jueves, 28 de noviembre de 2013

SOBRE LOS "GUACHACAS" ORIGINARIOS

Bebiendo en la bodega. Imagen de "Comidas y Bebidas chilenas" de Alfonso Alcalde.
La última y controvertida elección de Rey y Reina del Movimiento de los Guachacas 2013 ha dejado un saborcillo polémico que, entre otras cosas, ha llevado a algunos a preguntarse quiénes son el realidad los guachacas “típicos” y cuál es el verdadero origen del término, o su significado.
De raíz quechua, el antiguo huachaca era en realidad cierto tipo de mendigos y ebrios callejeros que quedaban tirados en la calle y que caían en la vagancia consumidos por el mismo vicio, guardando quizás alguna relación con otras expresiones como huacho, usado peyorativamente para huérfano, abandonado o bastardo, y también con el huachacai, una deplorable bebida similar al aguardiente pero de bajísima calidad, que se bebía en lo más bajo de la sociedad chilena.
El huachacai era sólo para garantizar la borrachera: equivalía casi al bidón de “Chimbombo” en la Colonia y buena parte de la República, apareciendo mencionada en el diccionario de “Chilenismos. Apuntes lexicográficos” de José Toribio Medina (Soc. Imp. y Lit. Universo, Santiago, Chile – 1928, pág. 173) y sabiéndose que fue muy común en zonas santiaguinas como el barrio La Chimba, La Vega y el Mercado Central, tradicional territorio de curados.
Un gran fomentor del concepto fue, por supuesto, el Tío Roberto Parra con sus cuecas choras y su famosa pieza el “Jazz huachaca”, además de que el gran folklorista calzaba bastante bien con el perfil original del huachaca que bebía en exceso y llegaba a quedar tirado, según su propia confesión.
Empero, como todos los términos y expresiones (significantes) pueden sufrir adaptaciones o desplazamientos desde sus sentidos originales (significados), con el tiempo, huachaca -o más modernamente “guachaca”- se ha convertido en algo relativo más bien a una parte de la cultura chilena, a veces como sinónimo de roto inclusive, y que se declara heredero de la tradición popular con gusto por la comida típica, los tragos folclóricos y las cuecas bravas, entre otros iconos.
Más allá de la legitimidad que pueda tener o no esta transposición del concepto, su epicentro sigue siendo el Barrio Mapocho, viejo territorio de los primeros huachacas y de los traguitos de huachacai de antaño, con sus reuniones “cumbres” anuales en el Centro Cultural de la Estación Mapocho y sus fiestas en cantinas históricas como “La Piojera”.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

