" enrojecidos con granadina en "La Picá" iba de todo: desde oficinistas salidos de barrios cercanos al sector hasta humildes mendigos vestidos casi con harapos que intentaban mantener limpios. Su terremoto llegó a ser uno de los más famosos del barrio y se lo comparaba incluso con los mejores de la Estación Central, como los de "El Hoyo", "Pancho Causeo" o "El Campesino". Lamentablemente, el local cerró sus puertas poco después del cambio de siglo y su viejo edificio fue demolido, abriéndole paso en la cuadra a un nuevo proyecto inmobiliario.

Local del "Chicha y Chancho", ya abandonado.

El antiguo dibujo de un "terremoto" que estaba antes en la fachada del "Chicha y Chancho", ya borrado bajo una capa de pintura.

"Terremotos" con cueca eran los que se servían, en cambio, en las reliquias que tenía por barras el restaurante "El Barquito", un pequeño pero simpático local de adobe y tejado con pretensiones coloniales ubicado en la esquina Nor-Oriente de la calle Carmen con Marín, que hasta plazoleta propia tenía, afuera, en cuyas bancas terminaban durmiendo los borrachos más graves. Fueron conocidas sus fiestas folklóricas de fin de semana, con músicos de cueca brava en vivo (varios grupos del circuito se iniciaron allí), hasta que cerró hace unos tres años y fue demolido.

Hoy, el ex terreno de "El Barquito" pertenece a una casa universitaria allí instalada. Su placilla aún existe, aunque ocupada ahora por jóvenes estudiando o calentando materia para las pruebas en lugar de esos ebrios exhaustos de pipeño y fiesta del pasado.

El "Chicha y Chancho" era un entretenido antro de bebida, comida y música en vivo que competía con "La Piojera" ubicado casi exactamente al frente de ésta, en la misma calle Aillavilú. Era otro de los centros más tradicionales del Barrio Mapocho y expendía cientos de sus famosos "terremotos", servidos en una jarra de medio litro parecida a los schoperos. Tenía dibujado uno de estos terremotos afuera, en los muros junto al acceso, con un chorreante vaso de "terremoto" sobre una barrica de pipeño. Eran económicos y muy buenos, aunque había que tener algo de valor para entrar al local, especialmente durante las noches, pues el ambiente era un tanto bravo hacia sus últimos años.

Luego de muchos problemas y algunos asuntos policiales provocados por gente externa a la planta de trabajadores del local, el "Chicha y Chancho" debió cerrar sus puertas hacia el año 2005, parece que para no abrir nunca más, llevándose a las abstractas memorias de la ribera Sur del Mapocho sus cotizados "terremotos". Muchas veces se ha anunciado su reapertura, incluso con lienzos colocados en la fachada, pero hasta ahora este regreso nunca ha sucedido.

Cerca de allí estaba el mítico "Bar Central", una cuadra más abajo del Mercado Central en calle San Pablo, donde el pipeño se mezclaba con helado de piña a solitud de sus comensales. El clásico negocio mencionado por Ramón Díaz Eterovic en una de sus novelas, estaba ubicado por ahí cerca de donde antes estuvo la inolvidable boîte de "El Jote", actualmente es ocupado por un restaurante de comida popular peruana.

Mención especial para "El Rey" de Recoleta con María Graham, cuyos "terremotos" competían junto al Cementerio General con clásicos como "El Quitapenas" y "La Carmencita 2". Recientemente, el local fue vendido y ahora se llama "Santa Rosa de Pelequén", aunque siguen vendiéndose estos tragos en él.

Tenemos entendido que, hacia sus últimos días, la "Quinta de Recreo Ecuador", conocida también como "El Bar de la Tía" y del que ya hemos hablado en otra entrada, ofrecía "terremotos" a su clientela principalmente universitaria, de calle Catedral cerca de la esquina con Almirante Barroso, en Barrio Brasil. No tenemos más noticias de las características del que aquí pudo haberse preparado, pero el caso es que este histórico rincón cerró sus puertas también hacia el año 2000, siendo su local demolido y olvidado a pesar de la cantidad de años e historias que arrastraba.

