sábado, 28 de diciembre de 2013

CUANDO AVENIDA MATTA ERA LA ALAMEDA DE LOS MONOS

Coordenadas: 33°27'32.55"S 70°38'46.70"W
En Chile, siempre se ha llamado coloquialmente como "monos" a las figuras humanas reducidas de tamaño o de alguna connotación graciosa. Así es cómo surgió el nombre de la sombrerería "Donde golpea el monito", por ejemplo, aludiendo a su muñeco mecánico que toca la vidriera de la tienda; o bien el informal título de "monitos" que se da a los dibujos animados y cartoons. Los diseñadores gráficos, por su parte, viven con el estigma de un trabajo identificado popularmente con la banal definición de "hacer monitos"; en tanto, los niños son "monos chicos" y los copiones hacen todo "por monos", por meros imitadores.
Podrá sonar extravagante, pero dentro de esta etimología simiesca alguna vez tuvimos hasta una arteria alusiva a los "monos", correspondiente a una de las actuales avenidas más importantes de la capital chilena. Es claro, sin embargo, que se ha ido perdiendo parte de la memoria sobre el origen de la Avenida Manuel Antonio Matta, que mucho antes de ser tal fue la llamada la Alameda de los Monos o Cañada de los Monos, cuando no era más que un callejón rural en el que se fueron colocando ferias ganaderas y agrícolas, seguidas de lujosas quintas, a pesar de que el entorno a veces resultaba penoso y peligroso.
Siempre me ha resultado especialmente interesante y curioso este capítulo de la historia de la toponimia santiaguina, más allá de la mera singularidad de aquel título de la calle de aquellos dias. He aquí mi pequeño esfuerzo por difundir estos recuerdos de la ciudad, entonces.
Plano de Santiago de Chile hecho por Agostino Aglio en 1824. Así lucía el sector de chacras y campos al Sur de la Cañada de Santiago (futura Alameda) unos pocos años antes de la construcción de la Alameda de los Monos.
LA ALAMEDA DE LOS MONOS
La Alameda de los Monos se remonta a los primeros años de organización republicana. René León Echaíz comenta en su "Historia de Santiago: La República", cuál es el origen de ese sendero con tan extraño nombre que parece homenajear al mundo primate:
"En las proximidades del 'Conventillo' de los franciscanos existía una extensa pampa perteneciente al Almirante Blanco Encalada. El Cabildo (Municipalidad) de Santiago se la compró en 1828; y se formó allí una ancha calle que recibió, ignoramos por qué, el nombre de 'Alameda de los Monos' o 'Cañada del Conventillo'. En un principio se usó como feria semanal de animales y era un espacio sucio y de feo aspecto; pero más tarde, durante la Intendencia de Vicuña Mackenna, sirvió de base al camino de cintura sur (hoy Avenida Matta)".
A mayor abundamiento, inicialmente esta alameda medía unas cuatro cuadras entre lo que hoy son las calles San Diego y Santa Rosa. El nombre de Cañada del Conventillo se debió a que pasaba cerca del mencionado "conventillo" franciscano, correspondiente a un pequeño noviciado. Era un ambiente de campiña y de terrenos rurales, a ratos pantanosos, donde quedarían dispersas algunas pequeñas edificaciones de un piso construidas en torno a patios, pero alternadas con las grandes chacras.
Sin embargo, don Benjamín Vicuña Mackenna ya había escrito la particular razón del nombre de la Alameda de los Monos que desconoce León Echaíz, en el trabajo "Algunos proverbios, refranes, motes y dichos nacionales": señala allí que la denominación se debía a la presencia de "cuatro pequeñas estatuas de yeso que representaban las estaciones" que fueron instalados en una quinta del sector, precisamente la que antes había pertenecido a don Manuel Blanco Encalada y donde se trazó la alameda. Retomaremos más abajo la cita completa del autor.
El nombre debe haber surgido connaturalmente en el uso popular de esos años, en referencia a aquellas estatuas-alegorías de las estaciones del año que estaban en pedestales sobre los murallones y columnas de acceso acaso por el callejón original de aquella alameda, en parte de lo que había sido la entrada a la antigua quinta o cerca. La chacra de Blanco Encalada, además, había pertenecido más tarde al General Bernardo O'Higgins, período en el que vivió allí el General José de San Martín, y después doña Nicolasa Toro de Correa, siguiendo los datos de Vicuña Mackenna, hasta que fue comprada y urbanizada.
El aspecto semi-rural y apartado permaneció un largo tiempo más dominando estos parajes. En una memoria de la Intendencia de Santiago presentada al Ministerio de Interior con fecha 1° de mayo de 1860, se mencionan las "zanjas laterales para que sirvan de desagües que faciliten su limpieza y conservación" de las calles que ya entonces "se hallan situadas al sur de la Alameda de los Monos", por el sector irrigado que era llamado La Aguada. El conocido cauce que marcaba el límite Sur de estos terrenos y los de la Pampilla, es conocido hasta ahora como el Zanjón de la Aguada, por lo mismo.
Hacia 1865, además, era conocida la Casa de Corrección de Mujeres que estaba cerca del empalme en la Alameda de los Monos y la antes llamada Calle de las Matadas, así motejada por unos asesinatos de mujeres allí descubiertos. Las instalaciones y el cuidado de las mujeres de vida controvertida estaba a cargo de las monjas de Santa Rosa. La calle en cuestión tiene hoy el mismo nombre de la orden: Avenida Santa Rosa.
Otros "monos" de las cuatro estaciones en Santiago: las estatuas metálicas simbolizando Primavera, Verano, Otoño e Invierno en el Castillo Hidalgo del Cerro Santa Lucía, en 1874. De estas cuatro hermosas imágenes, actualmente quedan sólo dos en el cerro.
DONDE SE "FRÍEN MONOS"
Según Oreste Plath en "Grafismo animalista en el hablar del pueblo chileno", la expresión despectiva de mandar "freír monos", que se usa para exhortar a alguien para que se largue a molestar, incomodar o estorbar a otro lado, provendría precisamente de una relación con este sitio del Santiago del siglo XIX:
"'Vaya a freír monos a otra parte', que siempre es mala parte, parece tener su origen en 'ir a freír monos a la Aguada'; sitio de aguas en las afueras de la ciudad de Santiago, en que antiguamente había una quinta con cuatro estatuas de yeso que representaban las estaciones".
Si bien la propuesta de Plath es interesante, debe hacerse notar que el mandar a "freír monos" se usa también en otros países de América Hispánica, con formas tales como "anda a freír monos a Guayaquil" o "anda a freír monos al África", esta última conocida popularmente en Chile. Puede ser, entonces, que si bien la expresión no sea originaria chilena, sí haya tenido arraigo y difusión por haber sido asociada a los famosos monos del barrio primitivo de dicho sector de Santiago, como indica Plath.
Algo interesante ya había comentado al respecto Vicuña Mackenna en la fuente ya señalada, refiriéndose a La Aguada y su zanjón y a las alusiones a los "monos fritos", en lo que parece haber sido más bien un viejo juego de niños:
"'IR A FREÍR MONOS A LA AGUADA' ('El último mono se ahoga'): Entre los disparates populares que con los honores de proverbios se han aclimatado entre nosotros, ninguno es más singular, divertido y estrafalario que el que ahora nos sirve de tema principal. Porque si bien es cierto que no faltan monos y especialmente monas en esta parte del histórico zanjón que da comienzo a la ciudad por el sur (escribimos en el Camino de Cintura) nunca hemos sabido los hubiera en la Aguada misma, y menos que allí las gentes se los comieran fritos como congrios... Lo que suelen en ese barrio, limítrofe del Matadero y la Penitenciaría, es freír seres humanos 'cocidos a puñaladas'.
Respecto de la única y chistosa explicación dada por algunos, de que los monos fritos en la Aguada habitaban en la Quinta o Alameda de los Monos, que allí está vecina, bastará saber que los últimos eran cuatro pequeñas estatuas de yeso que representaban las estaciones y que fueron colocadas, no hace todavía de ello medio siglo, sobre las pilastras de ladrillo..."
Especulando un poco sobre este punto, cabe preguntarse si la relación se hace a alguna clase de fritura en el comercio popular de las ferias en la Alameda de los Monos, y si la expresión originalmente usada acá era mandar "a freír a los monos", devenida después -por corrupción- en "a freír monos", tal como sucedió con "hacer el perro del muerto" que quedó convertida en la actual "hacer perro muerto". La relación asociativa sería parecida a la de aludir a Chuchunco para hablar de algo lejano y marginal, en el casi legendario territorio que estaba situado al poniente de la ciudad. Ambos terrenos, Chuchunco y la Aguada de los Monos, aparecen así señalados de forma despectiva por hallarse retirados y en la periferia urbana.
Gallo Choro mandando a "freír monos" a un Patudo, en el álbum "Bestiario del Reyno de Chile", del caricaturista Lukas ( Renzo Pecchenino Raggi).
TRASFORMACIONES Y DESAPARICIÓN
Puede comprenderse que, con la construcción de calles y zanjas de 1860, la urbanización de la ciudad ya empezaba a asimilar estos territorios hasta entonces marginados y de campiñas con grandes quintas, adyacentes a la gran extensión de la llamada Pampilla que se ubicada más al poniente, donde después estarán los actuales recintos del Parque O'Higgins y el Club Hípico.
La llegada de las estancias de agrado y grandes quintas de clases copetudas, había dado un nuevo cariz a la Alameda de los Monos. En "Sabor y saber de la cocina chilena", Hernán Eyzaguirre Lyon recuerda que el afrancesado y aristocrático señor Isidoro Errázuriz se había hecho construir un cómodo chalet de dos pisos y con el estilo del Norte de Europa en la misma alameda, que "era potrero abierto en aquellos años, lo cual le permitía gozar de todas las delicias de la naturaleza, además de una bellísima vista hacia la cordillera". Errázuriz había estudiado en Estados Unidos y Europa, ostentando el título de Doctor en Filosofía en la Universidad de Göttingen.
A este ameno sitio de los Errázuriz y en lo que será años después el Barrio Matta, asistía con frecuencia don Luis Orrego Luco, quien en sus "Memorias" recuerda que el chalet era escenario de grandes comidas y encuentros sociales, en elegantes salones con cuadros representando escenas de "Fausto", y el techo pintado al fresco con escenas del infierno de Dante y pasajes de Virgilio cruzando la Laguna Estigia. Afuera, los cultivos de hortalizas, árboles frutales y hermosas flores eran compartidos con corrales de crianza de ciervos, conejos, pavos, gallinas y faisanes. La cría de estos animales proveía de carne para los enormes banquetes de la quinta del señor Errázuriz, que son mencionados también por Eugenio Pereira Salas. De hecho, la hermana de don Hernán, la distinguida Inés Errázuriz, sería autora de un famoso manual de cocina titulado "Las recetas de doña Inés".
"Para prolongar esta Avenida de los Monos -agregaría León Echaíz- y conectarla con la Avenida del Oriente, se obtuvo que la señora Mercedes Herrera de Amagada cediera una gran extensión, y se adquirieron también terrenos de la chacra del Carmen de los señores Concha, de la chacra de Ingunza y la del coronel Silva Claro, que colindaba con la de Cifuentes".
Una serie de terraplenes se habían hecho en toda esta calle y en la atravesada Chiloé, según consta en otra memoria de la Intendencia de Santiago, extendida el 10 de mayo de 1871 al Ministerio de Interior. Poco después, en el sector de la Alameda de los Monos con calle San Diego, se instaló el Teatro Popular, llamado también Teatro del Sur o Casa de Diversión Popular, que originalmente había sido instalado en calle Morandé. Leyes dictadas en aquella época, además, desincentivaron a algunos explotadores de la miseria que construían hacinados campamentos de "tolderías" para habitación de gente menesterosa, precisamente hacia el Sur de la Alameda de los Monos. Además, un bullente vecindario popular crecía en torno al Matadero de Santiago, adquiriendo el mismo nombre del establecimiento, origen del actual Barrio Matadero.
Finalmente, con la Intendencia de Vicuña Mackenna (1872-1875), se ejecuta el astuto proyecto que da origen a la Avenida de la Circunvalación, llamada también Camino de Cintura. La Avenida Sur de este camino era la que doblaba al poniente, hecho justo sobre la Alameda de los Monos que quedó convertida en un paseo con árboles muy parecido a lo que era entonces la Alameda las Delicias, marcando el deslinde de las subdelegaciones rurales de Santa Rosa (N° 5) y Matadero (N° 6) con respecto al área urbana central de Santiago. Sólo una pequeña sección de esta Avenida Sur del Camino de Cintura siguió siendo llamada efímeramente Sección de los Monos dentro de la misma alameda, en la sección que originalmente ocupaba entre las cuadras de Santa Rosa y San Diego. Así se verifica, por ejemplo, en el Plano de Santiago del Profesor Ernesto Ansart, de 1875.
En su tramo de eje oriente-poniente, este Camino de Cintura será el origen de la actual Avenida Manuel Antonio Matta, como hemos dicho, mientras que el tramo que se iniciaba en Plaza Baquedano con eje Norte-Sur, pasó a ser el actual inicio de la Avenida Benjamín Vicuña Mackenna.
Nunca más se habló de monos ni de sus frituras en esta nueva etapa de la historia santiaguina, que queda pendiente para algún futuro artículo de este blog.
La "Sección de los Monos" en el Camino de Cintura, trazado en el "Plano de Santiago con las divisiones políticas y administrativas, los ferrocarriles urbanos y a vapor, establecimientos de instrucción de beneficencia y religiosos. Con los proyectos de canalización de río, Camino de Cintura, ferrocarriles, etc.", de don Ernesto Ansart, 1875. Al centro de la avenida, casi en el cruce con Santa Rosa, se alcanza a observar  el recinto de la Casa de Corrección de Mujeres, y arriba a la derecha, en la esquina con la Calle Vieja de San Diego, el Teatro Popular.

