jueves, 29 de agosto de 2013

Y LA "REINA DEL MAR" YA LLEGÓ A IQUIQUE...

Coordenadas: 20°13'0.38"S 70° 9'23.64"W
Quienes visiten la Playa Bellavista al Sur del Morro en Iquique, abajo de los pretiles peatonales y casi atrás de la torre de vigilancia de los salvavidas, podrán observar sobre las arenas blancas y contra el pequeño murallón de sillares, una especie de altar azul de decoración muy colorida y con cierto saborcillo tropical que no es casualidad.
Al centro de este altar, se puede ver la ilustración enmarcada de una bella mujer con aspecto de ninfa marina, señalada como la "Reina del Mar". Su cuadro está dentro de una especie de acuario seco con muchas conchas marinas, estrellas de mar y caracolas, entre un tupido arreglo floral de clara inclinación al gusto femenino. Algunas de las flores son plásticas, y otras reales, incluso de plantas enterradas como jardincito allí, en el túmulo de piedras y conchas marinas que sostienen este conjunto.
¿A qué podría corresponder esta curiosa instalación? En principio, podría parecerse a alguna de las innumerables animitas que pueden verse en Chile en las playas, generalmente pertenecientes a ahogados o pescadores perdidos, y unificadas en aspecto por reforzar su relación marina en la decoración y diseño de las mismas.
Sin embargo, en este caso se trata de algo de origen bastante exótico: una especie de deidad africana que ha sido llamada con nombres como Yemanya, Yemayá, Yamanya, Yamanyá, Ymoya y Yemoyá, protectora de la fertilidad, de los recién nacidos y habitante eterna de los mares, cuyas criaturas la reconocen como su Madre. Su presencia en Iquique no deja de ser una gran curiosidad, por lo mismo, considerando que si bien esta figura es relativamente conocida en países vecinos como Perú y el Norte de Argentina, acá en Chile sigue siendo toda una novedad, salvo para unos pocos conocedores.
Yemanya, la "Reina del Mar", sería la identidad de un espíritu femenino habitante de la naturaleza oceánica, cuyo culto era practicado en el África Occidental y especialmente en países como Nigeria, pasando desde las tradiciones tribales a varias religiones de origen afro a través de grupos como los yorubas. Los esclavos africanos llevados hasta América quizás trajeron el culto en tiempos coloniales muy tempranos o, cuanto menos, prepararon la "cama" cultural para que países como Cuba, Haití, Santo Domingo, Venezuela, Colombia y Brasil fueran permeables a la entrada de la creencia en la misteriosa Yemanya, donde goza de popularidad.
La distorsión de los elementos religiosos culturales y su fusión sincrética con el cristianismo, sin embargo, ha acabado relacionando a Yemanya con prácticas modernas de veneración a las figuras orishas, al macumba, la santería e incluso al chamanismo y el vudú, llegando a confundírsela o superponérsela a algunas figuras de advocación mariana, como la Virgen de Regla o la Virgen del Valle, que suelen ser representadas con piel oscura y tenidas azuladas, precisamente como se retrataba a Yemanya. A su vez, la diosa marina ha ido sufriendo modificaciones por "occidentalización": en sus representaciones más populares aparece ya como una hermosa mujer blanca de vestimentas ligeras o desnuda, con apariencia de sirena o derechamente convertida en una de ellas, pero siempre rondando entre las olas, las algas y las playas, su hábitat originario. De hecho, en algunos retratos, los artistas la ilustran prácticamente igual a Anfitrite, tal como sucede en nuestro país con el imaginario chilote en relación a la legendaria Pincoya, por ejemplo.
Lo anterior, sumado quizás a la falta de documentación escrita en torno a los orígenes o cimientos del culto en África, ha significado que la imagen de la diosa sea un tanto ambigua y con imprecisiones sobre la historia que se adjudique como mito propio, existiendo distintas versiones y variaciones en la tradición oral y la práctica devocional. Ciertas creencias, por ejemplo, la describen como una mujer angelical y compasiva, mientras que otras la señalan como temible y extremadamente castigadora; y mientras en algunas partes su patronato es considerado magia blanca, en otras es sospechoso de brujería oscura. También leo que algunos practicantes del culto la consideran sólo un espíritu mediador, mientras que otros la tienen por una deidad a la altura del Dios judeo-cristiano o aun superior.
La explicación de cómo llegó a Iquique tan extraña figura, sin embargo, no está en la soterrada moda macumbera y santera que -es de sobra sabido- consume parte de los recursos de buena parte de nuestra selecta farandulilla nacional y hasta de algunos aspirantes políticos. La denominada "Reina del Mar" en  realidad fue colocada allí en Playa Bellavista por una vecina iquiqueña, quien trajo a Yemanya desde Brasil, país donde dijimos que también goza de gran veneración, así como sucede allí con varias otras manifestaciones de cultos rituales afroamericanos.
El conjunto con sus caracolas y flores fue construido hará unos tres años, según recuerdan, y ha ido siendo mejorado con el tiempo. No difiere mucho de los altares que internacionalmente se le hacen a la figura venerada: de fondos azules, con conchas marinas y ofrendas florales, abanicos y veletas, más elementos afros fundidos al cristianismo. En otras latitudes, sin embargo, se le venera también con cierto tipo de collares y alimentos que no se ven en este altarcillo en particular.
Ilustración fusionando a Yemanya con la representación Virgen de Regla, conforme a cómo se practica en los ritos asociados a la "Reina del Mar" en la santería cubana (fuente imagen: cubadebate.cu).
