miércoles, 31 de agosto de 2016

EL COLOSO DE CONSTANTINO: LOS RESTOS DE UN GIGANTE EN LOS MUSEOS CAPITOLINOS

Ilustración del holandés Maarten van Heemskerk, en el siglo XVI, mostrando la Estatua de Hércules y los restos del Coloso de Constantino en el patio del Palacio de los Conservadores, en la Plaza del Campidoglio.
Coordenadas: 41°53'30.94"N 12°29'17.78"E (ubicación original) / 41°53'34.78"N 12°28'56.94"E (ubicación actual)
El acceso principal de los Museos Capitolinos de Roma (Musei Capitolini, en el Campidoglio), está en el Palacio de los Conservadores (Palazzo dei Conservatori), junto a la plaza. Este edificio fue el primero que albergó las colecciones donadas por el Papa Sixto IV en 1471, dando inicio al más antiguo de los museos del mundo, distribuido hoy entre los edificios del Monte Capitolino y conectados por galerías subterráneas.
Al traspasar las magníficas entradas del Palacio de los Conservadores, diseñadas por Miguel Ángel en el siglo XVI, cruzando el pasillo se llega a un patio solar o cortile interior de adoquines y pilastras, con una gran "X" circunscrita dentro de un cuadrado, ambas figuras trazadas en su suelo. Allí pueden admirarse los restos de antiguas estelas con figuras escultóricas del Palacio de Adriano y piedras con frisos o blasones empotrados en los muros, representando a las antiguas provincias de la Roma Imperial.
Sin embargo, en este patio destaca frente a esta línea de esculturas y blasones de piedra, una especie de gran rompecabezas antropomorfo de mármol, ya desarmado: los fragmentos de un extraordinario coloso del Emperador Flavio Valerio Aurelio Constantino, alguna vez una de las estatuas más grandes y solemnes de toda Roma. Están contra un muro formado por arcos de medio punto ya cerrados, que en el pasado daban acceso al estatuario donde se acogían algunas de las obras más valiosas de la Ciudad Eterna.
Reconstrucción de la Basílica de Massenzio en el póster "Roma Antica" (de "Roma la Citá Eterna"). El ábside lateral que se observa en el edificio, con aspecto de medio silo a la izquierda de la imagen, era el espacio que albergaba en su interior a la estatua gigante de Constantino.
Reconstrucción con el posible aspecto del Coloso de Constantino, en su ábside dentro de la Basílica de Massenzio. Fuente imagen: Antoniohernandez.es.
Reconstrucción de la estatua dentro del gran salón de la basílica. Los fragmento en color terracota corresponden a los restos que aún se conservan en pie del enorme edificio. Fuente imagen: Grosirbajusurabaya.top.
Sanguina de Fuseli, "El asombro artista ante la grandeza de las ruinas antiguas", mostrando la mano y un pie hacia 1780.
Estos trozos corresponden a una extraordinaria estatua de Constantino que estaba dispuesta al interior de la Basílica de Massenzio o Majencio, en el Foro de Roma, enorme edificio administrativo del siglo IV, sede de tribunales y de la prefectura, del que ya hemos hablado antes comentando también que su arquitectura de naves y cañones ha servido de base para los templos de la Era Cristiana.
La escultura medía 12 metros de altura y mostraba a Constantino el Grande sentado en su trono. Se ubicaba en un gran nicho-cabecera o ábside lateral del edificio, entre dos columnas de mármol en su lado Oeste. Estaba confeccionada con la técnica antigua del acrolito: mármol en las partes expuestas o desnudas (rostro, manos, pies, etc.), y otro material en la parte que se supone cubierta por prendas, en este caso con revestimientos de bronce y quizás mármol precioso de colores. La estructura habría contado también con piezas de madera y ladrillos.
Existe la teoría de que, originalmente, el coloso iba a estar dedicado al Emperador Massenzio, iniciador de las obras de esta construcción, pero el orgullo de Constantino se impuso y reconvirtió el proyecto en uno para complacer su bien ganada soberbia y grandeza. La derrota de Massenzio frente a los ejércitos de Constantino, en la Batalla del Puente Milvio, coincidía justo con la etapa de término de la basílica en el año 312, así que no extrañaría que el emperador haya querido apoderarse de la obra, si acaso ésta existía ya o estaba en construcción. Se la ha fechado aproximadamente entre ese año y el 315, además. Más aún, fue tanto lo que el emperador hizo imprimir de sí en la identidad del edificio, que también fue conocido como la Basílica Constantiniana.
Vista del patio del palacio, hacia la Plaza del Campidoglio (tras el acceso).
Vista de todos los fragmentos de la estatua, en el patio del palacio.
El patio, desde el segundo piso del edificio.
Grupo del codo, cabeza, rodilla y mano. Una turista imita la seña de esta última.
La famosa postal turística del pie del Coloso de Constantino y el gato romano. La he visto impresa por dos casas fotográficas, así que no sé cuál sea exactamente el origen.
La estatua parece haber sido saqueada y desmantelada en algún período, para quitársele el bronce que se cree tuvo y parte del mármol. Los fragmentos que quedaron de ella fueron recuperados en excavaciones realizadas en las ruinas de la basílica, en el año 1486, y se las trasladó hasta el recientemente fundado Museo del Monte Capitolino, al parecer siendo depositados en el espacio correspondiente al actual patio del Palacio de los Conservadores, donde aún se encuentran visibles y admirables.
Inmediatamente después de la recuperación de estas piezas, sorprendieron las proporciones que se evidenciaban para la destruida estatua, a través de las mismas
Durante la gran remodelación del palacio, en el siglo XVI, muchas de las obras de arte que almacenaba fueron trasladadas hasta el salón principal del edificio, pero los grandes fragmentos del Coloso de Constantino permanecieron en el patio, si la información con la que contamos es correcta.
Una ilustración realizada por el artista Maarten van Heemskerk, por aquellos años, muestra a los trozos del monumento distribuidos alrededor de la Estatua de Hércules y su pedestal, que alguna vez estuvo también en este mismo espacio abierto.
Modificaciones del año 1720, cambiaron otra vez el aspecto del patio o cortile, modificando las paredes de fondo, ampliando pasillos y agregando un pórtico diseñado por el arquitecto Alessandro Specchi, acogiendo desde entonces y por algún tiempo, otro grupo escultórico de enorme valor: la Diosa Roma y dos Bárbaros de la Colección Cesi, adquiridas para el museo por el Papa Clemente XI.
Proveniente de la misma centuria, en el Museo de Kunsthaus de Zürich, existe una interesante obra en técnica de sanguina, hecha entre 1778 y 1780, por el ilustrador suizo Johann Heinrich Füssli (Fuseli). Este trabajo, titulado "L'artista sgomento di fronte alla grandezza delle rovine antiche" ("El asombro artista ante la grandeza de las ruinas antiguas"), muestra lo que sería una estilización del pie izquierdo sobre su pedestal y la mano con el dedo índice erguido, mientras un personaje cae sublimado a su lado, como embelezado por la majestuosidad de la obra que queda del Coloso de Constantino.
Ya entrando en el siglo siguiente, se agregaron al mismo patio los relieves con las provincias y trofeos de armas provenientes del Templo de Adriano, representando los territorios que pertenecieron al Imperio Romano en el momento de máxima expansión.
Los trozos visibles de la colosal estatua de Constantino, mirados de derecha a izquierda, corresponden a los siguientes:
  • El pie izquierdo, de más de dos metros de largo, muy famoso en la iconografía romana. Una de las postales fotográficas más vendidas a los visitantes de la ciudad y del museo, muestra este pie con un gatito romano, echado en sus dedos de impecable blancura. El enorme pie, tanto o más conocido que el de la Vía del Pie de Mármol en la misma urbe, está sobre un pedestal propio fechado en 1636 y con inscripciones en latín.
  • Un fragmento no señalado, posiblemente de la articulación de un brazo o pie.
  • Otro fragmento no señalado, el menor y menos definido de todos, que no aparece en las reseñas.
  • Un hermoso segmento de columna adornada, con motivos escultóricos de hojas y grecas de swásticas. No sabemos si fue parte de una de las dos columnas que acompañaban a la estatua en la ábside o de alguna otra parte del coloso.
  • La parte de lo que parece ser la rótula de la rodilla izquierda.
  • El pie derecho completo hasta poco más abajo del tobillo, también sobre un pedestal con inscripciones en latín.
  • Una canilla de la pierna derecha, con parte de la pantorrilla, montada sobre un cuño de piedra para mantener la posición vertical.
  • Una mano derecha con su dedo índice en alto, también sobre pedestal empotrado. La seña congelada en esta pieza ha creado la costumbre de los turistas de fotografiarse a su lado repitiendo el gesto con sus dedos, según lo que observamos durante un rato en este patio. Curiosamente, existe otra mano derecha casi igual hallada en las ruinas de la basílica, sólo con diferencias leves. Aunque no está a la vista en el patio, se estima que fue parte del mismo Coloso de Constantino. La explicación a la existencia de ambas manos derechas es la de un posible cambio de la pieza: se reemplazó la mano con el cetro por otra con una cruz u otro símbolo cristiano, según se teoriza.
  • La rodilla derecha, en la parte que equivale a la ubicación de la rótula y un pequeño tramo del muslo.
  • El inconfundible rostro del emperador, gran parte de la cabeza y cuello de la estatua, de dos metros y medio, sobre un pedestal empotrado en el muro que casi duplica esa altura. Esta imagen, esculpida en estilo hierático, ha servido de base a muchas representaciones y retratos de Constantino el Grande, con su nariz aguileña, mentón prominente y ojos de mirada contemplativa, rasgos propios de la representaciones divinas clásicas.