Esta muralla roja y el portón azul es todo lo que queda de la casona de "El Barquito", que ocupaba toda la esquina de Carmen con Marín.

Y esto es lo quedaba hasta hace poco de la "Quinta de Recreo Ecuador" (sector de las panderetas), local del barrio Brasil en el que, según se nos ha informado, se vendieron "terremotos" hacia sus últimos años de actividad, aunque no hemos podido confirmar este dato (cualquier ayuda, bienvenida).

También tenemos en cuenta ciertos bares que nos presentan dudas imposibles de resolver a estas alturas, sobre la supuesta presencia del "terremoto" en ellos, reportada informalmente a nosotros. Estaba por Estación Central, por ejemplo, un restaurante llamado "La Picá de la Estación" de Meiggs, que no sobrevivió a los años ochentas pero que, al parecer, alcanzó a ofrecerlos cuando estos fueron popularizados por "El Hoyo", a pocas cuadras de allí, hacia mediados de esa década. Y en Exposición 112 se servían los "terremotos" de "El Fabián", local ya desaparecido y cuyas dependencias son actualmente ocupadas por el bar "Tropezón", que antes se ubicada en el negocio de exactamente al lado.

Un "terremoto" que se quedó en el camino, a pesar de que su local sigue existiendo, es el que se habría ofrecido en el famoso "777" de la Alameda, así llamado por ser ése su número en la avenida. Esta famosa picada a la que se asciende por vertiginosas escaleras a prueba de ebriedad, tenía en su carta "terremotos" hasta por ahí por fines de los años noventas, según nos han informado. Sin embargo, recibimos la noticia de que ya no los oferta, gravísima denuncia que verificamos en el lugar aunque seguimos preguntándonos por la razón que pudo haber motivado semejante decisión de parte de los locatarios.

También nos han dado información similar con relación al famoso "Chancho con Chaleco", sobre y supuesto pasado terremotil en su conocido local de Avenida Pajaritos 99-113. Sin embargo, la visita en terreno nos confirma -para desgracia de desgracias- que no existe una oferta de "terremotos", o al menos no ya. Una lástima. Ojala, sea revisada a futuro.

Es difícil saber si existen más locales vigentes que alguna vez ofrecieron "terremoto" y ya no lo hacen. Muchas veces, los dueños, los administradores y los barmen han ido cambiando o incluso han ido muriendo, por lo que se hace difícil verificar si el trago estaba entre las ofertas del pasado de un local, casi tanto como si el mismo no existiera, como es el caso de "Los Braseros de Lucifer", también desaparecido recientemente desde la calle San Diego con Cóndor. Es el mismo problema que nos impidió, en el pasado, rastrear un posible origen porteño de la receta original del "terremoto", teoría que es muy comentada y creída entre los bohemios del puerto.

Sí aprovecharíamos la ocasión para recomendar a locales que venden terremotos, como el "Amberes" del Barrio Universitario y la "Capilla Los Troncos" de Quinta Normal, que ofrecieran la opción del vaso-caña individual y no sólo la jarra para varias personas... Una modesta sugerencia de la comunidad sismológica que despide a sus desaparecidos "terremotos" de Santiago.

