miércoles, 30 de junio de 2010

VESTIGIOS DEL PASADO EN CALLE ROJAS MAGALLANES ORIENTE (PRESENTACIÓN Y PARTE I): LA CASONA DE LOS ADOBES

Coordenadas: 33°32'9.19"S 70°34'22.68"W
Hemos hablado, en otra ocasión, del antiguo fundo que existió en la comuna de La Florida, al sur de lo que hoy es su zona centro del paradero 14 de avenida Vicuña Mackenna, más o menos desde esta amplia calle hasta casi las faldas de los cerros cordilleranos. Vimos que de aquellos años, sobrevivía una vieja y suntuosa mansión llamada la Casona Alemana, lamentablemente demolida a fines del año 2009, a causa de una mezcla desafortunada de indiferencia de las autoridades con la falta de una legislación apropiada que realmente apoye financieramente a los propietarios de Inmuebles de Conservación Histórica para la mantención de los mismos.
El sector al que nos referíamos nacía en la llamada Chacra de Santa Julia, que originalmente se extendía hasta Puente Alto, antes de la construcción de los ferrocarriles que salían desde la Estación Pirque, cerca de la actual Plaza Baquedano. Los terrenos quedaron bajo propiedad de don Victorino Rojas Magallanes, quien establece sobre ellos la denominada Quinta La Florida que, como hemos dicho, es una de las plantas sobre las cuales se trazó la actual comuna del mismo nombre, luego de donaciones de terrenos que permitieron el surgimiento de los primeros grupos residenciales de este lugar.
La comuna de La Florida aumentó sus urbanizaciones y trazados residenciales después con la venta de otros viejos fundos del sector, como San José, Bellavista, Las Mercedes, las viñas de Lo Cañas y, más tarde, los que correspondían a los religiosos de La Salle en la antigua Quinta El Vergel, cuyo colegio y edificio palaciego se encuentran aún en la avenida La Florida, más o menos a la altura del paradero 20. Las magníficas y enormes bodegas que allí se hallaban, atrás del recinto, sufrieron un incendio en 1994, acabando demolidas poco tiempo después.
ROJAS MAGALLANES ORIENTE
Don Victorino Rojas Magallanes había sido uno de los primeros regidores de la comuna y segundo alcalde de Puente Alto, y por eso la calle que sale desde avenida Vicuña Mackenna casi exactamente al lado de donde estaba la Casona Alemana, lleva sus apellidos: avenida Rojas Magallanes, ubicada en el paradero 18.
Como consecuencia de las transformaciones urbanas descritas, avenida Rojas Magallanes no sólo se extendió hasta avenida La Florida y aún más hacia el oriente, sino que subió hasta alcanzar un punto en los deslindes cordilleranos conocido como La Loma, hacia el lado en que se encontraban antiguas viñas y terrenos de propiedad de los sacerdotes. Todo este tramo de Rojas Magallanes se halla comprendido entre la señalada avenida La Florida y el sector por donde pasa todavía el Canal San Carlos, obra de origen colonial que riega las famosas viñas de Cousiño-Macul. Fue, por largo tiempo, un territorio agreste y rural, dominado por los restojos del paisaje campesino que existió alguna vez en esas áreas suburbanas de la ciudad de Santiago, casi olvidadas de Dios y donde sólo crecían cardos o matorrales espinosos cuando no había mano del hombre interviniendo.
Actualmente, el sector está muy transformado: la urbanización ha alcanzado todos estos terrenos y aún más al oriente del canal, apareciendo nuevas y elegantes villas residenciales, en donde antes sólo había cerros, arbustos y rocas a la vera de senderos polvorientos en verano y convertidos en barriales insoportables durante el invierno. Si con suerte se veía algún vehículo de cuando en cuando por acá, por entonces el transporte habitual era el caballo o la mula. Ahora son los automóviles los que suben y bajan por sus calles inclinadas, siguiendo los ángulos y pendientes de la geografía.
El antiguo camino, de naturaleza pedregosa y hostil, después fue asfaltado precariamente, con menos de dos pistas de ancho, lo que le hacía un lugar poco seguro para la conducción, aunque su baja circulación permitía que los niños lo usaban en los años ochentas y noventas para ir a tirarse en skates, biciceltas cross o vehículos de ruedas artesanales, aprovechando la inclinación de la calle. Hubo varios accidentados y rodillas peladas en esas jugarretas. Fue la época en que conocimos este lado alto de la avenida, además. Actualmente, ésta es mucho más segura y con pavimento hasta sus costados, acorde a la cantidad de circulación que allí tiene lugar en nuestros días.
A pesar de los cambios, tres vestigios históricos quedan de aquella época antigua de la calle Rojas Magallanes oriente: tres hitos, o mejor dicho bastiones del pasado, lamentablemente en situación vulnerable y, en algún caso, de inminente desaparición, según veremos en un pequeño tour por el antiguo tramo oriental de la avenida, que comienza con esta entrada.