Representación moderna de Yemanya, la "Reina del Mar" (fuente imagen: religionosha.blogspot.com)
En internet encontré la siguiente "Oración de Yemanyá", que reproduzco para ilustrar cuál es la clase de favores y solicitudes que, aparentemente, se le pueden formular a la ninfa mitológica, además de cómo su culto asociado a las aguas marinas puede haber facilitado la dispersión y transculturización adaptativa del mismo:
¡Oh, madre de las aguas!
Grande es tu poder tu fuerza y tu luz
Grande es tu amor por tus hijos
Como lo es la sabiduría con que gobiernas
Desde todos los océanos y mares.
Has que llegue a ti mi pedido
Y hazme los favores
De alejar de mi rumbo a mis enemigos
Y ahogar en mí a mis temores.
Que no llegue a mi hogar la tristeza
Ni rencores o pesares
Que sea tu grandeza
La mayor riqueza que me dispensares.
Salve Yemanyá, doña Yanaína
Cualquiera fuera tu nombre,
cualquiera las playas y costas
Que tus aguas besaren.
Cualquiera el ritmo incesante
de tus olas, de tus mares
Mi fe en ti deposito,
Como parte de la creación
De Dios en la Tierra
Y es por eso que te pido
Y sé que mi ruego será atendido
Si es justo y bien por mí merecido
Aunque los salvavidas de la playa me dicen que la señora en cuestión llega al menos una vez a la semana a arreglar este altar y hacer pequeñas ofrendas, no me fue posible dar con ella a pesar de haberle hecho guardia en varias ocasiones y durante dos visitas ya a Iquique en sólo unos meses de diferencia. Sí puedo verificar, sin embargo, que rincón de Yemanya sí es visitado por otros iquiqueños, aunque no sé aún si más por curiosidad que por incipiente devoción.
En uno u otro caso, sin embargo, el punto confirmado es que la enigmática y lejana Yemanya ya se encuentra presente en las playas de Iquique, justo frente al lugar de ese océano donde se pierde en la inmensidad el famoso muñeco de cada Carnaval Morrino, y por donde pasan de ida o vuelta al puerto los grandes navíos cargueros.

"LA PICÁ DEL CHINO": UN BASTIÓN DE GUACHAQUISMO ARIQUEÑO EN LA COSTANERA

Don Carlos y su local en fotografía de "La Estrella de Iquique", hace unos años.
Coordenadas: 18°28'30.47"S 70°19'7.91"W
El término "guachaca" o "huachaca", un tanto convertido en lata de sopa para pop art en estos días (y por lo mismo banalizado), se refería antaño a los viejos chichas que terminaban tirados en la calle, cocidos en alcoholes. Incluso existía un trago llamado guachacay, parecido a un aguardiente de muy mala calidad.
Sin embargo, toda esta cultura de cantinas y tragos económicos tan asociada a las Fiestas Patrias que se aproximan, fue quedando identificada con el tiempo con la orientación de lo guachaca como estilo de vida. Los casos se pueden hallar por todo Chile y las regiones extremas no se exceptúan. Así es que, acá en Arica existe un caso especial de aquellos boliches que se erigen como picadas "guachacas", en este caso con bastante honestidad y acierto, a diferencia de otros que se han apropiado del apelativo sólo para sostener imágenes populares en meros negocios de espectáculo y recreación.
Ubicado en Pedro Montt 644, muy cerca de la Feria Máximo Lira y de la Estación del Ferrocarril Arica-Tacna, "La Picá del Chino" se autodefine como "El Rincón Guachaca" de la ciudad y tiene en esa marquesina afuera del local un gran lienzo proclamando este título, junto con la foto de un chino cuya cuatricromía ya ha quedado azulada por acción del Sol nortino, pero que me parece corresponde a Jackie Chan o algún personaje parecido, de brazos cruzados.
Este bar y cervecería es creación de don Carlos Castro, apodado desde niño como el Chino por sus rasgos, ex deportista de largo tiro ya residiendo definitivamente en la ciudad de la eterna primavera pero oriundo de la tierra vitivinícola de Cauquenes. Hombre de 70 años y mucha energía, atiende personalmente el local que fundó "hace más de 20 años ya, tirando para 30" según sus palabras. Aunque el público va cambiando durante el día, hasta allí llegan ya muchos auténticos amigos del dueño entre los clientes además de cuequeros y folkloristas, conservando ese típico ambiente de los bares antiguos de pueblos o barrios, aunque con algo de onda tipo "Bar de Mou", de "Los Simpson".
El Chino Castro es reconocido entre todos acá como un tipo notablemente creativo, siempre vinculado a la gastronomía popular de la ciudad. Asegura ser el primero que llevó los tradicionales sánguches de potito hasta el comercio de Arica y ahora es célebre un rudo deleite que, por $2.500, puede probar cualquiera que llegue a este encantador sucucho: el "terremoto nortino", que promueve también con la "réplica ariqueña" y la "zona telúrica" en el cartel afuera del local. ¿En qué consiste esta pócima, que creó luego de mucho combinar en investigar? Es una versión propia del trago "terremoto" en vaso cercano al medio, realmente excelente: al frío pipeño con helado de piña le agrega un poco de jugos frutales hechos con tumbo, mango y/o maracuyá (no me confiesa toda la receta), con un magnífico resultado. Nada más, pues el Chino es un enemigo despiadado de echarle fernet o granadina al buen pipeño que asegura saber reconocer, como natural cauquenino. Si debo compararlo con algo más célebre, este "terremoto" se parece un poco al que se ofrece en el famoso club "El Rincón de los Canallas" de Santiago, que con el nombre de "maremoto" también lleva un toque frutal en su receta, pero ciertamente distan mucho de ser lo mismo.