  • El enorme codo derecho, con parte del brazo y del antebrazo, hecho en estilo tan realista que incluso se distinguen las venas y parte de la musculatura.
Las piezas fueron restauradas en trabajos de los años 2000 y 2001. Durante el 2007, en febrero, se realizó un escaneo en tres dimensiones de los restos, para elaborar las reconstrucciones más fieles que se hayan hecho del aspecto que debió tener la estatua, a petición del Estado de Renania-Palatinado. Las reconstrucciones y vaciados de las piezas resultantes, fueron exhibida en noviembre de ese año, en la muestra "Constantino el Grande" de Tréveris (Trier), Alemania, permaneciendo algunas en galerías y en ornamentación de la misma ciudad.
Lo que queda de la colosal estatua de Constantino, sigue ordenado contra el muro al costado Norte-poniente del cortile, donde están los arcos cerrados y un pórtico hacia el Museo de Columnas, una sala de exposiciones temporales y otras dependencias dentro del extraordinario recinto museológico romano.

martes, 30 de agosto de 2016

LA CATEDRAL DE TACNA: UNA HISTORIA DE LARGA, DISCUTIDA Y PACIENTE ESPERA

Postal fotográfica de aproximadamente 1910, con el aspecto de la Catedral de Tacna antes de ser retomada y concluida su construcción. Se observan las viviendas antiguas a su costado izquierdo y el precario murallón de cierre que se le construyó al frente, entre ambas torres.
Coordenadas: 18° 0'52.27"S 70°15'6.98"W
El Barrio Cívico de la ciudad de Tacna, en Perú, tiene su centro en el sector de San Martín-Callao y Blondel, con la plaza, el Arco de los Héroes, la gran fontana francesa de los dioses del mar y la inconfundible postal de fondo representada por la Iglesia Matriz o Catedral de Tacna, declarada Monumento Histórico por resolución suprema del 26 de octubre de 1978.
Remontándonos por el hilo histórico, se sabe que el primer templo tacneño importante se hizo levantar por el primero de los curas párrocos que tuvo la ciudad, don Pedro Téllez, tras la fundación de la parroquia local el 17 de octubre de 1613. Posteriormente, Melchor Méndez, el quinto párroco, hizo construir en 1679, un nuevo el templo dedicado a San Pedro, Patrono de Tacna.
Faltaba mucho aún para que apareciera el templo matriz, ya en tiempos republicanos.
Sucedería que Perú firmó los controvertidos negocios con la Casa Dreyfus & Hnos. en 1869, cuando la crisis monetaria contrastaba diametralmente con la riqueza que generaba la industria del guano en las covaderas de Tarapacá. Justo en el año anterior, el 13 de agosto de 1868, había ocurrido el fatídico terremoto que destruyó e inutilizó la vieja iglesia tacneña, además de echar abajo a gran parte de la ciudad y de su gemela Arica.
A inicios del Gobierno de José Balta y Montero (1868-1872), el contrato con Dreyfus fue renovado contra la oposición del Ministro de Hacienda don Francisco García Calderón, razón por la que acabó reemplazado por Nicolás de Piérola, uno de los precursores del acuerdo. Con ello, la casa comercial comprometió grandes ventas de guano a Europa y enormes empréstitos de la banca judeofrancesa que, entre otras cosas, sirvieron para avances en obras públicas. Los pagos serían compensados con los derechos para extracción de las covaderas.
Cuentan autores como Fortunato Zora Carvajal, en "Tacna: historia y folklore", que los recursos obtenidos por el nuevo contrato permitieron a Perú iniciar un período de mejoramientos en edificios públicos, ferrocarriles y otras obras. Uno de los planes fue levantar la nueva Catedral de Tacna, tan recientemente arruinada.
Información reunida por la académico peruana Darci Gutiérrez Pinto, en su trabajo tesista "Gustave Eiffel en Perú: 1870-1890" (de quien hemos hablado ya al referirnos al caso del Puente de Fierro de Arequipa), particularmente de los "Anales del Cuerpo de Ingenieros del Perú" de 1874, confirman que hubo un primer proyecto "que empezaba a desquiciarse", debiendo ser detenido y demolido a poco de haber comenzado las obras, en 1872, para dar inicio a otro que había sido aprobado por la administración anterior y que fue encargado a un arquitecto de apellido Miecznikowski, durante ese mismo año. Empero, por la protestas de la supervisora Junta Central de Ingenieros y Arquitectos del Estado, se consideró la obra de dimensiones demasiado pequeñas en informes de enero de 1873, siéndole traspasada más tarde por el Gobierno al ingeniero y arquitecto de origen polaco Maximiliano Miney (o Mimey, en algunas fuentes), como veremos más abajo.
Es aquí donde comienzan las confusiones sobre la historia del edificio, pues si bien es muy posible que hayan participado de él varios autores y que miembros de la propia Junta Central tuvieran gran protagonismo en el proyecto, en la Memoria de Obras Públicas presentada al Supremo Gobierno por la misma, el 25 de julio de 1874, la junta señala que los planos aprobados por decreto supremo del 23 de septiembre de 1871, pertenecían a un señor de apellido Larrieu.
Aunque no he podido confirmar la fuente, éste es un posible dibujo del proyecto de la Catedral de Tacna basado en la propuesta Eiffel, mucho más marcado en su estilo neorrenacentista y romanticista que el resultado actual. Fuente imagen: Skyscrapercity.com, grupo de discusión "Tacna: Muestra urbana y fotos de caminantes".
La catedral, aún a medio construir, en el libro "Tacna y Arica bajo soberanía chilena", de Carlos Varas, en 1922.
La fachada del templo en nuestros días, con su iluminación nocturna.
La extendida creencia en Perú, sin embargo, asegura que la famosa casa francesa de Alexandre Gustave Eiffel, la Eiffel & Cie., se hizo cargo del proyecto y de los planos. Esto sucedía casi al mismo tiempo que se le pedía a la misma oficina tomar también el proyecto de la Catedral de Arica, otra obra que había sido destruida en el terremoto con maremoto de 1868.
La propuesta original de la Junta Central encargada a Eiffel, consistía en un edificio de 78 metros de largo por 32 metros de ancho en el crucero, con un domo central con arcos de ojiva a 37 metros de altura, además de otros menores distribuidos en lo alto hasta el ábside, dotados de linternas para iluminación y ventilación de los interiores. Todo concebido en metal (vigas, ojiva, muros, módulos interiores, columnas, etc.), el peso total de la catedral se calculaba en unas 700 toneladas.
Por otro lado, la propuesta que hizo Eiffel no reutilizaba los restos del templo anterior, como finalmente se hizo, sino que proponía un diseño de edificio totalmente nuevo e independiente, que no corresponde exactamente al que vemos hoy, salvo en parte de sus materiales estructurales y planta, lo que significa que su origen estaría en otros planos. Empero, la investigación de Darci Gutiérrez informa que esta compañía parisina se había adjudicado las dos primeras secciones de la obra que ya veremos, aunque su propuesta fuera muy semejante a la actual iglesia, de acuerdo a lo que se observa en algunas versiones publicadas en la prensa.
Sin embargo, la Junta Central enfrentó una reacción inesperada: la población tacneña se había opuesto a la intención de construir una iglesia en entera ferretería modular, como era esperable del estilo más característico de Eiffel, exigiendo que el templo fuese diseñado y construido con materialidad más tradicional, como la piedra canteada y el adobe. Y aunque el problema ya se había querido zanjar con una ley de 1869 que priorizaba en los planes la reconstrucción del templo, la discrepancia y los debates persistieron por algunos años más alargando el punto de inicio de las obras. Así, la Junta Central había considerado, en 1872, que las peticiones de los tacneños eran sólo fruto de la ignorancia y del desconocimiento del oficio.
Todavía en 1873, los ingenieros insistían al gobierno con el argumento de la actividad sísmica, en la conveniencias de construir con materiales y procedimientos más novedosos como metal y ladrillo contrarios a la voluntad popular, según se desprende del "Informe de la Construcción de la Iglesia Matriz de Tacna al Ministro de Estado en el Despacho de Gobierno, Policía y Obras Públicas", de ese mismo año.
Las intenciones de no desechar lo que se había construido antes tampoco prosperaban y así se llamó a la Junta Central para formular nuevas propuestas, en respuesta a sus observaciones de ese mismo año. Se llegó así a una nueva, esta vez con planos de Tadeo Strujemski, que requería de mayor espacio para el atrio y el ábside, por lo que se debió pedir autorización para despejar y retirar unos 60 metros más atrás del frontis.
Para concluir la obra, sin embargo, se acabó descartando la propuesta de metal y ladrillo, lo que fue un triunfo para la voluntad popular en Tacna. La confusión reaparece aquí, pues la búsqueda de los planos adecuados dio resultados con el mencionado arquitecto Miney, proyectándose un presupuesto de 200.000 soles de 48 peniques para la misma. Mas, aunque la propuesta Eiffel fuera descartada, veremos que el Gobierno Supremo llegó a un contrato con la casa francesa para que ésta se hiciera cargo de una importante parte de la obra.