LA CASONA DE LOS ADOBES
El primer gran vestigio que enfrenta el observador en el señalado tramo, está exactamente en la entrada de Rojas Magallanes oriente número 1803, en la esquina sureste con avenida La Florida, y destaca por sí sola en un sector de la comuna asediado por el desarrollo urbanístico y comercial, que parece rodearle con la amenaza implícita de intentar tragársela.
Los vecinos le llaman la Casona de los Adobes, por la evidente característica de su construcción de estilo casi colonial. Ubicada por el señalado sector de antiguos fundos desaparecidos (creo que el de Las Mercedes o uno vecino, en este caso), se cuenta por el barrio que nació como un solar con establo o como una especie de bodega de ventas de la quinta, aunque agregan que su antiguo dueño la reconocía como la ex primera sede municipal de La Florida (o al menos su terreno) cuando fue creada la alcadía a fines del siglo XIX. En realidad sólo se ve una parte de la misma desde avenida La Florida, pues es una gran casa solariega con patio interior cerrado y un patio abierto alrededor. La edificación es de un piso alto, de esos murallones de gran tamaño y volumen con estribos y contrafuertes hacia la avenida, formando curiosos pilares de caídas en escuadras diagonales que sostienen los gruesos muros con ventanas y puertas típicamente de campo. Hoy tiene aspecto como de bodega estrecha, pero adaptada a servicio de residencia, y sigue siendo ocupada por el lado este del recinto, donde está habilitada la casa.
Al parecer, la propietaria actual no sabe exactamente cuándo fue construida tan imponente estructura. El administrador especula en la posibilidad de que se trate de un edificio de mediados del siglo XIX sentado sobre otra estructura anterior que podría remontarse a tiempos coloniales, aunque por nuestra parte, creemos más probable que corresponda al período entre fines del siglo XIX y principios del XX, pues nos parece un resto de las quintas y chacras urbanizadas entre los años coincidentes con la Guerra Civil y la construcción del ferrocarril, aproximadamente. Cabe recordar, además, que este sector de la comuna permanecía en estado rural y campestre todavía a mediados de la pasada centuria, época en la que recién se traslada hasta cerca de allí, por ejemplo, el Colegio de La Salle.
Por muchos años, la casona fue sede de un famoso restaurante de comidas típicas del sector, en lo que era estimado como la entrada al camino hacia el Cajón del Maipo por avenida La Florida. Se llamaba "El Rojas Magallanes" y era famoso entre sus clientes por las parrilladas, toneles de chicha y decoraciones con tinajas y ruedas de carretas. También fue albergue del Club de Rayuela de La Florida, que más tarde se cambió a la esquina opuesta, la nor-poniente, en una vieja cantina llamada "El Estribo" que era sede de un club comunal de rayuela, y cuyo local en este sitio desapareció hace pocos años, para emigrar a otro cuartel cercano según se dijo, aunque nunca lo volvimos a ver.
La dueña se ha resistido a vender la propiedad a pesar de que, según se dice, ha recibido ofertas muy interesantes de quienes pretenden utilizar el terreno para nuevas propuestas comerciales, en un barrio que adquiere cada vez más tal característica. Sólo ha accedido a que se monten grandes estructuras que sirven para publicidad de caminos y gigantografías, pero sin involucrar directamente la construcción antigua. No todo lo que hoy se puede ver pertenece al conjunto original, sin embargo: es evidente que las techumbres son posteriores, además de un aumento en la altura de los muros. Además, la parte interior que era antes para los comedores al aire libre (creo que cubiertos por un toldo o un pequeño galpón), actualmente están desnudos, convertidos en un patio con arbustos y a la intemperie.
La Casona de los Adobes parece tener un buen pronóstico, sin embargo: a pesar de que en algún momento le fue demolida una parte de su lado norte (para redondear el vértice de esta esquina) y de los daños provocados por el terremoto del 27 de febrero, existiría un plan para restaurarla y hermosearla, instalándole elegantes faros de iluminación de sus murallones y habilitándola a nuevos servicios que le darán nuevos bríos y vigencia.
Veremos qué resulta de la remodelación de la curiosa casa histórica, a futuro. Mientras, seguiremos revisando otros dos hitos vestigios del tiempo que también se encuentran en la calle Rojas Magallanes, pero más al oriente, a partir de la próxima entrada.