Famosa fue en "La Picá del Chino" la historia de un tal Guatón Juan, que hizo una marca en este bar tras llegar de Pisagua y tomarse tres de los descritos "terremotos" sin caer de borracho, a pesar de que se asegura en este sitio que basta con sólo un "terremoto" y una "réplica" para botar hasta al más sólido roble... Sobrevalorado, para mi gusto, pues aunque admito haber sentido las propiedades de este elíxir en el paladar y  también en la cabeza, como alguien que se ha tomado hasta 10 "terremotos" en "Las Tejas" de Santiago en sólo una noche, considero que esa modesta marca sería bastante fácil de romper.
Los parroquianos del boliche llegan hasta horas de la noche, incluso avanzada. Especialmente atractivo resulta este sitio para hombres de mar: mariscadores, trabajadores de la pesca, buzos recolectores y particulares; a veces hasta los dueños de las lanchas con todo su personal, cuando hay capturas que vale la pena celebrar en un mar cada vez más agotado y menos generoso con los pescadores. Gente afable, amena, como he confirmado en todo Chile: llena de historias y aventuras, pero también de denuncias y molestias. Don Carlos dice que suele recibir a militares y carabineros en retiro entre su amplia clientela.
Su Majestad, "El Chino" Castro.
El célebre "terremoto nortino" de "La Picá del Chino".
Se cierran las puertas en la noche y se atiende por una de las ventanas para evitar que pasen "macheteros" (pedigüeños), "vacunas" (embaucadores que beben a expensas del resto) u otros sujetos por el estilo, abriéndole a esas horas sólo a los clientes. Es entretenido conversar con estos tipos, pues retratan muy bien el ánimo en que se encuentran desde hace tiempo los ariqueños con respecto a las impertinencias del Gobierno Central y su desencanto con las autoridades políticas. Hasta converso con un trabajador que, coincidentemente, vivió a escasa distancia de mi ex lugar de residencia en La Florida, así que no tardamos en entrar en confianza.
Ente otras perlas, me cuentan acá que la cercana Feria Máximo Lira (dicho sea de paso: con el mismo nombre de uno de los más grandes patriotas y defensores de la soberanía chilena) está al borde de cerrar ya luego de ser obligada a trasladarse tras las líneas férreas que allí bordean la costanera. También me entero que un viejo árbol ficus que existía en calle 18 de Septiembre "frente al local Pichara", según me aclara un locuaz cliente, y que era famoso por su extraña forma como de torso y brazos humanos, murió luego de que una empresa de energía talara imprudentemente sus ramas para despejar el cableado eléctrico, en lugar de sólo podarlo. Hasta quisieron cortar los árboles del parque en el aeropuerto ariqueño, "¡Y lo habrían hecho si no fuera porque don Julio Martínez se opuso y denunció esto en sus comentarios!", acota con molestia el Chino, desde atrás de su barra.
No se queda sólo en la denuncia por los malestares, sin embargo: el dueño tiene una idea bastante buena y que podría ser implementada a futuro -si las autoridades dejan de jugar taca-taca y se interesan-, relacionada con la realización de una Cumbre del Terremoto Nortino, con concurso de belleza, expositores, degustaciones y todo. Su intención es que todos los expendios de "terremoto" en el Norte Grande de Chile, que ofrecen recetas tan particulares y en algunos casos distintas a las que conocemos en la Zona Central (ya he hablado en otra parte, por ejemplo, del "terremoto" con whisky que se ofrece en el "Bar El Democrático" de Iquique), se reúnan a demostrar y difundir la presencia del trago allá en aquellas regiones extremas y puedan crear un evento propio al respecto.
Don Carlos sabe de su gremio: ha sido propietario de varios negocios interesantes en Arica, como el "Donde mi Compadre", la heladería "Fontana di Trevi" o "El Rincón de Los Leones" del paseo Thompson, famoso por sus grandes platos de caldo de pata y porotos con riendas. Así es que "La Picá del Chino" está en una larga cadena de vida dedicada al comercio, ahora de orientación guachaca. Curiosamente, con la actual picada volvió exactamente al lugar donde había comenzado sus negocios de este tipo hacía unos 40 años ya, en la avenida Montt.
Por otro lado, su creatividad le permitió crear los más curiosos nombres de platillos para la oferta, que fueron en su momento un buen gancho para la clientela: el picante de gallina gay con charqui y llaita, el sánguche de carnero salvaje con salsa de toro en celo, otra rareza llamada sexo oral y la sopa zorrita caliente con pata picada, guatacay y maní, entre otras excentricidades. Algunas iban anunciadas afuera de "La Picá del Chino" con un dibujo del animal aludido: un zorro, una gallina, etc.
Insólitamente, antes esta picardía le hizo ganarse una carta reclamo de un delicado miembro de la Cámara de Turismo a la Municipalidad de Arica, denunciando las "ordinarieces" que tenía por nombres de platillos su negocio de Thompson, que por entonces ya se estaba convirtiendo en el paseo comercial que ahora conocemos. Al enterarse de esta acusación en su contra, sin perder el sentido del humor, el incorregible Chino tuvo otro arranque de imaginación y respondió colocando nuevos carteles donde el menú era ofrecido ahora con gran sofisticación. Según declaró en una entrevista suya al diario "La Estrella de Arica" que cuelga enmarcada en el muro detrás del mesón, los nuevos carteles de la carta decían: frijoles con spaghetti, panceta de cerda y manito de res.
