jueves, 4 de mayo de 2017

SELECCIONES DE RAÚL MORALES ÁLVAREZ (PARTE III): "CUANDO EL DIABLO ASOMA"

La Estación Central, en postal clásica de Santiago. El hábitat de "El Terrible".
Continúo aquí con la selección de artículos del periodista chileno Raúl Morales Álvarez (ver el anterior acá: "Cartagena y la aventura adolescente"). Este texto, originalmente publicado por Morales Álvarez en la columna "Así caen los giles" del diario "El Clarín", en 1957, pertenece al proyecto editorial "Temporal en Cartagena: antología de Raúl Morales Álvarez", de la Agrupación Cultural El Funye (ir al Facebook del grupo), exclusivamente dispuesta para los lectores de este blog.
EL DECANO DE LOS "CUENTEROS" CHILENOS tiene un apodo de gavilán filibustero: "El Terrible". Pese a ello, posee, más bien, la apariencia seráfica de un sacristán jubilado, con los ojos lejanos y obispales y las manos unidas, en una constante actitud de rezo. Pero como por algo bajo una mala capa se encuentra un torero, "El Terrible" es uno de los ases que destacan en el póker delictual de Chile. Sus canchas se encuentran en el desparramado barrio de Estación Central, donde ha vivido, -y vive todavía, ya como "choro piantado", ladrón en acto de contrición-, narrando toda gama de los Cuentos del Tío que pasan por el aro a las buenas gentes.
¿DIJE QUE SUS CANCHAS ESTABAN EN LA ESTACIÓN CENTRAL? Que se me excuse, entonces, la impune irreverencia del largo término. Porque mas propiamente se hallan a bordo de los trenes que vienen del sur llovido con su carga de huasos bonachones y pródigos. "El Terrible" es un viajero tenaz que va y viene por los trenes, con el ojo abierto y el oído muy abierto, al acecho constante de una posible víctima, escuchando conversaciones y haciéndose el de las chacras, cosas que convienen a su aventurero oficio.
FUE ALLÍ, EN EL TREN TEMUCANO que él tomo en Rancagua, como al abordaje, donde sorprendió una vez las confidencias de un huaso de Padre las Casas. El hombre venía a Santiago a pagar una manda ante la Virgen de la Gratitud Nacional. Cincuenta mil pesos. Eran el producto de su cosecha de buenos trigos y se los traía en mojados billetes como vitamínica expresión de agradecimiento. No necesitó saber mas "El Terrible" para preparar una trampa.
"El Terrible" abordaba a sus víctimas en los trenes que venían del sur…
La Iglesia de la Gratitud Nacional.
Raúl Morales Álvarez, leyendo unas palabras con motivo del otorgamiento del Premio Nacional de Periodismo, en 1964. Le acompaña, a su lado don Juan Emilio Pacull, presidente de la Orden de Prensa y fundador del Círculo de Periodistas de Santiago.
PORQUE ANTES QUE SE DETUVIESE EL TREN en los andenes santiaguinos, "El Terrible" pisaba los resignados suelos de esta sufrida capital del Apóstol. Ganó a toda prisa la salida. De ahí un taxi a buena marcha -y con propina, para empujar el tranco- lo condujo hasta la Gratitud Nacional, en Alameda y Cumming. Solo al llegar aquietó sus nervios y compuso el ánimo. El traje negro que vestía, muy sobrio, muy correcto, y su propia fisonomía con los ojos obispales de que ya he hablado más arriba, serían su mejor disfraz.

PORQUE FUE OBSEQUIOSO Y HASTA REVERENCIAL "SACRISTÁN" de la Gratitud quien recibió al huaso, en la puerta de la iglesia, cuando éste llegó al templo media hora después. El "Sacristán" lo esperaba, naturalmente, porque habían escrito, anunciando el arribo a Santiago del pagador de la manda, los buenos hermanos de Padre de las Casas. ¿No quería primero rezar una oración de gracias el caballero sureño? Emocionado, el caballero dijo que sí. "De rodillas y con los brazos abiertos será más grato a los ojos de Dios, Nuestro Señor, y de la Santísima Virgen", dijo "El Terrible", que le dio el ejemplo, arrodillándose él primero ante uno de los altares de sombras más propicias.

LO QUE VINO Y VIENE DESPUÉS fue muy rápido. A media oración de brazos en cruz, "El Terrible" urgió a su víctima por el pago de la manda. El hombre no tuvo obstáculos en pasarle el gordo fajo de billetes. Con los $50 mil en sus manos -¡una fortuna por aquellos días!-, "El Terrible" cruzó las anchas naves de la iglesia, se santiguó devotamente ante el Altar Mayor, pasó a la Sacristía, tocó el timbre, llamó a uno de los monjes, le dijo que allí estaba arrodillado, agradeciéndole al Buen Dios el asombro de un ruego hecho milagro, entregó mil pesos en su nombre, pidió unos cirios y regresó con ellos hasta donde el huaso que ya se cansaba de rezar padres nuestros y avemarías. Solo una vez que los encendió y rezó a su vez, uno que otro latinazgo -"Perdona, Señor, a éste Yo Pecador"-, abandonó al huaso victimado en forma tan pía y tan impía.

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