martes, 24 de diciembre de 2013

LA TRÁGICA Y HERMOSA ESQUINA DE FABITA EN BARRIO MAPOCHO

Coordenadas: 33°25'59.48"S 70°39'26.62"W
Este texto de mi autoría pertenece originalmente al capítulo titulado "Otro ángel caído", del tomo II de mi libro "LA VIDA EN LAS RIBERAS: crónicas de las especies extintas del Barrio Mapocho" (pág. 359 a 361), publicado en versión digital en la siguiente dirección: issuu.com/urbatorium/docs/la_vida_en_las_riberas_tomo_dos. Como nota de actualización, corresponde decir que estas instalaciones de la animita fueron totalmente arrasadas hace un par de años, aparentemente por decisión de las autoridades, eliminándose todo vestigio de ella en la esquina donde se encontraba.
La ribera opuesta también ha adicionado a su paisaje los vestigios de tragedias similares a la de Mauricio Andrés y en las que la partida traumática e inesperada ha dejado esa ilusión de una energía milagrosa y gentil en el lugar donde se posó el dedo de la muerte. Existe un caso más reciente que el acabado de ver, de hecho.
Fabiola era una chica de bajo tamaño y un poco gordita, nos dicen. Usaba su liso pelo aclarado y siempre parecía sonreír, pese a haber sobrellevado sus 30 años con algunas dificultades. Había algo cándido e infantil en ella, en Fabita, como le llamaban sus amigos: alguna secreta inocencia que le hacía verse de menos edad y mayor vitalidad. Integraba un club religioso que agrupa a sordos y oyentes de Maipú, llamado Comunidad Manos de Alelí, pues tenía un sobrino afectado por esta limitación. No hay duda: siempre fue una mujer muy querida entre los suyos.
Dicen sus flamantes devotos que Fabiola trabajaba en la proximidad de la Estación Mapocho, por donde está la ex Cárcel Pública, el escenario de su tragedia. Transitaba a diario por allí, inconsciente de que sería acaso la primera víctima del infame sistema Transantiago, y además la última animita que ha aparecido en este lado del barrio riberano, en la encrucijada de calles donde le aguardaba la muerte.
La jovial Fabiola cruzó la calle General Mackenna aquella mañana de día martes, hacia donde están los cuarteles de la Policía de Investigaciones, por la altura del famoso kiosquero don Juan Rubio, por más de 35 años establecido en el mismo barrio. No lo habría hecho con imprudencia, nos han informado también por acá, sino con una falsa seguridad: la muchacha desconocía que los trabajos de pavimentación que se realizaban cerca de ahí en calle Bandera (como siempre, eligiéndose las peores épocas del año para ejecutarlas), habían obligado a descargar todo el tráfico de la locomoción colectiva que iba hacia el Norte, ahora por la calle Amunátegui, exigiendo a los monstruosos y aberrantes buses oruga del nuevo sistema doblar por esta calle justo en su esquina con General Mackenna, precisamente donde cruzaba la inocente víctima.
Fabiola Andrea Hernández Pailamilla murió golpeada y arrollada ahí mismo por esa mole metálica, símbolo de la desdicha de toda una ciudad sometida a las eternas malas decisiones de sus autoridades, per secula seculorum. Es por eso que creemos que Fabiola fue la primera víctima del nefasto sistema, casi como un mal presagio o anticipo de su fracaso, pues además del bus que causó este drama, el Transantiago recién se estaba preparando para ser puesto en marcha plenamente en febrero del año siguiente y las pavimentaciones que produjeron estos desvíos fatales nacieron de la urgencia por disponer contra reloj las calles para el mismo .
Fueron horas de terrible emoción las que se vivieron allí durante esa mañana. Carabineros llegó a realizar las pericias y los primeros deudos de Fabita aparecieron haciendo más dolorosos aquellos momentos. El cuerpo fue retirado y una gruesa manguera de incendios intentó borrar las huellas de la brutal escena que había tenido lugar, haciéndole vista gorda al sufrimiento y al horror que se vivieron. Según entendemos, fue sepultada provisoriamente en el Cementerio General, y luego trasladada hasta el Parque del Sendero, en Maipú.
Pero algo iba a impedir que Fabiola fuera sólo un número más en la estadística, pasado por lo bajo de promesas del mejor sistema de locomoción que jamás llegó. Nos cuenta don Juan, el kiosquero, que de a poco comenzaron a llegar amigos y familiares de la infortunada muchacha, a colocar sus ofrendas florales en las rejas que están sobre la infausta esquina de su última desgracia. Flores frescas y otras de papel, más algunos adornos extras, como veletas, cintas o escarapelas. Y luego, llegaron las velas y los visitantes anónimos, y el juramento de que, tal como en el caso del otro chico atropellado frente a la Piscina Escolar, la fallecida era en extremo milagrosa, impregnando de su magnificencia ese mismo sitio que fuera sangriento tablado de su caída… Mapocho se había ganado otra generosa hada.
De esta forma, entonces, su nombre sigue presente allí en la esquina, con una segunda vida propia. El imaginario jardín decora ese lugar que habría sido un sitio maldito, de no ser porque su propia muerte atrajo las flores que la llenan de color y de promesas de conceder favores y dar esperanzas. Fabiola salvó esta esquina.
Nada muere en Barrio Mapocho. Todo objeto, persona o concepto inclusive, trasciende en los hilos históricos; se transmuta, convirtiendo su propia ausencia en una presencia irrenunciable y perpetuada, como hemos visto. Sin una casucha propia como animita, Fabita de todos modos aún ronda allí, en el lugar de su infortunio. Y alguien ha colgado una placa de madera grabada con pirografía, ofreciendo al lector la síntesis más exacta y precisa para la explicar su misterio:
Aún no he muerto.
Sólo moriré
cuando no esté
en tus recuerdos.

