miércoles, 15 de marzo de 2017

LA MAGIA VERDE DEL REFUGIO FLORAL DEL PICAFLOR EN ARICA

Coordenadas: 18°31'55.14"S 70°10'0.65"W
Creo muy poco de la oferta de turismo cultural, científico y místico disponible en la carta de atractivos chilenos, se parece a este sitio en verdad encantado del Valle de Azapa, al interior de la ciudad de Arica.
La combinación de naturaleza con la espiritualidad que acompaña a la propia exhuberancia de la vida en este lugar, parecen convertirse en la mixtura perfecta de este oasis azapeño, cuales jardines a custodia de Radagast El Pardo, ese curioso personaje del universo mitológico tolkieniano, o quizás como el reflejo terrenal del edén que imaginó para sí San Francisco de Asís.
El santuario de los colibríes o picaflores se encuentra en el kilómetro 14 de la carretera A-27 de Azapa, bajando hacia el poniente por un sendero de tierra que se interna entre las parcelas agrícolas de árboles frutales y grandes olivares. Muchos de los que llegan buscándolo a este destino se confunden y entran en sus vehículos a senderos paralelos cercanos, pues la señalización es bastante mala, aunque esto es deliberado: sólo se quiere que los verdaderos interesados lleguen allí. El camino correcto, pues, se encuentra justo enfrente de un célebre establecimiento de ventas de abarrotes junto a la autopista, llamado "El Visnola". Tras medio kilómetro desde el empalme con el camino principal hasta el interior del mismo, quizás un poco más, se arriba en la casa con restaurante que señala el punto de partida del sendero de observación ornitológica.
El lugar es tan cautivante como intento enfatizarlo acá: una gran fracción del terreno de la propiedad agrícola, convertida en un fabuloso circuito verde. Se hormiguea entre las sombras de grandes árboles y contornos de flores de inmensa belleza, casi conmovedora en algunos tramos, con estaciones de descanso y puntos de observación debidamente señalados, además de miniaturas de hadas y duendes decorando la ruta a pie. Pequeños jardines, antigüedades, cobertizos para sombra y hasta un místico altar de piedras y minerales esperan allí. Todo ordenado por la señalética y con nombres asignados a cada punto específico de las paradas dentro del sendero.
GALERÍA DE IMÁGENES:
REFUGIO FLORAL DEL PICAFLOR
Es allí donde revolotean los picaflores, zumbando en el aire como si buscasen dar con la frecuencia misma de la creación. Joyas voladoras, jactándose de su tierna hermosura y fusionándose en su pequeñez con esas maravilla de colores y formas de la flora, desde la cual extraen el néctar que les da sustento. Semejan criaturas que la naturaleza -allí tan explosiva e intensa- quiso poner en el límite de sus normas materiales y tocando los principios de la fantasía, de la fábula. El golpe de encanto que son capaces de provocar estas aves en el observador, hacen de una visita al Refugio del Colibrí una experiencia casi abrumadora, incluso para el que presuma de insensibilidad.
Este santuario nace de la iniciativa de María Teresa Madrid, una mujer de origen elquino, de modos suaves y mirada desde-hacia el alma, totalmente en sintonía con la espiritualidad de su tesoro entre jardines, flores y árboles frutales.
Ella misma recibe a los visitantes allí rompiendo su clara tendencia a la introspección y el silencio, mientras vuelan los pajaritos a su alrededor y sobre sus cabellos cobrizos, casi como los ángeles querubines de las iconografías de santos en la pintura religiosa clásica. Parece conocerlos a todos, identificando especies, sexos, edades, procedencias; y hasta les ha puesto nombres. La "Reina de los Picaflores",  motejó hace pocos años a esta extraordinaria mujer, un reportaje de revista "Paula" (22 de abril de 2013).
Me dice que su esfuerzo se remonta a 1987, aproximadamente, cuando comenzó a observar en este lado del valle la presencia y anidación de colibríes propios de la región, en el sector de la parcela que su familia se había adjudicado hacia 1964, en plena reforma agraria y durante el proceso de colonización de Azapa.