A mayor abundamiento, Miney había ofrecido a la Junta Central una de las dos propuestas presentadas en 1873, tras paralizarse los trabajos anteriores del templo en vista de sus inconvenientes dimensiones, como dijimos. En general, el proyecto resultante era parecido al de Eiffel, incluyendo su trazado en planta, pero modificándose en parte los materiales y el aspecto de los techados. Esto significa que la famosa agencia francesa sí estuvo en los antecedentes históricos del templo, finalmente, sirviendo de base a la propuesta del siguiente arquitecto y a las estructuras de materiales metálicos usados tras llegar desde Francia.
Por otro lado, y como señala Darci Gutiérrez, a pesar del descarte de aquella propuesta, la Casa Eiffel de todos modos fue contratada para hacerse cargo del terraplén y la albañilería y de la parte metálica o de arquitectura estructural en hierro para la obra, conocidos como los lotes 1 y 2, que se licitaron por remate en 1875.
La Fuente de los Dioses del Mar con la Catedral de Tacna de fondo, dos de los más importantes y turísticos símbolos del Barrio Cívico de la ciudad, donde se realizan desfiles y actos públicos.
El frente del templo, visto desde la plaza. Se puede advertir por el aspecto de la materialidad que el pórtico central, con su frontón y pilastras, pertenecen a una fase constructiva posterior a la de las torres.
Vista de costado, por calle Blondel.
Costado izquierdo de la Catedral, por calle Callao (Fuente imagen: Perutoptours.com)
En rigor, sin embargo, su propuesta para la Catedral de Tacna nunca llegó a ejecutarse, así que muchas de las cerca de 40 toneladas de material ferretero y estructural que alcanzaron a llegar a la ciudad para el abortado proyecto de la Junta Central, acabaron siendo utilizadas en la construcción de puentes o vendidas por avisos en los periódicos, según consigna la mima investigadora y arquitecto.
Miney, por su parte, había proyectado un gran edificio de dos torres-campanarios y planta de crucero, con mucha influencia neoclásica y especialmente neorrenacentista, aunque con líneas fáciles de reconocer en la estética de ciertos templos franceses, juzgando las imágenes que por entonces se publicaron anticipando su aspecto. Hubo mucha atención del autor, además, en otorgarle al templo rasgos de monumentalidad y realzar la obra como el edificio más importante y alto de la ciudad, pero ajeno a los rasgos modernistas que había pretendido imprimirle la escuela de arquitectura en hierro francesa.
Los trabajos de construcción comenzaron el 6 de marzo de 1875, y es aquí donde reaparece Eiffel: fueron tomados por el contratista ingeniero Carlos Petot, representantes de la mismacompañía de francesa, bajo la dirección del mencionado arquitecto Strujemski. Se ejecutaron así por la empresa belga Moisant, Laurent, Save & Cie., subcontratada por la Eiffel, y se cumplió honorablemente con la voluntad tacneña de utilizar material de piedras canteadas, extraídas de los cerros Intiorko y Arunta, sobre armazones interiores de hierro y acero que asegurarían su resistencia a los terremotos.
Sin embargo, la firma encargada de las obras comenzó a tener dificultades financieras que llevaron a detener los trabajos en 1878, posiblemente por falta de presupuesto y urgencias derivadas del terremoto del año anterior, pero en lo que se creía iba a ser sólo una postergación pasajera, ya que gran parte del material necesario había llegado ya a Tacna. A la sazón, las obras aún se hallaban bajo la mitad de lo proyectado, pero los cimientos, niveles inferiores, zócalo de piedra y torres estaban avanzados.
La postergación se prolongó y sobrevino el estallido de la Guerra del Pacífico en 1879, pasando la ciudad a manos chilenas con la Batalla del Alto o Campo de Alianza de Tacna, el 26 de mayo de 1880. No es real, entonces, que la guerra misma haya detenido las obras, como aseguran algunos autores en nuestra época, pues las labores estaban paralizadas desde antes a causa de las cuestiones económicas y de las revueltas políticas. No obstante, ciertamente el estado beligerante y el drástico cambio administrativo alargaron por mucho tiempo más el retraso, pasando décadas en que el edificio se vería sólo como una estructura con sus dos torres paralelas, sin las cúpulas, rodeada del murallón pero con sus naves abiertas y destechadas, sin divisiones intermedias ni las arcadas interiores.
En un informe de 1911, presentado por el parlamentario, periodista y escritor Anselmo Blanlot Holley al Gobierno de Chile e intitulado "Memoria sobre Tacna y Arica", se lee una intresante descripción del edificio y de las obras pendientes que se sugiere retomar a la brevedad, consejo que seguramente no fue acogido por la incertidumbre sobre la permanencia de la ciudad en la soberanía chilena. Citado por Carlos Varas en "Tacna y Arica bajo soberanía chilena", decía allí Blanlot:
"La terminación de los trabajos de la Iglesia Matriz de esta ciudad se impone con caracteres de urgencia no sólo porque no hay templo alguno que se halle en condiciones de servicio, sino porque día a día se aumenta el riesgo de que destruya lo edificado o se deteriore hasta convertirse en inservibles las piezas de fierro destinadas a la construcción del edificio.
Corrió a cargo de la construcción de aquel edificio el ingeniero francés señor Petot. El plano fue confeccionado por Eiffel, el famoso constructor de la torre que lleva su nombre.
El estilo de la Iglesia, a juzgar por las murallas de circunvalación y las torres, es hermosísimo. En un sótano que existe bajo el piso del templo se encuentran la piezas de fierro destinadas a la techumbre, pilares y ornamentación. La acción del tiempo habrá tal vez desperfeccionado los ajustes de algunos de esos materiales pero la casi totalidad, según ha podido verse, se halla en buen estado. En todo caso el arreglo o reposición sería relativamente fácil.
La solidez de la obra de piedra es admirable: desde 1876 a 1877, en que se paralizó la obra por el agotamiento de los fondos o incuria del Gobierno peruano, se mantienen las murallas y las torres sin el más leve desperfecto, no obstante los grandes temblores que ha habido durante ese interregno.
Nada justificaría que se dejara destruir por la acción del tiempo una obra llamada a ser, en su género, una de las más bellas del país. Tarde o temprano habrá que construir un templo parroquial en Tacna, pues no es posible dejar indefinidamente sin culto a una población creyente, y es preferible y económico aprovechar lo que hay a medio hacer antes que empezar una edificación nueva.
Para continuar los trabajos haría falta el plano, pero este inconveniente no sería insuperable para un arquitecto ilustrado".
Vista del frontón y de la torre del reloj.
Ábside del templo, por la Plaza Juan Pablo II.
Estatua de Juan Pablo II, poca semanas después de su inauguración.
Vista hacia el fondo, en dirección al acceso y al coro (Fuente imagen: Tripadvisor.com).
Después del larguísimo período de controversia entre Chile y Perú por la cuestión de Tacna y Arica, la primera ciudad regresó a manos peruanas gracias a la firma del Tratado del 3 de junio 1929, mientras que la segunda quedó a perpetuidad en las chilenas. La ejecución del traspaso se realizó solemnemente el 28 de agosto, día en que se hizo celebrar la reincorporación de Tacna con el toque de una campana provisoriamente colocada en la torre derecha.
También se había colocado un reloj la torre izquierda de la inconclusa catedral, pero por alguna razón su mecanismo nunca funcionó con mucha precisión y acabó siendo retirado de su primera ubicación. Desconocemos si aquel reloj o parte de él, sea el mismo que hoy está en esa torre.
Decididos a concluir la obra por tanto tiempo postergada, en la Ley Tacna del 17 de marzo de 1950, el gobierno del llamado período del Ochenio consideró un presupuesto especial del Ministerio de Fomento para terminar el edificio, echando mano en gran medida a los denominados fondos pro-desocupados. La buena noticia fue tomada con júbilo por la paciente comunidad tacneña.
El presupuesto fue estudiado y propuesto por los ingenieros Antonio Jiménez y Víctor León Bustamante, quienes elaboraron las bases del llamado a licitaciones. La empresa ganadora fue la Garibaldi Hnos. S.A., del ingeniero Óscar Garibaldi Portocarrero, resultado anunciado el 25 de abril de 1951, ya en el Gobierno de Manuel A. Odría. Empero, como no se sabía ya del destino de los planos originales, tuvo que reformularse el diseño del edificio en base a lo que ya estaba en pie de él, encargándose el proyecto al arquitecto peruano  Luis F. Goycochea. La ingeniería, en tanto, quedó confiada a la oficina de Víctor A. Estremadoyro y Carlos Pérez Reyes.
Las nuevas obras se iniciaron con gran atención de la ciudadanía. Además de piedra, se usaría concreto en esta última fase de construcción del edificio, sumado a la resistencia de varillas de acero de 2.800 kilos cada una, que han asegurado su resistencia ante los terremotos. El sábado 28 de agosto de 1954, en el aniversario 25° de la reintegración de Tacna, la iglesia fue inaugurada y entregada a la ciudadanía con una gran ceremonia dirigida por el Obispo Carlos Alberto Arce Masías.
La obra entregada a la ciudad tenía un contenido emitivo para sus habitantes: casi 80 años habían transcurrido desde iniciada la construcción del mismo edificio, en 1875, por lo que debían quedar poquísimos tacneños vivos que alcanzaron a ver en la tierna infancia los andamios de la primera etapa.
El aspecto definitivo de la Catedral, entonces, mantuvo el rasgo neorrenacentista que le procuró Miney, aunque se trata de una iglesia bastante sobria, especialmente en su ornamentación y su interior. Con su exterior y sus estructuras de piedra calcárea rosácea, abarca unos 2.000 metros cuadrados y cuenta con una cripta y subterráneos que alcanzan unos 1.000 metros cuadrados aproximadamente (los trabajos de este nivel se prolongaron por algunos años más). Destaca también su gran cúpula central. Y aunque la simétrica fachada se imponga a todas las imágenes y ángulos que permita el entorno de la manzana completa que ocupa, no deja de ser interesante su ábside de cierto toque neorrománico, hacia la ex Plaza de las Américas y calle Chiclayo.