El pueblo ariqueño y sus queridos comensales, sin embargo, celebran hasta ahora sus extraños platillos: "Cuando se prepara una olla con alguna de estas comidas raras y se anuncia, el local se llena completo", me confiesa otro entretenido cliente sentado cerca de mi lugar en el mesón.
Péguense una pasada por "La Picá del Chino", entonces. Tienen allí un templo de cervezas, vinos, el mencionado "terremoto nortino" y toda una repisa colorida de botellas para la más entretenida forma de conocer una ciudad y enterarse de su comidillo noticioso no formal, allí junto al inefable y creativo Chino Castro, bajo el techo del "rincón guachaca" de Arica.

UN HERMOSO TEMPLO PROTESTANTE DE LA CALLE ORELLA DE IQUIQUE

Coordenadas: 20°13'13.00"S 70° 9'2.70"W
Debe ser una de las edificaciones de carácter religioso más hermosas que existen en Iquique, muy elegante en su sencillez y totalmente distinguida en sus líneas de arquitectura con estilo británico victoriano, sin grandes pretensiones exteriores salvo la torre con falsas almenas y campanario con chapitel.
El templo protestante de calle Orella es, así, una delicia inglesa de madera, arcos apuntados y ángulos ascendentes. En el vano circular de su torre incluso se ven protecciones conformadas por la triada de círculos, símbolo que la tradición popular a veces justifica como supuesto talismán para contrarrestar hechizos e influencias de brujos. Una fantasía de Salem necesitaría un escenario como éste, sin duda.
Ubicado más precisamente en Orella 576 casi esquina Obispo Labbé, el templo se remonta al pasado de honda influencia británica en Iquique, en los años de la industria salitrera y cuando el territorio ya era parte de la soberanía chilena. Fue la sede de la religión anglicana en toda la provincia.
Su primera piedra fue colocada en 1902 para edificar allí lo que iba a ser el albergue local de la Comunidad Anglicana de Iquique, varios de ellos acaudalados empresarios mineros ingleses y sus familias. Esta piedra, que se encuentra incrustada en el muro del frontis del edificio de dos aguas, en su costado derecho y cerca del suelo, dice en caracteres mayúsculos y originalmente en inglés:
"Para el honor y la gloria de Dios Todopoderoso y bajo el nombre de San Miguel y todos los ángeles, esta piedra fue colocada el decimoquinto día de agosto en el años de Nuestro Señor de 1902"
El diseño general del templo es con vanos es en arcos apuntados con vitrales sencillos, predominando colores verdes, amarillos y azules. Aunque en nuestros días se accede por un costado del templo, la entrada principal de puertas de madera oscura también con vidrios coloridos y apariencia de mamparas, está coronada por un atractivo coro de balaustras ya dentro del templo, con apariencia como de balcones con acroterio. A este espacio alto se accede por una estupenda escala espiral a un costado, confeccionada en madera y con el mismo estilo.
Bajo la nave única se extiende un pasillo cercado por las bancas-pupitres de los fieles cuidadosamente alineadas. Son de madera sólida y de bastante peso, según pude comprobar. Una tarima a todo el ancho de la sala sirve de escenario, con un podium central, asientos adicionales en los costados y una gran ventana de arco a sus espaldas, con el diseño de cierta evocación neogótica que se observa en la nervadura interior de estos vanos de la iglesia.
El cielo está dispuesto en forma arqueada aquí adentro, a diferencia del celaje exterior. Está entrecruzado por vigas longitudinales y otras cortas, entre caída y caída, formando una sublimación del espacio allí en lo alto. La luz interna proviene de lámparas murales fijas y otras colgantes. Aunque algunas en realidad se ven antiguas, lo más probable es que éstas no haya pertenecido a la implementación original del edificio.
Un maravilloso tesoro se oculta allí adentro, junto al altar, desde aquellos tiempos de cobijara a los hijos de las islas británicas: un extraordinario órgano británico Foster & Andrews de tubos, consagrado a la memoria del Rey Eduardo VII del Reino Unido, con un medallón conmemorativo de su perfil entre los dos años del inicio y del fin de su reinado y su vida (1901-1910), que coinciden con la llegada a Chile de esta maravilla. Aunque este instrumento estuvo un tiempo mudo, aún conserva la inscripción de homenaje al soberano, también en caracteres altos, estilo victoriano, y en inglés:
"Erecto para la gloria de Dios
y para la memoria de Su Majestad Rey Eduardo VII
por la colonia británica residente en la provincia de Tarapacá"
Esta indicación señala que el órgano de tubos muy probablemente fuera instalado en el templo ese mismo año de 1910 en que fallece el Rey Eduardo o poco después.
Sé que el templo permaneció en manos anglicanas hasta a caída de la industrial salitrera en el Norte de Chile y la migración masiva de familias británicas desde estos territorios, regresando al Reino Unido, aunque la fecha exacta de la partida final de los fieles desde este edificio no la tengo clara.
Actualmente, el inmueble pertenece a la sede Iquique de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, afiliados a Unión Chilena del Evangelismo Integrado, por lo que aún sigue en aguas de credo protestante, como en sus orígenes sirviendo a la colonia británica en la zona. Su nombre oficial es Templo Adventista del 7° Día, como se lee en la fachada, sobre el costado donde está la mencionada piedra inaugural.