martes, 22 de junio de 2010

SORBETE LETELIER: LA GASEOSA-BANDERA DE CHILE


Una etiqueta clásica del "Sorbete Letelier".

Los peruanos aman su refrescante Inca Kola, que existe desde 1935 en su mercado e incluso supera la Coca-Cola en el consumo local. En Escocia sucede lo mismo con la Barr's Irn-Bru, existente desde 1901. Los brasileños veneraron la época de su dorada Brahma Guaraná, y los estadounidenses no sueltan su antigua Dr. Pepper del consumo, pese al dominio de las grandes compañías con sede en ese país.

Los chilenos, en cambio, vemos con vergüenza nuestros logros en el difícil mercado de las bebidas gaseosas, como si un complejo de inferioridad nos afectara al verlas colocadas en las góndolas de los supermercados junto a las ultrapoderosas Coca-Cola o Pepsi. Es la misma desconfianza ridícula que, en gran medida, llevó a la ruina la industria textil chilena en los ochentas y luego la del calzado, ambas incapaces de competir con la preferencia de las chusmas por los productos extranjeros que, sin embargo, solían ser inferiores en calidad. No es de extrañar, entonces, que con cinismo hayamos destinado al consumo infantil creativos inventos nacionales en el mercado de las gaseosas, como la Bilz y la Pap, pese a haber hasta un trago popular a base de una de ellas: el "Chuflay". Ambas existen desde principios del siglo XX y, si no, antes.

Considerando el valor simbólico de las llamadas bebidas "colas" o semejantes y equivalentes en la competencia de los mercados, existe una gaseosa nacional que, por tradición, arraigo histórico y calidad, debería ser tomada por la gaseosa de Chile: el sabroso elíxir burbujeante del Sorbete Letelier, una joya de la producción de bebidas de fantasía que, para nuestro gusto, supera ampliamente a las gaseosas más tradicionales de las transnacionales e incluso a las bebidas-banderas que hemos descrito como características de otros países.

Es incomprensible que este producto no esté encabezando la lista de gaseosas en los consumos nacionales, vicio que sólo podemos explicarnos en la comentada tendencia nacional a preferir el collar de garbanzos extranjero que el de perlas nacionales.

Contrariamente a lo que pudiera creerse, Sorbete Letelier no nació en Santiago, sino en la ciudad de Talca, aproximadamente hacia el año 1930. Un auge industrial había comenzado en esta localidad por ahí por 1905, con la Primera Exposición Industrial celebrada allá, como lo hace notar Gustavo Opazo Maturana en su "Historia de Talca. 1742-1942" (Imprenta Universitaria, 1942). La aparición de este refresco fue parte de este proceso de innovación y desarrollo, y se cree que su nombre se debe al apellido de una dama que participó en la creación del producto.

Para cuando saltó al mercado, se la presentaría como una bebida a base de jugo de guindas secas y agua carbonatada (a los refrescos populares a base de frutas remojadas, se les llamaba entonces sorbetes), concepto que era toda una novedad en aquel entonces, acaparando rápidamente la atención de los consumidores pese a que su producción aún no era masiva. Su fetiche era una cereza seca que se encontraba en el interior del brebaje, al fondo de la botella, como el gusano de un tequila. Hasta donde sabemos, lo más parecido a algún refresco de estas características en la industria mundial de gaseosas, ha sido la Coca-Cola Cherry (Cherry Coke) también con el sabor de las guindas en su formulación, pero que fuera presentada al mundo recién en 1985.

La leyenda comercial del Sorbete Letelier dice que fue premiado "en la Exposición de 1939". No sabemos si esto se refiere a la Exposición de New York de ese año o a otra distinta. El caso es que, para entonces, el producto ya había comenzado a hacerse muy popular y, para la década del cincuenta, inició su producción en masa, ya industrializada.

Por esos días, siguiendo los datos de Opazo Maturana, deducimos que la compañía de bebidas gaseosas que producía el Sorbete Letelier debe haber sido sólo una de las cuatro que operaban en Talca y que refiere el autor, aunque reuniendo todas una cantidad modesta de operarios: sólo 18 personas en 1942, lo que nos habla más bien de las características de taller que de una industria, todavía. El capital conjunto de sólo $ 100.000 a la fecha, también nos confirma esta sospecha.

Presentación actual del producto.

En 1958, la producción de Sorbete Letelier fue adquirida por la Embotelladora Castel, propietada por Salvador Cortés Planas, quien había fundado esta compañía de bebidas gaseosas en 1944. El mismo año en que Cortés Planas compró los derechos y la fórmula del Sorbete Letelier, movió su planta desde las viejas instalaciones de calle San Pablo, en el Centro de Santiago, hasta las más espaciosas dependencias de la comuna de San Miguel, donde funciona la compañía Castel hasta nuestros días.

La producción en serie de la bebida le posicionó especialmente en el mercado de la zona central, haciéndolo una de las bebidas más populares de Chile pese a que, ya entonces, irrumpían con fuerza las "colas" internacionales, mismas que actualmente disputan la mayor cantidad de preferencias de los consumidores.

Sin embargo, quizás como consecuencia colateral de la Recesión Mundial, la compañía Castel decidió terminar con la producción del Sorbete Letelier en 1985. Según la historia del producto publicada en su sitio web, esta radical decisión se debió a problemas tecnológicos que hicieron inviable continuar comerciándola.

Para fortuna nacional, en 1997 la empresa decidió reponer la producción del tradicional y exquisito brebaje. Aún recuerdo cuando la descubrí en una vitrina de un local comercial y no pude resistir la tentación de probarla. Llegué a la casa con tan curiosa botella con una guinda en la etiqueta y mi abuelo René la reconoció -con alegría- de inmediato: era el Sorbete Letelier, el mismo que él había conocido desde sus tiempos de juventud, anticipándome que adentro de la botella, con el último sorbo, aparecería una guinda. Efectivamente, fue así. El mito dice que al consumo de esta perlita le atribuían antes poderes afrodisíacos y también buena fortuna para quien le saliera en el vaso.