Picaflor de Arica, Picaflor del Norte y Picaflor de Cora. Imágenes base: tomadas del sitio web Aves de Chile (Avesdechile.cl).
María Teresa Madrid, la maga verde creadora de este santuario.
Sin embargo, María Teresa advirtió que las aves se iban haciendo cada vez menos en Azapa, al ser destruido su hábitat y los árboles que les daban alimento, como el pacay y el chañar. Tenía razón: un estudio hecho por el Servicio Agrícola y Ganadero (SAG) en los años 90, y que incluyó sus propios terrenos, confirmó el descenso poblacional de los colibríes locales y su situación de peligro, especialmente el picaflor de Arica. Se recordará que la pequeña criatura no resiste ninguno de los pesticidas usados en la agricultura, ni siquiera los orgánicos, además de no ser posible su domesticación ni su reproducción en condiciones de cautiverio.
Por este motivo, María Teresa trató de procurarles un espacio propio a las aves dentro de la propiedad: ayudada por su hermano Manuel, sembraron gran cantidad de plantas florales, pero los colibríes no llegaron a establecerse en su terreno sino hasta el año 2001, más o menos, cuando comenzaron a aparecer regularmente allí.
Fue así que llegó la noticia a dos ornitólogos de la BBC, Steve Honell y Bruce Harris, quienes llevaban meses en la provincia buscando lograr, frustrados, avistamientos del ave en Arica para un reportaje sobre estos pájaros. En noviembre de 2003, fueron a la parcela de la azapeña esperando mejor suerte y fue sorpresa mayúscula para ellos lograr de sobra allí las imágenes que tanto perseguían, transmitiéndolas en la televisión inglesa al año siguiente, mismo en que apareció su santuario en un reportaje del diario regional "La Estrella de Arica" (7 de noviembre de 2004).
Como la población de picaflores crecía año a año allí, decidió implementar definitivamente ese mismo terreno como refugio, hacia 2006, año en que llegó a contar feliz cerca de 40 nidos de estos pajaritos dentro de la parcela. Así, dedicó el espacio de árboles y flores exclusivamente a sus amadas criaturas, al tiempo que continuaba explotando con sus propias manos los olivares de su padre, don Manuel Madrid, productores de las célebres aceitunas de Azapa.
María Teresa no es científico, ni académico; ni siquiera es animalista o conservacionista en los términos que hoy se plantea esta filosofía. Hasta entonces, era una productora agrícola más del valle. Sin embargo, su labor ha sido tan asombrosa, importante y trascendente para la especie, que ha tenido algunas colaboraciones técnicas con la Universidad de Tarapacá y se ha convertido en un enorme favor para la ornitología local, siendo visitada por profesionales y aficionados de la investigación de aves.
Todo lo ha logrado con su esfuerzo, sin grandes apoyos financieros e incluso recibiendo las críticas de quienes consideraron inviable su proyecto, cuando recién comenzaba a ponerlo en marcha. La temporada de más visitas turísticas quizás sea el verano, por corresponder al período vacacional, pero la ideal para los observadores es en invierno, cuando anidan las aves bajo el tibio clima ariqueño.
Muy ajena a los intereses por lucrar, nuestra maga verde no cobraba a los visitantes de su refugio. Sin embargo, los costos dificultaron esta generosidad y así debió establecer primero un monto voluntario y luego una pequeña suma de dinero para el ingreso, muy baja. La decisión la tomó luego de que los propios visitantes le insistieran en dejar aportes, comprometidos con su cruzada. Esto permite solventar parte de la mantención que da ella al lugar con sus hijos y sus colaboradores. También implementó una posada en la casa junto al ingreso.
Todo su bosque particular, por ejemplo, debe ser regado a mano, ya que no se abastece de agua naturalmente. Los senderos interiores deben ser mantenidos y aseados periódicamente; y en las paradas se instalaron sofás y muebles rústicos, para el descanso y comodidad de los visitantes. También hay surtidores de agua endulzada para las aves (bebederos con 3 partes de agua por una de azúcar) y trastos con semillas para otros de los muchos pajarillos que habitan el lugar.