EL DULCE AROMA DE UN MISTERIO: LAS CERÁMICAS PERFUMADAS DE LAS MONJAS CLARAS

Piezas de cerámica perfumada clarisa. Imagen de 1960, publicada en Memoria Chilena.
Coordenadas: 33°26'13.68"S 70°39'2.52"W (ex Convento de Santa Clara) / 33°30'38.66"S 70°45'58.79"W (Museo del Carmen) / 33°26'31.51"S 70°38'44.70"W (Museo Histórico Nacional)
Hubo una época de Santiago en que, para estas fechas navideñas, un regalo figuraba entre los más cotizados: las cerámicas ornamentales de greda perfumada que se producían en el convento de las religiosas clarisas. Correspondían en la mayoría de los casos a recipientes o miniaturas de greda cocida, policromadas con esmaltes y con esa característica del agradable aroma a flores y bálsamos que expelían al ambiente, en el caso de la vajilla aportando un saludable toque herbal a los alimentos o bebidas.
Las fabricantes de estas piezas eran las Monjas de la Orden de Santa Clara, famosas también por su producción de dulces y confites, que se establecieron en Santiago en un solar de La Cañada (Alameda) donde se levantó su gran convento, cerca del Cerro Santa Lucía y frente al complejo de San Juan de Dios, en 1604. Como ocupaban el lugar donde está ahora la Biblioteca Nacional, en aquellos años la calle Mac Iver era llamada calle de las Claras precisamente por la presencia de las monjas clarisas allí en la esquina con la Alameda. Un grupo de ellas, sin embargo, se trasladó -tras una disputa al interior de la orden- hasta otro terreno cedido por don Alonso del Campo en la cuadra al Norte-oriente frente a la Plaza de Armas, donde permanecieron por cerca de 140 años hasta que don Bernardo O'Higgins enajenó esos terrenos y los vendió hacia 1821 para poder financiar los gastos militares de las guerras de la Independencia. Recuerdo de aquella pasada es el nombre que recibe la calle donde estaban junto a la plaza: Monjitas.
La fabricación de la fina y delicada cerámica perfumada en los talleres de artesanías estas monjas, puede haber comenzado hacia inicios del siglo XVII, entonces. Aparecen mencionadas por el cronista Diego de Rosales hacia 1670, en su conocido trabajo "Historia general del Reino de Chile. Flandes Indiano", al referirse a las exportaciones de productos chilenos hasta Perú:
"Además de esto se llevan al Perú grandísima cantidad de jarros y búcaros, de formas muy curiosas, muy delgados y olorosos, que pueden competir con búcaros de Portugal y de otras partes, tanto que sirven a la golosina de las mujeres, aunque los apetecen para la vista por su hermosura, los solicitan más para el apetito".
Este interés peruano en tales productos aromatizados hechos en Chile, queda confirmado en un inventario de las posesiones del Virrey de Perú el Conde de Lemos, en ese mismo siglo, donde figuran varias piezas de cerámicas perfumadas chilenas.
El Convento de las Monjas Clarisas en la Alameda pocos años antes de su demolición.
Actualización: imagen de las monjas clarisas en sus claustros, mostrando parte de las cerámicas perfumadas que fabricaban dentro del convento. Imagen de los archivos de la Biblioteca Nacional.
Campana del Claustro de las Monjas Claras, del siglo XIX. Estaba ubicada en torno a la entrada del mismo y actualmente se encuentra en las colecciones del Museo del Carmen (donación de doña Ana María Ladrón de Guevara de Riesco).
Las monjas clarisas solían producirlas en su reclusión durante todo el año y de seguro en más de una oportunidad debieron trabajar a pedido, pues la demanda era alta, especialmente hacia fines del siglo XVIII, dada su popularidad. Utilizaban para ello una mezcla de arcilla, arena fina y caolín, creando piezas de paredes muy delgadas, en algunos casos muy frágiles, pero cuidadosamente pintadas con colores relucientes. No me parece que se supiera por entonces siquiera si el olor perfumado, que era descrito como semejante a "pétalos de rosas", provenía de sales o esencias que se agregaban a la mezcla de la arcilla o bien a los esmaltes usados en el policromado de las figuras. Ese olor brotaba especialmente en el caso de los cantaritos, tazas o mates que eran expuestos al calor del brasero para calentar su contenido.
La belleza artística era el otro atractivo de la artesanía clarisa: se hacía sobre estas piezas una cuidadosa decoración que incluía motivos florales y aves; y hacia la etapa final había producción de muchas miniaturas de pájaros, perros y corderos, inclinación zoomórfica que podría explicarse por el amor animalista que han profesado tradicionalmente los grupos religiosos relacionados con la figura de San Francisco de Asís, como lo advierte la investigadora María Bichon. Las más populares eran las miniaturas de mates, teteras, platillos, mesas con vajillas y braseritos o salamandras, además de tazas y platos con flores en relieve, palmatorias, sahumadores con forma de paloma y vasijas con tapas de flores y pájaros.
Probablemente, entonces, no había en la Colonia una casa aristocrática donde no figuraran estas curiosidades, ni clan familiar que no atesorara al menos una de estas piezas todavía en el siglo XIX. Muchas de ellas eran regaladas especialmente a benefactores y colaboradores de la orden, además. Y don Diego Portales, en una de sus famosas cartas a su amigo Antonio Garfias, le suplica en 1835:
"Por Dios le pido que me mande dos matecitos dorados de las monjas, de aquellos olorocitos: con el campo y la soledad me he entregado al vicio, y no hay modo que al tiempo de tomar mate, no me acuerde del gusto con que lo tomo en dichos matecitos. Encargue que vengan bien olorosos, para que les dure el olor bastante tiempo, y mientras les dure éste, les dura también el buen gusto; junto con los matecitos, mándeme media docena de bombillas de caña, que sean muy buenas y bonitas."
Incluso durante la centuria siguiente quedaban algunas guardadas en alguna vitrina de familia, como herencia de bisabuelos y tatarabuelos, y de seguro habrá más de alguno por ahí entre particulares que no están seguros de su valor, sin hallarse enclaustrado tras los cristales de colecciones históricas como sería el caso de las que están en el Museo Histórico Nacional y en el Museo del Carmen del Templo Votivo de Maipú. Esta última institución cuenta con una pequeño pero valioso set donado por doña Esther Lois Cortés. También hay varias cerámicas en colecciones privadas de difícil acceso.
Llamadas popularmente "locitas de las clarisas", "gredas de monjas" u "ollitas de las monjas", el investigador costumbrista Raúl Francisco Jiménez consideraba esta forma de artesanía chilena con la relevancia y la importancia folklórica de las cerámicas de Quinchamalí, Limache o Pomaire, pues eran una genuina y auténtica manifestación cultural-artística, además de un producto nacional muy típico en su época.
"Al decir de la gente que conoció estos trabajos -escribió en la revista "En Viaje" en 1960-, verdaderos milagros de unas manos superadas en paciencia, eran significativas miniaturas perfumadas que se ofrecían, no para la venta al público, sino para regalo de sus benefactores y síndicos".
Colección de cerámicas perfumadas de las monjas claras en el Museo del Carmen de Maipú.
Más miniaturas aromáticas del Museo del Carmen, donadas por doña Esther Lois Cortés.
Más colecciones de miniaturas de cerámica perfumada clarisa en el Museo del Carmen, del Templo Votivo de Maipú. Destacan los colores rojos, dorados, verdes, amarillos, negros y ocres del policromado.
Se ha creído a veces que el secreto de las clarisas era sólo el de cómo producir cerámicas aromáticas, aunque la arcilla y loza perfumadas han existido en otras latitudes. Sin embargo, el secreto incluía también el cómo se llegaba a esta calidad del producto y a aquél aroma en particular. En España practicaron esta artesanía especialmente las mujeres de origen moro durante el dominio árabe, pasando así a las tradiciones hispanas y desde allí traído a Chile por las primeras tres o cuatro clarisas españolas del flamante beaterío. El misterio que se atribuía en su época a las monjas era ya entonces, también, el cómo hacían para que el perfume de las piezas perdurara tanto tiempo sin desaparecer. Toda la técnica, además, era celosamente transmitida por monjas superiores a otras aprendices, y así la fórmula nunca salía del puñado de iniciadas dentro del claustro.
Perdiéndose ya este secreto alquímico, al irse diluyendo y reduciendo el arte entre las clarisas de Santiago, comenzaron a cundir falsificaciones que no llegaban ni a la sombra de aquellas viejas y exquisitas piezas originales. La última artesana original de figuras perfumadas que sobrevivía y seguía fabricando tales maravillas fue Sor María del Carmen de la Encarnación Jofré. Con su fallecimiento, sucedido el año 1898, Chile perdió quizás para siempre una de sus más bellas y especiales artesanías típicas, pues los conventos de monjas clarisas de La Florida, Puente Alto y Los Ángeles también se apartaron de su propia tradición y señalaron el final de la tradición cultivada allí en el Monasterio de Santa Clara, que demolido en 1913 para construir el edificio de la Biblioteca Nacional.
Hacia principios del siglo XX, habían muchas piezas perfumadas de cerámica en el mercado, pero hechas por artesanas que habían sido asistentes de las monjas en sus talleres, por lo que ya no pertenecían a las facturadas por las religiosas del convento ni tenían la calidad de las verdaderas. Luego, vinieron otras cerámicas pintadas de manera parecida, pero más copiadas de las artesanías tradicionales de pueblo, como recordaría Jorge Délano en su libro "Botica de turnio" de 1964, haciendo recuerdos traídos de inicios de siglo, antes del Primer Centenario:
"Como a los diez años, edad en que empecé a emanciparme, incursionaba entre Pascua y Año Nuevo, junto con algunos compañeros de colegio, por las 'ventas' de la Alameda, callampescos quioscos que se alineaban a lo largo del más antiguo paseo santiaguino. En algunos había un letrero en que se leía: 'Aquí está Silva', lo que significaba que allí se expendían 'cola de mono' y 'ponche con malicia'. En los más inocentes vendían frutas, 'aloja' y 'locitas de las monjas', representaciones estas de figuras populares modeladas con primitiva gracia en greda cocida y coloreada con un esmalte al que las monjitas deben haber mezclado algunos granos de almizcle o quizás de incienso. Ahora las hacen muy semejantes en Pomaire; pero sin el peculiar olor que me incitaba a chuparlas.
Jamás he vuelto a percibir ese aroma tan misterioso y evocador. Si hoy volviera a encontrarlo me sentiría de nuevo enfundado en mi traje blanco de marinero, con el nombre de Arturo Prat escrito en letras doradas sobre la frente.
(...) ¡Ah! ¡Si yo pudiera sentir una vez más el olor de las 'locitas de las monjas'! Pero el secreto se ha perdido, y ahora las pintan al 'duco'."
No obstante, Jiménez sugiere que sí parecen haber existido personas que manejaron parte de la secreta técnica, o al menos supieron imitarla, cuando estaba extinta ya la producción artesanal de las monjas clarisas:
"Sin embargo, esta técnica escondida la obtuvieron ciertas familias ajenas a los ajetreos religiosos, y la fueron transmitiendo por herencia a sus sucesores"
Éste fue el caso de Sara Gutiérrez Jofré, quien proveyó a la sección de folklore de la Biblioteca Nacional algunos pintorescos trabajos de este estilo y clase, aunque con notorias diferencias respecto de las originales de las monjas claras, como el uso de muchos motivos antropomórficos e iconografía costumbrista.
Miniatura perfumada de pichel, moldeado y policromado por las monjas clarisas en el siglo XIX. Museo Histórico Nacional.
Cerámicas perfumadas de las monjas claras. Museo Histórico Nacional.
"Perro rojo", cerámica de Talagante también en el Museo Histórico Nacional. La figura está rotulada sólo como "cerámica moldeada y policromada (siglo XX)" de autor anónimo, pero me parece que es muy parecida tipo de artesanías perfumadas que difundieron por aquella localidad talagantina las hermanas Gutiérrez, especialmente doña Sara Gutiérrez, alguna vez colaboradora de la Biblioteca Nacional y del mismo museo.
Pequeño florero encintado, también perteneciente a la cerámica perfumada de las monjas claras. Museo Histórico Nacional.
El problema es que doña Sara tampoco habría revelado del todo su técnica, esa con la que reinterpretó la forma de artesanía en greda aromática, pues aseguraba que era peligrosa y podía producir ceguera en artesanos inexpertos que se aventuraran en la producción de tales piezas. Gracias a su influencia, sin embargo, hubo una interesante producción de cerámica perfumada en Talagante, aunque sin la importancia ni la calidad de la hecha antaño por monjas clarisas. De hecho, tengo la sospecha de que una miniatura talagantina de un perro rojo actualmente en exhibición en del Museo Histórico Nacional, si bien tiene ese aspecto típico de la artesanía local, podría pertenecer no sólo a esta generación de nuevas cerámicas perfumadas, sino probablemente también a esta misma autora o algunas de sus alumnas, aunque figura rotulada como "anónimo".
En 1975, sin embargo, la Investigadora del Museo Histórico Nacional doña Vanya Roa Heresmann hizo públicos los resultados de una investigación titulada "Cerámica perfumada, monjas claras", en la que anunció el redescubrimiento de la fórmula química de la cerámica aromática y sus características esenciales, como la calidad de la arcilla utilizada por las clarisas. Llegó a estos resultados a partir del estudio de colecciones que encontró en Linares, y los conventos de monjas clarisas de Los Ángeles y de Puente Alto, valiéndose de la misma fórmula recién rescatada (en base a la revisión de las notas de compras realizadas para los talleres de las hermanas), retomaron de inmediato la producción artesanal de cerámica aromática, perfumándola después del policromado con pigmentos que incluyen clara de huevo y aceite de linaza, para lo cual se valían de sustancias aromáticas de origen vegetal que no pertenecen a la flora chilena y que han sido mantenidas en reserva desde entonces. Ese mismo año realizaron una exposición en el Museo Histórico Nacional para mostrar el "regreso" de la cerámica perfumada clarisa.
Si bien fue notable el redescubrimiento de la fórmula y el resucitar de la artesanía cerámica de las monjas, y aún celebrando que la tradición no esté perdida del todo, tengo la sensación de que la opinión de varios entre quienes están más familiarizados con el tema, es que la nueva generación de estas piezas no llegó a tener la espectacularidad ni la longevidad aromática que tenían las originales de la Colonia y del siglo XIX. Pueden compararse algunas piezas antiguas con otras de las nuevas cerámicas de las claras en el Museo de Arte y Artesanía de Linares.
Gran parte de la historia de esta artesanía fue reunida en un estudio de la investigadora María Bichon titulado "En torno a la cerámica de las monjas", publicado en  la "Revisa Chilena de Historia y Geografía N° 108 de 1946, y en "Locita de las monjas clarisas" de Guillermo Carrasco, publicado por Juan Antonio Massone el año 2001 en la selección "Homenaje a Oreste Plath". Desde hace unos años, además, existe también un interesante trabajo de recopilación de antecedentes sobre tan singular cerámica perfumada, realizado por Claudia Prado Berlien con el título "Precisiones en relación a un tipo cerámico característico de los contextos urbanos coloniales de la Zona Central de Chile", expuesto en el XVII Congreso Nacional de Arqueología Chilena realizado en Valdivia el año 2006.
Cada vez quedan menos de estas piezas de la cerámica perfumada clarisa: a pesar de su popularidad, existen pocos hallazgos de las mismas en excavaciones arqueológicas o inspecciones de niveles históricos de la ciudad. Las que Vanya Roa halló en Linares prácticamente estaban botadas y olvidadas, de hecho. Tal vez su propio valor las condenó a extinguirse: atesoradas como joyas en su mejor época, su estilo infantil y casi naif las fue condenando a la ignorancia y a la desvaloración, en especial cuando se perdió su principal característica aromática por el paso del tiempo, volviéndose así meras piezas de colección o decoración que se fueron destruyendo o perdiendo.