LA ACIAGA RACHA DE MUERTE DE 1976 EN EL MORRO DE ARICA

Rescate del cuerpo del joven obrero fallecido en el trágico accidente de junio de 1976, que parece haber cerrado la racha fatal del Morro aquel año (Fuente imagen: diario "La Estrella de Arica").
Coordenadas: 18°28'57.47"S 70°19'28.94"W
Una de las famas más siniestras del Morro de Arica, independientemente de sus leyendas y tradiciones de orientación sobrenatural, es su confirmada característica de ser un lugar elegido por muchos suicidas que se arrojan al vacío, como fue el caso aún relativamente reciente que he abordado en este sitio, de Juan Salvador Huerta, cuya animita está abajo en el sector de los jardines desde el año 2010.
Pero la muerte se ha manifestado en el morro no sólo con saltos suicidas: recordados son los casos de obreros que han perecido accidentalmente, en especial durante la construcción de las instalaciones portuarias. Y, si hilamos fino siguiendo la cuerda de muerte por el tiempo, podemos remontarnos a la propia Toma del Morro de Arica el 7 de junio de 1880, que regó de sangre de unos 1.500 hombres heroicos este peñón.
Que el ángel de la muerte ha volado históricamente alrededor del Morro como esos negros gallinazos cabeza roja, entonces, no es tema de discusión. Sin embargo, una particular concentración de suicidios y accidentes ocurrida en un período de 1976, en su momento sirvió para especular sobre una controversial maldición o, cuanto menos, de un sino de desgracia rondando al lugar, a pesar de lo habituados que han estado tradicionalmente los ariqueños a las noticias con esta clase de dramas involucrando al Morro.
Conscriptos del Regimiento "Rancagua" realizando labores de rescate de cuerpos de los trabajadores guaneros fallecidos el 4 de marzo de 1976 (Fuente imagen: diario "La Estrella de Arica").
UN VERANO SANGRIENTO
Era febrero de 1976, con veraneantes en masa y en la mejor etapa de las vacaciones para la ciudad de Arica. Acababa de fundarse el diario "La Estrella", además. Hacía menos de cuatro años que el Morro de Arica había sido declarado Monumento Histórico Nacional y cerca de dos desde que se fundó en su cumbre el Museo Histórico y de Armas, revitalizando las visitas a su cima y mejorando su importancia en el turismo.
El día martes 17 de ese mes hacia las 14 horas, una muchacha de 17 años llamada Olga Cortez López se encontraba arriba en el Morro, hasta donde había llegado con un triste propósito. Residente de la Población Las Brisas, por razones que nunca fueron bien aclaradas la jovencita ejecutó el fatídico "salto del ángel" desde el sector adyacente al museo y frente a la costa, donde está la gran falla con grietas en la cara frontal del peñón.
El frágil cuerpo golpeó contra el borde rocoso y cayó desde la inmensidad hasta donde están los jardines y las palmas en la actualidad. Quedó tendida abajo, entre unos peñascos, quebrada como una muñeca de losa y con la vista perdía hacia el cielo al que quizás esperaba llegar con este acto final. Y al día siguiente, la portada del diario local titulaba: "DRAMA EN EL MORRO".
Empero, no se pasaba la impresión de este trágico suceso cuando, tan sólo unos días después, el 22 de febrero, un obrero de 35 años llamado Félix Jofré Adaros, domiciliado en la Población Barrientos, también se lanzó desde la altura y cerca del lugar donde antes lo había hecho la muchacha.
La información que recolectaron rápidamente los medios para el día siguiente, decía que Jofré había tenido una fuerte y terminal discusión con su esposa, hacia el mediodía, abandonando su hogar sabiendo que todo había concluido. Luego de deambular fugazmente por las calles de la ciudad llegó a la cima del Morro de Arica y, tras una última meditación, se arrojó desde el borde hacia la avenida costanera.
Tal como sucedió con la joven Olga, el cuerpo del trabajador golpeó contra la saliente y quedó destruido en el fondo, en su caso tan gravemente que dificultó el reconocimiento del cadáver luego de que el cadáver fuera levantado por orden del juez.
Dos muertes similares en 5 días parecía una casualidad asombrosa, aunque aún era comprensible como coincidencia... Sin embargo, el Morro todavía tenía macabras sorpresas que ofrecer.
Esquema en la portada del diario mostrando cómo fue el suicidio de la muchacha Olga Cortez López, en febrero de 1976 (Fuente imagen: diario "La Estrella de Arica").
 A los pocos días, el mismo periódico debió repetir lo mismo en su portada, para mostrar un esquema detallando el suicidio del obrero Félix Jofré (Fuente imagen: diario "La Estrella de Arica").
UN HORRIBLE Y MORTAL ACCIDENTE
Terminaba la temporada de las vacaciones estivales con estas dos tragedias a cuestas, y Arica comenzaba a volver a la normalidad del resto del año, al empezar marzo. Sin embargo, el primer jueves de ese mes iba a clavarle una puñalada a la tranquilidad de toda la ciudad, nuevamente con un sangriento y doloroso suceso que es considerado como uno de los más terribles accidentes sucedidos allí.
Cinco obreros, dos de ellos menores de edad, trabajaban en la ladera del Morro de Arica ubicada hacia el lado poniente, enfrente de El Caleuche y de los roqueríos de El Infiernillo, por el sector que hoy se reconocería en la cúspide como aquel atrás de las antenas de radio. A unos 100 metros de altura, había una cueva guanera donde recogían material para fertilizante los trabajadores independientes Mateo Zegarra Belzú (43 años), su hijo Juan Carlos Zegarra Mamani (16 años), Modesto Ilaja González (35 años) y su medio hermano Eleodoro González González (37 años) quien, infelizmente, ese día llevó por primera vez al lugar de labores a su hijo Raúl González Supanta (14 años).
Estaban en estas faenas cuando, inesperadamente, un gran desprendimiento de rocas, arena y tierra provocó un alud de enormes proporciones que acabó tapando a los infortunados obreros. Según testigos que informaron a la prensa, el derrumbe fue hacia las 18:10 horas de ese día 4 de marzo de 1976.
La noticia se expandió rápidamente y llegaron raudos los efectivos de Carabineros de Chile y una patrulla militar del Regimiento "Rancagua" quienes, con voluntarios del Cuerpo de Bomberos de Arica y asistidos por personal de Servicio de Investigaciones y Seguridad, realizaron un titánico y peligroso escalamiento con cuerdas y picotas hasta el lugar de la tragedia mientras se hacía ya de noche, esperanzados en rescatar con vida a los guaneros atrapados. A las 19.20 llegó el juez del 2° Juzgado del Crimen, don Humberto Retamal Arellano, quien daría la orden de levantar los cuerpos que se hallaran en el lugar.
Dirigidos por el Prefecto de Carabineros Coronel Eduardo Torres Torres y por el Comandante 2° Subrogante del Regimiento "Rancagua" Mayor César Zavala, las cuadrillas constataron que todos murieron sepultados, excepto González González, quien alcanzó a ver con horror cómo su hijo adolescente era aplastado por el derrumbe. El sobreviviente fue bajado en camilla y hacia las 20:30 horas de ese día, y menos de diez minutos después descendían en la oscuridad el cadáver de su hijo, primero sacado de entre las rocas, para que su muerte fuera certificada por el Doctor Octavio Villegas. Un rato después, era bajado de la misma manera el cuerpo de Ilaja.
Un infierno de llamadas comenzó a agitar los teléfonos de los cuarteles de Carabineros en esas tensas horas: familiares y amigos preguntando por sus seres queridos, más la prensa y las autoridades conmocionadas por el accidente. En la oscuridad nocturna, una muchedumbre se agolpó abajo en la Costanera Sur por el lado de El Caleuche y la playa El Laucho, mirando los trabajos de rescate que se divisaban todavía gracias a los movimientos de las lámparas y las linternas de los rescatistas.
Fue todo lo que se pudo hacer ese día, sin embargo, pues una piedra de unas tres toneladas obstruía las labores en el socavón, por lo que la operación debió ser suspendida hacia las 20:45 horas y hasta el otro día. En la confusión, ni siquiera se sabía con claridad si las víctimas eran cuatro o cinco.
La mañana llegó con una penosa escena en el lugar y el día iluminaba el escenario de la tragedia en toda su magnitud, mientras los conscriptos del Regimiento "Rancagua" aún exponían sus vidas para los trabajos de rescate desde las 7:45.
Cerca de las 10 horas, lograron sacar de entre la tierra y las piedras los restos de los Zegarra, primero el hijo y luego el padre. La viuda, doña Brígida Mamani, estuvo mirando con sus dos hijas desde temprano estas actividades en el sector de la costanera, quizás inútilmente esperanzada en un milagro, en una conmovedora y terrible escena que fue registrada por los reporteros. Los cuerpos debieron ser recibidos por Teodoro Zegarra, hermano de la mayor de las víctimas.
Conscriptos rescatando los cuerpos del fatídico accidente de marzo de 1976, que se encontraban atrapados a 100 metros de altura (Fuente imagen: diario "La Estrella de Arica").