Aunque siempre intento no ver posibles monumentos nacionales en cada edificio antiguo que sobreviva por nuestras ciudades, las características únicas de éste en particular, así como de su alhajamiento, diseño y hasta su órgano de viento interior, son -cuanto menos- un fuerte acento histórico y cultural en la ciudad de Iquique.

martes, 27 de agosto de 2013

LOS ANCESTRALES "PAREDONES DEL INCA" QUE BORDEARON AL RÍO MAPOCHO

Coordenadas:  33°25'59.75"S 70°39'15.05"W (inicio, aprox.) 33°25'56.03"S 70°39'54.20"W (final, aprox.)
He estado resumiendo acá en el blog material sobre los estudios del arqueólogo Rubén Stehberg y el historiador Gonzalo Sotomayor su célebre artículo del "Boletín del Museo Nacional de Historia Natural" N° 61 de 2012, titulado "Mapocho incaico". Complementados con publicaciones de otros autores, ellos han ido demostrando la existencia de un asentamiento humano de influencia incásica en el Valle del Mapocho, antes de la llegada de los españoles y de la fundación oficial de la ciudad de Santiago del Nuevo Extremo.
Con relación a este tema, importante evidencia podría ser también el caso de los "tambos", "tambillos" o "paredones del Inca" que había en la vega Sur del río Mapocho, desde el actual sector de calle Bandera o Morandé hasta la Quebrada de Saravia, hoy sector del barrio y la avenida Brasil.
De acuerdo a la información que se conoce de ellos, eran murallones relativamente pequeños que desaparecieron con el tiempo, probablemente a mediados del siglo XVII, debido a los cambios urbanísticos de la joven ciudad. Habrían estado formados por una serie de pequeños tramos construidos con piedra y enfilados a la sombra de los arbustos o junto a los pedregales del río.
¿DÓNDE ESTABAN LOS PAREDONES?
La ubicación de los paredones del Inca cerca de la salida del antiguo Camino de Chile, antigua conexión del Camino del Inca sobre la proto-ciudad de Santiago y luego la ruta de los conquistadores que fundan la colonia hispana en el valle, reforzaría la idea de la influencia administrativa e imperial incásica en el primitivo poblado de Santiago, sobre el cual los españoles sólo llegaron a ocupar y retrazar una ciudad de acuerdo a sus visiones urbanísticas. Sin embargo, veremos que también hay divergencias de opiniones al respecto.
Se cree que, originalmente, estos tambillos servían como descansos o paredes de antiguos asentamientos justo en la desembocadura del Camino de Chile y coincidente con la Cañadilla de La Chimba, actual avenida Independencia. Los españoles los encontraron como un vestigio del pasado más remoto y misterioso, casi paralelos a la actual calle de San Pablo, donde se hallan en nuestros días la Estación Mapocho y el Parque de los Reyes. Más específicamente, iban por la calle del Ojo Seco luego llamada Sama, correspondiente a la actual General Mackenna.
Basándose en lo que estudió del archivo de Protocolos de Escribanos, Tomás Thayer Ojeda habló de ellos refiriéndose a los puntos de mensura en el antiguo trazado de la ciudad de Santiago, hecho como planta original de fundación por el alarife Pedro de Gamboa:
"El antiguo límite empezaba en la calle de Tres Montes (hoy José Miguel de la Barra), seguía oblicuamente formando las calles de Santo Domingo, Esmeralda, y San Pablo y, desde la calle de Teatinos, continuaba por la de Sama, hasta un punto denominado en aquella época Paredones o Tambillos del Inca. De manera que todo el terreno situado al norte de las calles indicadas pertenecía, como ya se ha dicho, al lecho mismo del río".
Refiriéndose a los mismos trabajos de Thayer Ojeda sobre estos tambillos, Stehberg y Sotomayor describen una impresión distinta a la que los señalarían nacidos en tiempos prehispánicos, sin embargo:
"De acuerdo a este autor, los Paredones o Tambillos del Inca (...), corresponderían a una edificación realizada poco después de la fundación de la ciudad de Santiago, opinión con la cual concordamos. Sería muy poco probable que los contingentes adscritos al período Tawantinsuyu hubieran construido sobre el lecho mismo del río o en su área de inundación. Por lo demás, los españoles solían agregar la palabra viejo o antiguo para designar el origen pre-europeo de una instalación, que no es el caso. De acuerdo a los títulos de merced de tierra del valle de Aconcagua que hemos analizado en otra parte (Sotomayor y Stehberg 2007), por paredones se aludía usualmente a construcciones de piedra. Por lo tanto, con la designación de los Paredones o Tambillos del Inca, los europeos estaban indicando que se trataba de una edificación en piedra, muy distinta a las iniciales construcciones de madera y paja y posteriores de adobe que emplearon los españoles en la edificación de la ciudad de Santiago y, que sus ocupantes eran de origen peruano. La palabra Inca aquí debiera entenderse como una autoridad colonial que estuvo ligada anteriormente al Tawantinsuyu y que conservaba, en los primeros años de la fundación de Santiago, cierto status y recursos económicos, lo cual le permitió construir su vivienda, por cierto, en los extramuros de la ciudad..."
Los mismos autores señalan una ubicación precisa de estas estructuras, de acuerdo a testimonios de la época:
"...localiza con precisión el "paredón y tambillos del Inca" a unas 10 cuadras al norponiente de la Plaza Mayor y, por tanto no corresponderían a una misma instalación arquitectónica con el "tambo grande", que estaba junto a la plaza de Santiago, como supone González".