Vista interior de la nave central.
Imagen de San Martín de Porres, junto al altar.
La Virgen de la Macarena.
El Jesús del Gran Poder.
Vista de la nave mayor hacia el altar (Fuente imagen: panoramio.com/photo/18906191).
El interior del templo es de tres naves y cañón central, divididos por arcadas e iluminados naturalmente desde las linternas y los artísticos vitrales por las filas laterales de vanos.
El altar mayor  de mármol, de cuidadosa factura, está consagrado a los santos patronos de la ciudad: la Virgen del Rosario, al centro, y San Pedro Apóstol, en la parte superior del conjunto.
De entre las demás figuras religiosas y capillas, destaca el venerado santo peruano Martín de Porres, al costado derecho junto al altar; la imagen del Jesús del Gran Poder, realizada por el artista Antonio Illanes Rodríguez hacia 1953 (copia de su propia obra homónima en España); y una de la Virgen de la Macarena atribuida por algunos al malagueño Pedro Pérez Hidalgo. Esta última imagen, sin embargo, reemplazó a otra más ostentosa y realista de la misma advocación mariana, hecha por José Alarcón Santa Cruz y trasladada después al Colegio Corazón de María.
La catedral también atesora una reliquia relacionada con la beatificación de Juan Pablo II: una ampolla con gotas de sangre del fallecido papa polaco. Quizás por esto, se ha levantado al medio de la plaza atrás del templo una estatua de más de dos metros para el Papa Juan Pablo II, que originalmente iba a ser colocada en Parque Perú. Así, la Plaza de las Américas fue renombrada como Plaza Juan Pablo II Padre de las Américas, en mayo de 2011, al ser develada la gran escultura sobre un pedestal en un jardín circular, por los mismos días en que Roma anunciaba la beatificación del fallecido pontífice. Está acompañada por un monolito de piedra con la famosa frase suya: "SÓLO EL AMOR CONSTRUYE. EL ODIO DESTRUYE. Juan Pablo II".
A lo largo de su historia y esperas, la catedral ha recibido muchos mejoramientos en interior y en su entorno, como la demolición de las antiguas viviendas de su costado izquierdo y la construcción de la actual explanada, aunque esta remodelación se llevó algunos arbolitos que crecían cerca de su frente y que le daban cierto encanto profano, hasta hace no muchos años. Sin embargo, la existencia de filtraciones en los entubados de aguas del sector de calle Blondel con antiguos ductos de concreto, ha provocado algunos problemas y desafíos para la mantención del edificio.
Como dato curioso, cabe recordar que los planos y diagramas guías de Goycochea también estuvieron perdidos por largo tiempo, hasta que fueron reencontrados y dados a conocer recién en 2014. Aparecieron en Lima, en un baúl de recuerdos familiares en la casa de doña Edith Sánchez Moreno Jiménez, viuda del constructor Óscar Garibaldi, donde los halló una sobrina tacneña del arquitecto e ingeniero, doña Charito Valdivia Sánchez. Ella los mostró al historiador también tacneño Luis Cavagnaro Orellanda, y así volvieron a ver la luz estos preciados documentos, después de tantos años durmiendo en el sueño de los justos.

lunes, 29 de agosto de 2016

LOS PRIMEROS BOSQUEJOS DE PARTIDOS POLÍTICOS EN CHILE, 1810-1830 (Y UNA PEQUEÑA REFLEXIÓN PARA LA ACTUALIDAD)

Las primeras agrupaciones políticas chilenas se perfilan con la misma Declaración de Independencia del 18 de septiembre de 1810, donde ya se visualizaban al menos tres corrientes principales, tomando posiciones frente a la naciente crisis del imperio hispánico. Pintura de la Primera Junta Nacional de Gobierno, de Nicolás Guzmán (1899), Museo Histórico Nacional.
"PARTIDO: m. Conjunto o agregado de personas que siguen y defienden una misma opinión o causa. /m. Provecho, ventaja o conveniencia. Sacar partido / m. Amparo, favor o protección de que se goza".  (Definiciones 5 y 6 para "partido, da", en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española).
"Evolución histórica de los partidos políticos chilenos", de René León Echaíz, debe ser uno de los libros más didácticos e ilustrativos sobre el tema del desarrollo de las fuerzas políticas en la historia de Chile, sirviendo de guía o de apoyo para poder interpretar muchas de las situaciones que actualmente se observan en la realidad del país.
Además de tratarse de un trabajo ligero y básico para introducirse en el tema, su autor manifiesta algunas observaciones y juicios generales a los hechos históricos en torno a los partidos, permitiendo comprender y asimilar muchas situaciones o ciclos que parecen leyes de hierro en la existencia de los grupos ordenadores de fuerzas políticas en Chile, incluso en la época actual que quedó fuera del período de tiempo cubierto por el libro, publicado por primera vez en 1939 y más tarde en una versión actualizada de 1971.
Aunque "Evolución histórica de los partidos políticos chilenos" abarca los principales procesos y acontecimientos históricos del partidismo nacional, tiene también el mérito de ser uno de los primeros trabajos que hacen una exposición de los bosquejos de la fuerzas en la primera mitad del siglo XIX, también anticipando mucho de lo que se podrá presenciar después sobre la misma clase de conglomerados y sus caudales de acción.
Veremos acá un poco sobre cómo se configuraron esas primeras fuerzas de la realidad política chilena, echando mano a algunos datos aportados por León Echaíz y otras fuentes, además de tratar de aportar alguna información más al final de este texto, o mejor dicho una pequeña reflexión.
COMIENZA LA LUCHA DE INDEPENDENCIA: REACCIONARIOS, MODERADOS Y RADICALES DE 1810
La invasión napoleónica de España y el apresamiento del Rey Fernando VII, dieron a las colonias americanas la oportunidad para lanzar sus Declaraciones de Independencia, el 18 de septiembre de 1810 en el caso de Chile. Curiosamente, el Gobernador Real don Mateo de Toro Zambrano, había sido un decidido monarquista al que las circunstancias históricas llevaron a reclutarse en el bando independentista, asumiendo la Presidencia de la Junta de Gobierno.
Aunque se ha cuestionado la validez de la Declaración como mensaje con auténtico espíritu de emancipación, por establecer lealtad al depuesto soberano español, la intención subyacente de esta Primera Junta Nacional de Gobierno fue aprovechar la situación desfavorable del emperador para iniciar el camino de la Independencia, bajo las apariencias de apoyo y reconocimiento a su autoridad. La oportunidad la dio, también, el cuestionamiento generalizado al Gobernador  Francisco Antonio García Carrasco Díaz, tras verse involucrado en el escándalo de contrabando del ballenero "Scorpion" y generarse con ello un gran movimiento de rechazo hacia su persona en Santiago.
La Declaración de Independencia de 1810 resulta una obra de joyería retórica, al conciliar en su texto las posiciones absolutamente disímiles sobre el camino que debía adoptar Chile, sin abusar de la vaguedad: la de los autonomistas que querían hacer valer la separación de Chile de toda administración virreinal pero manteniendo también lealtad al rey (antecedente de las propuestas de monarquías constitucionales, que vimos en una entrada anterior), y los independentistas que estaban por la total autonomía bajo el alero de la República (mayoritariamente criollos). Su redacción intentando no ofender el espíritu monárquico permitiría hablar incluso de tres corrientes en el mismo texto, pues era claro que había partidarios de la corona.
El autor de "Evolución histórica de los partidos políticos chilenos" reconoce a las dos tendencias independentistas como las más importantes en el esbozo de fuerzas independentistas, llamándolas partido moderado y partido radical, respectivamente:
"El primero sostenía un régimen intermedio entre el sistema colonial español y el régimen recién establecido de independencia nacional. El segundo, al cual pertenecían Manuel de Salas y Bernardo O'Higgins, pretendía la abolición absoluta del sistema colonial y la organización de un gobierno enteramente libre que rigiera los destinos de la nueva República".
A pesar de lo que señalan algunas afirmaciones ilustradas, salvo por el alcance de nombres no existe un vínculo real entre el partido radical de aquellos años y el radicalismo moderno encarnado en figuras como Enrique Mac Iver, Pedro Aguirre Cerda o Gabriel González Videla.
Otra situación notable del origen del pensamiento político nacional en la Independencia, es que ya entonces la influencia de las ideas liberales involucradas en el proceso, motivaran discusiones alrededor de la expectativa de ordenamiento que se estaba generando. Como salta a la vista, entonces, el movimiento independentista contaba con bandos que no necesariamente comulgaron con las ideas del ilustrismo demócrata ni con los ideales de la república.
En esta toma de posiciones frente a la Primera Junta Nacional, cabe señalar que ya había indicios de formación de pensamiento político más trascendente que en la mera situación contextual. Los monarquistas (o semi-monarquistas) creían necesario que Chile se sometiera tanto al rey como a sus representantes en América, como los virreyes, mientras que los independentistas pro-república eran los radicales acusados de ser "exaltados" y se los denominaba peyorativamente jacobinos.