¿POR QUÉ LE DECIMOS VIEJITO PASCUERO A SANTA? (Diario "Publimetro", martes 24 de diciembre de 2013)

Nota "¿Por qué le decimos Viejito Pascuero a Santa?" de Mario Valle, publicada en el diario "Publimetro" del martes 24 de diciembre de 2013. Link al artículo original: http://www.publimetro.cl/nota/cronica/por-que-le-decimos-viejito-pascuero-a-santa/xIQmlx!TQroUbLkh2p/ (Clic encima de la imagen para ampliarla).
Chile es el único país de Latinoamérica que no utiliza los términos Papá Noel o Santa Claus para referirse a este personaje. Una iniciativa de una tienda de juguetes es la principal teoría.
Papá Noel, Santa Claus e incluso San Nicolás, pero no, Viejito Pascuero es la forma en que los chilenos nos referimos al mítico hombre de edad que trae los regalos para los niños en Navidad, término que se ocupa sólo en nuestro país dentro de Latinoamérica y el mundo.
Si bien no existen explicaciones precisas sobre esto, hay un par de teorías que intentan explicarlo.
La juguetería “Krauss”
Cristián Salazar es diseñador gráfico de profesión pero historiador de oficio, tanto así que hace once años creó el sitio web http://urbatorium.blogspot.com, donde escribe sobre la historia urbana y cultural de Santiago. Un día se le ocurrió investigar el origen del término “Viejito Pascuero” para los chilenos, por lo que fue a revisar publicidades y diarios antiguos hasta encontrar la explicación más lógica para él: “A principios del siglo XX existía la juguetería de los hermanos Krauss de origen alemán, por ahí por Moneda con Huérfanos (*). En 1903 empezaron a publicitar sus ventas con la figura de un actor de edad vestido como Santa Claus”.
Salazar explicó que Papá Noel de por sí existía hace mucho tiempo en ese entonces y era conocido en otros países y principalmente en colonias, pero no en Chile, por lo que a este personaje nuevo se le debía poner un nombre: “Con los años más lugares empezaron a utilizar la imagen de este hombre de edad debido a su éxito. Ahí nació el término ‘viejito pascuero’, ya que era un hombre de edad y como acá le dicen Pascua a la Navidad, le pusieron Pascuero. Nació del imaginario colectivo”, explicó.
La chilenización del personaje
“Hay una sola razón y es que a la Navidad le decimos Pascua”, explicó el profesor experto en lenguaje Héctor Velis-Meza. El académico en conversación con Publimetro aseguró que cada país acerca a su lenguaje el término Papa Noel, poniendo como ejemplo los casos de Holanda (Sinterklass) y Francia (Père Noël), pero que lo importante es saber por qué en Chile se le dice Pascua a la Navidad: “El diccionario acepta la palabra Pascua para Navidad, ya que conlleva el período desde el nacimiento de Jesús hasta el día de los Reyes”, recalcó.
En tanto el profesor de lenguaje, Jaime Campusano agregó que incluso antes se le decía “Viejito Pascual” al mencionado personaje.
(*) Nota: hay un error de transcripción en artículo. Es "Agustinas con Ahumada", no "Agustinas con Huérfanos".