Por este último apellido, aluden a los trabajos de Carlos González Godoy, particularmente a su artículo titulado "Comentarios arqueológicos sobre la problemática inca en Chile Central", publicado en marzo de 2000 en el "Boletín de la Sociedad Chilena de Arqueología" N° 29. González, quien interpreta y comenta también los trabajos anteriores de Stehberg de los años setenta, había redactado lo siguiente sobre los "tambillos" considerándolos parte de una misma estructura que bordeaba la ribera Sur del Mapocho desde los puntos que hoy corresponden al Barrio Mapocho hasta el Barrio Brasil:
"Es probable que el "tambo grande" sea el que Tomás Thayer Ojeda ubica en su mapa de Santiago de 1600, identificándolo como "paredón y tambillos del inca" (...), cuyo emplazamiento habría estado en el sector de la actual Estación Mapocho, en la banda sur del río epónimo. Creemos que los datos del Cabildo y del mapa de Thayer corresponden a una misma instalación arquitectónica, opinión compartida por León".
Sin embargo, vimos ya que Stehberg y Sotomayor son de la idea de que estos paredones eran otros distintos del llamado "tambo grande", que debía ubicarse en la actual Plaza de Armas, según informan. Estos tambillos ribereños debieron ser construidos después de la fundación de Santiago, teoría de la que también habría sido partidario Thayer Ojeda, de acuerdo a la interpretación de ambos autores.
Detalle de la ubicación de los paredones o tambillos del inca, según plano de Thayer Ojeda.
EN EL SECTOR DEL ACTUAL BARRIO BRASIL
Empero, no fue ésta la opinión de René León Echaíz, quien se refirió a ellos como "restos incaicos que se encontraban a la actual Avenida Brasil". Un croquis publicado por el propio Thayer Ojeda en 1905, además, también revela una posición distinta a la de otros mapas para estos paredones, marginándolos a la altura del Cañaveral de García Cáceres, varias cuadras más al poniente de donde empezarían según otros planos. Gonzalo Piwonka comenta de algunas propiedades que se hallaban entre las actuales calles San Martín y Almirante Barroso, que colindaban al Norte con estos muros o tambillos, separándolos del río. Stehberg y Sotomayor suponen que se trata de los mismos "paredones" indo-hispánicos, a diferencia de los denominados "paredones viejos de la casa del inga" en calle Puente y cerca de la Plaza, según sus cálculos, de los que hablaremos más abajo. De todos modos sospechan que pudieron ser hechos para alguna autoridad incaica del Tawantinsuyu en plena Conquista.
Osvaldo Silva Galdames, por su parte, consideraba que los "paredones del Inca" estuvieron asociados a los establecimientos de indios de servicio que llegaron con los españoles a Santiago y que se hallaron bajo órdenes de doña Inés de Suárez, siendo levantados para separar a los españoles de los yanaconas pero a la altura del barrio de La Chimba, no sólo tan al poniente como las referencias que vimos recién:
"El contingente foráneo fue localizado en la margen norte del río Mapocho, levantándose un gran murallón para protegerlo de sus crecidas. Tal fue el origen del barrio de La Chimba y de los Paredones del Inca que suele asociarse con una ocupación prehispana".
De acuerdo a lo que ya había observado León Echaíz, sin embargo, este tipo de ruinas incásicas de tambillos han sido encontradas en sitios de especial importancia para las rutas primitivas y los tambos del desaparecido imperio, existiendo otros casos por ejemplo, en las orillas del Choapa, en San Felipe, uno en Quillota (mencionado por Ginés de Lillo), en la localidad de Tango en Colina, en Malloa, en Cucaltegüe (a orillas del Tinguiririca), en un sector de Teno (que existía aún en el siglo XVII) y en Camarico cerca de Talca.
Con relación a las dudas sobre el origen de estos tambillos, llama la atención que desde un inicio y hasta pocas décadas de la fundación oficial de Santiago, estas estructuras siguieran siendo llamadas "paredones del inca", gentilicio que se usó con frecuencia para designar lo que estaba antes del arribo de los conquistadores, como el caso de llamado Puente del Inca, en el camino cordillerano a Mendoza.
Personal y modestamente, no me siento convencido de que la ausencia del adjetivo "viejo" indique que pertenecen al período de transición indígena-hispánico y no a uno anterior. Me produce ruido, además, un ejemplo específico de ese mismo sector del Mapocho: el Puente de Palo de la Recoleta, por ejemplo, era llamado también Puente Viejo por los criollos pero no porque fuera prehispánico, sino porque era anterior al Puente Nuevo de Cal y Canto, aunque ambos hayan sido construidos en el período colonial.
Plano de la Chimba y del Valle del Mapocho, confeccionado por Francisco Luis Besa y entregado al tribunal de la Real Audiencia el 26 de Agosto de 1641 En la parte inferior, abajo del "Río de Santiago" (Mapocho) que ha dibujado el autor, aparece un grupo de cuadrados representando los solares más cercanos a la ribera. De acuerdo a la documentación colonial disponible, precisamente entre ellos estaban los llamados "los paredones viejos de la casa del inca". Como esto es frente al Camino de Chile o del Inca (actual Independencia), debieron hallarse hacia la calle Puente o Bandera, aproximadamente, por el costado de la continuación del mismo camino hacia la Plaza de Armas (Fuente: Stehberg y Sotomayor. 2012).
¿OTROS PAREDONES? ¿MÁS ANTIGUOS?