lunes, 21 de diciembre de 2009

OTRA VÍCTIMA DEL PROGRESO: LA CASONA ALEMANA DE AVENIDA VICUÑA MACKENNA

La casona en sus últimos días. (fuente imagen: elparadiario14.cl)
Coordenadas: 33°32'10.66"S 70°35'31.91"W
El sábado 28 de noviembre pasado, la Municipalidad de La Florida realizó una ruidosa celebración de los 110 años de la comuna, con caravanas de murgas, bailarines, chiquillas emplumadas y carros alegóricos que durante horas, pasearon por las calles Colombia y Enrique Olivares hasta el Estadio Bicentenario, al son multicultural de zambas, cumbias afros, reggaetones, batucadas, salsas y... casi nada chileno o localista; ni siquiera alusivo al rico pasado huaso y agrícola de la comuna apenas aludido por algunos cuantos chiquillos disfrazados; ni a su intensa historia republicana remontada a la Hacienda Lo Cañas, a las chacras en donde hoy se levantan los malls y a la época dorada del ferrocarril a Pirque.
Podemos comprender que están de moda las celebraciones cargadas al tropicalismo sabrosón, sin duda. Las últimas campañas políticas estuvieron recargadas de estos colorinches visuales y sonoros; es parte de la oferta. Pero es una ironía que, a pocas cuadras de estos lugares de festejo, uno de los símbolos más importantes de toda la comuna sucumbía bajo el equipo de demoliciones: la Casona Alemana, conocida también como el Palacio Rojas Magallanes.
Ubicada en el paradero 18 de Avenida Vicuña Mackenna nº 8840, la casona estaba en la verda Oriente, casi exactamente afuera de la Estación del Metro y de la calle llamadas Rojas Magallanes, precisamente, en homenaje a una de las figuras ilustres de este ex poblado suburbano de Santiago ya asimilado por la ciudad.
La situación es sencillamente increíble e insólita por su paradoja casi delirante, y en cierta forma pone de manifiesto tanto la indolencia de las autoridades chilenas como la ignorancia del público en general, que permanece apático a esta clase de atrocidades prefiriendo siempre hacer vista gorda concentrados en el festejo y la celebración pasajera, víctimas del "peso de la noche", para usar palabras de don Diego Portales.
También pone en relieve la inutilidad de las declaraciones eufemísticas como la de Inmueble de Conservación Histórica, estatus que tenía la casona pero que, en la práctica, no asegura nada y sólo depende de la voluntad y la preocupación de la autoridad de turno, sin garantías ni obligaciones reales de cumplir restricciones o requerimientos, a diferencia de la declaratoria de Monumento Histórico Nacional.
Vista desde el Sur (fuente imagen: solucionesinmobiliarias.cl.
ORIGEN DEL EDIFICIO
La Casona Alemana equivalía en Santiago Sur a lo que era el Palacio Mujica en Ñuñoa, curiosamente también destruido en oscuras circunstancias. Era la residencia central de la antiguamente llamada Chacra de Santa Julia, que se extendía en el camino entre Santiago y el entonces pueblito de Puente Alto, donde irían a parar después los trenes que salían del sector que ahora ocupa el Parque Bustamante, junto a la Plaza Baquedano.
De esta chacra, la parte principal y la casa quedaría por herencia en manos de don Victorino Rojas Magallanes, con el nombre de Quinta La Florida, según se ha dicho. De ahí también que algunos la hayan llamado Palacio Rojas Magallanes, evocando a uno de los residentes pioneros en este lugar de la Región Metropolitana, además de estar su nombre entre los primeros regidores de la comuna y segundo alcalde de Puente Alto. Él realizó varias donaciones de terrenos de este sector para la urbanización de la comuna, creándose así el primer foco de crecimiento residencial dentro de ella.