Eulogio González González, modesto trabajador que sería el único sobreviviente de la tragedia, donde perdió a su hijo y a un medio hermano (Fuente imagen: diario "La Estrella de Arica").
LA CIUDAD CONSTERNADA
La conmoción fue general en Arica. Los llantos de los deudos no cesaron desde la mañana aquella en que terminaron de ser retirados los cadáveres. Los titulares de prensa otra vez destacaban al Morro como escenario de un traumático drama y, conforme se iban conociendo más detalles de la tragedia, más profundo era el dolor. Incluso el Gobernador de la Provincia y el Jefe de Guarnición Militar se habían hecho presentes para conocer del desarrollo de los rescates.
Crudas imágenes de cuerpos ensangrentados aparecían en los periódicos. Estrangulaba el alma, además, confirmar las condiciones de miseria que afectaban a estos hombres, debiendo trabajar en tan peligrosas condiciones por el sustento. El muchacho hijo de González, por ejemplo, había sido llevado ese día al lugar de extracción por su padre, para poder pagarse los zapatos de colegio que necesitaba en el inicio de clases que iba a tener lugar el lunes siguiente.
Según la información que proporcionó por entonces el Teniente de Carabineros don Tulio Miniño, quien estuvo a cargo del operativo de rescate y fue considerado casi un héroe en su momento, toda esta calamidad se debió a la inexperiencia de los trabajadores guaneros que, motivados por la necesidad, tomaron estos trabajos de altura y en lugares con peligro de derrumbe. Si bien el hoyo de la tragedia medía sólo un metro de profundidad y tenía una boca de seis metros, ellos habrían realizado excavaciones para facilitar la extracción sin la prevención necesaria. "Trabajaban sacando guano de la manera más rudimentaria -diría Miniño a la prensa-, sin ningún medio de seguridad".
El día 6, hacia las 17 horas y tras ser velados en la Población 11 de Septiembre, salían los cortejos de Ilaja y del adolescente González Supanta, quien era su sobrino además de hijo del sobreviviente Eulogio, también residente en esa misma villa. Los restos de los Zegarra, en cambio, partirían al cementerio a la misma hora desde la calle Chapiquiña.
Casi al mismo tiempo, las autoridades locales anunciaban la toma de medidas para evitar que se repitieran calamidades como ésta en el Morro de Arica... Mas, aún el peñón tenía alguna secreta e inexplicable sed de sangre que se iba a consumar luego de una falsa calma.
Horrible escena, del cuerpo del muchacho hijo de Eulogio González, de sólo 14 años, siendo trasladado por el personal de Hospital Juan Noé (Fuente imagen: diario "La Estrella de Arica").
La triste escena en que doña Brígida Mamani, esposa y madre de los Zegarra, llega hasta el lugar donde están siendo rescatados los cuerpos de sus seres queridos, mientras un funcionario de Carabineros intenta frenarla (Fuente imagen: diario "La Estrella de Arica").
Mateo Zegarra y su hijo Juan Carlos, de sólo 16 años, cuyos cuerpos pudieron ser rescatados sólo al día siguiente (Fuente imagen: diario "La Estrella de Arica").
LA MUERTE REGRESA AL MORRO
Pasó marzo... Se fue el verano. Pasó abril, y las heridas sufrientes de los sucesos del Morro de Arica comenzaron a cerrar más por olvido que por superación, como ha sido costumbre en nuestra frágil memoria nacional. La instalación del monumento a los trabajadores que habían ido muriendo en la construcción del puerto, inaugurado el 1° de mayo siguiente, prácticamente pasó inadvertida en varios medios locales.
Los festejos del 7 de junio, en cambio, devolvieron la alegría ariqueña. En un solemne acto, además, se habían trasladado los restos del soldado desconocido de la Guerra del Pacífico encontrado en Pisagua hasta una cripta y memorial propio en la cima del Morro de Arica, donde aún permanece recibiendo visitas y honores.
Terminaba el mes de la ciudad y el peñón, por desgracia, volvió a teñirse de rojo. Esta vez, la víctima fue Carlos Lamas Córdova, joven de 22 años domiciliado en la Población Faldeos del Morro y obrero del Plan del Empleo Mínimo, quien pereció aplastado por un nuevo derrumbe de toneladas de piedras y rocas en una cantera a 55 metros de altura, por el lado de la ladera frente a la ex Isla Alacrán y donde se habían producido antes las extracciones de material para la construcción del puerto. Allí se retiraban, ahora, rocas para trabajos de ornato de la ciudad, particularmente para la construcción del muro de piedra laja de la Playa La Lisera y del Paseo Peatonal El Morro. Lamas formaba parte de estas cuadrillas.
La causa de la tragedia fue, principalmente, el deslizamiento de una enorme roca de cinco toneladas, que además provocó la avalancha que le quitó la vida a Carlos y dejó herido a su compañero de trabajo Genaro Luis Rodríguez, de 28 años. La tragedia sucedió a las 10.15 de la mañana, a unos 800 metros de donde había ocurrido el fatal derrumbe de marzo. Correspondió otra vez al Juez Retamal, ir al lugar a autorizar el levantamiento de los restos.
El cuerpo de Lamas quedó tirado en una extraña posición, contorsionado y destruido, aún con su overol azul, tronchando una vida esforzada y joven. Luego de ser rescatado y bajado hacia las 11:50 horas por carabineros y bomberos, el cadáver fue llevado en un carro de estos últimos hasta la morgue, todo esto ante la mirada de sus padres Carlos Lamas Varela y Esperanza Córdova Guzmán, en medio de escenas desgarradoras de sufrimiento pues la madre, que también trabajaba en el Plan del Empleo Mínimo, se encontraba regando los cercanos jardines de la avenida Costanera justo al momento del accidente.
Al día siguiente, la prensa titulaba sin salir del asombro: "EL MORRO COBRÓ OTRA VÍCTIMA"
El saldo positivo de todo es que, a pesar de las características del terrible nuevo accidente, salvaron ilesos cinco trabajadores más que estaban con el herido y el fallecido.
Imagen del infortunado obrero Carlos Lamas, en la tarjeta que envió a sus padres en la última Navidad de su vida (Fuente imagen: diario "La Estrella de Arica").
Dramática escena con el cuerpo de Carlos Lamas, tras la tragedia. Sé que muchos se molestarán porque reproduzco estas escenas, pero prefiero recibir reproches a esconder esta parte martirial y dolorosa varias veces repetida en la historia del Morro de Arica, a pesar de haber sido olvidada tras sus postales turísticas y pintorescas. Toda ejemplo de progreso ha tenido costos y sacrificios humanos que no corresponde minimizar (Fuente imagen: diario "La Estrella de Arica").
Labores de rescate del cuerpo (Fuente imagen: diario "La Estrella de Arica").
MIRANDO HACIA 1976
Siete muertos dejó la racha fatal del Morro de Arica aquél 1976; siete vidas llenas de futuro, de gente modesta y esforzada, cuyas familias aún deben vivir en la ciudad cabecera del país, que a fines de ese mismo año veía con incertidumbre cómo era disuelta su histórica Junta de Adelanto.
Siete vidas que, por cierto, sólo se suman a la nómina negra del lugar, que incluye trabajadores muertos en accidentes como el de 1961 y otras almas fracturadas que se autoeliminaron o que cayeron accidentalmente, como parece ser el caso de un soldado de la Brigada Acorazada "Coraceros" que pereció el año 2011.
He escuchado que hubo al menos una tragedia más ese año de 1976 vinculada al Morro, pero revisando la prensa no logro encontrarla dentro de esta cadena oscura de recurrencia allí sucedida: primero un suicidio de una muchacha, seguido de otro suicidio similar de un obrero, al poco tiempo la muerte de cuatro obreros (dos de ellos adolescentes) en un derrumbe, y finalmente el derrumbe que mata a un obrero joven casi como terminando de conceptualizar las coincidencias de este soplo de muerte en el destino sobre el gran símbolo de Arica.
Aunque los años de los accidentes como los descritos han quedado atrás, salvo por el recuerdo que dejaron temibles derrumbes en los últimos terremotos, muchas otras personas han vuelto a ejecutar el suicida "salto del ángel" desde la altura del peñón, poniendo fin a tormentos y a perturbaciones de una vida infeliz. Una de las más espectaculares tiene lugar el 2004, con una joven pareja que se arrojó en vehículo desde 114 metros de altura, en un aparente pacto final. Varios más trataron de suicidarse, pero logrando ser detenidos a tiempo. El último fallecimiento del que tengo noticia, fue el de un muchacho de 23 años que se arrojó en llamas el mes de junio pasado.
Nada se parece, sin embargo, a esta extraña seguidilla de muertes de 1976, con sus circunstancias tan particulares y trágicas, además de su intrigante coincidencia de tiempos, espacios y hechos.
La roca que desató la tragedia de junio de 1976 (Fuente imagen: diario "La Estrella de Arica").
Los padres de Lamas en el lugar de la tragedia (Fuente imagen: diario "La Estrella de Arica").