lunes, 23 de diciembre de 2013

EL MUSEO DE SITIO COLON 10: LA "CASA DE LAS MOMIAS" JUNTO AL MORRO DE ARICA

Coordenadas: 18°28'50.33"S 70°19'17.95"W
Colón 10, a un costado del Morro de Arica y en la pendiente hacia el Santuario de la Virgen del Carmen que allí existe, es uno de los sitios de mayor valor arqueológico y antropológico en Chile, por tratarse de la casa donde se encontró, en el año 2004, un impresionante cementerio precolombino que regresa a la luz del conocimiento parte de la historia más antigua y ancestral de la ciudad.
La casa del actual museo de sitio está construida en un sector que podría remontarse a los tiempos cercanos a la Guerra del Pacífico hasta el período del cambio de centuria, aunque ésta en particular parece corresponder a fines del siglo XIX. Es una típica vivienda de madera e influencia inglesa de transición entre el estilo georgiano y el victoriano, con fachada sencilla y abalaustrada, en este caso adaptando la planta y los levantamientos a la inclinación claramente ascendente del terreno. Ya en sí misma, esta propiedad era una antigüedad interesante para la urbe.
A pesar de todo, nadie se hubiese esperado que allí, tan cerca del Morro, la casa hubiese estado levantada en realidad sobre un ancestral cementerio indígena de unos 4 mil años, calidad que obligó a convertir el recinto en museo de sitio actualmente administrado por la Universidad de Tarapaca. El personal del recinto supone, además, que el enterramiento total abarca el subsuelo de las casas vecinas y probablemente de todo este costado del peñón, pero el museo permanece reducido, por ahora, sólo a esta propiedad. No es un dato menor, además, el descubrimiento de otros enterramientos en terrenos del "Hotel Savona" (marzo de 2005) a poco más de una cuadra de aquí, en calle Yungay.
Hace tiempo quería comenzar a abordar algo sobre la cultura chinchorro en este blog, y el Museo de Sitio Colón 10 me da la oportunidad perfecta.
Trabajos de recuperación del lugar (imágenes de la exposición).
Fachada actual del museo de sitio.
Antiguo murallón de adobe que se conservó del recinto.
EL HALLAZGO
A mal traer y muy deteriorada, la propiedad fue comprada hacia el año 2004 por el arquitecto santiaguino proveniente de Valparaíso don Fernando Antequera, dueño del ahora célebre restaurante ariqueño "Tierra Amata", y quien se estableció definitivamente en la ciudad para dar curso a estos emprendimientos. Su intención era remodelar y ampliar la vetusta casona con un cómodo hogar familiar a la vez que hotel tipo residencial turística, de hasta tres pisos en planes. Contaba para estos propósitos con el permiso de la Dirección de Obras Municipales, pero inconciente de que este proyecto iba a tener un gran giro y lo iba a convertir en un defensor de la cultura y el patrimonio histórico ariqueño.
Cerca del inicio de los trabajos, cuando se realizaban estudios de mecánica de suelo ese mismo año, salieron desde el subsuelo restos de cuerpos y huesos humanos, además de artículos con claro interés arqueológico, por lo que las operaciones se detuvieron y -en un acto que me consta no siempre ha sucedido-, el empresario dio inmediato aviso a las autoridades, conciente de la importancia de lo que estaba asomándose a la luz allí en su terreno.
El plan de cuidadosas excavaciones y la investigación profesional que seguirían, permitieron precisar que se trataba de un enterramiento de momias relacionadas con la cultura chinchorro, verdadero tesoro arqueológico que llamó la atención de la comunidad científica y académica nacional y motivó la visita de varios expertos, trazando un plan de rescate que contó inmediatamente con la buena disposición y cooperación del propio Antequera, a diferencia de lo que se ha conocido en otros casos parecidos, sobre puntos de valor histórico en recintos privados. Poco tiempo después, a mediados del año 2006, la casa-habitación fue adquirida por la Universidad de Tarapacá para conservar el descubrimiento, ya que los restos del cementerio indígena no podían ser trasladados a causa de su gran fragilidad.
Desde entonces, esta vieja casona de pino Oregón y paredes de adobe es llamada popularmente la "Casa de las Momias" o la "Casa del Cementerio". El recinto fue restaurado y recuperado con aportes obtenidos el año 2007 del Fondo Nacional de Desarrollo Regional, gracias a la iniciativa del Departamento de Antropología y la Vicerrectoría de la Universidad de Tarapacá, siendo convertido así en el Museo de Sitio Colón 10. Cerca de $170.000.000 se consiguieron por este fondo, más unos $62.500.000 aportados por la propia casa universitaria y $30.000.000 por el Consejo de Defensa del Estado.
Antequera, en tanto, cambió la orientación de sus energías emprendedoras y fundó el mencionado restaurante "Terra Amata" en otro sector del mismo casco histórico de Arica, bastante cerca de la plaza y sobre unos terrenos que adquirió especialmente para este proyecto. Y, como el hallazgo de calle Colón reveló que todo el faldeo de este lado del Morro de Arica puede ser un gran centro funerario indígena, el empresario tuvo la precaución de montar su restaurante, fundado en diciembre de 2005, sobre una gran plataforma que no involucró basamentos en el subsuelo y que no perturbaría futuras investigaciones en terreno para posibles reconocimientos o estudios de momias chinchorros que allí permanecen ocultas.
CARACTERÍSTICAS DEL MUSEO
Por una módica suma de dinero se puede entrar a la casa-museo de Colón 10, inaugurada el 18 de diciembre de 2009 y hasta ahora bajo administración de la Dirección del Departamento de Antropología y Museo de la Universidad de Tarapacá. El lugar, visitado por estudiantes, científicos y turistas, es presentado como un ejemplo del proceso de "puesta en valor" de un sitio histórico, además de ser un gran aliciente para la postulación de los vestigios de la Cultura Chinchorro a la Lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO, por iniciativa de la Universidad de Tarapacá.
En la casona se trataron de conservar los aspectos de su fábrica de fines del siglo XIX, incluido el aspecto de arquitectura británica, el abundante uso de pino Oregón y hasta detalles como un viejísimo muro de adobes que divide la residencia de la vecina y que puede admirarse unos metros más allá del acceso, con sus bloques de barro y paja molida a la vista. La remodelación se diseñó de tal manera que no interviniese en el subsuelo.
El primer piso cuenta, tras la entrada, con una sala de paneles expositivos manipulables en donde se sintetiza el rescate de la casona y su hallazgo de momias, más datos relativos a la cultura chinchorro y al período que pertenecen. Y donde antes estaba el patio principal de la casona, lugar preciso del hallazgo ahora cubierto por un toldo y con grandes lienzos de información, están visibles parte de los 48 cuerpos distribuidos en tres sectores numerados dentro del mismo conjunto funerario, bajo una gruesa plataforma de vidrio. Otros están cubiertos y aún sometidos a trabajos de rescate.
Los enterramientos corresponden a una prolongada secuencia de uso y ocupación del terreno alcanzando al menos tres niveles, el más profundo y viejo de ellos aproximadamente de 1 metro 80 centímetros y que aún no ha podido ser excavado ni explorando, aunque se sabe que habrían allí ejemplos de las clásicas momias chinchorros, famosas por ser las más antiguas de todo el mundo con sus 8.000 años. Pertenecientes a adultos, jóvenes y niños, en algunos sujetos de este grupo funerario se han detectado rastros de severo desgaste de dientes y hasta abscesos alveolares.
En el Sector N° 1 del conjunto, los restos se observan en posición original decúbito dorsal, todos alineados con la cabeza hacia el Sur y extendidos uno al lado del otro en secuencia. Están cubiertos de esteras de fibras vegetales y pieles de aves marinas, en algunos casos con pequeñas ofrendas. Si bien la mayoría de estos cuerpos se momificaron por causas naturales vinculadas a las características del terreno y el medio ambiente, hay algunos de niños muy pequeños y lactantes allí sepultados que fueron sometidos a procesos de momificación artificial, particularmente en tres cuerpecitos que lucen máscaras de barro negro pintado rojo, aunque sus restos se observan muy deteriorados ya.
Los sectores N° 2 y N° 3 ya no conservan el orden prolijo de los enterramientos visibles en el N° 1, sino más bien un patrón disperso de colocación de cuerpos, además de orientaciones diferentes y posiciones casi arbitrarias. En estos grupos se ha precisado la presencia de erosión por exposición al medio ambiente y al Sol, probablemente por alteraciones del terreno en los miles de años transcurridos, además de cuerpos que están incompletos.
Dos escaleras llevan desde el primer piso hasta el segundo, que es un recinto abierto, muy bien ventilado, cubierto sólo por la toldería y habilitado para albergar material complementario como copias de cartografía histórica y grabados antiguos de la ciudad de Arica. Por la altura del terreno en que está este mirador, se tiene una muy buena vista de la ciudad y del propio Morro desde este sitio, además de una proporción de lo alto que se encuentra con respecto a la planta general de la metrópoli.
EL ORIGEN DE LAS MOMIAS
La cultura chinchorro fue de hábiles tejedores de redes, canastillos, cestos, cordeles, mantas y artículos en general con fibras de origen vegetal. Usaban cierto tipo de bolsas de mallas canastadas de esta característica también para la pesca de orilla. El nombre de chinchorro, de hecho, alude al tipo de redes que así se llaman en algunos países de la costa Pacífica de América, y todavía se denomina "chinchorreros" en ciertas partes de Chile a trabajadores que se valen de redes tejidas para extraer carbón o mariscos desde las playas.
Las momias del recinto de Colón 10, particularmente, pertenecen a la última fase cultural chinchorro, que abarca los 4.200 a 3.800 años atrás. La distribución geográfica de esta cultura involucra un amplio sector costero entre Chile y Perú, con epicentro en la zona de Camarones, desde donde se distribuyen hacia el Sur y hacia el Norte sus técnicas milenarias de momificación (año 5.000 antes de Cristo) con hallazgos en los puertos de Ilo, Arica e Iquique, abarcando más de 3.000 años de práctica.
Estas famosas momias, como es sabido, eran realizadas interviniendo el cuerpo del fallecido con arcillas, maderas, rellenos de material vegetal y pigmentos naturales, destacando el delineamiento que se hacía del rostro para darle el aspecto de seguir con vida. Las había en dos técnicas principales:
  1. Las momias negras, fabricadas entre los años 5.000 a 3.000 antes de Cristo, aproximadamente. Eran aquellas donde se removían músculos y vísceras del cuerpo abierto, para reforzar el esqueleto del cadáver con un armazón interior de madera y tejidos vegetales, recubriéndolo y moldeándolo con arcilla gris oscura, a veces forrándolo con la propia piel del muerto o de algún animal como lobos marinos. La cabeza era cubierta con una peluca corta de pelo humano y se le hacía una máscara de arcilla para volver a adosarla al resto del cuerpo. La momia completa era terminada con una pintura de óxido de manganeso, que le daba el característico color azulino muy oscuro pero reluciente.
  2. Las momias rojas, fabricadas entre los años 2.500 a 2.000 antes de Cristo, aproximadamente. Correspondían al procedimiento de retirar vísceras, músculos y cerebro del muerto a través de incisiones en el cuerpo (principalmente estómago, hombros, ingle y tobillos) e introducirle maderos para reforzamiento del esqueleto, procediendo a rellenar las cavidades con materiales como plumas, arcilla y tierra, para luego cerrar los cortes. Con óxido de manganeso, le era pegada a la cabeza una peluca de pelo largo negro, mismo color de la cara, mientras el resto del cuerpo era pintado rojo con óxido férrico que le daba el color rojo característico.
Los puntos del sector urbano o de la proximidad de Arica donde han aparecido momias chinchorros y vestigios de asentamientos de esta cultura, corresponden al Hipódromo y el Sitio Macarena al Norte de la ciudad, la Terraza Chinchorro frente a la bahía del mismo nombre, los vecinos sectores de la Maestranza y las instalaciones de Maderas Enco, el Cerro de Acha, la Playa Miller y el sector de Quiani hacia el Sur. Entre todos ellos, en los faldeos septentrionales del Morro de Arica está un sector conocido como el Sitio Morro, al que pertenecen los hallazgos de Colón 10 y el mencionado del "Hotel Savona". Se sabe también que los chinchorros establecidos en lo que hoy es Arica, se proveían de agua dulce desde los ríos Lluta y San José, además de recolectar totora y junquillo para sus mencionados tejidos y para combustible de hogueras.
Hay evidencia de que la relación de la cultura chinchorro con su entorno, se extendía con los valles interiores a pesar de su inclinación a permanecer siempre cerca del mar. Si bien carecían de conocimientos en alfarería, cerámica o metalúrgica que sólo aparecen hacia el final del período chinchorro, como se trataba de un pueblo costero y pescador muchos de sus utensilios y herramientas tenían que ver con el desconche de moluscos (chopes, hechos con costillas de animales), además de arpones de pesca, armas para caza de fauna costera, estólicas para aumentar la fuerza de lanzamiento de dardos o lanzas y anzuelos fabricados con espinas o trozos de conchas. Algunos artefactos de este tipo aparecieron también en el enterramiento de Colón 1o, además de conchas marinas que acompañaban a los cuerpos.
El Museo de Sitio Colón 10 es un excelente lugar para acercarse al conocimiento sobre esta cultura, entonces, aunque mi modesta recomendación sería destacar más en su fachada su función, ya que la falta de indicaciones claras desorienta a algunos visitantes y especialmente a turistas extranjeros tentados con la idea de conocer este singular centro de atracción cultural y patrimonial de Arica, ubicado precisamente en el camino del acceso peatonal al Morro.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