Como lo que describo aquí me sirve de referencia cronológica, calculo que la reaparición de la bebida chispeante y sabor a cereza habrá sucedido hacia el verano, porque mi abuelo falleció en junio de ese mismo año, como he dicho en otro posteo anterior referido al desaparecido local "Merville" de barrio Parque O'Higgins.

Entrado ya el presente siglo, el producto cambió su tradicional etiqueta de papel a dos colores por una plástica más moderna y colorida. La fórmula de jugo de guindas secas carbonatado, sin embargo, en lo fundamental sigue siendo la misma... Sabrosamente la misma. Castel, en tanto, es una de las mayores productoras nacionales de bebidas gaseosas, distribuyendo en Santiago, Valparaíso y Rancagua cerca de 40 millones de litros anuales. Sin duda que el Sorbete Letelier es el más heráldico de sus productos.

Es así como estuvimos a punto de perder y, felizmente, recuperamos este producto chilenísimo que hoy refresca y endulza los paladares de quienes aún tienen el don de saber distinguir la calidad por los sentidos propios y no por la sofocante repetición hipnótica de la publicidad de las grandes compañías internacionales.

martes, 15 de junio de 2010

LA MÁS PENCA HISTORIA JAMÁS CONTADA...


Flor de la penca (fuente imagen: chlorischile.cl)
La penca o cardo penquero es una especie vegetal que abunda en las áreas rurales de Chile, pariente cercano de las populares alcachofas, cuya planta a veces también recibe este nombre de forma impropia. Aunque en algunas fuentes la penca aparece como planta nativa, su origen sería europeo y norafricano, sin embargo, de la zona del Mediterráneo, donde se le llama también cardo de Castilla.
La penca es una variedad del Cynara cardunculus, para los científicos, pariente del cardo corriente (al parecer llamado también penca en alguna época) y del alcaucil o alcachofa. Sus tallos son cortados y pelados de la misma forma que un apio: una delicia vegetariana, con su suave sabor a nada parecido. Produce una gran flor de colores amoratados y aspecto felpudo, rodeada de una armadura de espinas. Lleva tiempo con nosotros: en la jerga chilena antigua se hablaba del cardo negro y del cardo blanco para referirse al roto malo y al roto de campo (bueno), respectivamente. Y cardo blanco es el nombre que recibe también esta variedad comestible.
Aunque en nuestro país "penca" es sinónimo también de algo desagradable, malo o lamentable, dudamos que exista alguna relación directa entre este concepto y la planta, pues constituye más bien un regalo sabroso y abundante en forma natural. Uno de los pregones más conocidos en la primitiva sociedad chilena eran los penqueros, que vendían penca para ensalada. Muchas familias pobres de la zona central cortan hasta hoy pencas en los cerros y potreros, las pican para venderlas en bolsitas y así generan un ingreso extra en la casa. No tiene nada de "penca", entonces.
Cardo común (inexactamente llamados también pencas, en muchos casos), de alguna manera logrando crecer en la ciudad.
Cardo penquero (fuente imagen: online-media.uni-marburg.de).
Penca vendida para ensalada en una feria libre.
Claudio Gay en "Historia Física y Política de Chile", dice en 1865 que los indígenas llamaban penca a los zapallos, y que esta palabra era araucana. También tenemos la ciudad de Pencahue, lugar de pencas, en Talca; y Penco, en el Biobío, cuyo gentilicio penquista se asocia hoy a los habitantes de la vecina ciudad de Concepción. Sobre esto último, don Alonso de Ercilla habló en sus poemas épicos de los penquistas como los pencones, nombre que después de su siglo XVI se volvió despectivo y peyorativo, tal como sucede con penca para referirse a algo malo o indeseable. Y en 1868 circuló un periódico de sátira política conservadora llamado "La Penca", que atacaba a los sectores más liberales y anticlericales que tenían a su favor medios como "El Charivari" o "El Pueblo".
Hace años, escuché a una profesora de literatura y castellano diciendo que la "penca" de nuestras ensaladeras, era llamada así porque crece en forma silvestre y cuesta mucho domesticarla en cultivos. Es "penca", en otras palabras. Nunca me convenció su explicación, sin embargo.