Es probable que el edificio se remonte a la segunda mitad o a fines del siglo XIX, pero no existen datos precisos sobre su fecha de construcción ni sobre quién fue su arquitecto. Como es corriente en las viejas casonas, mucho se desconoce sobre ella hay cosas que sólo se pueden conjeturar con relación a su historia.
Lo que sí se sabe con seguridad es que la urbanización de La Florida registró un explosivo aumento tras la venta de los viejos fundos como San José, Bellavista o Las Mercedes, hacia mediados del siglo XX, por lo que la ciudad creció a velocidad impresionante en unos pocos años por este lugar, al punto de que pasó por encima y rápidamente de los terrenos de La Florida y Puente Alto tras la instalación del ferrocarril en 1891. Entre 1927 y 1935, la comuna fue incorporada al municipio de Ñuñoa, pero no tardó mucho en recuperar su autonomía municipal.
La apertura de la Avenida Vicuña Mackenna casi hasta los deslindes de Pirque marcó el fin de la época del ferrocarril y aumentó más aún la explosión demográfica, al punto de que La Florida no tardó en convertirse en una de las comunas chilenas con más habitantes, hasta hoy, pese a ser una ciudad dormitorio. Miles y miles de personas pasaban diariamente frente a la imponente fachada de la casona, de ida y de vuelta desde sus lugares de trabajo.
Fachada de la casa, ya en venta (fuente imagen: el paradiario14.cl)
CARACTERÍSTICAS ARQUITECTÓNICAS
Cuando fui a residir a La Florida, en 1987, la Casona Alemana era la construcción más importante de toda la comuna, seguida de cerca sólo por los edificios de aspecto hispano-colonial de la Municipalidad, la Casa Colorada de la Cultura y el que actualmente ocupa la Biblioteca Municipal. Era frecuente que apareciera en portadas de revistas escolares o en pinturas de artistas aficionados. También fue retratada en exposiciones fotográficas.
Correspondía a un palacete de líneas tipo alemanas, de adobe y madera, con un primer piso de aspecto patronal y atractivos aleros solariegos, más un segundo nivel con alguna ecléctica pero sutil evocación al estilo Tudor, clásico y algo de victoriano según nuestra impresión, dominado por las maderas de la fachada y la decoración geométrica minuciosa con que fueron labradas, especialmente en su frontón central y en sus dos torreones laterales. El área construida de la casona era de gran tamaño, alcanzando los 740 metros cuadrados.
Tampoco se sabe la naturaleza de su base de estilo germánico, infrecuente en este lado de Santiago y en sus terrenos rurales, que era el paisaje de entonces. Por lo general, las casas patronales tenían un aspecto solariego, como es el que se observa en otras construcciones históricas de La Florida. Esto significa que, además de su valor propio, tenía una importancia contextual única, al ser una excepción en su época y en su ubicación geográfica.
A nuestro parecer, la Casona Alemana perfectamente podría haber merecido el título de Monumento Histórico Nacional, de haber alcanzado a ser declarada como tal. Méritos le sobraban. Quizás esto explique la violencia y ensañamiento con que fue hecha desaparecer, según veremos luego.
Por cierto, su apodo popular de Casona Alemana no proviene sólo del estilo arquitectónico, como podría creerse, sino del hecho de haber sido por más de diez años el cuartel del Centro Médico Alemán, por lo que su fachada estuvo decorada con águilas imperiales y colores de la bandera germánica durante todo ese tiempo.