LA MISTERIOSA MALVINITA DEL CEMENTERIO MUNICIPAL DE TOCOPILLA

Coordenadas: 22° 4'56.19"S 70°11'32.08"W
Es toda una curiosidad la presencia de un gran altar funerario con animita dedicado a Malvinita Araya en el Cementerio Municipal de Tocopilla, al fondo de la calle principal de acceso. Ni siquiera los tocopillanos tienen del todo claro su origen, y algunos discuten aún si se trata sólo de un mausoleo dedicado a la animita o bien si hay alguna persona allí sepultada.
Malvinita es una de las animitas más populares de Chile: correspondería a una niña fallecida en trágicas circunstancias familiares el 15 de octubre de 1956, según comenta Oreste Plath, aunque en ciertas fuentes se indica que habría muerto en realidad el 18 de octubre de 1956, como Raúl Besoaín Armijo en su libro sobre la historia de San Bernardo. Fue una niña pequeña o una adolescente de 14 años, asesinada y quemada por su padre en una modestísima vivienda de calle Juanita Aguirre de aquella comuna de la Región Metropolitana. El nombre real de la fallecida efectivamente fue Malvina Araya, aunque su segundo apellido aparece como Molina o Miranda, según cada fuente.
Aunque la leyenda agrega a veces que fue vejada sexualmente por su progenitor, Besoaín Armijo detalla que el asesino ejecutor del crimen fue, según precisó la investigación policial, un joven de 17 años pero que actuó instigado por el padre de la niña, llamado Custodio Araya, sujeto que trabajaba como empleado en la morgue, dado a la ebriedad y maltratador, que agredía constantemente a su mujer Carmen Miranda, violencia en la que Malvina solía intervenir en favor de su madre hasta que la furia de su padre terminó de descontrolarse y precipitó los hechos. Ciego de ira contra su propia hija, el borracho abusador proveyó al muchacho de un líquido altamente inflamable y usado para disecar cadáveres en su trabajo, exigiéndole que lo empleara para quemar viva a la pobre niña, la que acabó su existencia convertida en una antorcha humana.
Sin embargo, ha existido más de un lugar de veneración de la infortunada Malvinita en la historia de las animitas chilenas: cuenta con un altar en el sector de enterramientos de niños del Cementerio N° 1 de Concepción, donde se recuerda que llegaban devotos y familias especialmente desde entre los mineros del carbón. Sin embargo, el suyo allí es un altar, no un lugar de sepultura: la verdadera tumba milagrosa de Malvinita está en el Cementerio de San Bernardo, en el nicho N° 109, como lo observó Plath hace tiempo. Quedo debiendo un artículo al respecto, entonces.
Aclarado el punto, ¿cómo y por qué llega una Malvinita a Tocopilla? La más antigua de las placas visibles con agradecimientos me parece que data de 1972, y pertenece a una persona llamada Esther Herrera, pero acá cuentan que debe estar desde los años 40 ó 50 en el cementerio. La cantidad de velas, ofrendas, cuadros, regalos, placas, flores, cuadros, mensajes rayados en los muros e imágenes de santos muy famosos en el Norte Grande como San Expedito o San Lorenzo, además de las infaltables efigies marianas y la de Cristo, demuestran que este conjunto ha sido un tradicional y consolidado atractivo para la fe popular de la ciudad tocopillana, teniéndose a la fallecida por altamente milagrosa y "cumplidora".
Alguien colocó incluso una "Oda a Malvinita", enmarcada y tras un cristal y donde se prioriza otra versión de la leyenda que corre en Tocopilla, que coloca a la muchacha como una mujer de más edad y con un hijo:
Oh, dulce Malvinita
Oh, ángel protector
de tu madre, hija y
hermanitos.
Tú eres benefactora
de los humildes
que recibiste en el cielo
Los poderes del señor
te entrego
en recompensa por tus
sacrificios y desvelos
¡Oh! Milagrosa Malvinita
Te suplico me concedas
lo que te pido de todo corazón
en el nombre del Señor. Amén
Se recuerda que unas vecinas devotas de la niña y queridas por la vieja comunidad tocopillana hicieron colocar este altar en el camposanto, dentro de un mausoleo que era de su propiedad. Quizás la explicación de su presencia por allá está también en que la Malvinita siempre ha estado asociada al folklore minero en general, dada su presencia en el altar de Concepción, tierra de mineros de las carboníferas. Mas, incluso así, sigue llamando la atención que cuente con un sitio de rogativas, peticiones y ofrendas allí en la nortina ciudad de Tocopilla. Sería, en tal caso, otra suerte de "sucursal" de la animita original, como la del cementerio penquista.
En junio de 2011, además, los hermanos Hugo y Juan Peralta donaron al conjunto una estatua de Malvinita que los mismos hermanos le habían hecho para su madre en el año 2005, pues ella había sido una fervorosa seguidora. Tras fallecer, ambos la trasladaron hasta el Cementerio Municipal de Tocopilla, donde quedó instalada como recuerdo de la famosa "santita" popular y en memoria de la madre de los constructores. Sin embargo, esta pieza actualmente no existe allí, por desgracia, y a pesar de que los propios trabajadores del camposanto habían asegurado con cemento para evitar destrozos o robos.
No existiendo existiendo ahora estatuillas de la Malvinita en el altar, sí hay en su interior un cuadro con un rostro que los devotos adjudican a la finada, pero tengo una confusión al respecto: he visto ese mismo retrato en otras célebres tumbas milagrosas del Norte de Chile, como "Las Adrianitas" de Copiapó y la de Elvirita Guillén en Antofagasta. En este último caso, no obstante, se señala que es Malvinita a pesar de estar en un altar ajeno, quizás a causa de la popularidad de esta animita en esas tierras versus la falta de altares dedicados especialmente a ella. Incluso entre las placas de agradecimiento de Romualdito en la Estación Central de Santiago, han aparecido a veces algunas aludiendo a Malvina Araya.
Aunque no han faltado los que han creído también que la Malvinita de Tocopilla es una fallecida local, propia y sin relación con la animita de San Bernardo en Santiago, la identidad que se le adjudica como Malvina Araya, demostraría que se trata de un altar para esta misma muchacha del cementerio sambernardino. De hecho, entre las propias personas que consulté hace poco allá en la ciudad (incluidos trabajadores del cementerio), había severas discrepancias sobre la naturaleza de la instalación funeraria y devocional que allí se levantó en su memoria.
Las principales peticiones que se le formulan a Malvinita en Tocopilla se relacionan con problemas juveniles: estudios, correspondencia de amores, lazos de amistad, relaciones familiares, expectativas generales de vida... Otra razón para verificar el porqué de su popularidad allá en el puerto industrial del Norte Grande y para tener la seguridad de la larga vida que aún le queda a esta animita en la fe popular.

UN EJERCICIO DE "LUGARIZACIÓN": POSIBLE IDENTIFICACIÓN DEL INMUEBLE DONDE HABRÍAN ESTADO LOS CUERPOS DE PRAT Y SERRANO EN 1879