Y es curioso: además de este empleo del término como algo peyorativo o denostador, la palabra "penca" tiene en Chile una connotación fuertemente sexual, pues se la hace sinónimo de falo en el vulgarismo. No hay más material para bromas en doble sentido que alguien comiendo penca o declarando su preferencia por ella en la mesa. Así pues, tenemos la penca en la botánica, en la conceptualización de lo deplorable y, más encima, en los calzoncillos.
Sin embargo, todo tiene una explicación, relativa a la peor de las "pencas": un instrumento de tortura. La primera penca que conocimos por acá pudo ser esa especie de látigo de varias trenzas o tiras de cuero, que los verdugos utilizaban para flagelar a los condenados o para facilitar los interrogatorios. Era muy famosa en los campos chilenos, tal como el rebenque, el chicote y la guasca.
Indígena peruano siendo azotado con una penca, según dibujo de Guamán Poma de Ayala en su "Nueva Crónica y Buen Gobierno", hacia el año 1605.
Pencas metálicas usadas por la Inquisición.
También la utilizaron para azotar esclavos o ladrones durante los años de coloniaje en América. Para acrecentar el tormento, algunos verdugos le ataban pequeños objetos de material duro a las tiras, convirtiéndolo en una herramienta realmente temible. Coincidentemente, el cardo penca tiene tallos largos y abiertos en ramas llenas de espinas, ideales para dar un buen azote contra alguien.
En otros países también se les llama penca a plantas distintas del cardo que crece acá, pero, aún siendo de tipos diversos, todas tienen una misma característica: ramas aplanadas con espinas, como sucede con tunas, aloes y agaves.
Zorobabel Rodríguez dice en su "Diccionario de chilenismos" de 1875, que la penca de castigo equivalía al zurriago o al látigo. También reporta dos expresiones provinciales que pueden ser los orígenes del actual uso que se da a la misma palabra:
  • "Quedar de la penca", cuando se está chasqueado, golpeado o herido.
  • "Dejar a alguno de la penca", cuando, según el autor, se deja a un tipo "con un palmo de narices".
El germen de la expresión penca como algo lamentable o deplorable debe estar en el umbral de los tiempos en que la palabra era asociada al instrumento de tortura, término que ha trascendido a las generaciones y que aún persiste en nuestro lenguaje. Hemos oído también que sería por el desagrado que producía a algunos mañosos el sabor de la planta de penca, especialmente cuando está muy vieja y dura, pero nos resulta poco probable.
Se podría especular, además, de la dificultad de arrancarla por sus fuertes raíces combinadas con tan malévolas espinas. Nos parece más bien que, aunque ya hayamos olvidado a la terrorífica herramienta de torturas, la impresión a fuego que grabó en la memoria de los peones y trabajadores chilenos debe haber sido tal que quedó incorporada a nuestro léxico. Un mal día es "un día penca"; una situación triste o desafortunada es "una cosa muy penca"; y algo de mala calidad es, definitivamente, un objeto "bien penca".
Mendigo del sector Santa Lucía totalmente alcoholizado. Usualmente, "andar penqueado" se utiliza sólo para señalar a alguien medianamente ebrio, que alcanza a caminar tambaleante, a diferencia del personaje de la foto. Éste, por lo tanto, no está "penqueado", sino curado terminal... Cosa de pequeños de matices en el lenguaje.
Aunque "penquearse" es un término más clásico, puede decirse con justicia que estos cabros universitarios futuro de Chile, en cambio, sí están "penqueados" (se les nota en la cara, incluso con el mosaico) y en pleno proceso de tomarse "un pencazo" cervecero (fuente imagen: xem.cl). Ojalá hayan pasado el año de estudios, o también les llegó penca en la casa.
Un detalle interesante es que la expresión "hacer de pencas" era conocida en España en tiempos coloniales para referirse al acto de negarle a alguien algún gesto o actitud solicitada incluso necesaria para el que debe consentir, siendo mencionada por el cronista Diego de Rosales en su "Historia General del Reino de Chile Flandes Indiano", en 1674, cuando dice que "muchas veces despreciamos las paces que nos ofrecen los indios y nos hacemos de pencas y de rogar". Por las crónicas de Jorge Juan y José Antonio de Ulloa, sin embargo, se entiende que los españoles comprendían al nopal o tuna como la penca, y no exactamente al cardo.