LA PERTURBADORA PRESENCIA DE LA VIRGEN DE LOS HIELOS

Durante la etapa final de la travesía de Sir Ernest Shackleton buscando el Polo Sur, en 1916, tanto el audaz líder de la expedición inglesa como Worsley y Crean, los otros dos hombres que le acompañaron en las salida del Continente Blanco pidiendo ayuda para los náufragos refugiados precariamente en la isla Elefante, tuvieron la fuerte sensación de estar siendo acompañados por una extraña entidad: un cuarto ente presente entre ellos, tan poderosamente que no pudieron dejar esta experiencia en el baúl de los recuerdos más íntimos de su aventura.
Parece increíble que aún a principios del siglo XX haya seguido existiendo para los exploradores británicos un espacio óptimo para el surgimiento y el acopio de los mitos, casi de los lenguajes arquetípicos del alma, especialmente en pena. Parece increíble, pero sucede perfectamente y hasta nuestros días.
La Virgen de los Hielos pertenece a tal generación de mitos.
Como en esos mapas de cronistas y cartógrafos coloniales, tapizados de monstruos y de criaturas imaginarias jamás vistas otra vez, la Antártica sigue dando cobijo a los temores tribales del peregrino o del excursionista, a las realidades invisibles y a los mitos del infra y del extramundo, como sucedió a esos tres expedicionarios británicos que lo entendieron tal cual durante aquellos duros días en que la presencia del misterioso ser los acompañó en el camino a la salvación de los hombres del “Endurance", así registrándolo en sus memorias y declaraciones posteriores.
Así, desde los tiempos de las primeras odiseas humanas en tierras antárticas, ha ido configurándose una leyenda o un mito nuevo sobre el territorio más cruel de la Tierra. Una presencia etérea, generalmente femenina, que se aparece a los viajeros sin lucirse a la vista, sino a las sensaciones más internas, más fundamentales e incorpóreas... Una Virgen.
Proviene esta entidad extraña, acaso, del eco críptico trayendo el recuerdo de los antiguos habitantes de la Antártica, de una civilización mítica florecida en los tiempos en que ésta era un vergel antediluviano situado más cerca del trópico que del polo frío, como los alienígenas descarnados que acosaban a los colonos de las “Crónicas Marcianas” de Ray Bradbury. O quizás sea ella el grito ahogado de esa cultura extraterrena, que quedó atrapada y desaparecida bajo la costra de hielos eterno, como deduce H. P. Lovecraft en “Las Montañas de la Locura”. Quién sabe, además, si se tratara de una forma de vida propia, de una biología propia de esta Atlántida de hielo, fantasmal, inmaterial, tan acorde a la soledad agobiante que reina en ella.
Oreste Plath ha dicho algo sobre el mito de la Virgen de los Hielos en “Geografía del Mito y la Leyenda Chilenos”, una de sus mejores obras. “En este continente blanco y de la muerte, alguien vive”, escribe.
Tumbas de isla Decepción (fuente imagen: http://www.pbase.com)
Más o menos, cuenta Plath que la fantasmagórica presencia de la Virgen se posa sobre los hombres agobiados por la fatiga y el cansancio, trastornados por la desesperación y la angustia de un naufragio, de una expedición fallida o de un extravío en este infierno de nieve y hielo. Está presente y al acecho de los que ya traían en el cuerpo suficiente locura como para aventurarse en estas comarcas del fin del mundo.
El hombre alcanzado por los brazos de la Virgen delira, convulsiona, cae bajo un frenesí irracional. Sólo recupera el juicio cuando logra derrotar al paisaje adverso y la Virgen se aleja, quitándole el abrazo y liberándolo de su dulce evasión de muerte.
La Virgen de los Hielos es, del mismo modo que la perdición, una esperanza. Las cruces en las tumbas de todos los caídos en el Continente Blanco son custodiadas por su enigmática presencia, que vigila su último sueño congelado en el frío y la soledad de este vasto territorio. “Abren sus brazos” hacia ella, dice el escritor.
Por más que mejoren las técnicas de exploración y por más que el hombre avance eficazmente en la conquista total del planeta, la naturaleza agreste y hostil de la Antártica nunca se apartará del camino de la curiosidad y del emprendimiento humano.
La Virgen de los Hielos continuará allí, esperando en la custodia secreta de sus parajes, por todas las eras.