El ala que no participaba del interés independentista general, en tanto, sería llamada en forma despectiva partido reaccionario o partido godo, caracterizándose por su oposición total al proceso y su deseo de mantenerse bajo el dominio colonial hispánico en los mismos términos que se había dado durante la Colonia. Dice León Echaíz que el ala reaccionaria o goda representó "un fenómeno sociológico que se produce en presencia de todo un movimiento de evolución".
El partido reaccionario fue mucho más grande de lo que pudiera creerse, perdurando durante todo el proceso y llegando a aportar después sus propios elementos a las fuerzas militares realistas, y más tarde a facilitar bastiones de resistencia al proceso emancipador, como Valdivia y Chiloé. Algo vimos al respecto, en nuestra anterior entrada identificando la verdadera nacionalidad del personaje que es atropellado por el caballo de O'Higgins en su monumento de la Alameda de Santiago.
Al elegirse el Congreso Nacional de 1811, en un ejercicio utópico de representatividad la Junta de Gobierno estimó que las tres corrientes debían estar presentes de alguna forma: reaccionarios, moderados y radicales.
Gran influencia en esto tuvo en este proceso el argentino Juan Martínez de Rozas, ex secretario del renunciado García Carrasco y devenido ahora en su enemigo, además de ser un exaltado patriota, especialmente al asumir como Presidente Interino de la Junta, luego de morir el anciano Toro Zambrano en febrero de ese año.
Don José Miguel Carrera, figura inspiradora de los carrerinos.
LOS O'HIGGINIANOS Y LOS CARRERINOS, ENTRE 1811 Y 1823
El primer Congreso Nacional fue presentado el 4 de julio, iniciándose la discusión sobre el tipo de gobierno que debía tomar el país.
Los moderados eran mayoría en él, pero el ala reaccionaria resultó más influyente y decidida, protagonizando varios abusos y arrogándose atribuciones reñidas con las disposiciones de la Junta, como doblar su número de diputados en Santiago para cercar a los independentistas pro-republicanos.
Esto generó una fuerte molestia entre los patriotas, que acabó en el Golpe del 4 de septiembre, protagonizado por José Miguel Carrera y sus hermanos, y que fue seguida de las tensiones entre Santiago y Concepción por la constitución de la Junta rebelde en esta última ciudad.
Las irritaciones sólo cesaron al declararse ambas ciudades decididas por la vía de la Independencia, con un gobierno representativo.
El mencionado golpe parece dar inicio al movimiento carrerino o carreristas, que se agruparía en torno al liderazgo del General Carrera y al cual pertenecieron algunas prominentes figuras públicas de la época, partidarios de las ideas republicanas.
El nuevo escenario dejó a los radicales como fuerza dominante del Congreso Nacional, eligiéndose como Presidente del mismo a Joaquín Larraín, y como Vicepresidente a Manuel Antonio Recabaren. Además de reducirse los escaños de Santiago y ajustarse la distribución de cargos públicos a favor de los independentistas, la asonada tuvo como consecuencia no planificada el que las sesiones del Congreso comenzaran a ejecutarse abiertamente y con público.
Sin embargo, el deterioro de las confianzas entre los Carrera y los Larraín por el nepotismo de esta última familia, además de otras tropelías administrativas que siguieron teniendo lugar, llevó a los hermanos a protagonizar un segundo golpe en demanda de una asamblea popular, el 15 de noviembre. Ante la presión, serían elegidos en el gobierno una nueva Junta integrada por Gaspar Marín, Bernardo O'Higgins y el propio Carrera, este último como su Presidente.
Debilitado y a la deriva, el Congreso Nacional había perdido todo su objetivo, especialmente después de la renuncia de Salas a la secretaría del mismo, volviéndose más bien un obstáculo a la legitimidad del camino republicano. Por esta razón, y en un acto que sus detractores nunca le perdonarían, Carrera protagoniza un tercer golpe ese mismo año, el 5 de diciembre, exigiendo su disolución para asumir con plenos poderes la dirección suprema de la nación e iniciar la etapa más audaz de construcción del sistema republicano durante la Patria Vieja.
Sin embargo, conforme fue creciendo la figura del General O'Higgins tras su participación en la Junta y más tarde su brillante desempeño en el Combate del Roble (17 de octubre de 1813), comenzó a perfilarse el ala que marcaría la dualidad de pareceres de los patriotas sobre los liderazgos, en contraposición a los carrerinos: los o'higginianos, también llamados o'higginistas. Además, la ruptura y desobediencia de Carrera a la Logia Lautaro necesariamente iba a terminar siendo respondida por O'Higgins y su bando, así que éste comenzó a armar su propio ejército en Concepción, en 1814, con el que se aprestaba ya a partir a enfrentarlo cuando justo tuvo lugar el desembarco español que volvió a reunir los caldeados ánimos contra un enemigo común.
Si los carrerinos eran declarados partidarios de la república autonomista y nacional, los o'higginianos, haciendo eco del pensamiento del Libertador, insistían en la idea de reforzar también el principio de autoridad y centralismo administrativo para toda condición de gobierno suscrito. Esta separación de ambos bandos resulta crucial para comprender los hechos de aquel pésimo año para los patriotas: la firma del Tratado de Lircay por parte de O'Higgins (3 de mayo), que devolvía la dominación hispánica a Chile y prácticamente pretendió entregar la cabeza de los Carrera a las fuerzas realistas; después, la derrota que le propinó Carrera a O'Higgins en el Combate de las Tres Acequias (26 de agosto), singular batalla que enfrentó a patriotas contra patriotas; y, finalmente, el Desastre de Rancagua (2 de octubre), tras la negativa de O'Higgins a acatar las órdenes y estrategias de Carrera, poniendo fin a la Patria Vieja.
Rancagua pesó mucho en el prestigio y en el orgullo de O'Higginis, a pesar del apoyo que encontró en el General José de San Martín, en Mendoza, quien marginó a Carrera de la siguiente etapa de lucha. No cabe duda de que el aislamiento de este último en la causa independentista, sin embargo, había dado ya un triunfo definitivo al bando 0'higginiano frente a la principal aspiración de sus adversarios, que era ver de vuelta al artífice de la Patria Vieja en Chile.
La facción o'higginiana cobraría cuerpo con los decisivos triunfos del Ejército de los Andes y la designación de O'Higgins como Director Supremo, período en que vivió en constante tensión con los carrerinos liderados por personajes como Manuel Rodríguez y con los hermanos Carrera en exilio, todos ellos terminando sus días fusilados.
Volviendo a las palabras de León Echaíz, es poco el valor político trascendente que éste observa al surgimiento y legado de ambos grupos:
"Tales tendencias, de carácter netamente personal, no podrían desempeñar en el país ninguna misión trascendental, y estaban condenados a desaparecer bien pronto, junto con las personas cuyo proselitismo las había generado".
Como suele suceder con todos los movimientos políticos con apellido, entonces, tanto o'higginianos como carrerinos terminaron muy desperfilados, desgastados y convertidos en agrupaciones de escasa relación con los próceres originales que las inspiraron. Mientras los primeros se vieron divididos durante el exilio de O'Higgins (quien no callaba sus simpatías por el proyecto del Protector Andrés de Santa Cruz, todavía en plena Guerra de 1836-1839), además del fracaso de todas las tentativas por traerlo de vuelta a Chile, los segundos acabaron reducidos y descabezados tras el asesinato del prócer, convirtiéndose en un grupo que se iría apagando hasta integrar el bando pipiolo derrotado en la Batalla de Lircay de 1830. Las correrías revolucionarias de su hijo José Miguel Carrera Fontecilla, en 1851 y 1859, sirvieron para restaurar el carrerismo como ideario político vigente, fuera de las miradas románticas o nostálgicas.
Como se sabe, en nuestros días, o'higginianos y carrerinos ya no forman parte de grandes sustentos político-ideológicos propiamente tales, salvo su identificación con el patriotismo de la Independencia. Menos aún conforman alguna clase de perfil con características de partido, sino más bien representan a sectores intelectuales de estudio y difusión de los respectivos legados, obras, biografías, documentación y conmemoración de cada prócer.
LA ANARQUÍA ENTRE 1823-1827: LIBERALES, FEDERALES Y ESTANQUEROS
El triunfo de O'Higgins sobre los carrerinos no libró a su gobierno de una constante inestabilidad, situación que le llevó a profundizar procedimientos dictatoriales. La crisis generada en gran medida por los enormes desembolsos que significó la Expedición Libertadora a Perú y por los cuestionamientos a la legitimidad de su liderazgo, fueron creciendo hasta precipitar su caída y abdicación, el 28 de enero de 1823, tras lo cual partió al exilio en Perú.
Del período que iba a comenzar, Domingo Amunátegui Solar comentó una vez:
"La época de nuestra Historia Nacional más censurada, más vilipendiada, más ridiculizada, ha sido la que empieza con la abdicación de O'Higgins y termina con el triunfo conservador de Lircay".
Reemplazado O'Higgins en el gobierno por Ramón Freire, héroe de la Independencia y gran instigador de su caída, el proceso de ordenamiento en que se encaminaba la floreciente república se reflejaría en la aparición de nuevos intentos de movimientos y partidos políticos, respondiendo también a las circunstancias históricas por las que transitaba el país.
Los llamados liberales, por ejemplo, comenzaron a agrupar a todos los sectores dispersos que habían encontrado un punto de convergencia en sus intenciones de derrocar a O'Higgins, aunque con una gran falta de cohesión y de propuestas comprensibles para un gran proyecto político propiamente dicho. Anidaban en su seno desde grupos partidarios tanto del liberalismo más modernista y afrancesado, hasta algunos de cierto conservadurismo social puritano e inquisitivo que llegó a promover leyes sancionando hasta las malas palabras de la ciudadanía.