Cierta popularización de la temible penca de castigo en Chile está ligada a una historia sucia y oscura, pocas veces contada: en los años previos a la Guerra del Pacífico, las autoridades policiales bolivianas la usaron indiscriminadamente contra varios de los miles de trabajadores chilenos establecidos en Antofagasta, Caracoles y las pampas salitreras de Atacama. Eran los años en que Bolivia ejercía la soberanía en el sector por virtud de los tratados de 1866 y 1874, de modo que los territorios estaban bajo su administración política. Sin embargo, como la inmensa mayoría de los residentes eran chilenos (93%, según el historiador boliviano Alcides Arguedas), los ciudadanos altiplánicos establecidos allá eran casi exclusivamente agentes del gobierno de La Paz que vivían en constante amenaza de algún levantamiento de la población y que no necesitaban demasiados pretextos para cometer tropelías y abusos contra los civiles, decididos a mantenerlos a raya.
El aislamiento territorial facilitaba estas deleznables acciones, como lo documenta el viajero francés Charles Wiener en 1877. Algunos de estos indignantes casos han sido estudiados en un interesante trabajo de Gilberto Harris Bucher titulado "Emigrantes e Inmigrantes en Chile, 1810-1915. Nuevos Aportes y Notas Revisionistas" (Universidad de Playa Ancha, 2001).
Muchos rotos chilenos trabajadores del salitre fueron pasados por la tortura de la penca. Al enterarse de esto, el diputado Ángel Custodio Vicuña logró hacerse de una de estas siniestras herramientas y la mostró ante las autoridades de Copiapó para denunciar la brutalidad a la que era sometida la población civil. A continuación, partió a Santiago y la presentó ante los horrorizados demás miembros de la Cámara. Era una creación morbosa y enfermiza: estaba hecha de alambres trenzados con una bola de fierro, tuercas o cabezas metálicas en el extremo. Los azotes de un instrumento semejante, perfectamente podrían abrir la carne hasta los huesos. La muerte de varios chilenos bajo este tormento fue confirmada por la prensa de la época.
En el lenguaje popular chileno actual, también se habla de "andar penqueado" cuando se está ebrio. "Penquearse" es el acto de beber y "pencazo" es un trago grande de alcohol. El sujeto que sobrevivía a la penca, justamente, quedaba tambaleante y desvanecido, caminando como un borracho al borde de desfallecer. Es decir, "penqueado".
También se habla de "andar guasqueado" para quien marcha ebrio; para quien se tomó un "guascazo": Y la guasca era otra creativa producción para dar azotes en las sociedades antiguas, especialmente en los campos: el "guasqueado" quedaba igual de tambaleante que un "penqueado". Hay otros instrumentos de agresión que han sido hecho sinónimos de ebriedad, de hecho: andar "cañoneado" o "cañonearse", o bien "pegarse un guaracazo". La guaraca era una cuerda con la que se castigaba y ataba a los peones, además de hablarse de "dar guaraca" como sinónimo de dar paliza. El mismo principio rige para el garrote que suele usar la fuerza pública desde antaño: "luma", "lumazo" y "lumear".
Los términos guasca, luma y penca también son usados como analogías fálicas en el lenguaje popular y los chistes chilenos. "Penquear", a su vez, es un término que restaura el concepto del castigo (sobre todo cuando es merecido), pero con la connotación sexual, por ejemplo: "me metieron la media penca" después de cometer un error grave, o bien "mi jefe me penqueó toda la tarde" por lo mismo. Funciona también con luma y guasca. Conocemos algunos personajes que, por su escaso apego a la responsabilidad laboral o estudiantil, de hecho se lo pasan de penca en penca.
"A John Wayne Bobbitt le cortó el pene su señora Lorena -satirizaba el humorista nacional Álvaro Salas-... ¡Pero qué situación más penca!"
Hay alguna tendencia sexista y machista a comparar las capacidades del pene con las de una herramienta de tortura o flagelación, precisamente, además de que la metáfora de la guasca y la penca para hacer ostentación de un tamaño enorgullecedor cuando es propio, o digno de halago y admiración, cuando es ajeno.
Cosas de la falocracia y la dipsonamía... Penca la mezcla.