Ya vimos en otras entradas previas que los propios Stehberg y Sotomayor mencionaron en su estudio un pleito judicial de 1613, entre herederos del Capitán Bernabé de Armijo y Juana de la Cueva por la Chacra Grande de Huechuraba. Sucedió entonces que el primer testimonio que se presentó en el juicio le correspondió al anciano indio Gaspar Jauxa, oriundo de Xauxa en el Perú pero residente en La Chimba de Santiago, ciudad a la que había llegado a los 6 años con los primeros españoles venidos al Valle del Mapocho. En la declaración de Jauxa hecha en su lengua nativa y traducida al castellano por otro indígena llamado Diego, dejaría establecido lo siguiente:
"...como persona tan antigua que es, sabe que el camino que llaman de Chille es hiendo desde las casas de doña Isabel de Cáceres donde están los paredones viejos de la casa del inga, caminando por la viña del maese de campo don Juan de Quiroga hacia la de don Pedro Delgadillo y de allí al cerrillo de Huechuraba subiendo el dicho camino por la cordillera que va de Colina y este camino a sido siempre el que llaman de Chille y estaba tan usado que paresia camino de carretas y de presente esta serrado con chácaras y no usado".
De acuerdo a lo expresado por los autores, no serían precisamente a los tambillos de nuestro interés aquellos a los que se refería Jauxa con esta declaración. Cabe señalar, sin embargo, que la casa de doña Isabel de Cáceres se habría encontrado por el sector de calle Bandera o Puente, o acaso cerca de allí. Aunque la ubicación precisa está nublada por la ambigüedad, esto es sospechosamente cerca de donde comenzaban los murallones en el plano de Thayer Ojeda y que autores como González indican en la ribera misma del Mapocho. Mas, Stehberg y Sotomayor se muestran convencidos de que son otros tambillos también cercanos al río, pero no los mismos:
"Aparte del mencionado "tambo grande", es posible que existieran alrededor de la plaza incaica un conjunto de edificios destinados a funciones administrativas, religiosas y habitacionales. Una de estas instalaciones fue denominada "paredones viejos de la casa del inga" y se encontraba en el solar de doña Isabel de Cáceres, en la ciudad de Santiago. Sabemos que este solar se encontraba junto al camino del Inca puesto que en un juicio colonial por el deslinde del Camino de Chille o del Inca, el informante Gaspar Jauxa, natural del Perú, quién llegó con los primeros conquistadores españoles, señaló que esta calzada partía de estos paredones – que él conoció personalmente- rumbo al norte. Esta valiosa información nos permite inferir que la construcción se encontraba aproximadamente en la actual calle Puente, muy próxima a la plaza. Para este testigo, el Camino del Inca se iniciaba en este lugar y lo describe de sur a norte y no al revés, como hubiera sido lo esperable pensando que el Tawantinsuyu se estaba expandiendo hacia el sur y, el mismo llegó siguiendo esta dirección".
Me sigo preguntando si existirá alguna confusión sobre los mismos tambillos: Thayer Ojeda y León Echaíz se refieren a los "paredones o tambillos del Inca" como los ubicados a la altura del Llano de García Cáceres, sector que corresponde al actual Barrio Brasil, como dijimos. Sin embargo, dicho terreno ocupaba entonces una gran porción de la ciudad cercana incluso a la actual Autopista, de modo que ser vecina al tramo más amplio de los paredones no desconoce que el origen de la línea de muros comenzaba hacia el sector de calles Bandera o Morandé sobre el Mapocho, como se observa en el plano de la ciudad hecho por Thayer Ojeda. Si vemos que los "otros" paredones, los llamados "los paredones viejos de la casa del inca" quedaban a quizás sólo una cuadra del inicio de los anteriores, por ahí por calle Puente, entonces no sonaría tan descabellado preguntarse si se trataba de los mismos o si alguna vez estuvieron unidos.
Un autor que considera, aparentemente, que serían los mismos tambillos o paredones, es don Juan Guillermo Muñoz Correa, según lo que publica en un artículo de la "Revista de Historia Social y de las Mentalidades", del Departamento de Historia Universidad de Santiago de Chile:
"También anotado Paredones del Inca, en el cascajal al norte de la traza y de la chacra de Diego García de Cáceres, junto al río Mapocho. De Isabel García hija natural mestiza de Diego García de Cáceres, con cuya viña deslindaba en la parte surponiente, y por la suroriente con Juan García Cantero (...) En un juicio de 1613 uno de los testigos declaró que el camino de Chile corría desde las casas de Isabel "donde están los paredones viejos de la casa del inga, caminando por la viña del maestre de campo don Juan de Quiroga hacia lo de Pedro Delgadillo". No he ubicado esta viña mencionada de Quiroga, su viuda, doña Mariana de Córdoba y Aguilera, compró otra viña muchos años después al norte de La Cañada".
Quedo en deuda, mientras tanto, con abundar respecto a la relación de nuestra actual avenida Independencia, la ex Cañadilla de La Chimba, con el ancestral Camino del Inca y el Camino de Chile al que nos hemos referido, y que explica en gran medida esta clase de influencias del poder incaico sobre el valle mapochino y la presencia de tantos vestigios suyos en el mismo.
Plano esquemático de la ciudad de Santiago al momento de su fundación, en 1541. El trazado "urbano" no es más que el de un campamento estrictamente circunscrito entre la Cañada (Alameda), el Cerro Santa Lucía, el río Mapocho y las chacras del sector del Cañaveral de A. Núñez o de Saravia (hoy barrio Brasil). Clic encima para ampliar la imagen.