martes, 26 de noviembre de 2013

LA GRAN HISTORIA A LA SOMBRA DE LOS PIMIENTOS DE LA PLAZA DE COPIAPÓ

Grabado publicado por Tornero en el "Chile Ilustrado" de 1872, con la fuente al medio del jardín circular central de la Plaza de Copiapó de aquellos años.  Atrás, el edificio consistorial y el templo. Los árboles que se observan pueden ser los primeros pimientos que hubo alrededor de la plaza y que son descritos por el propio autor.
Coordenadas: 27°21'59.04"S 70°19'56.56"W
Se dice con frecuencia que Copiapó es tierra de chañares, aludiendo a los árboles que sombrean a gran parte del paisaje atacameño. Creo, sin embargo, que la ciudad es más bien un lugar de árboles de pimientos, probablemente los más grandes y majestuosos que se pueden ver en Chile y en semejantes concentraciones dentro del tablero urbano.
El pimiento atacameño corresponde al Schinus molle de los científicos, nombrado corrientemente también como falso pimiento o pimiento-árbol. También se incluye en esta denominación común al Schinus areira, que hasta hace poco era considerado sólo una variedad del Schinus molle, pero ahora se lo identifica como una especie propia en la botánica.
Por lo habitual, estos árboles pueden alcanzar los 7 u 8 metros de altura, pero hay casos donde superan los 15 metros, hallándoselo desde Arica hasta Rancagua, aproximadamente, aunque su condición nativa no se reduce sólo a territorio chileno, sino también a Argentina y Perú.
Copiapó ostenta algunos de estos más grandes pimientos en suelo nacional, varios de ellos en la avenida Copayapu y en su fastuosa Alameda en calle Manuel Antonio Matta. Sin embargo, los primeros que destacan en toda visita, postal o recuerdo sobre la ciudad, sin duda son los de la céntrica Plaza Prat.
Ilustración botánica del Schinus molle, por Pancrace Bessa hacia inicios del siglo XIX.
Árboles de la Plaza Prat hacia el 1910. Imagen publicada por chiledel1900.blogspot.com.
La plaza y sus pimientos hacia mediados del siglo XX. Fuente: educarchile.cl.
Estos pimientos de la plaza central han sido mencionados en varios libros, algunos de autores como Enrique Lafourcade, Juan Uribe Echevarría, Salvador Reyes o Claudio Giaconi. En tanto, el cantautor Tito Fernández, El Temucano, poetizaba de ellos en su obra "Los Versos Numerados":
"Estábamos entrando en el desierto. Atrás quedaba Copiapó, su plaza, sus pimientos y la oscura profecía del sacerdote negro".
Y es que más allá de apelar al cliché sobre su generosa sombra sobre el lugar, estos árboles han quedado como un registro histórico, envejeciendo con la misma urbe y testimoniando el paso de generaciones de copiapinos por allí. Muchos de estos árboles, de hecho, alcanzaron a ser testigos de los sucesos de la Guerra del Pacífico, de la caída de la época salitrera y la introducción del desarrollo agropecuario con su "revolución verde".
Es frecuente hallar algunas fuentes señalen que los pimientos de la Plaza Prat fueron trasplantados allí en las remodelaciones de este lugar y del entorno, ejecutadas en 1880 en plena Guerra del Pacífico. Esto es una verdad a medias, sin embargo, porque ejemplares del árbol ya existían desde antes alrededor del mismo recinto, como se verifica en 1872, consultando a Recaredo Santos Tornero en su "Chile Ilustrado", con el autor describiendo ya entonces la presencia de pimientos alrededor de la plaza:
"Copiapó cuenta con una hermosa plaza cuyos costados miden 123 metros; encierra en su centro un jardín de hermosas flores, cuyo ambiente hace la delicia de los paseantes en las frescas tardes veraniegas. Una espaciosa avenida sombreada por frondosos pimientos la circunda por sus cuatro costados, brindando a los concurrentes con numerosos asientos".
Estos antiguos pimientos podrían haber sido plantados allí hacia el año 1833, creyéndose que aún podrían quedar ejemplares vivos de esta primera generación de árboles, de acuerdo a declaraciones formuladas por el entonces Alcalde Subrogante de Copiapó don Sergio Baudoin Figueroa, a un medio de prensa local hace no muchos años.
Lo que sucede en la forestación de la plaza de 1880, es que se instalaron al interior del cuadrante de la misma unos 84 pimientos, que por su rápido crecimiento no tardaron en convertirse en altos árboles de cortezas ásperas y contorsionadas. Hasta entonces, la Plaza de Copiapó era más bien un terreno de plaza dura con sólo la Fuente de la Minería y un pequeño jardín circular al centro. Con estos cambios, la plaza pasó a ser una de las más reconocibles y atractivas para el turismo en el país, según se estima.
Según el historiador Vidal Naveas, la colocación de los árboles estuvo a cargo de don Guillermo Matta, a la sazón Intendente de Atacama, y probablemente fue en conmemoración de alguna batalla de la guerra y de sus caídos, sospechando que podría tratarse del Desastre de Tarapacá o del Combate Naval de Iquique, caso este último que explicaría también el nombre de la plaza aludiendo al héroe Arturo Prat Chacón (ver revista "Atacama viva", artículo "La Plaza de Armas de Copiapó, un lugar con historia" de Bárbara Pérez, del 5 de marzo de 2012).
Aquéllos son los mismos árboles que han alcanzado esas dimensiones enormes, que lucen con altivez hasta nuestros días; colosos de ganado aspecto rústico, como los de las leyendas de cuentos sobre bosques encantados o los famosos ents de Tolkien. Proporcionan a la Plaza Prat también un cariz pintoresco y secular que se percibe ausente en otras plazas de armas de Chile. Su elegante presencia sobrevivió a las grandes remodelaciones del lugar y también a los fatídicos terremotos de 1918 y 1922. Puede tratarse del conjunto de pimientos más grandes de Chile, además, pues ya en 1959 eran considerados gigantes para la especie, como lo comenta la publicación "Carta Geológica de Chile" dedicada a la Provincia de Atacama, del Instituto de Investigaciones Geológicas:
"La plaza central y la alameda de Copiapó están sombreadas por pimientos excepcionalmente grandes; el árbol más antiguo de esta especie se encuentra en Hacienda Toledo, donde hay un ejemplar cuyo tronco mide 12 m. de circunferencia".
Más aún, da la impresión de que Copiapó es una ciudad donde el gigantismo de los pimientos se vuelve una característica. Mario Bahamonde Silva, por ejemplo, recuerda en su libro "El caudillo de Copiapó":
"En el solar de los Gallo, ahí cerca de la Alameda, hay un hermoso pimiento cuyo cuerpo no alcanzaban a abrazar dos hombres. Todo el año está frondoso y conversa con el viento de Caldera y juguetea con la brisa que baja de la cordillera".
Pero se cuenta en Copiapó que varias veces han querido ser cortados estos árboles de la plaza central, por las inefables autoridades edilicias. Una de estas veces fue en los años dictatoriales, cuando se le metió en la cabeza a un alcalde, aduciendo como argumento que afeaban el paisaje y ensuciaban demasiado la plaza con sus residuos.
No parece tan descabellada la idea de que algún día algún iconoclasta con pretensiones de Barón Haussmann quiera echar abajo los pimientos de la Plaza Prat y acaso lo logre. Experiencias recientes demuestran que los árboles siguen siendo un fastidio para las alcaldías, quizás también para la de Copiapó. En abril de 2012, por ejemplo, los antiguos pimientos del callejón Pedro de Valdivia fueron talados sin misericordia para facilitar la pavimentación. La misma situación sucedió en agosto y septiembre de este año 2013, con los hermosos gigantes del bandejón de las avenidas Copayapu y Ramón Freire que fueron cortados sin piedad y ante el horror de la ciudadanía, para supuestamente permitir una remodelación de la calle y la instalación de una pasarela, aunque es secreto a voces entre los copiapinos que estos pimientos fueron talados para facilitar la visualización y acceso al monstruoso mall comercial que se está construyendo al otro lado del río.
Sin embargo, otra amenaza está rondando a los pimientos de la Plaza Prat: un acoso que viene desde su propia existencia, vejez y majestuosidad.
Ya había sucedido antes, hacia el último cambio de siglo, que alguno de los árboles se había derrumbado súbitamente, aunque causando alboroto más que otra cosa. Sin embargo, a fines del año 2006, cerca de la Navidad, don Miguel Reyes Hernández de 70 años, fue trágica y fatalmente alcanzado por la mitad de uno de los árboles de la plaza, cuando se derrumbó con todas sus toneladas cayendo por su propia vejez y peso en aquella funesta tarde.
Hubo una histeria inmediata por la situación y muchos no se atrevían a atravesar por la plaza temiendo otro derrumbe, exigiendo una intervención de la Municipalidad de Copiapó. La administración edilicia reaccionó proponiendo un plan de paulatino cambio de árboles, eliminando los más viejos y peligrosos, razón por la que ahora se ven sólo los tocones talados de algunos de ellos y varias ramas cortadas a consecuencia de una furiosa intervención realizada por el alcalde Maglio Cicardini, poco después de asumir.
Y aunque la Municipalidad había intentado en su momento bajar el perfil a la desgracia ocurrida allí, presentándola como hecho aislado, sucedió en febrero de 2010 que una pesada rama cayó desde otro de los pimientos de la plaza, aplastando una niña de sólo 9 años, que sobrevivió milagrosamente al accidente. Para peor, en agosto del año siguiente un sujeto de 42 años escaló uno de los mismos árboles a plena luz del día, para luego suicidarse arrojándose desde lo alto. El buitre de la muerte se había posado sobre los viejos árboles.
Por supuesto, es de esperar que estos añosos árboles testimoniando el crecimiento de la ciudad, símbolos de Copiapó y de su historia, no deban ser talados y exista la voluntad de llegar a alguna alternativa evitando su reemplazo por especímenes más jóvenes o, lo que sería peor, su tala general.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