jueves, 10 de junio de 2010

EL EX EDIFICIO PARAMOUNT: CUANDO HOLLYWOOD QUISO ESTAR EN CHILE



El edificio bosquejado en los planos, antes de su construcción.
Coordenadas: 33°26'27.15"S 70°38'49.81"W
Hacia 1925, la compañía internacional de la Paramount Film S.A. escogió a Santiago de Chile para la distribución de sus producciones por todo el Pacífico de América del Sur. Con este objetivo, envió a la capital chilena a Benito del Villar Lamoza, un inquieto y audaz empresario que bien podría considerarse como uno de los primeros magnates internacionales de origen chileno. Del Villar era el Presidente de la compañía en Chile y Vice-Presidente de los mismos estudios en América Latina.
Apenas llegó de vuelta a su país, luego de haber estado en ambas costas de los Estados Unidos, Del Villar buscó dónde establecer las bases operativas de la compañía en Santiago, además de un cine propio para dar grandes exhibiciones y estrenos. En ciudades como San Francisco, había conocido lo más top en la arquitectura de los edificios de cinema, mientras que en New York pudo familiarizarse con el concepto de la modernidad y la vanguardia de la época. Decidió así que su gran casona de avenida Pedro de Valdivia 1604 no era suficiente espacio para desarrollar sus proyectos.
Lo primero que hizo fue levantar la sede de la Paramount Films S.A. Era la época en que acababa de debutar Al Jolson con el cine sonoro de "El Cantor de Jazz", que era el furor del momento y la promesa de renovación mundial del cine, por lo que Del Villar olfateaba un futuro esplendoroso para los filmes internacionales que serían vistos acá, así como también los que se producirían en la incipiente industria local.
El lugar escogido fue un terreno del pasaje Bombero Germán Tenderini casi llegando a Agustinas, a un costado del Teatro Municipal. Con los planos del arquitecto E. Santelices R., Del Villar hizo erigir un edificio donde dio rienda suelta a su habitual relación con grandes e imponentes escenografías de la industria fílmica norteamericana.
El Edificio Paramount mezclaba estilos de evocación egipcia, con las corrientes de Art Decó y arquitectura californiana, de moda en aquellos años, más algunos ecos de lo que había sido el neoclasicismo. Su fachada de cuatro pisos era recorrida por dos columnas o pilastras meridianas y un plato central cerca de su parte más alta, con una obra artística pintada en su centro. 24 estrellas se ordenaban en la estructura, que lucía con ostentación el nombre de la Paramount al centro.
Parte alta de la fachada del Edificio Paramount.
Fachada de la planta baja del edificio.
En su interior, albergaba oficinas, una sala de exhibiciones privadas, una biblioteca, salas de reuniones, un salón para encuentros de los empresarios y amplios departamentos para el personal de la compañía que, en aquel entonces, era muy numeroso. Las dependencias quedaron habilitadas en 1928 y los retoques del edificio y su mobiliario fueron completados de acuerdo al diseño original, al año siguiente.
No es casual su proximidad con el Teatro Municipal: don Benito del Villar fue, además, dirigente de Chile Films y Gerente General de la Compañía Chilena de Espectáculos, por lo que siempre mantuvo un vínculo con las artes escénicas.
En 1930, Del Villar hizo levantar otro hermoso edificio esta vez en Compañía, a escasos metros de la Plaza de Armas: el cine-teatro "Real", uno de los más lujosos que han existido en Santiago y donde el empresario volvió a homenajear su propio gusto por la ostentación arquitectónica y la capacidad de pagarla. Pero éste sería sólo uno de los muchos cines que llegaría a propietar, incluyendo en su red al "Santiago", "Rex", "Victoria", "Real de Valparaíso", "Velarde" de Valparaíso y "Olimpo" de Viña del Mar. Hasta ese tiempo, la sociedad santiaguina sólo disponía de los rústicos "biógrafos" para poder hacerse público del cine mudo.
Fue ese mismo año de 1930, en el mes de abril, que se estrenó la primera película sonora en Chile, en uno de los cine-teatros de Del Villar: el "Victoria". Este acontecimiento fue en medio de los estragos producidos por la catastrófica Caída de la Bolsa de 1929. Para peor, la sociedad chilena vivía la crisis de la ruina de la industria del salitre, situación que, entre otras, precipitaría la caída del Gobierno del General Carlos Ibáñez del Campo.
Pese a todo, el público aceptó complacido esta nueva tecnología del entretenimiento y así surge la primera revista nacional especialmente dirigida a temas de cine internacional: "Ecran", que se publicó desde 1930 hasta casi 40 años más.
Vista lateral, desde el lado de Agustinas.
Vista lateral, desde el lado de Moneda.
Con la creación de la CORFO durante el Gobierno de Pedro Aguirre Cerda, se creyó que la producción de cine chileno podría ser exitosamente convertida en "industria" a la par de las grandes compañías extranjeras. Sin embargo, la politización de los argumentos "sociales" que se dogmatizaban desde el principio en el oficio, sumada a la inexperiencia de productores, directores y actores, reveló las incapacidades de los primeros proyectos serios de hacer cine en Chile, con asistencia de algunos argentinos también pioneros en su patria.
El debut de Chile Films en 1944, titulado "Romance de medio siglo", fue un rotundo fracaso que casi hace abortar la aventura del cine nacional. Sus cuarteles en avenida Colón fueron cerrando paulatinamente hasta que el desastroso resultado del filme "Esperanza" fue el golpe de gracia a seis años de desaciertos y experimentos fallidos, hacia 1950. Por lo tanto, los grandes estudios internacionales como la Paramount siguieron teniendo la preferencia y la confianza del público, no obstante las dificultades del rubro.
Don Benito, en tanto, nunca abandonó sus vínculos con las artes cinematográficas. No obstante, comenzó a separarse gradualmente de la exclusividad de estas actividades, retirándose de forma parcial para pasar parte de su vida en Zapallar, donde llegó a ser Alcalde ,en 1938. Por su obra en favor de este balneario, se le recuerda allá como un virtual patriarca de la zona.
El Edificio Paramount, en tanto, quedó a la deriva después del retiro de la compañía en Chile, pasando por distintas manos. Toda la decoración fastuosa que evocaba a Hollywood y a las superproducciones de los grandes estudios cinematográficos, fue removida y escondida casi con vergüenza, dejando una fachada blanca y estéril. Ha sido ocupado desde entonces como centro de oficinas y su planta baja alojaba hasta hace poco a la tienda de Ópticas Moneda Rotter.
Actualmente, sin embargo, está con algunas inevitables marcas del terremoto del 27 de febrero pasado. No obstante la ausencia de grandes daños, este histórico edificio ha sido puesto en venta y sólo esperamos que no corra la suerte de otras construcciones del barrio.

sábado, 5 de junio de 2010

LA CENTENARIA ESTATUA DE DON ALONSO DE ERCILLA EN LA PLAZA CON SU APELLIDO

El monumento, recién inagurado, y cien años después...