Aunque sus patios eran grandes y espaciosos, ciertamente subutilizados, la verdad es que eran sólo recuerdos vagos de los enormes terrenos que antes había tenido en su entorno, dentro de los fundos. Con bellas palmeras y arbustos, la superficie total de la propiedad era, hacia el final de sus días, de 4.000 metros cuadrados, con 80 metros de frente por 40 de fondo.
ENTRE EL RECONOCIMIENTO Y LA AMENAZA
Cuando se levantó el carril del Metro pasando casi encima de la casa, hacia 1997, ésta quedó parcialmente tapada por la estructura y sólo podía vérsela entera desde el medio de la calzada en Avenida Vicuña Mackenna, por el bandejón central. Pese a todo, la casa estaba entonces en muy buen estado según los registros, y fue así como se ganó la categoría de Inmueble de Conservación Histórica el año 2001, tras ser postulada por la propia Municipalidad de La Florida.
Justo ese año, sin embargo, se retiró de ella el Centro Médico Alemán, que estaba funcionando en el edificio, bajo régimen de arriendo desde fines de los años ochentas. A la postre, esto fue lo que condenó el destino de la casona. Al ser arrendada, a continuación, a un restaurante chino, los nuevos locatarios cometieron el irresponsable crimen de derribar sin autorización muros interiores que servían a la suspensión, para dejar una sala libre en el primer piso, afectando con ello las resistencias y causando peligrosos desniveles en la casona.
Dicen por el vecindario que, ante el evidente estado de progresivo deterioro, la Municipalidad de La Florida, durante la administración de Pablo Zalaquett, ordenó detener las remodelaciones improvisadas que se estaban realizando a espaldas de propietarios y autoridades, y que involucraron imprudentes alteraciones en los ventanales del segundo piso y los techos. Pero como la categoría de Inmueble de Conservación Histórica no involucra aportes fiscales de recursos para la mantención, el desmantelamiento y el deterioro siguieron avanzando.
Empero, ello no consiguió revertir su fatal destino al año siguiente.
Rejas exteriores (fuente imagen: elparadiario14.cl)
DECADENCIA Y DETERIORO
Como si el castigo fuera poco, un arrendatario subarrendó la casona de manera irregular a una discoteca "alternativa", que actuaba sin patente y sin permisos, debiendo ser desalojados de la casona el año 2006, por la fuerza pública. Y no sucedió algo mejor con los nuevos arrendatarios: una sociedad comercial ocupó el recinto comprometiéndose a hacer las reparaciones que estaban pendientes, mas nada ocurrió. También comenzaron a funcionar de manera informal como centro de recreación y debieron ser expulsados en septiembre de 2008.
Abandonada y cada vez más cerca de ser un puñado de ruinas, fue saqueada por extraños quedando sin puertas, marcos ni ventanas. Grupos de pandillas punks y supuestos "okupas" intentaron apoderarse de ella, destruyendo más aún las estructuras según confiesan los vecinos. Para peor, los periódicos informaron que en una violenta riña con un grupo de skinheads, cayó herido de muerte uno de los punks que estaban celebrando fiestas en la casa, en agosto de 2009.
Según información que hemos obtenido de ex funcionarios comunales, al tomar la alcaldía Jorge Gajardo, la Dirección de Obras Municipales de La Florida -ante la presión de algunos vecinos- amenazó con multar a su dueño, José Reveco Pardo, por el pésimo estado de la casa y por nuevas intervenciones que se realizaron sobre ella, especialmente en el segundo piso. Así, en lugar de colaborar con el mantenimiento, la municipalidad prefirió castigar a la única persona en que recaía el destino del inmueble. Esto sólo aceleró la decisión de echarlo abajo, pues los afligidos propietarios reclamaron no tener recursos para mantención y la pusieron en venta a través de una corredora.