De alguna manera, la abdicación de O'Higgins había dejado de brazos cruzados a este amplio y diverso sector político, encontrando dificultades para estructurarse y debiendo persistir, en sus inicios, quizás sólo del apoyo comprometido al nuevo gobierno. Sin embargo, debe aclararse que estos liberales no guardan relación de continuidad con el muy posterior Partido Liberal de Chile fundado en 1849, a pesar de la majadería de algunas opiniones por establecerlo como antecedente del mismo.
Un segundo grupo lo representaron los federales, partidarios de desarrollar en Chile el mismo modelo que se peleaba en Argentina y que se había consolidado en los Estados Unidos, dando cierto grado de autonomía  las provincias. Para León Echaíz, éste es quizás el primer grupo político donde predomina una auténtica propuesta ideológica más allá de intereses circunstanciales, de cultos a la personalidad o de ambiciones personales de sus miembros, pues los federales aseguraban que el gobierno unitario de la república iba a traer, a la larga, una serie de males y problemas para la prosperidad y para el ordenamiento nacional.
Finalmente, el tercer grupo político gestado también en el fructífero pero complicado gobierno de Freire, fue el de los estanqueros, singular partido de don Diego Portales que se propuso encarar, de alguna manera, el período de anarquía que se prolongaría después de la renuncia del último Director Supremo y en el que hubo una sucesión de gobiernos de corta duración con grandes embates intestinos de conflicto.
Se recordará que, en 1824, el Gobierno Interino de Fernando Errázuriz había entregado el llamado Estanco del Tabaco (monopolio por 10 años del tabaco, naipes, licores y otros artículos) a la sociedad Portales, Cea y Cia., quizás la casa comercial más importante de aquel momento. La medida buscaba pagar en cuotas de amortización de las odiosas deudas que se habían prolongado desde la misión de don Antonio José de Irisarri a Inglaterra, enviada por O'Higgins, y que entre otros objetivos debía obtener fondos de financiamiento de la Expedición a Perú, cosa que logró en agosto de 1819 por un contrato por un millón de libras con la casa Hulett Brothers & Co.
Aunque a la larga el Estanco del Tabaco estaba condenado a fracasar haciendo que el monopolio fuese devuelto al Fisco, el hecho de que se le dieran a la sociedad ciertas atribuciones políticas y fiscalizadoras, motivó a Portales y a sus socios a involucrarse en cuestiones de la administración pública. Como el asunto no había tardado en volverse una cuestión política, sin embargo, fue agrupándose cierta cantidad de ciudadanos en lo que sería el partido de los estanqueros, de ideas con visos conservadores, centralistas y una mentalidad bastante pragmática. El partido fundado por Portales se erigía, así, como una especie de propuesta "salvadora" a la situación de decadencia moral, el caudillismo y la inestabilidad política de Chile, en un fenómeno no pocas veces visto en períodos de crisis.
A todo esto, el Congreso Nacional, había dictado una ley en octubre de 1826 para revertir los daños provocados por el fracaso del estanco, creando una factoría general que se hiciera cargo del mismo y solicitando verificar en un plazo de tres meses, un juicio de liquidación del contrato anterior. Los tribunales le dieron la razón a Portales, Cea y Cía., obligándole a fisco a indemnizarlo por el retiro unilateral del acuerdo y las pérdidas. Pero Portales, en una excelente jugada para aplastar a sus muchos enemigos erigiéndose como adalid de moralidad y probidad pública, decidió no cobrar al Estado la suculenta indemnización de más de 87.000.
La súbita aparición y recepción de los estanqueros, se combinaba con aspiraciones de orden y respeto a la autoridad, que interpretaban a buena parte del deseo civil de entonces, aunque el encono de muchos autores hacia la figura de Portales dificulte reconocerle esta característica. Pese a no tener aspiraciones presidenciales ni electorales, además, los estanqueros encarnarían el ideario de su fundador, que ha sobrevivido como el espíritu portaliano, también con sus propias ambigüedades y concentración en un liderazgo, aunque no carente de una ideología que se ha representado en el concepto del llamado Estado en Forma.
Por su parte, los federales mantenían aún cierta influencia y muchos militantes de importancia cuando los estanqueros ya se perfilaban como fuerza política, como fue el caso de don José Miguel Infarte, por lo que no le costó al grupo lograr la mayoría absoluta del Congreso Nacional de ese mismo año de 1826, también elegido bajo el gobierno de Freire. Con esta ventaja, dieron inicio a un proceso federal en el país, dividiéndolo en ocho provincias que iban a tener presidencia y asamblea legislativa propias.
Sin embargo, al regresar de la expedición al Sur de Chile contra los últimos reductos realistas en el territorio, Freire encontró un ambiente hostil que precipitaría su renuncia, dejando el cargo en mayo de 1827. Mientras se esperaban las elecciones del siguiente mandatario, su sucesor Francisco Antonio Pinto derogó las leyes de organización federal, tras ver las inconveniencias del sistema y el poco apoyo que le quedaba a las mismas, defendidas por sólo un puñado de idealistas liderados por Infante, que continuó publicando con vehemencia artículos apoyando tal opción de organización política y administrativa en el periódico "El Valdiviano Federal", bastión periodístico de la frustrada cruzada.
Para el autor de "Evolución histórica de los partidos políticos chilenos", es aquí donde termina el bosquejo inicial de los primeros partidos políticos chilenos, aunque las consecuencias de este primitivo ordenamiento de fuerzas se verán muy marcadas en el siguiente período histórico.
Don Diego Portales Palazuelos, que entró al mundo político como líder y fundador de los estanqueros.
PIPIOLOS Y PELUCONES ENTRE 1828-1830
Como sucede en la continuidad de todos estos movimientos políticos, sin embargo, los estanqueros serían la base de un posterior referente: el llamado partido pelucón, que encontraría a su Némesis en el partido pipiolo, devolviendo al país hasta el repetido esquema de dualidad en las disputas del poder político. Ambos grupos fueron consecuencias previsibles de las tendencias inestables surgidas tras la abdicación de O'Higgins y la anarquía, además.
El grupo liberal de los pipiolos vino a ser como un resurgimiento de las ideas libertarias e igualitarias vertidas por el mundo por la Revolución Francesa. Incluso hay quienes sostienen que habrían utilizado su Declaración de 1789 como base para un nuevo proyecto constitucional en Chile.
El extraño nombre de este partido surge de un mote peyorativo con que se les denominaba, ya que pipiolo equivalía a decir joven, ingenuo, inexperto. Sus miembros solían ser personas de estratos modestos y generaciones más nuevas de "exaltados", aunque en principio sólo con relativa representación, que compensaban con algunos liderazgos de importancia entre sus filas. Su visión ya anticipaba elementos del ordenamiento democrático y de valoración de las organizaciones sociales, aunque con ciertas influencias caudillistas y personalismos en su quehacer.
Remontados hacia 1823 ó 1824 según algunas opiniones, integraban este grupo los carrerinos (ya descolgados de su matriz original, pero aún identificados con el nombre) y restos del bando de los moderados de la Independencia, además de algunos radicales y liberales. Según una declaración del diputado Juan Bello, una frase que resume la filosofía pipiola era "Libertad aun en la anarquía".
En tanto, los grupos provenientes de conservadores que habían pertenecido al Senado de 1823 creado por Freire, además de representantes del clero y de la aristocracia más rancia, estaban convencidos de que no se podía apostar a un sistema que no supusiera la continuidad de un Estado fuerte, autoritario, con acervo institucional fundado en órdenes coloniales y bajo la estructura social imperante en la época. También desconfiaban del militarismo y de las señales del Ejército en cuanto a no someterse al poder político o darse atribuciones para deliberar e influir en el poder.
Así, tal como sucedía en otros países del mundo frente al mismo ideario afrancesado, este grupo comenzó a reaccionar a los novedosos afanes de democracia e igualdad, naciendo casi espontáneamente el bando conservador del partido de los pelucones, nombre que le fue dado como una burla al clásico uso de pelucas entre los miembros de la aristocracia.
Formaban parte de este sector comerciantes, restos de los o'higginianos y estanqueros, a pesar de ser conocido el distanciamiento que habían experimentado O'Higgins y Portales, por cuestiones personales y de mentalidades. Para Juan Bello, sus principios podían resumirse en "Orden aun en el despotismo".
De alguna manera, ambos bandos ya estaban en disputa durante el gobierno de Freire, con sus raíces representadas en estanqueros y federales-liberales, respectivamente. Mas aún, los intentos del Director Supremo por abolir algunos dictámenes de O'Higgins, como la Legión de Honor, fueron bloqueados por su ministro Mariano Egaña, demostrando que había bandos instalados también en el propio gobierno. Se recordará que su padre, don Juan Egaña, había redactado la efímera Constitución de 1823, que regulaba hasta la vida privada de la ciudadanía, aunque tenía el mérito de ser la primera donde aparecía el concepto de "República" para Chile (ahogando los resabios pro-monarquistas que aún quedasen).
Por otro lado, el golpe dado a continuación por Freire en origen a los gobiernos pipiolos, fue precisamente el intento por deshacerse de lo que serían después los pelucones. Gabriel Salazar aporta una visión interesante de este período, desde el enfoque de la historia social, en su trabajo "La Construcción de Estado en Chile. 1800-1837".