Coordenadas: 33°27'25.10"S 70°39'37.51"W (monumento) 33°27'26.72"S 70°39'35.61"W (plaza)

Los chilenos recibimos muchos regalos interesantes durante nuestro Primer Centenario de la Independencia, hace una centuria ya: la Fuente Alemana, la Pileta Argentina de la Plaza Mekis, el Monumento Francés a la Libertad, el León Suizo y el Ángel de la Colonia Italiana, entre otras.

Pero una de las más bellas es, sin duda, la Estatua de don Alonso de Ercilla que nos obsequió la Madre Patria, España, algo que deberíamos tener en cuenta entre tanta conmemoración actual del Bicentenario de la Independencia.

Este monumento tiene un simbolismo especial, además: nos fue regalado por el mismo país de cuyo dominio nos separamos, celebrando por ello el primer siglo de tan magno acontecimiento, en 1910. Eran los enemigos de ayer: el hijo rebelde que casi se destroza en los campos batalla contra su propia madre dominante e imperativa. Ahora, hacían las paces y juraban un nuevo estado de relaciones para el resto de los siglos.

El símbolo perfecto para este juramento era don Alonso de Ercilla y Zúñiga (1533-1594), el autor de "La Araucana", el poema épico que retrata el estado de formación de la identidad nacional en plenos tiempos de la Conquista Española, aún cuando la moda de la historiografía oficial de nuestros días, sea más bien relativizar esta misma fundación con fórmulas de mareo y desconstrucción retórica.

Es, por lo demás, referencia a un testimonio de esta parte hispánica que ha quedado en nuestra conformación racial, y a la que no podríamos renunciar ni con mil nuevas revoluciones independentistas, como ningún retoño podría hacerlo de su árbol matriz.

Don Antonio Coll y Pi.

Maqueta de la escultura, sustraída desde el Museo Histórico.

Plaza Ercilla en 1939, en fotografía de la revista "En Viaje".

Vista actual de la obra.

El Gobierno recibió de regalo la estatua por parte de la colonia española residente en Chile, en el marco de estas celebraciones de 1910. La obra quedó encargada al artista escultórico español Antonio Coll y Pi, que para entonces ya estaba residiendo en Santiago de Chile. Coll y Pi también es conocido por sus esculturas del Panteón de los Bomberos en el Cementerio General y el Monumento a los Mártires de esta misma institución, ubicada en el Parque Forestal, entre otras muchas obras. Dos años antes, había recibido la Primera Medalla en Escultura de la Exposición Nacional de Bellas Artes de Santiago.

La obra representa a don Alonso de Ercilla pensando en los versos que escribe para "La Araucana", con la mano en el mentón, mientras una joven mujer mapuche lo inspira como musa a su espalda, sosteniendo no una rama de canelo sagrado en la Araucanía. Es elocuente la escena, tanto por las expresiones contrapuestas de los personajes (la meditación de Ercilla contra la enérgica actitud de la mujer) como por los cuidadosos y bien investigados rasgos que el artista le da a la fémina mapuche, vestida también a la usanza de este pueblo.

El Gobierno de Chile decidió instalar la estatua en el frente del Parque Cousiño, hoy Parque O'Higgins, hacia donde inicia la avenida Blanco Encalada, en la Plaza de Gamero que se había construido al final de calle Ejército Libertador durante la Intendencia de don Benjamín Vicuña Mackenna.

La primera piedra se colocó en el período de las Fiestas Patrias, siendo inaugurado allí mismo, y la plaza pasa a llamarse desde ese instante Plaza Ercilla, como homenaje al cronista y poeta de la Conquista retratado. Se montó sobre un pedestal de gran tamaño, con decoración floral y los escudos de Chile y España esculpidos uno a cada lado.

El apellido del cronista está en la cara frontal, acompañado de una pluma de bronce. Por la cara sur de este pedestal se grabó el siguiente mensaje:

"LA COLONIA ESPAÑOLA EN CHILE. 1910"

La plaza se extiende por la conexión entre las avenidas Matta y Blanco Encalada, por ahí junto a calle Ejército Libertador. Es un área verde de gran importancia en la ciudad, que funciona como prolongación del Parque O'Higgins hacia el Norte del sector del Pueblito y del ex Campo de Marte donde se realiza anualmente la Parada Militar.

Un atractivo especial de esta plaza es, sin duda, la presencia de ejemplares de palmas chilenas en ella, aunque resultan extraños los cortes que provocan los trazados de las calles sobre su amplia área de unas 10 hectáreas. El sector de la estatua es una pequeña rotonda coloridamente decorada con flores.

Lamentablemente, en enero de 2007 la miniatura con el modelo de la estatua de Ercilla elaborada por Coll y Pi, fue sustraída desde la Sala Descubrimiento y Conquista del Museo Histórico Nacional, en extrañas circunstancias que nunca han sido aclaradas.

Lo bueno es que la estatua de Avenida Blanco Encalada, es lo suficientemente pesada para permanecer hasta hoy allí, donde le corresponde, ofreciendo su canelo al viento y la salidez de la primera pluma auténticamente literaria de la historia de Chile. De seguro permanecerá largo tiempo más en tal sitio, para tranquilidad de todos.

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