Evidentemente, la conservación de la casona no podía estar en manos exclusivamente de sus dueños, dados los desembolsos que iba a involucrar su rescate. Se propuso por allí reutilizarla como edificio de servicios municipales con orientación cultural, como había sucedido con la Biblioteca Municipal, pero no hubo ningún proyecto concreto anunciado al respecto. Por el contrario, la propiedad salió a la venta ofrecida a 12 UF por metro cuadrado. Por varios días colgó el cartel "se vende" en su fachada y el mensaje fue pintado también en sus muros exteriores.
Para peor, la destrucción interior y el ataque de las termitas y las polillas había consumido con la velocidad del rayo lo poco que quedaba de la casa. La hija del dueño y administradora, la abogada Claudia Reveco Iglesias, presentó entonces un informe firmado por arquitectos, donde se declaraba imposible darle salvación al edificio, en contraste con el excelente estado que se le declaraba alegremente hacía sólo ocho años antes.
Destrucción de la casona: vista desde el lado Sur.
Su entrada, ahora en ruinas.
Vista del patio, con la casa ya parcialmente demolida.
EL TRISTE FINAL
En medio de la discusión sobre el destino y mientras algunos aún exigían la conservación del inmueble, los últimos dueños debieron decidir rápidamente la destrucción del mismo, durante el pasado mes de noviembre, quizás anticipándose a quienes aún insistían en preservarla o elevar su categoría patrimonial.
Ocurrió con tanta celeridad esta destrucción, que la sociedad floridana apenas alcanzó a advertir cuando los torreones y frontis de la casa habían desaparecido. Y como no podían faltar, aparecieron los adalides rezagados del patrimonialismo, culpando exclusivamente al dueño de lo sucedido e ignorantes de la historia de desinterés y desdén de las propias autoridades hacia la conservación de la casona.
Fue en esta situación hilarante que la comuna celebró sus 110 años, como hemos dicho, a las puertas del mentado Bicentenario. Prácticamente, amaneció destruida, un día a mediados de ese mes, dejando atónitos a quienes confiaban cándidamente en su recuperación.
En los últimos meses de este año que se va, parece haber una guerra no declarada contra la historicidad de la comuna de La Florida, por lo que aquello que sucedió ahora con la Casona Alemana no resultó tan sorprendente, después de todo. Por ejemplo: pocos meses antes, se había realizado la tala de los últimos árboles que quedaban de la antigua e histórica alameda de la ex avenida rural Enrique Olivares (que se remontaban al pasado de campo de la comuna), con la excusa de despejar el frontis del Estadio Bicentenario. Irónicamente, en el lugar de los viejos árboles derribados se instalaron pequeños arbustillos. También son conocidos los hostigamientos municipales contra las tradicionales ferias libres que se instalan en esta comuna, como si hubiese una intención no reconocida de erradicarlas de los barrios floridanos.
Como sea que las circunstancias reales de esta crueldad hayan sucedido, ya es tarde para cualquier intento por salvar la hermosa Casona Alemana, que se inscribe como otra joya menos en el patrimonio urbano de Santiago, perdido bajo el peso aplastante del progreso vacuo a las puertas del tan celebrado y proclamado Bicentenario Nacional.
Vista frontal, ya irreconocible.
Vista de costado, en plena demolición.
Vista desde el costado Norte.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