Pero Freire no había logrado estabilizar el mando, debiendo renunciar. Esto facilitó el camino a los pipiolos para avanzar en el poder, una vez que Pinto asume en forma interina y llama de inmediato a elecciones para febrero de 1827, enfrentando a los pelucones. Con apoyo de su gente en el Congreso Nacional, en 1828 el partido pipiolo publica una nueva Constitución de espíritu esencialmente liberal, que fuera redactada por el controvertido español José Joaquín de Mora quien, además, no se mediría en atacar e incitar a la violencia anticonservadora en un pasquín titulado "El Defensor de los Militares".
Como síntesis, la Constitución de 1828 establecía dos cámaras elegidas por votación popular; un Presidente, Vicepresidente y tres ministros; y asambleas para los gobiernos provinciales (residuo de la influencia de los federales en el grupo). Curiosamente, sin embargo, y a pesar de la mucha idealización que hacen algunos en nuestros días de esta carta, la misma señalaba que la religión del Estado era la católica apostólica romana, muy seguramente como reflejo cultural y sociológico irrenunciable en aquella época.
Pinto traspasó el cargo a Francisco Ramón Vicuña, en calidad de delegado, pero volvió a ganar las elecciones de 1829, asumiendo en octubre. Los pipiolos también habían mantenido la mayoría de los puestos del Congreso. Sin embargo, algo había cambiado su suerte, en esta ocasión: la elección de Vicepresidente no les había favorecido, y ninguno de los tres candidatos con más votos obtuvo la mayoría absoluta: José Joaquín Prieto, Francisco Ruiz Tagle o Francisco Ramón Vicuña. De ellos, sólo Vicuña era de ideas liberales, mientras que los dos primeros se identificaban con el bando pelucón.
El Congreso, que como vimos era mayoritariamente pipiolo, debía decidir quién de los tres candidatos asumiría la Vicepresidencia. Priorizando sus intereses y ambiciones, entonces, los parlamentarios liberales escogieron a Vicuña, en mérito a su compromiso con los pipiolos, a pesar de ser el menos votado de los tres candidatos... Las consecuencias de esta imprudencia serían de enorme costo.
Es aquí donde se desatará la tormenta, entonces, cuando los pipiolos quisieron pasarse de listos y dando una gran excusa a la oposición conservadora para cuestionar su legitimidad en el poder y así alzar las espadas.
BATALLA DE LIRCAY EN 1830 Y FIN DE LA ERA PIPIOLA
Como era de esperar, los pelucones acusaron una flagrante violación de los pipiolos al espíritu de su propia Constitución y, al no encontrar respuesta de sus adversarios, sobrevino la inevitable ruptura. Tal como había sucedido en tiempos de la Patria Vieja cuando el Congreso hipotecaba el camino de la independencia o cuando la ruptura entre O'Higgins y Carrera se hizo manifiesta, el General Prieto reaccionó organizando una fuerza revolucionaria en Concepción, que amenazó con irse contra Santiago.
Pinto deja el gobierno a Vicuña otra vez, y después es asumido por la Junta presidida por Freire, buscando asegurar la permanencia pipiola en el poder. En noviembre, vuelve a colocar a Vicuña, pero ya los hechos están desencadenados y la agitación le obliga a renunciar el 7 de diciembre. Tras el Pacto de Ochagavía que hizo una pausa en la guerra civil, don José Tomás Ovalle asume como Presidente de la Junta que toma el mando tras las dos semanas y media de acefalia gubernamental, el 24 de diciembre de 1829, dando inicio al primer gobierno pelucón de corta duración.
Freire había logrado que estuviese con él la lealtad de Prieto, entonces, en un acuerdo que los pipiolos interpretaron como la derrota humillante de este último. Sin embargo, Freire seguía obsesionado con evitar que la Junta Provisoria trajera de vuelta a Chile a O'Higgins, su peor temor y pesadilla. Comenzó a intervenir sobre las decisiones de la Junta excediendo sus facultades y trató de iniciar un golpe en Coquimbo, el 17 de febrero. Al día siguiente, la Junta cede el mando en forma provisional a Francisco Ruiz-Tagle Portales, del mismo bando conservador.
En plena guerra civil, don Diego Portales había jurado como Ministro de Interior, de Relaciones Exteriores y de Guerra y Marina a inicios de abril de 1830, permaneciendo por cerca de seis meses en el cargo. Ovalle había recurrido a su persona por tener a la vista que nadie estaba interesado en sentarse en las carteras de gobierno, ante la delicada e incierta situación imperante, adelantando con ello parte de la etapa siguiente que iba a comenzar con la victoria pelucona.
El estanquero sienta desde este primer ministerio las bases de un gobierno autoritario, ordenador, enemigo de la delincuencia y del caudillismo, que fuera del gusto de los pelucones, bloqueando los intentos de algunos de sus camaradas como  José Antonio Rodríguez Aldea y del propio Prieto, de traer de vuelta a Chile la figura de O'Higgins, algo que Portales veía ahora como un peligro inminente para la unidad política nacional, a pesar de la simpatía que había profesado años antes por el Libertador.
Ovalle había retornado al poder como Vicepresidente provisional electo, el 1° de abril de 1830, cuando la nueva ruptura entre Freire y Prieto había provocado que este último le negara el mando del Ejército del Sur, con el que que comenzó a marchar decidido a imponerse sobre los pipiolos. Iba a Santiago con cerca de 2.200 hombres, varios de ellos milicianos de Concepción y figuras militares de la talla de Manuel Bulnes y José María de la Cruz.
Freire, en tanto, tras su calaverada en Coquimbo, había salido embarcado a toda prisa hasta Constitución, donde armó una fuerza de unos 1.800 entre los que estaban los ilustres militares extranjeros José Rondizzoni, Guillermo Tupper y Benjamín Viel, a quienes se culpaba entre los hombres de Prieto por haber precipitado la guerra. Ambas fuerzas adversarias iban a encontrarse allí mismo, en la orilla del río Lircay.
Freire llega a la ciudad de Talca durante la madrugada del 15 de abril, mientras que Prieto hace lo propio a las pocas horas, deteniéndose en Cerro Baeza. Siguiendo un consejo de Rondizzoni, el líder de los pipiolos decidió no dar combate en la ciudad y avanzó hacia el cerro; empero, en una astuta decisión, Prieto avanzó orillando el río Lircay hacia la ciudad, haciendo creer a su enemigo que eludía el combate para irse a Concepción. La cruenta batalla se desató, así, el 17 de abril de 1830, con muestras de mutuos odios fraticidas que resultaron extremos durante la lid. Ya aventajando los del bando pelucón, los ejércitos del bando pipiolo fueron arrasados, muriendo el ilustre Coronel Tupper en la refriega, con otras 400 víctimas fatales, la mayoría de ellas en la fuerza de Freire.
Por ironía del destino, la ruptura entre los dos bandos políticos había llegado a la sangre en la orilla del mismo río en las afueras de Talca y donde, tres lustros antes, se había firmado el Tratado de Lircay que delató la ruptura profunda entre o'higginianos y carrerinos. Ahora, acababan derrotados los pipiolos y entregado el mando a los pelucones en Concepción y Chiloé, cayendo poco después Coquimbo cuando el general José Santiago Aldunate doblega a la fuerza que había armado allí  Pedro Uriarte con ayuda del Viel.
Cuando O'Higgins se entera en Lima del triunfo pelucón de Lircay, le escribe a Prieto con fecha 24 de mayo:
"La experiencia de todos los tiempos nos demuestra que la columna más fuerte del poder nacional es la gloria nacional... y las hazañas de sus héroes. Los campos de Lircay son monumentos eternos de esta verdad. Ellos fueron lo más inexpugnables baluartes de los libres contra la barbarie y la violencia; ellos gritan por la libertad civil de una patria oprimida y degradada; ellos llevan los esfuerzos del hombre honrado, del filantropista y del patriota; ellos solamente los que pudieron rolar la oliva de una lucha venturosa..."
Para el juicio histórico de muchos, Lircay representó el difícil pero necesario final de un proceso de caótica anarquía y de desorden político, que en otros países de la comunidad americana se prolongó por largo tiempo más a falta de fuerzas que resistieran a la entropía gubernamental, con graves consecuencias para ellos. Para otros muchos, en cambio, Lircay es el símbolo de la destrucción de un proyecto de gobierno liberal y constituyente de acervo democrático y popular, por parte de la reacción de las élites mejor representadas en las figuras de Portales y Prieto. "Así como la reconquista española de 1814 barrió con todos los progresos implantados por los patriotas, la revolución de 1829 destruyó de raíz las instituciones liberales", anotaba Amunátegui Solar en su obra "Pipiolos y Pelucones".
Lircay fue, también, el ocaso del brillante General Freire. Si bien su genialidad siempre convivió con una verdadera adicción a las conspiraciones, el ex mandatario había logrado un notable desempeño en el esfuerzo de construcción de una institucionalidad republicana, aunque las inclinaciones caóticas del período perjudicaron su obra y el posterior reconocimiento de la misma. Ahora, después de haber salido a galope de Lircay dejando a sus hombres que lucharon hasta morir decididos a no rendirse, su vida pública se reducirá a exilios y a continuas marchas a la deriva, echándose encima el desprestigio tras participar en los movimientos sediciosos del Mariscal Andrés de Santa Cruz contra Chile.
León Echaíz, que como liberal y desde su época parece simpatizar tanto con el bando pipiolo, sin embargo no se guarda reproches para el actuar de ellos, en su conclusión de estos hechos, a diferencia de la visión victimista y complaciente de Amunátegui Solar para los mismos. Les imputa el cargo de haber "adolecido del defecto de tratar de imponer, precipitadamente, principios liberales", que para su éxito e introducción apropiada "eran necesarias diversas etapas, y una larga evolución de las condiciones sociales e intelectuales del país", además de indicar que "el defecto mayor que estigmatizaba al gobierno liberal de entonces, era la poca consistencia de los elementos pipiolos que lo acompañaban".