En la parcela de María Teresa sucede otro milagro: de las seis especies de colibríes que hay en Chile, acá se encuentran tres, correspondientes precisamente al trío de picaflores que existen en el Norte de Chile. Estos son:
  1. El Picaflor de Arica (Eulidia yarrellii): con sus sólo 5,7 centímetros, es el ave más pequeña de Chile, llamada también estrellita chilena y colibrí hada. Esto la hace sumamente endémico, distribuido principalmente entre los valles de matorral fluvial de Lluta, Lauca, Camarones, Caleta Vítor, Chaca y Azapa, por su dificultad para desplazarse en tramos largos de la geografía desértica, habitando generalmente por debajo de lo 750 metros sobre el nivel del mar, aunque han existido avistamientos ocasionales por sobre los 2.000 metros. Esta característica también ha sido su condena, sin embargo, al ponerlo en serio peligro de desaparecer por la destrucción creciente de su limitado hábitat, a causa de la agricultura. Los cálculos hechos por el SAG y la Unión de Ornitólogos de Chile sobre la población del picaflor de Arica, no son alentadores: alrededor de 900 ejemplares, por lo que la obra de María Teresa prácticamente puede ser un salvavidas para la especie en pavoroso peligro de extinción, mismo estatus en que se encuentra también el picaflor de Juan Fernández. El único lugar de anidación segura de los picaflores de Arica del que se tiene registro es, justamente, este refugio. Además de flora nativa como el chañar, el ave extrae néctar de otras plantas como la lantana, el hibisco y arbustos cítricos, devorando de manera complementaria pequeños arácnidos e insectos. Su reproducción se concentra entre fines de agosto e inicios de septiembre, construyendo nidos de fibra vegetal y lana, dándoles forma de copa donde deposita dos huevitos blancos muy pequeños, de 1.1 centímetros por 0,6 de ancho, incubándolos de 16 a 19 días antes de la eclosión de ambos polluelos.
  2. El Picaflor del Norte (Rhodopis vesper vesper): Habitante del territorio entre Arica y Calama, llega a encontrársele a 3.500 metros sobre el nivel del mar, prefiriendo los terrenos con matorrales. Es más grande y corpulento que las otras dos especies, de unos 13 centímetros de largo, y su pico muestra claras adaptaciones a la alimentación, largo y curvado hacia abajo, pues cada colibrí extrae el néctar de distintas partes de las mismas flores que alimentan a los otros dos. También consume pequeños insectos. En su aspecto, resalta la coloración amoratada de la garganta de los machos y la cola horquillada. Sus nidos, hechos entre septiembre y noviembre, tienden a ser bastante pequeños, lo que obliga al polluelo a tratar de abandonarlo lo antes posible. Originalmente, solía hacer estos nidos en árboles nativos como en pacay, pero en Azapa se ha debido adaptar a la flora introducida y aparecen sus nidos en los olivos.
  3. El Picaflor de Cora (Thaumastura cora): Habitante del Sur de Ecuardor, de Perú y del extremo Norte de Chile. En nuestro país se encuentra especialmente hasta la Quebrada de Chaca, hallándoselo hasta los 3.000 metros sobre el nivel del mar. Llamado pájaro mosquito en algunas zonas, mide unos 12 centímetros de largo y también se alimenta de néctar, extraído de arbustos y cactos, y ocasionalmente de pequeños insectos. Se caracteriza por su territorialidad y su agresividad con otros colibríes que entren en su espacio de alimentación o anidación, percepción bastante contradictoria para un ave de aspecto tan engañosamente tierno y encantador. Se lo distingue por los tonos verdes en las plumas de dorso y alas, con el pecho de color blanquecino o crema. Los machos tienen un collar rojizo y características largas plumas en la cola, que alcanzan los 7 centímetros. Su nido tiene forma de copa y, hecho con fibras vegetales, pelos, ramitas y telarañas, suelen ser construidos en las bifurcaciones de las ramas, depositando en ellos dos huevos blancos de pequeño tamaño.