VIAJE IMAGINARIO HASTA "AL REY DE LAS PAPAS FRITAS", SU ORQUESTA DE CIEGOS Y UN TRANSFORMADÍSIMO LUGAR DE LA CIUDAD

Otro de los desaparecidos edificios del sector, ubicado en la esquina vecina al "Rey".
Coordenadas:  33°26'10.84"S 70°39'14.26"W (ex ubicación)
La esquina de Morandé con Santo Domingo, en pleno Santiago Centro, acogió un apasionado y querido centro de entretención, comida y encuentros de las románticas bohemias capitalinas diurna y nocturna, al alero de un nombre que no ha sido olvidado jamás por sus comensales sobrevivientes: "Al Rey de las Papas Fritas".
La dirección exacta del alguna vez célebre lugar, impropiamente llamado en algunos recuerdos como "El Rey de las Papas Fritas" (sin la contracción "Al" del inicio, quizás confundidos por el alcance de nombre con un célebre restaurante de Buenos Aires) era calle Morandé 610, como se constata en la "Guía turística 1968" de la Empresa de los Ferrocarriles del Estado de Chile. Estaba a sólo metros del Palacio Vial Guzmán, que ocupa la esquina opuesta y que está dispuesto para una comisaría de Carabineros de Chile, siendo el último vestigio importante de las edificaciones que había en este cruce de calles.
Sin embargo, Jacqueline Hott Dagorret y ‎Consuelo Larraín Arroyo señalan en "Veintidós caracteres: homenaje a figuras del periodismo chileno desde la perspectiva de quienes se inician en el oficio", de 2001, que el restaurante se encontró alguna vez en la calle Monjitas, compartiendo público con otros famosos centros culinarios como "El Verdejo", "El Cielo" con sus platillos italianos y "El Rey del Pescado Frito" que debe corresponder -suponemos- al mismo que permanece hasta ahora en la última cuadra calle Bandera, epicentro de la antigua bohemia desaparecida de Barrio Mapocho.
El nombre del boliche se debía a la actividad original que dio prosperidad a sus dueños y que se mantuvo en el pintoresco sitio cuando ya estaba relacionado con la cocina algo más sofisticada y los espectáculos en vivo, volviéndose un sitio popular que, en esos años, se sugería ir a visitar a los viajeros extranjeros más temerarios y tentados con la idea de conocer el Santiago profano y auténtico.
La dirección de Morandé con Santo Domingo, estaba en los bajos de un clásico edificio con pretensiones de elegancia, según los que recuerdan este lugar, y era compartido por residencias y comercio. Cruzando la calle, en la esquina vecina, había otro de contornos redondeados, con primer piso comercial y el superior con departamentos. En ambos lados se levantan hoy unos típicos edificios residenciales santiaguinos, desde pocos años después del cambio de siglo, con esa neutralidad funcional casi enfermiza de la arquitectura actual, que ha ido aplastando velozmente a los sitios históricos.
Luis Rivano, en su novela titulada "El signo de Espartaco", de 1966, hace una descripción fugaz pero muy ilustrativa sobre el atractivo y el contenido "social" de este sitio, además del perfil de sus principales concurrentes, entre los que incluye a funcionarios de Carabineros de Chile que llevan el hilo de su relato:
"En la noche, la gente busca sus lugares. Santiago reparte su público: empleados de bancos y primogénitos de familias árabes, a las boites lujosas del centro de la ciudad; jovencitos obreros de fábricas textiles, a las quintas de recreo de Gran Avenida o Independencia; empleadas a esas fuentes de soda y cafés donde por una moneda la discorola vomita música tropical y en donde bailan con los aprendices de gigoló que los burdeles, como un mal endémico, arrojan sobre la ciudad todas las noches. Los obreros, los empleados públicos de grados subalternos que desean comer en grupos o con sus familias, van al Rey de las Papas Fritas. También se reúnen allí algunos artistas y actores que creen haber descubierto la pólvora al visitar ese sitio tan pintoresco.
Muchachas con trajes azules pasan llevando enormes bandejas con papas fritas. Una mujer trata de alejar con su mano las volutas de humo que la molestan; otra da de mamar a su retoño, sin importarle mucho hacerlo en público".
No es el único escritor que lo recuerda en sus libros: lo propio hace Gustavo Ávila en su novela "La Profecía Dante", de 2004, y después Rolando Rojo en sus "Cuentos de Barrios", de 2008. Lo conoció también el gran Alfonso Calderón, que comentaba algo del boliche en sus crónicas.
Poco queda de la esquina.
Uno de los actuales edificios que llenan aquellas cuadras, ya sin bohemia...
La mejor época de "Al Rey de las Papas Fritas" parece haber sido en los años sesenta. A la sazón, ya eran conocidos sus vinos criollos y sus chichas de Villa Alegre. Y además de las papas fritas que le daban el nombre al local, eran muy pedidos sus platos de carne frita o asada con acompañamientos. Atracción de artistas varios, Violeta Parra y su colega uruguayo Alberto Zapicán solían ir de visita al restaurante en algunas noches, según la información que recolecta Guillermo Pellegrino y Jorge Basilago para "Las cuerdas vivas de América", de 2002, donde se categoriza al sitio como "un boliche de mala muerte".
En un escenario frente a los clientes tocaba un magnífico conjunto de tangos, tonadas y ocasionalmente boleros, compuesto por cinco músicos no videntes: la llamada "Orquesta de Ciegos", curiosidad de la vieja generación del espectáculo santiaguino que marcó un hito en la escena popular chilena, pero que el tiempo se ha encargado de ir lijando y borrando del muro de la memoria urbana. Versátiles instrumentistas, los ciegos incluían guitarra, bandoneón y violín en sus presentaciones.
En su momento de oro, la "Orquesta de Ciegos" era conocida y respetada tanto adentro como afuera del club papafritero. Es descrita también en el comentado trabajo de Rivano:
"El ciego cantaba frente al micrófono. Los parroquianos escuchaban sin respirar. Había algo de mágico en la voz del hombre que los obsesionaba.
El tango era un torrente de emoción y sinceridad: 'Mujeres... un idilio en cada mesa / y yo bebo mi cerveza / escondido como siempre...'.
Cantaba con la mirada sin luz, perdida, como observando el hueco de la oscuridad abismal circundante".
Al desaparecer del club, uno de los músicos de la "Orquesta de Ciegos", el guitarrista y cantante Enrique Leyton, trasladó su hermosa y potente voz hasta la entrada al Pasaje Matte, por el sector de Ahumada llegando a la Plaza de Armas, entregando allí esas mismas piezas de tango y a veces tonadas. Con su corpulencia engañosa y frágil, su bastón y su vieja guitarra, llegaba todas las mañanas a ofrecer su trova por unas generosas monedas, volviéndose uno más de los clásicos personajes del Paseo Ahumada por cerca de 25 años, mientras la vida misma se lo permitió.
Tras el cierre de "Al Rey de las Papas Fritas", además, su espacio fue subdividido y ocupado por otros locales comerciales. El edificio donde estaba se fue deteriorando, agrietando y las barras metálicas donde colgaban antes los carteles publicitarios se oxidaron hasta la desintegración. Fue demolido en etapas y convertido primero en un sitio de acopio de material, y después sus patios estacionamientos. Lo poco que quedaba en el recinto fue vendido a una inmobiliaria, destino que alcanzó a varios terrenos más de la cuadra.
A mediados de la década pasada, el deteriorado edificio redondeado de la cuadra vecina fue demolido para abrirle paso al moderno colmenar humano que hoy se impone allí. Y, hacia los días del Bicentenario Nacional, le tocó al perímetro ya saqueado del antiguo lugar donde estuvo "Al Rey de las Papas Fritas", levantándose otra mole allí, ya sin talentosos ciegos tocando milongas, ni grandes bandejas con montañas de papas fritas.