NAVIDAD Y PUBLICIDAD: LOS ORÍGENES DEL "VIEJITO PASCUERO" EN LA SOCIEDAD CHILENA (PARTE II)

La casa "Gath & Chaves" también comienza a publicitarse con un "Viejo Pascuero" en la Navidad de ese mismo año de 1914. Nótese que, de todos los que entonces circulaban en los avisos, éste parece ser el de aspecto más contemporáneo.
(Continuación de la entrada anterior)
Que el Bazar Alemán de Krauss Hermanos estaba posicionando rápidamente al muy poco conocido personaje en la sociedad chilena, no nos cabe duda alguna. La revista "Sucesos" de diciembre de 1904, por ejemplo, hablaba de lo bien que había sido recibido Santa Claus en la nochebuena de Valparaíso, especialmente entre los representantes de colonias extranjeras, destacando la alemana. Sin embargo, la misma fuente hablaba del mismo como alguien de género femenino, quizás por alguna confusión generada por el "santa".
En el suplemento dominical del diario "El Mercurio" del 22 de diciembre de 1907, aparece un audaz "Viejo Pascuero" dibujado a página completa, que avanza velozmente alegorizando la venida de la Navidad. No lo hace en el decano con sus característicos renos, sin embargo, pues parece ser que estos aún eran desconocidos en la realidad chilena. En su lugar, viene en un vehículo con aspecto casi deportivo (sí, como de las carreras antiguas, aunque suene a anacronismo), y no trae un saco, sino que ha cargado todos los juguetes arriba. El aspecto de este "Viejo Pascuero" no sólo es el de un anciano de barbas canas, sino también regordete, sumamente parecido al que conocemos como tal en nuestros días y que, como hemos dicho, el mito popular adjudica erróneamente a la creación de la campaña de la Coca-Cola de 1931 en adelante.
El mismo aviso de la exposición del Bazar Krauss se repite por las Navidades chilenas hasta 1908, cuando es rediseñado y publicado ahora en otra presentación del personaje: también es un anciano de barbas largas y vestido con algo como una túnica o abrigo oscuro, pero esta vez lleva tantos juguetes y regalos encima que no le caben todos en el saco de obsequios. Carga el pino sobre su hombro, aunque ahora es más pequeño y sutil. Su sombrero se ha vuelto cónico, más parecido al que actualmente usa el personaje aunque sin el característico pompón en la punta.
Un San Nicolás (identificado como tal y entrando ya por la chimenea, además) en viñetas humorísticas de la revista chilena "Sucesos" de diciembre de 1905, de Valparaíso. Otro ejemplo de la velocidad con que entró al conocimiento popular un personaje escasamente referenciado antes de este período.
Un "Viejo Pascuero" conduce a toda prisa trayendo a Chile la Navidad, según este dibujo del suplemento A de "El Mercurio" de Santiago del miércoles 22 de diciembre de 1907. Se puede deducir, entonces, que la publicidad del Bazar Alemán ya había logrado instalar al personaje y hacerlo reconocible.
También en diciembre de 1907, la redacción de la revista “Sucesos”, publicaba éstos saludos navideños a sus lectores, con un curioso San Nicolás de saco y bastón, vestido de capa con capucha, que va acompañado por ángeles empujando carretillas llenas de regalos, en un pasaje aldeano invernal.
El mismo personaje se repite en la Navidad de 1915.
Los avisos cambian en años posteriores. En 1910, le agregan un payaso con algunas de las características del tradicional "tony" del circo chileno más que de clown gringo, por cierto. El Bazar Alemán anuncia orgulloso que abrirá hasta las 10 de la noche en sus nuevas dependencias junto a la Plaza de Armas, a las que nos hemos referido. En el aviso, sin embargo, el "Viejo Pascuero" se mantiene exactamente igual, salvo por el detalle de que se le han agregado dos diminutas niñas a su espalda y que intentan sacar juguetes de su saco mágico.
Todavía no es total la penetración de la figura del "Viejo Pascuero", sin embargo. Revisando ilustraciones navideñas de la famosa revista "Zig-Zag" de diciembre de 1909, por ejemplo, sólo encontramos una imagen familiar en torno a un hermoso pino de Navidad, con aires algo aristocráticos. Curiosamente, no hay ninguna alusión a quién trajo los regalos. Lo mismo sucede revisando ediciones de diciembre de la revista infantil "El Peneca", entre otras consultadas.
Las primeras publicaciones de avisos donde aparezca el "Viejo Pascuero" arrebatado ya al Bazar Alemán, sucede en diciembre de 1914. Son las grandes casas comerciales las que se publicitan adoptando para sí también al personaje: las históricas "Casa Francesa" y "Gath & Chaves", ambas con sus respectivas exposiciones de juguetes y regalos. Coincidentemente, se encontraban en las esquinas opuestas de Estado con Huérfanos, de modo que cargaban con una competencia feroz separada sólo por unos cuantos metros. Era sólo cosa de tiempo para que una pusiera un "Viejo Pascuero" paseando por las vitrinas y pasillos tal como en el Bazar Alemán, para que la otra hiciera lo mismo.