Todas estas aves preferían los terrenos regados para habitarlos. Sin embargo, el río San Miguel de Azapa sólo alguna veces baja con caudal, permaneciendo la mayor parte del tiempo seco. ¿Por qué siguen viniendo los picaflores a quedarse en este lugar del valle, entonces? Al parecer se trata de una especie de memoria ancestral la que cumplen y repiten estas avecillas: se ha confirmado que cerca del santuario, se encuentran los restos de vertientes de aguas subterráneas llamados El Socavón, actualmente seco pero que, según investigaciones científicas, en el pasado formó parte de un rico sistema arroyos que facilitó la diversidad de flora y fauna, con el crecimiento de chañares, molles, sauces, cañaverales, totorales y pajonales por este mismo sector del valle.
Atracción adicional del santuario es el bosque de este sitio, en sí mismo. Además de los descansos y las obras de arte que ha colocado allí, con etérea música de corte céltico y étnico saliendo de unos parlantes, hay puntos de interés especial para los turistas, como un curioso espejo instalado justo en medio del verdor de este pequeño oasis, por lo que si se le toma una fotografía en cierto ángulo al reflejado, parece estarse asomando entre una jungla por una misteriosa ventana hacia otro plano espacial.
Los árboles del refugio incluyen suculentos chirimoyos y tropicales racimos de plátanos. Las flores que alimentan a los pequeños espíritus alados de bosque y colorean el verdor de los senderos, incluyen cardos africanos (Leonotis leonurus y Leonotis nepetifolia), la flor que más ha servido para atraer a las avecillas al lugar. Le acompañan achiras o cannas amarillas y rojas, lirios, mantos de Eva,  araucarias brasileñas, etc. También hay ejemplares de patujú o heliconia (Heliconia rostrata), declarada flor nacional de Bolivia por tener los mismos colores de su bandera (al igual que la kantuta). Existe también un espacio que denominó "Rincón de los Cactus", con una gran cantidad de cactáceas y euforbiáceas, incluyendo pitayas, cereos, opuntias y una colosal euforbia, bastante común en esta zona del país y en el Sur de Perú.
Las aves que acompañan a los colibríes son variadas: cuculíes, chincoles, jilgueros. Muchas de ellas también han tenido poblaciones disminuidas a causa de la destrucción del hábitat y de las radicales fumigaciones de cultivos en los años 60 y 70, para combatir la mosca de la fruta, como el comesebo, el saca-tu-real, el corbatita, el fío-fío y la pizarrita. Los zumbidos cortando el aire también los aportan los abejorros chilenos, otras adorables criaturas muy maltratadas en nuestra época, en mal pronóstico de conservación.
"Todo acá se relaciona con todo", dice la anfitriona al describir el ecosistema de su parcela, ejemplificando: moscas que eliminan parásitos de las aves, maderos donde anidan los abejorros, y hasta cuando hay poco del algodón ocre del árbol cerca de la entrada del paseo, las aves hembras hacen nidos utilizando pelos de una llamita mascota en el mismo terreno.
Por todo este esfuerzo desplegado para tan noble propósito, la preciosa mujer que es María Teresa resulta ser muy querida en la zona y por los visitantes de su jardín. A veces aparecen pequeños obsequios para ella, de hecho, como alimento para pájaros o antiguos objetos para la colección de reliquias que muestra en una parada denominada "Rincón de la Abuelita"; o bien piedras para el altar de rocas y minerales que tiene dentro del propio sendero. Han sucedido, también, ocasiones en que le llevan aves heridas hasta sus manos, pues ha aprendido a curar animales lesionados o enfermos.
La excesiva modestia de esta heroína y su rechazo a la exposición pública, quizás le han jugado en contra para divulgar y hacer más conocida la obra que lleva adelante, pero allí está María Teresa, en el Refugio del Picaflor, sirviendo de guardiana material y espiritual para las aves zumbonas del Norte Grande de Chile.

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