lunes, 26 de agosto de 2013

LA CASA YANULAQUE (PARTE II): EL MARAVILLOSO MUSEO DEL MAR

Antiguo grabado coloreado de caracolas marinas, en exposición dentro del museo.
Coordenadas: 18°28'45.39"S 70°19'9.86"W
Puede que la decimonónica Casa Yanulaque a la que me referí en la entrada anterior, no sea un gran edificio comparado con otros lugares históricos de Arica y a pesar de su declaratoria como Inmueble de Conservación Histórica. Sin embargo, basta este espacio de su primer piso ahí en Sangra 315 esquina Sotomayor, ex cuartel del histórico almacén "La Colmena" de don Manuel Yanulaque, para alojar desde el año 2006 a uno de los museos que considero más hermosos y cautivantes de Chile: el Museo del Mar, o Sea Museum para los turistas.
El Museo del Mar exhibe las extraordinarias colecciones de su Director, don Nicolás Hrepic Gutunic, un afable señor obsesionado por 50 años o más con la paciencia de recoger y reunir por todo el mundo las más insólitas y preciosas caracolas marinas que ahora expone en sus vitrinas, para deleite de los visitantes. Este caballero de orígenes croatas ha reunido más de 1.200 especies catalogadas, con lo que su museo le da paliza incluso a las famosas colecciones de Pablo Neruda. Algunas pocas de las piezas las ha recibido de donaciones, pero la mayoría son resultado de su esmero personal y su dedicación a esta saludable pasión. Es entretenido conversar con él y escuchar la aventura y el casi secreto que guarda tras cada unidad de la muestra, además de ser una persona muy cálida y amena al hablar.
Por una módica suma, se puede observar en el Museo del Mar de la Casa Yanulaque la más variada colección de conchas de moluscos, equinodermos, crustáceos y hasta algunos peces, carapachos de tortuga marina, corales e interesantísimos fósiles, todos debidamente individualizados con su clasificación familiar, nombre científico, autor-identificador (con año de referencia) y ubicación geográfica general. Hay incluso un personaje isotípico del museo: una estrella de mar sonriente, parecida a Patricio, el amigo y vecino de Bob Esponja.
Don Nicolás Hrepic Gutunic, Director y creador del museo.
Pasillos del museo, llenos de piezas para admirar.
Colecciones de estrellas marinas de todo el mundo.
La sala de exhibiciones está uniformada por vitrinas, algunas de ellas formando también los pasillos del recorrido interior del museo. Hay una muy buena y apropiada luz para la contemplación de lo que allí se expone, por cierto. Además, el lugar está decorado con esa característica caricia de amor del mar: navegación, pesca, modelismo naval y todo lo que tenga que ver con la riquísima cultura marítima, a veces tan poco conocida por los citadinos modernos.
No existe otra clase tan entretenida e ilustrativa sobre biología marina como una visita a este lugar, verdadera lección de sueños para los amantes del tema. Hay, además, algunas piezas que parecen ser de enorme exclusividad, orgullos que don Nicolás no tarda en señalar a los curiosos entregando más detalles de los mismos; verdaderas piezas de joyería por su escasez en otras colecciones o bien por ser estructuras inverosímiles dentro de la zoología marina, y todas reunidas allí, dentro de la vieja casona. No hay comparación entre mirar estos tesoros en una opaca fotografía a hacerlo acá en vivo, ante nuestra propia nariz y separadas sólo por un vidrio.
Por otro lado, creo que casi reconforta al alma acoger estas invitaciones a admirar la vida oceánica sin perder la capacidad de asombro, dejando de lado un rato la tendencia aprendida a mirarla más bien con el estómago y los impulsos de la necesidad de alimentación. Las capacidades de diseño y de arquitectura que es capaz de ofrecer la Creación quedan manifiestas y demostradas en toda esta cantidad de piezas de la sala: conchas de nautilus, chamas, centollas, peces globo, tacas, mejillones gigantes, caballitos de mar, trilobites petrificados, etc.; desde los picorocos tan comunes y corrientes en las costas chilenas (gigantes, comparados con los de otras latitudes), hasta las exóticas y coloridas caparazones relucientes de mactras del Índico; o desde las conchas-navajas de nuestros llamados huepos sureños, hasta la artística perfección de las lyropecten de las aguas atlánticas.
No se puede poner en duda que don Nicolás es un hombre generoso: no sólo permite fotografías dentro de su museo (con la conocida reserva de evitar los flashes de cámaras, eso sí), sino que también facilita a los investigadores virtuales la fastuosa colección publicándola en su propio sitio web: museodelmardearica.cl, donde también se cuenta con un módulo de consulta para cibernautas.
No tengo palabras exactas para seguir describiendo ese encanto casi infantil y cautivante de la colección Hrepic Gutunic. Sin duda alguna, este sitio dignifica más aún la importancia cultural y la función patrimonial de la Casa Yanulaque en la ciudad. Personalmente, además, creo que hace un gran favor también a la conformación de la atracción turística general de Arica, por encontrarse también en uno de sus principales circuitos históricos y con este doble valor de casa histórica y exhibición museológica.
Se agradece el esfuerzo de don Nicolás y su familia, entonces, y recomiendo a todos los visitantes de esta ciudad conocer aquella maravillosa muestra permanente de la impecable orfebrería biológica y de las artes de la joyería que la propia naturaleza ha conseguido forjar, para las especies oceánicas que llenan las vitrinas del incomparable Museo del Mar de Arica.

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