viernes, 15 de noviembre de 2013

UNA ESTATUA CONGELADA EN EL LLANTO EN LA ENTRADA DEL CEMENTERIO GENERAL DE COPIAPÓ

Coordenadas: 27°22'16.90"S 70°20'17.12"W
Al final de calle Chacabuco justo cuando ésta cae sobre calle La Paz, frente al antiguo portal de acceso al Cementerio General de Copiapó, está la hermosa estatua con pedestal que, desde hace 80 años ya, señala desde su deliberada tristeza un vínculo espacial con el camposanto, quizás viendo pasar con sus ojos opacos los dolorosos cortejos mortuorios y las romerías, por tanto tiempo ya.
Aun estando con su mano derecha cercenada y con claras marcas de intentos vandálicos en el mentón y otras partes de la figura, esta dama esculpida en una roca de textura marmolera escondida ya bajo las capas de irreverente pintura blanca, dignifica y solemniza el frente del Cementerio General, formando con su "isla" un pequeño bandejón triangular en el empalme de las mencionadas calles, por donde pasan permanentemente las procesiones y las caravanas funerarias.
La figura representa a una mujer sufriente, vestida con ropas y mantos de luto, muy parecida a las imágenes de las lloradoras que pueden encontrarse frente al gran portal del Cementerio General de Recoleta en Santiago, allí en la ex Plaza de las Columnatas, aunque diría que la versión copiapina es más detallista y de mayor tributo al arte escultórico. Esta mujer desconsolada alza su ceguera de roca hacia el cielo, como buscando una esperanza y una clemencia divina a su dolor. Aunque esas prendas casi parecen mortajas, es el retrato perfecto de un deudo intentando acatar el destino y la partida de un ser querido.
La imagen está montada, a su vez, sobre un pedestal rectangular que está en una gradería baja de escalas, con plinto de tres niveles. Sin ser de demasiada altura, esta estructura con toques de arte clásico y romántico es de singular elegancia y de mucha presencia por su ubicación estratégica frente al cementerio, allí en el empalme de calles. Dos relieves de querubines tan dolientes como la mujer, la acompañan a cada lado de esa base, con una corona funeraria esculpida en la cara frontal.
Aunque pocos se detienen a observar el detalle, la historia de la estatua está parcialmente contada atrás de la misma, en la cara opuesta a la de la corona fúnebre y sobre una superficie que conserva aún el rasgo original del mármol:
MANDADA A CONSTRUIR
SIENDO DIRECTOR DEL
CEMENTERIO EL MAYOR,
EN RETIRO, DEL EJÉRCITO
Don ALBERTO SIERRALTA S.
AÑO 1934
Según tengo entendido, hacia la misma década el Mayor (R) Sierralta había sido una importante autoridad municipal de la ciudad de Copiapó. Me parece que tuvo una relación familiar con el alcalde Juan Lorenzo Sierralta, período en el que se creó, entre otras cosas, el Primer Orfeón Municipal, precisamente por sugerencia del militar retirado. Sierralta apareció inmiscuido también en los infaustos sucesos de violencia política en Vallenar y Copiapó, en 1931.
Abajo en la misma inscripción y separada sólo por una sencilla línea, se aclara también el generoso y singular origen de la base que soporta la figura:
EL PEDESTAL FUE HECHO
POR EL OBRERO
CALISTO ASTORGA
GRATUITAMENTE
No estoy seguro de una situación, sin embargo: la estatua ha estado asociada al acceso del cementerio desde su fundación hasta nuestros días, según me informan, pero desconozco si siempre se la halló en este punto específico, adelante del acceso, o si fue trasladada un poco más al frente en épocas posteriores, hasta su actual posición. La duda me surge del hecho que la calzada de calle La Paz la separe de la berma del camposanto propiamente tal, distancia que no sé si surgió de alguna remodelación del acceso al cementerio o de un posible traslado teórico.
Aunque siga firme sobre su sitio, la lloradora del Cementerio General de Copiapó es frágil a los ataques de vándalos y de enemigos de la ciudad, infaltables en cada metrópolis. No sería de extrañar que, a futuro, acabe rodeada también por un poco estético cerco, para evitarle más sufrimiento al desconsuelo que ya embarga su rostro y su sentido de existencia allí frente al camposanto.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

LA GUARIDA DE LOS LEONES ANTOFAGASTINOS

Coordenadas:  23°38'51.02"S 70°23'47.92"W
Tuve una revelación encandiladora allá en Antofagasta, en mi último viaje la ciudad: voy caminando por calle Juan José Latorre y veo de súbito un cartel luminoso que me transporta de un sólo puñetazo hasta esos tugurios recoletanos de Santiago cerca del Cementerio General: "¡Terremoto! Jarra grande con vinito 'Las Pipas de Einstein' $3.900".
Por un momento, siento encima el vértigo de un lapsus espacio-tiempo, atrapado en el remolino: distantes lugares de mi país se me cruzan ante los ojos y bajo los pies, como en ese cliché que se hace en las películas comparando el salto accidental de la aguja de un tocadiscos con desplazamientos súbitos y descontrolados de la realidad a través de distintas etapas temporales o geográficas. "Vinos y Chichas de Chillán", dice un pendón adentro, para acrecentar la energía de este vórtice.
Es "La Leonera" la que me invita a recordar ese buen vino pipeño llegado desde más de 1.300 kilómetros más al Sur en la Capital, y donde arriba, a su vez, desde las generosas y fértiles tierras chillanejas... Chile se junta aquí, entonces, en la conocida fuente de soda cuya patente incluye también giro de transporte de carga: Norte, Centro y Sur en un sólo vaso de "terremoto", aunque aquí se trata más bien de una pequeña jarra personal que me recuerda a la presentación del "maremoto junior" que se ofrece en el "Club los Canallas" de Santiago.
Conocía ya este local de doña Patricia Menay Fardella, pero debo admitir que nunca había puesto atención a la procedencia de sus celebrados vinos. Atendido por don Atilio Báez, quien tiene la paciencia y cordialidad de ponerme al corriente de la oferta de tragos populares del local y sus orígenes, "La Leonera" fue fundada hace unos 35 años ya, quizás tirando para 40 según recuerda.
Pasillo principal.
El "terremoto" de "La Leonera".
Además del tamaño jarra grande, vale $1.900 el trago "terremoto" individual de esta guarida de leones, y la carta incluye a la clásica "réplica". Fernet, helado tipo crema y el señalado pipeño de "Las Pipas de Einstein", con mucha publicidad a su procedencia en la entrada del boliche. Por supuesto, encontrará el comensal chicha, pipeño, cerveza, pailas y los infaltables completos. Para el hambre hay también varios sánguches, colaciones y almuerzos.
"La Leonera", con su cartel exterior tipo marquesina y custodiado por dos leones heráldicos a modo de tenantes, se ubica en Latorre 2670 cerca de la esquina con calle Sucre, a sólo una cuadra de la Plaza Colón. Sin embargo, antes estaba en el 2646, habiéndose trasladado a la actual ubicación hará unos tres años y comenzando a ofrecer el "terremoto" hace dos, cuado ya estaba en este sitio. Por eso no había notado, quizás, que éste estaba en su carta.
Felizmente, se mantiene como un local ameno, con barra de tragos, salas de fondo y segundo piso, con público surtido en el que destacan muchos universitarios durante el día y ciudadanos de perfil bohemio ya más cerca de la noche. Lugar de risas de mujeres y de "previas"; sitio de convivencia, de encuentros con amigos y "leones" mansos... Realmente me siento en casa.
Con un "terremoto" adentro y un nuevo artículo redactado en la cabeza, salgo de "La Leonera" luego de haber hecho viajar al paladar a mi Santiago natal y las tierras chillanejas que nos proveen de la ambrosía del pipeño, en una unión sólida y lineal como sólo la luminosa guarida de estos bravos pero ronroneantes felinos domados por don Atilio, es capaz de ofrecer allá en la "Perla del Norte".
El Sr. Báez, atendiendo el negocio.
Evocando a "Las Pipas de Einstein", en Antofagasta.