La "Casa Francesa" muestra en su publicidad un detalle notable a partir de ese año: el "Viejo Pascuero" se mete por la chimenea de una casa cargando una enorme canasta de regalos en lugar del saco. Este Santa Claus, además, usa una enorme capa oscura con bordes de piel blanca y diseños circulares. Ciertamente, aparenta estar "afrancesado", a diferencia del "Viejo Pascuero" presentado por la publicidad del Bazar Krauss, que era de aspecto más pagano y clásico.
Sin embargo, como la penetración del "Viejito Pascuero" aún no era total, la casa "Gath & Chaves" también publica en "El Mercurio" del 19 de diciembre de 1915, dos avisos sin el personaje, ambos a página completa. En éste aparece un ángel vestido con uniforme de mensajero repartiendo los juguetes, en lugar de Santa Claus.
Y en éste sólo aparece un árbol de regalos y juguetes. Quizás se trate sólo de reminiscencias publicitarias entre la era de transición de la publicidad navideña antigua y la que definitivamente incorporó a Santa Claus en la principal iconografía del período de fiestas.
Primer Santa Claus de la "Casa Francesa", el 24 de diciembre de 1914. Destacamos la belleza de este aviso, decorado con detalles de arte moderno y dos gárgolas que vigilan a cada lado la incursión de Santa Claus.
Este aviso de la "Casa Francesa" es de gran belleza, con estilo casi art nouveau y gótico que incluye hermosas gárgolas decorativas. Con algo de transculturización evidente, los techos de las casas se observan nevados, olvidando deliberadamente que la Navidad cae acá en pleno verano. Hasta el día de hoy, no hemos resuelto jamás esta irracional disonancia.
El aviso de "Gath & Chaves", en cambio, es más moderno y menos romántico que el de su competencia. Muestra a un "Viejo Pascuero" corriendo con una carretilla llena de juguetes y dejando regada una estela de regalos con los que juegan los niños. El Santa Claus de esta publicidad luce más actual que otros casos, vestido con la capa invernal de bordes de piel blanca. Es una de las representaciones más parecidas a las que después haría popular y uniforme la publicidad de la Coca-Cola.
Cabe indicar que la presencia de representaciones del personaje por actores caracterizados de Santa Claus en las tiendas de "Gath & Chaves" aparece confirmada por Oreste Plath, en una cita que habíamos hecho ya de él en nuestra entrada del año pasado sobre el "Viejo Pascuero" en Chile:
"Se establecieron días para los niños, con números artísticos. Para Navidad empezó a atender Santa Claus y el Viejo Pascuero a fotografiarse con los niños, unos muertos de miedo y otros muy alegres".
Republicación del aviso de la "Casa Francesa", el 19 de diciembre de 1915, con su mismo Papá Noel en traje a círculos y las gárgolas que lo acompañan.
Un "Viejo Pascuero" igual al de nuestros días, en las páginas de un ejemplar de la revista "Familia" de diciembre de 1928.
"Viejo Pascuero" de Chilectra en la Plaza de Armas, en la Navidad de 1930. Nótese que el personaje es acompañado por un asistente con traje de mensajero, similar al del aviso de "Gath y Chaves" de más arriba.
En conclusión, pues, nos parece evidente y bastante demostrado que el Bazar Alemán de Krauss Hermanos fue aquél que popularizó en la sociedad chilena el conocimiento sobre Santa Claus, o "Viejo pascuero" por la vía de la publicidad y las representaciones del mismo, independientemente de las apariciones o menciones aisladas que haya podido tener la entidad navideña en otros períodos anteriores o durante los primeros años en que la casa comercial lo utilizó tan intensamente en el período de marras, haciéndolo adoptar por otras de la competencia.
En otras palabras, desde desde allí en el Bazar Kraus  que pasó a otras tiendas y, según vimos hace un año, también habrían contribuido en ello compañías como Chilectra, profundamente influidas por capitales y gerentes "gringos" que incentivaron a las representaciones del personaje en sus propias ferias y encuentros navideños. La difusión editorial hizo el resto en su propagación y popularidad.
El "Viejito Pascuero" sería, por lo tanto, resultado de otro elemento cultural vinculado a la notoria influencia germánica en buena parte de la tradición chilena, o al menos de la que el centralismo permitió hacer explotar desde Santiago. Desde allí fue convirtiéndose en el símbolo navideño general y definitivo que es hoy en día en nuestra sociedad.
Otra prueba concluyente: Viejo Pascuero de utilería en una vitrina de cocinas eléctricas Hotpoint, durante una exposición organizada para incentivar la compra de productos chilenos, en diciembre de 1930, la misma fecha de la foto de nuestro personaje navideño en la Plaza de Armas.
Aviso de la famosa campaña de Coca-Cola en la Navidad de 1931.
Publicidad de la Librería Universo en la revista "En Viaje" de diciembre de 1940. Aparece Santa Claus pero usando la característica túnica que se le conoció en el Bazar Krauss, antes de adoptar los pantalones y abrigos más "gringos".

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