Coordenadas: 20°12'44.04"S 70° 8'49.16"W
Modernamente, se habla de lugarización histórica al trabajo de especificar el espacio geográfico real y su contexto material en que tuvieron lugar los hechos narrados por la crónica o la historiografía, tendencia que parece haber sido introducida (o al menos difundida) desde los enfoques patrimonialistas con orientación a la "puesta en valor" de esos mismos espacios, pero que estuvo largo tiempo ausente en las escuelas más tradicionales de la disciplina histórica. Ya he comentado algo sobre el acto de lugarización en un otro artículo.
Un interesante ejemplo de lugarización de espacio podría estar teniendo ocasión en estos mismos momentos en Iquique, gracias a la revisión de antecedentes que, si bien no revisten la novedad indiscutible de un dato inédito, sí involucraron un ejercicio concreto de comparación de espacios y relecturas de datos bajo una mirada más astuta e informada, que al parecer pocos habían realizado en este caso específico: la ubicación de un hospital donde se habrían realizado las autopsias y la primera inspección médica de los cuerpos de los héroes de Iquique, el Capitán Arturo Prat Chacón y el Teniente Ignacio Serrano Montaner.
Es un posible ejercicio de lugarización que, además, tiene algún alcance revisionista, pues de confirmarse cierto podría llegar a corregir una referencia espacial que casi se ha perpetuado sobre el sitio en que fueron revisados los cuerpos de los dos héroes y que estaría errada. Esto, por supuesto, en caso de ser correcta la nueva identificación que se ha hecho de tal punto en el plano urbano histórico de Iquique, en un inmueble que aún existe.
He podido acceder a los detalles de este esfuerzo gracias a dos investigadores históricos locales: el Mayor (R) Enrique Cáceres, conocido por su labor en el Museo Militar de Iquique, y don Hermes Valverde, relojero y todo un personaje iquiqueño, encargado del control y mantención de los relojes patrimoniales en la ciudad. Éste último tuvo la gentileza de llevarnos en su vehículo hasta el lugar correspondiente, junto al museólogo y experto en la Guerra del Pacífico don Marcelo Villalba, mientras nos encontrábamos desembarcados del buque LSDH "Sargento Aldea" en el puerto iquiqueño, formando parte del equipo de actividades culturales invitado al Operativo Médico de la Armada de Chile "Acrux 2013".
Además, parece ser que siempre ha orbitado un maligno genio de confusión alrededor de los sucesos posteriores a la batalla naval de Iquique. Ni siquiera está clara la dominante participación que se le ha adjudicado oficialmente al ciudadano español Eduardo Llanos -con monumento y todo- por sobre la de su compatriota Benigno G. Posada, quien sería el que realmente hizo casi todo en las gestiones y desvelos necesarios para darle digna sepultura a los restos mortales de Prat y Serrano. Si bien los testimonios acumulados entonces llegan al detalle incluso de los sorbos de agua con un poquito de coñac que se le dio de beber al sediento y agónico Sargento Juan de Dios Aldea, y al cómo se le arrancaron hasta los botones a los cadáveres de Prat y Serrano por parte de la chusma allí frente al edificio de la ex Aduana de Iquique, resulta nebuloso y poco abordado lo que sucede entre el momento en que se recogen estos dos cuerpos por iniciativa de los ciudadanos españoles dirigidos por Posada y luego se los sepulta en cortejo que sale hasta el Cementerio N° 1 de Iquique.
Quiero compartir parte de estas revelaciones, entonces, en vista de la nula difusión que aún se ha hecho del caso en estudio pero que podría arrojar -en el futuro- importantes antecedentes concretos sobre la parte de la historia que sucede en los días inmediatos a la epopeya de la rada de Iquique en 1879.
Aduana de Iquique en el siglo XIX. Frente a ella se colocaron los cuerpos de los héroes.
Imagen de época, mostrando la inhumación de los héroes de Iquique.
Don Pedro Pablo Figueroa. Su trabajo de investigación "Crónicas patrias: Héroes y hombres" pone en duda no sólo el papel protagónico que se asigna a Llanos por sobre su compatriota Posada en la gestión humanitaria que permitió rescatar y dar sepultura a los cuerpos de Prat y Serrano en Iquique, sino también -y sin proponérselo- a la creencia general de que los restos fueron directamente desde la Aduana hasta la morgue del Hospital de Iquique, desde donde fueron sacados para las exequias.
¿VERSIONES ERRADAS?
La tendencia general de quienes asumen la tarea de dar detalles sobre este lapso de la historia, es señalar que los cuerpos de los héroes de la corbeta "Esmeralda" fueron llevados hasta el Hospital de Iquique para la revisión y las autopsias, aunque muy poco se puntualiza al respecto. Varios otros saltan directamente desde el momento en que los cuerpos están tirados en la Aduana hasta el velatorio o la inhumación en el cementerio, como son los casos que van desde Virgilio Figueroa en su "Diccionario histórico, biográfico y bibliográfico de Chile" (cuando rinde la biografía de don Eduardo Llanos) hasta el de Rodrigo Fuenzalida en su "Vida de Arturo Prat".
Parte de la posible imprecisión relacionada con el primer lugar de atención post-mortem de los cuerpos, se debe quizás a que era sólo un dato de escasa relevancia en el contexto del momento y de los hechos generales. Incluso un testigo directo de lo sucedido, don Jaime Puig y Verdaguer, registra este punto en forma muy poco esclarecedora, en sus "Recuerdos del bloqueo de Iquique":
"Llegué al depósito mortuorio, donde encontré ya a don Eduardo Llanos, asturiano de tomo y lomo, y al magnífico Benigno Posada, el tipo acabado de la bonhomía, quien sonriéndome bondadosamente con su cara más buena que el androsemo.
(...) Por fin nos pusimos en marcha procesional, en buen orden, saliendo del callejón de la aduana, y bien pronto entramos en la calle Tarapacá por la cual desfilamos muy contritos y silenciosos".
Aparentemente inexacto sobre el lugar correcto, habría sido también Justo Abel Rosales, cuando escribe en 1888 a nota en pie de página en "La apoteosis de Arturo Prat y de sus compañeros":
"Los restos de los oficiales chilenos fueron conducidos al hospital antiguo que aún subsiste".
La referencia que da -o al menos sugiere- la generalidad de los autores sobre el recinto donde la revisión de cadáveres habría tenido lugar, entonces, suele ser la del Hospital de la Beneficencia de Iquique, que se había fundado en esa misma década con sede al inicio de lo que ahora es la calle Amunátegui y sobre una anterior institución sanitaria llamada Hospital de la Caridad.
Más cerca de nuestra época, los autores que siguen disponiendo de aquellas fuentes antiguas repiten las afirmaciones o simplifican lo que pudo haber sucedido con los cuerpos al momento en que intervienen los españoles para darles sepultura. Así es que Alfredo Loayza Bustos, historiador de la Universidad de Chile y por entonces Conservador del Museo Arqueológico de Iquique, escribió en 1979 en artículo del diario "La Estrella de Iquique", en el Centenario del Combate Naval de Iquique:
"Los cadáveres de Prat, Serrano y de un marinero desconocido fueron desembarcados por la tarde, después del regreso del Huáscar de su infructuosa persecución de la Covadonga, los cuerpos exánimes de los marinos chilenos fueron depositados en la calle que enfrenta al edificio de la Aduana y allí cubiertos con unas lonas permanecieron por muchas horas expuestos a la curiosidad pública, que consternados por el dramatismo de la contienda que habían presenciado en la mañana, acudían a observar los restos de los héroes. Dos soldados de la prefectura montaban guardia en el lugar. Mucho más tarde en un carro plano del ferrocarril fueron traslados al hospital, que en ese tiempo estaba situado al comienzo de la actual calle Amunátegui y que se llamaba precisamente 'Del Hospital'."
Un caso más parece ser el del Dr. Juan Lobardi Borgoglio, quien señala en su artículo "Historia de la cirugía en el Hospital de Iquique" ("Revista Chilena de Cirugía", agosto de 1994) lo siguiente, refiriéndose al escenario sanitario de la ciudad en los días de la Guerra del Pacífico:
"En lo que respecta a la parte sanitaria, existía un Hospital peruano, cuyas condiciones eran muy poco confortables, grande en extensión, pero que disponía de un escaso número de camas, para la atención de los enfermos.
En ese Hospital, falleció después de tres días de agonía, el Sargento Segundo Juan de Dios Aldea, que había resultado gravemente herido en el Combate Naval, y a ese mismo establecimiento fueron conducidos los restos mortales de los héroes, don Arturo Prat Chacón y de don Ignacio Serrano Montaner".
Incluso uno de los autores considerados más duchos en este tema, don Gonzalo Vial Correa, expuso de manera muy similar esta etapa de los hechos cuando los españoles salen a buscar los cuerpos de los héroes chilenos, en su libro "Arturo Prat", patrocinado por la Armada de Chile (Editorial Andrés Bello, 1994):
"Visitaron primero la parroquia encontrando sólo la capilla ardiente de Jorge Velarde; más tarde, se le añadiría la de otro oficial peruano, Guillermo García y García, de la Independencia (...) Finalmente, fueron ubicaron los cadáveres de Prat y Serrano en el hospital".
Entre muchos otros ejemplos, está también el del profesor Leonel Lamagdelaine, destacado docente de la Universidad Arturo Prat de Iquique, en el folleto "Inhumación y exhumación de los restos de Prat y Serrano", publicado en 2004 por la propia Municipalidad de Iquique:
"Los cadáveres de la 'Esmeralda" fueron desembarcados en el muelle Lafrenz y colocados en la vereda de la calle que hay entre el muelle y el edificio de la Aduana. Por la noche en un carro de ferrocarril fueron trasladados al hospital (ubicado al extremo N° de la calle del mismo nombre, hoy Amunátegui)".
Empero, un dato que quizás podría abrir la posibilidad de la existencia de un recinto hospitalario auxiliar al principal en los días de la conflagración, aparece en el artículo "El Puerto de Iquique en los días de administración peruana", de Carlos Donoso Rojas (revista "Historia" N° 36, agosto de 2003):
"La situación, sin embargo, permanecería constante con el correr de los años: en 1877 el antiguo edificio hospital fue clausurado por ocho meses debido a su deplorable estado de conservación, trasladándose cada cierto tiempo a diversas reparticiones públicas. Al inicio de la Guerra del Pacífico sólo se había restaurado un par de pabellones, atendiéndose buena parte de los enfermos a un costado del mercado de abastos".
El antiguo Mercado de Iquique se encontraba del lado oriente de la actual Plaza Condell, aunque no tengo plena certeza de que sea éste el mercado de abastos que quiere señalar el autor.
EL DATO DE PEDRO PABLO FIGUEROA
Curiosamente, sin embargo, desde inicios de 1890 se cuenta con un breve pero muy bien documentado trabajo realizado por el escritor e investigador Pedro Pablo Figueroa, donde se pone luz sobre muchos de estos aspectos poco claros sobre los sucesos de Iquique: "Crónicas patrias: Héroes y hombres", folleto que formó parte de la colección de la biblioteca del periódico "Los Tiempos", y que fuera publicado en Talca bajo sello de la Imprenta y Litografía de "Los Tiempos". Salvo por algunas publicaciones del "Boletín de la Academia Chilena de la Historia" de 1945 y otras que se me deben pasar de largo, puede ser que lo informado por Figueroa haya pasado inadvertido a una gran cantidad de estudiosos del asunto.