domingo, 10 de noviembre de 2013

III VERSIÓN DEL FESTIVAL JAZZ A LA VEGA: CADA AÑO MEJOR

Coordenadas: 33°25'43.60"S 70°38'57.63"W (Patio de Remates)
Tengo la suerte de casi haber visto nacer el Festival Jazz a La Vega en 2011, cuando el artista y creador Senaquerib Astudillo, del grupo cultural Colectivo Mapocho organizador del evento, corría raudo de un sitio a otro dentro del Patio de Remates del mercado convertido en teatro y escenario, apenas comenzaba el cóctail inaugural y preocupado hasta del más minucioso detalle del encuentro, de cuya segunda versión 2012 ya he hablado también en este blog. Da gusto verlo ahora, bastante más relajado y contemplativo, como si disfrutara del resultado de estos esfuerzos y desvelos.
Al festival de entrada liberada se han sumado, en las versiones anteriores, figuras de la talla de Valentín Trujillo, Moca, "Jazzimodo", Daniel Lencina, Pancho Aranda y varios otros músicos de gran renombre. Y aunque la prensa ha sido extrañamente mezquina con la difusión de esta estupenda instancia de dos noches consecutivas para el jazz y sus estilos asociados, ambas jornadas de este tercer año en La Vega comenzaron con lleno total de público, a las 19:00 horas y hasta la proximidad de las 22:00 horas.
En esta versión, realizada el viernes 8 y sábado 9 de noviembre recién pasados, la conducción del evento estuvo a cargo de la esbelta y carismática Alicia Pedroso, la comunicadora cubana residente en Chile desde hace 20 años ya y quien se desempeña también como Directora de Extensión y Comunicaciones del Instituto Profesional Projazz, de fuerte presencia en este encuentro musical como colaborador del mismo, junto al Goethe Institut y la Corporación Cultural de la Municipalidad de Recoleta, además de contar en esta ocasión con el auspicio del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes y la SCD, entre otros.
Gracias al crecimiento del festival y al apoyo reclutado, la profesionalización del mismo se ha hecho visible y ya puede hablarse con tranquilidad y certeza de que corresponde a un evento consolidado en el Mercado de La Vega Central de Santiago, por lo que quisiera hacer un acto de justicia dejando cuentas del mismo acá en este blog, ya que la cobertura de prensa fue un tanto ingrata con el mismo, como hemos dicho.
Recomiendo consultar más información sobre el pasado encuentro y otros que estén por venir, en el sitio web oficial del Festival Jazz a La Vega: jazzalavega.cl.
LA PRIMERA JORNADA
Llegué a La Vega prácticamente corriendo desde el aeropuerto, recién arribado tras una gran aventura formando parte del equipo de actividades culturales complementarias del Operativo Médico Acrux 2013 de la Armada de Chile, por el Norte Grande. Ya había comenzado el coctail inaugural y ahí estaban todos poniendo en marcha la jornada inaugural, con la totalidad de las sillas del público ocupadas y otra gran cantidad de personas de pie.
La partida quedó a cargo de una carta segura: "Karen Rodenas Cuarteto". La prodigiosa cantante oriunda de Coya, cerca de Rancagua, ostenta estudios en el Berklee College of Music de Boston y es dueña de la técnica de vocalización scat. Su nombre suena a menudo en varios clubes de jazz de Santiago, por cierto. El grupo de músicos que la acompañan, en tanto, está compuesto por el contrabajista Sebastián Gómez (el mismo de "Gypsy Trío"), el baterista Andy Baeza (de "Ángel Parra Trío") y la participación del guitarrista Sebastián Prado.
Cristián Gallardo, iniciado en la "Conchalí Big Band", se toma el escenario para el segundo plato de esta jornada del III Festival de Jazz a La Vega: "Cristián Gallardo Trío", grupo con dos discos ("Sin permiso" y "Puro jugo") y de gran versatilidad, que se permite incluso algunos guiños al hard rock de Jimi Hendrix con homenaje y todo. Conocidos y elogiados incluso en España, el líder de esta agrupación fue el fundador del proyecto colectivo "Contracuarteto", que fuera de gran importancia en el ambiente jazzístico nacional. La calidad de aquella experiencia sobrevive en esta propuesta solista, acompañando a Cristián el bajo eléctrico y los tambores de Gonzalo Gómez y  Hugo Manuschevich, respectivamente.
Se cierra la jornada con "Christian Gálvez & The Organ Kuarter", quizás uno de los experimentos más interesantes de los que se ha tenido noticia en la música chilena, liderado por el talento indiscutible de Gálvez al mando del bajo eléctrico, acompañado del compositor y saxofonista eximio Agustín Moya, dos veces nominado al Premio Altazor. Quien marca la base estructural que da nombre a la agrupación es Oscar Pizarro, pianista y organista encargado de los teclados protagónicos y también de los fondos bajos de cada pieza. Les acompaña Ronald Báez, músico de sesión de larga trayectoria. El resultado de esta combinación de músicos y estilos es un jazz de peso, sólido, con gran influencia rock.
Luego de esta cautivante seguidilla de artistas maestros de su oficio, se da por finalizada la primera noche del festival de jazz, aún con sus asientos llenos de público. La noche estrellada promete para mañana.
"Karen Rodenas Cuarteto".
 "Cristián Gallardo Trío".
"Christian Gálvez & The Organ Kuarter".
LA SEGUNDA JORNADA
La segunda noche comienza puntualmente a las 19:00 horas y con una tarde cruzada por nubes que amenazaron con posibilidad de lluvia sin llegar a concretarla, aunque sí arrojando un gran manto de frío sobre la ciudad, Frío que, sin embargo, no opacó los ánimos del público presente.
Correspondió iniciar el calor para la gris tarde al "Sagare Trío", notable grupo que mezcla la experimentación de música latinoamericana con las sofisticaciones del jazz y derivados, pasando por rasgos de folklore y del ritmo gitano presente en el jazz manouche. Si bien suelen actuar asociados a la figura del genio de las cuerdas Antonio Restucci (mandolina y guitarra de nylon), esta ocasión ha sido distinta: el músico se encuentra accidentado y con necesidad de intervenciones quirúrgicas en una de sus muñecas, por lo que sólo pudieron subir al escenario sus colegas el guitarrista Emilio García y el guitarrista y acordeonista Juan Antonio García (que destaca por el guitarrón cuyano), junto al percusionista Carlos Basilio (que ha participado en las grabaciones del grupo), quienes dedicaron la presentación a su amigo ausente y anunciaron conciertos a beneficio del mismo para apoyarlo en esa actual situación intentando superar sus lesiones, tan complicadas para el desempeño de un músico.
Hacia las 20:00 horas, subió "Insterestelar Trío", muy conocidos para los asiduos a las presentaciones de escenarios doctos como el del Goethe Institut. El amplio repertorio del trío es ejecutado por el trompetista y compositor Sebastián Jordán, con dos discos como solista, uno de ellos titulado "Afluencia" y premiado con el Altazor 2010. Le acompañan el guitarrista Roberto Dañobeitía (de "Ensamble Quintessence") y el contrabajista Eduardo Peña, con una impecable presentación. Es una de las pocas bandas que se apartan de la batería, por cierto, aunque abordando el legado de autores como Thelonious Monk, Cole Porter y Bud Powell.
Finalmente, un plato de fondo digno del cierre de este III Festival Jazz a La Vega: "Martin Joseph & The Pacific Ensamble", portentosa orquesta liderada por el maestro pianista británico Joseph, encargado del área pedagógica del Conservatorio de la Universidad de Chile. Pasea por un caudal audaz de ritmos con estructuras cambiantes y evocaciones a los clásicos, diría que bajo ciertos influjos de la escuela free jazz. Empero, al grupo se le distingue especialmente por el empleo protagónico de los llamados "vientos parlantes" distribuidos en cuatro músicos que improvisan en trompeta, saxo, saxo tenor y trombón. Con su español "agringado", el maestro Joseph hace didáctica esta exposición explicando algo sobre el origen y la identidad de las piezas de su repertorio, que suele combinar temas de antiguos compositores, con otros originales y propios.
El frío de la noche de sábado con un cielo que ha vuelto despejarse, es derrotado por la calidez del jazz en La Vega, y termina así unos pocos minutos después de las 22:00 horas, en lo que ha sido una doble jornada perfecta, digna de la aspiración cultural de toda una ciudad y con el juramento de mantener su ascendente prestigio en una cuarta versión, para el próximo año.
"Sagare Trío".
"Insterestelar Trío".
"Martin Joseph & The Pacific Ensamble".

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