Esta miopía o candidez fue, acaso, la causa general de la inestabilidad que imperó durante toda la era pipiola, además del avance de algunas simpatías populares por las exigencias peluconas de orden y tranquilidad más allá de los meros intereses de las elites, dificultando con ello la elección de un Vicepresidente liberal.
Primera hoja de la circular "Aviso al público" del bando pipiolo, durante la Guerra Civil, publicado por la Imprenta Republicana el 16 de diciembre de 1829. Se intenta presentar el efímero pacto de Prieto con Freire como un triunfo sobre las fuerzas del primero, y el lenguaje anticipa un poco los odios que iban a ser volcados unos meses después en Lircay. Fuente imagen: Memoriachilena.cl.
¿ANALOGÍAS CON LA SITUACIÓN ACTUAL DE LOS PARTIDOS CHILENOS?
Con Lircay, habría de comenzar el período de la República Conservadora, con el gobierno de Prieto y la enorme influencia que tuvo en su administración el ministro Portales y su concepto del Estado en Forma proveniente del pensamiento estanquero, seguido de los mandatos de Manuel Bulnes y Manuel Montt que completarán el largo trecho de los conservadores en el poder, resultantes de la imposición de los pelucones sobre las ideologías liberales.
Sin embargo, con el ascenso de Prieto había terminado también otra etapa, correspondiente a la de formación y configuración de las fuerzas políticas chilenas revisadas, que dan origen e impulso al partidismo político tal como lo conocemos en nuestros días.
Se podría conjeturar, a modo de reflexión, que los escenarios que esbozaron estas primeras fuerzas políticas puestas en marcha en Chile, desde la lucha por la Independencia hasta terminado el ordenamiento republicano, coinciden con ciertos aspectos del escenario de la actual crisis de los partidos de la política nacional. Entre otros puntos, podemos observar los siguientes:
  • Fuera de sus declaraciones de principios y manifiestos para el público, los partidos tradicionales siguen siendo canales de intereses de grupos muy específicos y definidos entre los actores de la realidad nacional. Intereses con fines loables o mezquinos, quizás, pero personificados, como era en los orígenes de las agrupaciones políticas de este tipo en Chile. Si bien no se trata ya de partidos que nacen con este vicio en su propia fundación, al menos sí es claro que lo adoptan y hacen propio en un ambiente de decadencia de principios, existiendo grupos de intereses que son transversales a los partidos existentes y con tentáculos de izquierda a derecha, según ha quedado en relieve con los más recientes casos de corrupción política o de influencias indebidas en el Poder Legislativo, Municipalidades, Ministerios y candidaturas varias.
  • Persiste como norma una tendencia a la división en dos sectores principales, que atraen y separan gravitatoriamente a la mayoría de los partidos políticos tradicionales e incluso los que, en estas mismas reglas del juego, se fundan como variaciones o disidencias, revelando la existencia de duopolio connatural más allá de la revisión del sistema binominal o de la ampliación de distritos y circunscripciones. Dos sectores que, además, eclipsan a todas las alternativas auténticas de organización política y, por lo tanto, son los grandes favorecidos en el esquema electoral.
  • La órbita que acaban asumiendo también muchas de las propuestas "alternativas" o supuestas terceras vías políticas, con relación a los intereses de alguno de esos dos sectores principales, atrapadas por el efecto gravitatorio de la política que también es connatural de los propios partidos como modelo de representatividad popular (por exitoso o fallido que se lo estime).
  • El protagonismo que, a veces, toman las individualidades de grupos políticos emergentes o de sectores "díscolos" internos a partidos preexistentes, por encima de las líneas de definición que representan a los partidos a los que se asocia su origen y que motivan reordenamientos entre fuerzas, cambios intestinos, acusaciones de "falta de lealtad" o bien aplausos por el "sinceramiento", aunque no cambian esencialmente la situación imperante pues, mientras estén atrapados en el mismo campo gravitacional de dos polos y sus reglas, son más bien parte del problema que parte de la solución.
  • El asomo de movimientos internos o bien superiores a los partidos, agrupados en torno a apellidos e identidades, en virtud de inclinaciones electorales o de simpatías generales en un contexto de gobierno o candidatura de no mucha longevidad (bacheletismo, piñerismo, laguismo, etc.), fenómeno muy relacionado con el punto anterior. Curiosamente, en este momento vivimos también una crisis de identificación con figuras vigentes, como consecuencia o daño colateral de la propia ausencia de representatividad y por el estado mustio de los partidos chilenos en general.
  • La existencia de un mismo fenómeno de las ideologías con apellido más trascendente que el anterior, manifestándose como una persistencia y como un referente genérico de identidades políticas, específicamente con respecto a la toma de posiciones frente a los hechos de la historia de nuestro país, ciertos ideales o banderas de lucha (allendismo, pinochetismo, freísmo, etc.), aunque en la práctica no manifiesten más que algunos principios muy generales y muy abstractos sobre objetivos o aspiraciones, degradados ya por la misma política y por la prioridad que siempre tendrán los partidos para con sus propios intereses por encima de los compromisos sociales o ciudadanos, en todo el espectro.
Sin embargo, diríamos que los partidos revisados en los orígenes del Chile independiente, manifiestan más bien los ciclos y procesos de existencia de los referentes políticos, mas no una continuidad con los que existirán después y hasta nuestros días. Se trataba, pues, de aventuras y experimentos, espejos del proceso histórico de ordenamiento que se vivía en todo aquel período. León Echaíz es enfático en este punto:
"Ha sido un error común de los glosadores políticos y de muchos historiadores nacionales, considerar a estos primeros bosquejos de partidos, como antecedentes de las actuales colectividades políticas del país".
Como se observó con el fenómeno de los o'higginianos y los carrerinos, además, la sobrevivencia de inclinaciones políticas ligadas a un liderazgo personal siempre siguieron siendo de corta duración en la arena política, convirtiéndose más exactamente en expresiones de apoyo mientras vivieron sus motivadores, y de idealización, simpatía e incluso reivindicación después de sus muertes, sin líneas categóricas que las definieran como propuestas políticas ante realidades posteriores.
Tenemos así, los casos del partido montt-varista y del partido balmacedista, además de movimientos que se identificaron en su momento con el alessandrismo, el ibañismo, el allendismo o el pinochetismo; parecido al caso de los intentos de partidos políticos asociados a candidaturas más que a contenidos políticos trascendentes, desde el retorno de la democracia, como la Unión de Centro-Centro, Chile Primero y quizás otros más recientes que, para no ofender, me reservaré (aunque es fácil adivinar cuáles están asociados a un candidato y su programa más que a un planteamiento amplio y de largo plazo). Incluso importantes e históricas experiencias de países vecinos, como el peronismo argentino o el velasquismo ecuatoriano, también han ofrecido ciertas características viciosas por el mismo sentido, enfriándose su época de oro al alejarse también la de sus inspiradores.
En cuanto a la vida de los partidos como depositarios de pensamiento, ideología y propuestas, los mismos hechos políticos y sociales de los últimos años han demostrado que la representación directa opaca al sobrevalorado partidismo y su intermediación con los intereses y exigencias de la ciudadanía. La vía correcta sería ésa, entonces: facilitar la representación social específica, objetiva, en lugar de seguir fundando nuevos movimientos o conglomerados de intermediación "alternativa", que sólo resultan de la unión de los restos náufragos de los mismos viejos partidos, más la adición de militantes para el recambio generacional dentro de las mismas cofradías.
Confieso que me he ganado varios rencores por manifestar, a veces, mi opinión sobre los partidos políticos actuales: creo que responden a una estructura de representatividad y de reserva ideológica totalmente ajena a la realidad de los procesos y mareas políticas de nuestra época. Decir en estos tiempos que no se puede gobernar sin partidos políticos, suena a aquella época en que se aseguraba que era imposible gobernar desde un Estado separado de la Iglesia.
Como en los casos en que se meten goles con legislaciones que intentan mantener modelos de negocios obsoletos (por ejemplo a nombre de determinados derechos creativos o de propiedad intelectual en la industria de la música), también se ha construido un sistema político y electoral destinado a asegurar la vida a los partidos, como únicos agentes de las fuerzas de representación electoral... Partidos que son, en verdad, cada vez más pequeños, atrofiados e inoperantes, pero sostenidos sólo desde el exceso de poder que les da aquel ordenamiento electoral, la distribución geográfica de las representaciones y el propio monopolio del quehacer político entre los descritos dos polos magnéticos.
Empero, desconozco si estamos en un período de desintegración de los partidos tradicionales e históricos con similitudes a lo que les tocó -en su momento- a los primeros esbozos partidistas de Chile. Se ha proclamado desde referentes políticos más nuevos la idea de una renovación total, siendo claro que experimentan una crisis de representatividad y de aceptación popular que dejará sus marcas profundas en el desarrollo de la historia política contemporánea y futura.
José Enrique Rodó, escritor y dramaturgo uruguayo, dijo: "Los partidos políticos no mueren de muerte natural: se suicidan"... Quizás ese viejo primer período de gestación y ordenamiento de las primeras fuerzas políticas dejó una huella que aún persiste y un ejemplo para explicarse, de alguna forma, buena parte de los actuales procesos y vaivenes del partidismo.

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