Hasta donde sé, ésta es la publicación que proporciona datos más concretos sobre el lugar donde fueron llevados los cuerpos antes de las exequias, aunque la motivación principal de Figueroa era enaltecer las figuras de los héroes, rescatar la memoria del periodista mártir Manuel Castro Ramos y hacer justicia al español Benigno Posada en la inhumación de los cuerpos, desmintiendo el papel protagónico que se ha atribuido a Eduardo Llanos. Sin proponérselo, entonces, este autor que fuera gran conocedor de las ciudades del Norte de Chile y creara el "Diccionario Biográfico de Chile", dejó importantes pistas para identificar el lugar del hospital de marras.
De partida, cabe señalar que Figueroa dio con el fabricante original de los ataúdes de Prat y Serrano, pero su identidad difiere de las reportadas por otras fuentes posteriores que lo han señalado como un señor Carlos Lines o un tal Galvarino Fuentes. Se trataba en realidad de don Fronoso Noya de Pimentel, comerciante portugués nacido en 1841 y residente en Chile desde 1857, que ofició como improvisado carpintero en aquella jornada. Dice, en su extraordinario testimonio al autor (los destacados son nuestros):
"El día 23 (sic), el carretero Jacinto-Preder, de nacionalidad portuguesa, muerto en Valparaíso en 1882, y en una carreta calichera de propiedad de un señor Mardones italiano, que aún reside en Iquique, viviendo en su casa de negocio situada frente a la Aduana, llevó los ataúdes de mi casa al hospital del sangre de la calle de Bolívar, donde se encontraban depositados, desde el día anterior, los cadáveres de los marinos chilenos".
Claramente, Noya de Pimentel se está refiriendo a un recinto distinto al Hospital Viejo o de la Beneficencia de Iquique, en este caso un hospital de sangre o de auxilio y emergencia, situado en algún lugar de la calle Bolívar, que a la sazón no debía extenderse más allá de la actual calle Martínez y relativamente cerca del recinto médico principal.
En una larga discusión epistolar y editorial que tuvo lugar en 1884, sobre los laureles que para muchos cortó injustamente el señor Llanos a partir de los esfuerzos de Posada por rescatar los cuerpos y darle digna sepultura, aparecieron otros antecedentes transcritos por el autor, en donde siguen apareciendo datos concretos de los testigos presenciales sobre lo que sucedió después del retiro de los restos mortales de los héroes desde el frente de la Aduana. No me queda del todo clara la situación, sin embargo, pues pareciera que después de este aparente paso por el hospital de sangre los cuerpos sí llegaron también la morgue del hospital principal donde serán velados hasta la mañana y no directamente a un velatorio, como recordaba Noya de Pimentel. Nuestro amigo Valverde, sin embargo, está convencido de que fue éste el único hospital donde estuvieron los cuerpos, allí en calle Bolívar, según nos comenta.
Echando un vistazo al resto de los documentos que reproduce Pedro Pablo Figueroa, vemos que en carta firmada en Lima el 21 de ese mes, don Rigoberto Molina dice lo siguiente a Posada:
"...el 22 por la mañana me constituí en el hospital, y habiendo encontrado a los dos cadáveres que manifestaban un aspecto horroroso, ordené al administrador de dicho establecimiento que los cubriera con sábanas blancas, cosa que se cumplió en el acto; di parte de esta medida a Ud. y al señor Llanos, que me dieron su aprobación inmediatamente".
En carta al mismo destinatario y remitida también desde Lima el 22 de junio, el ex enfermero de Iquique don Juan Sempertigue recuerda:
"Yo era barchilón en el hospital y servía a 36 enfermos en la sala San José. El 21 de mayo de 1879 llegaron los cadáveres del capitán Prat y del teniente Serrano, poco después me llamó D. Ramón Laciar (argentino) y entre Beltrán, yo y D. Ramón quedó esa noche velándolos junto con varios soldados del núm. 5 y otros cuerpos.
A la mañana siguiente y después de haber dormido volví y ayudé a vestir y poner mortaja negra a los dos cadáveres".
El aludido José Ramón Laciar, por su parte, había escrito la siguiente memoria de los hechos a Posada, desde Iquique el 18 de junio de 1884:
"Cuando vi entrar los cadáveres al hospital y oí el tumulto, tomé una vela y fui hasta el mortuorio un poco por delante de los soldados que llevaban los cadáveres tomados entre cuatro, de cada mano y de cada pie. Al llegar a la puerta los soldados dejaron caer de golpe los cadáveres uno sobre otro; yo observé que eso era bárbaro y me contestaron que si yo era chileno y que qué me importaba.
(...) Esa misma noche solicité del administrador señor José Eyzaguirre permiso para quedarme velando los cadáveres. Este permiso me fue concedido con gran dificultad, porque en días anteriores había sucedido que una vela cayó sobre la sábana de un cadáver y casi hubo un incendio. Desde entonces habían prohibido velar los muertos y después de suplicarle mucho obtuve permiso ocultamente porque no quiso que se supiese. Yo convidé a varios de los militares peruanos que estaban como enfermos sin estarlo, entre ellos un teniente, un sargento, un soldado ya de edad y muy formal.  No recuerdo los nombres de estos militares".
Cabe señalar que trabajo de Pedro Pablo Figueroa tiene un mérito de credibilidad y confianza bastante particular: además la gran recopilación de entrevistas que realizó a testigos y personajes, la investigación plasmada en "Crónicas patrias: Héroes y hombres" ocupó 10 años de su vida, partiendo casi desde el momento mismo en que se conoció la noticia de la epopeya de la "Esmeralda" en Iquique y cuando la escasísima literatura existente obligaba a indagar directamente sobre los hechos, a diferencia de la recopilación y basamento realizado por autores posteriores sobre lo escrito por otros, repitiendo también sus posibles errores.
EL POSIBLE EDIFICIO ORIGINAL
Es difícil suponer que Fronoso Noya de Pimentel se haya equivocado en su referencia a un hospital de sangre y al señalar su ubicación en la ciudad en calle Bolívar, como testigo y como residente de la misma. Es difícil también que haya mentido atribuyéndose papeles que no fueran reales en los sucesos de Iquique, al tiempo que señala también el paradero de testigos vivos y también residentes, que muy seguramente fueron entrevistados por el investigador.
Sin embargo, este detalle de su testimonio nunca fue convenientemente tomado en cuenta, quizás hasta ahora. De hecho, no se tenía noticia de la existencia de un recinto hospitalario en calle Bolívar, lo que acentuaba la posibilidad de que todo se tratara de un error o una confusión del informante.
El uniformado en retiro e historiador del Museo Militar de Iquique, don Enrique Cáceres Cuadra, ha dedicado gran parte de su atención profesional a este período siguiente a la epopeya de Iquique y a la identificación precisa de los lugares donde tuvo lugar el poco explorado fragmento de hechos previos a la sepultación de Prat y Serrano. Diría que un lugarización histórica, precisamente. Fue así como pudo enterarse de un hecho de especial significación, que podría traducirse en el eventual hallazgo del inmueble donde fueran llevados los cuerpos en el oscuro tránsito de tiempo al que intenta dar luz Pedro Pablo Figueroa con sus señaladas entrevistas y testimonios.
En la esquina Nor-oriente del cruce de calles Bolívar con Barros Arana, a sólo tres cuadras de la Catedral y a cuatro del Cuartel de la Bomba "España" que fuera tan importante en el sepelio y cortejo fúnebre de ambos héroes, hay un antiguo edificio de madera con influencia del estilo georgiano o victoriano y fábrica de pino Oregón, de líneas simples muy similares a las que se empleaban en Iquique hacia 1870. Aunque de buen tamaño, no es uno de los edificios antiguos que más destacan de lo que queda de la ciudad original de aquellos días, pero si tiene una sobriedad especial como punto de dominio en aquella esquina. Además, se sitúa en un sector del plano que, según tengo entendido, se vio alcanzado por los bombardeos durante la Revolución de los Constitucionalistas de 1891, aunque sin haber comprometido este inmueble, por fortuna. Interiormente, el inmueble se divide en pasillos y habitaciones de alto techo, también de factura en madera, con un patio estrecho cercado por el propio edificio, aunque por ahora desconozco cuáles son las otras construcciones internas que pueden hallarse dentro del recinto.
Pues bien: cuenta Cáceres que, hace aproximadamente una década, mientras el caserón estaba bajo propiedad de una familia de apellido Fistonich, los dueños descubrieron accidentalmente histórico material médico en el entretecho de la construcción, mientras realizaban algunas revisiones del viejo ático del mismo y que se hallaba condenado hacía más de un siglo. Según sus notas, el principal grupo de objetos era una especie de botiquín, que resultó ser un completo paquete sanitario compatible con el que se empleaba en los días de la guerra. El material, además, corresponde al que se debería encontrar en un hospital auxiliar de la época, justamente.
El descubrimiento del paquete sanitario, combinado con la referencia del hospital de sangre dada por el testigo y señalado en algún lugar de la calle Bolívar, hace muy posible que éste inmueble haya sido aquél en que funcionaba el servicio sanitario y provisional indicado por Noya de Pimentel, cuando fueron llevados los cuerpos de Prat y Serrano para la observación médica de rigor, y quizás desde allí al hospital principal o directamente a sus exequias con las conocidas circunstancias del entierro en el camposanto y la colocación de señales que permitieron reconocer después los restos.
Recientemente, he sido llevado de visita hasta este sitio junto al investigador de la Guerra del Pacífico don Marcelo Villalba Solanas, como he comentado ya. Vamos con nuestro amigo e inquieto colaborador investigaciones como la que sostiene Cárceres, don Hermes Valverde Tomé, el maestro relojero conocido por ser el único profesional de su campo facultado para dar asistencia y mantención a piezas históricas de Iquique, como el Reloj de la Torre de la Plaza Prat. Así llegamos a este inmueble de dos pisos y clara influencia británica en su arquitectura: y aunque ya lo había visto innumerables veces, nunca me detuve a pensar en su antigüedad y menos en alguna posible relación con los hechos de la Guerra del '79.
La numeración exacta del edifico es, actualmente, Bolívar 802 y Barros Arana 296. Consta de un zócalo simple con vanos pequeños, y un segundo nivel con cara plana de vértice y prolongación en los costados de mucha simetría, de unos 20 metros por lado. Nueve ventanas con balconetes abalaustrados se observan en este segundo piso. Desgraciadamente, la fachada estaba siendo utilizada para profana propaganda política y lienzos de campañas, durante nuestra visita. De acuerdo a la información que nos proporciona Valverde, la propiedad pertenece hoy a la familia Taucare, existiendo una posibilidad de postular el inmueble a alguna categoría de conservación histórica o patrimonial, por ahora tímida y tibiamente. Veremos si el interés prospera, por supuesto.
Considerando que hay etapas aún pendientes en esta investigación, dejaré hasta aquí este texto pero a la atenta espera de novedades que ansiamos conocer. Para los curiosos y los sorprendidos que deseen abundar en mayores detalles al respecto, sugiero ubicar a don Enrique Cáceres en el Museo Militar del Paseo Baquedano o a don Hermes Valverde en su relojería de calle Barros Arana cerca de Sargento Aldea.
De confirmarse que aquí en calle Bolívar estuvo, efectivamente, el hospital de sangre mencionado en el que habrían sido llevados los cuerpos de los héroes de Iquique, entonces podríamos hallarnos frente a un ejemplo exitoso y sumamente ilustrativo del acto concreto de la lugarización de espacio histórico, logro que despejaría muchas nubes alrededor de esta parte específica de los hechos de 1879, además de proponerle a la ciudad de Iquique un nuevo lugar para "poner en valor", por sus dignas características relacionadas con conservación e historicidad.

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